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domingo, 3 de diciembre de 2017

SARA TEASDALE – ĒRIKS EŠENVALDS - STARS




Hace unos días alguien de manera anónima tuvo a bien dejar por aquí cerca un sucinto comentario. Sucinto porque sólo contenía lo esencial: un poema escrito y una composición vocal que pone música a ese poema. Agradecí escuetamente el bello regalo, y ahora vuelvo a expresar mi gratitud con esta entrada, de manera menos concisa pero no por ello más sincera.

El poema, titulado Stars, pertenece a la poetisa estadounidense Sara Teasdale (1884 – 1933), bastante desconocida por nuestras latitudes. Tan sólo existe un libro en castellano, en realidad bilingüe, de esta poetisa: «Poemas de Amor», edición «Harpo libros», traducción de María Ramos, de muy reciente publicación, marzo de 2017. En realidad existe otro, pero que, o todavía no ha salido a la venta, o yo no he sido capaz de encontrar, titulado «Luces de Nueva York y otros poemas», editado por Ravenswood Books Editorial. La de esta dama no es una poesía poderosa, pero sí refinada, delicada, romántica, sugestiva, aunque mi opinión no vale gran cosa, tan sólo he leído un pequeño puñado de sus poemas. Creo que no fue una mujer feliz, puso fin a su existencia por su propia mano.

 

No escribí esta estrada de inmediato porque no poseía la traducción del poema. Compré el libro arriba mencionado, pero no incluye Stars. Al cabo, he recurrido a mi querido amigo Vladimir García, quien ha traducido ipsoflauta este poema para todos nosotros, y a quien doy las gracias una vez más, y no será la última.


La música pertenece a un compositor letón llamado Ēriks Ešenvalds, nacido en 1977. Está escrita para coro mixto y copas frotadas, con lo que se consigue una sonoridad etérea, casi sobrenatural, muy adecuada al sujeto del poema, las silenciosas y desvanecidas estrellas. 

Escuchemos, y contemplemos, en primer lugar, la versión que me fue regalada, en interpretación del State Choir LATVIJA, dirigido por Māris Sirmais.


Tenemos la gran suerte de poder seguir la partitura gracias a este vídeo de YouTube. A la entrada de las voces, tras los cuatro compases de introducción efectuados con las copas frotadas, podemos escuchar unas delicadas y dulcísimas disonancias conseguidas mediante heterofonía (aunque quizá también se pueda explicar de otro modo): las dos voces superiores cantan la misma melodía, pero la inferior introduce ligeras modificaciones que dan lugar a esas sutiles disonancias. Este tipo de disonancias son verdaderas caricias: al igual que en una caricia nos aproximamos y separamos delicadamente de la piel aquí los sonidos se unen y abandonan consiguiendo fricciones milimétricas, aterciopeladas.



Para finalizar esta entrada les propongo la audición de otra pieza vocal del mismo compositor titulada Rivers of Light, de la cual no dispongo del texto ni del nombre de su autor, lo siento. Siempre es necesario entender el texto de la música vocal, sin su comprensión nuestra audición siempre será parcial, quedará un hueco demasiado grande para la imaginación o para la incomprensión. Pero, bueno, cuando la música es bella, como creo que es el caso, bien se puede hacer una excepción; quizá el título pueda señalarnos hacia dónde dirigir nuestra fantasía. Este audio proviene del cedé «Portland State University Chamber Choir & Ethan Sperry - Ēriks Ešenvalds The Doors of Heaven (2017)».


Después de haber escuchado estas composiciones, y puesto que ya las estrellas se pasean por el firmamento, no puedo dejar de expresarles un deseo: Que tengan dulces sueños.

martes, 17 de octubre de 2017

MILLÓN Y PICO.

Como todo el mundo puede fácilmente comprobar mirando un poco más arriba «Guerra y Paz» ha superado el millón de visitas, lo cual no deja de ser un poco llamativo.

Comenzó este blog un lunes, día 25 de julio de 2011. Y lo hizo de la manera, podría decirse, más natural, sin una declaración de intenciones ni nada parecido; simplemente comenté un libro que acababa de leer, «Las cosas que llevaban los hombres que lucharon» de Tim O’Brien, y se da la casualidad de que ahora acabo de terminar un libro del mismo autor, «Persiguiendo a Cacciato», cuya lectura también recomiendo. Después de esa primera entrada vino otra, y otra más, hasta un total de algo así como 350 entradas. Y luego vino el silencio, hace como tres o cuatro años que no escribo nada, tan sólo alguna entrada aislada, tres o cuatro.

Y a pesar de este ya largo silencio, «Guerra y Paz» sigue recibiendo visitas, y lo que es más llamativo, sigue habiendo personas que se hacen seguidoras, personas que siguen la estela de un barco casi fantasmagórico.

La razón principal por la que dejé de escribir fue que, por un lado, me cancelaron la cuenta de YouTube: un número considerable de vídeos, con las muchas horas de trabajo que hubo tras ellos, se fue al garete. También fueron cayendo, como suele decirse, en incesante goteo, las pistas de audio, y también los enlaces desde los que se podía conseguir cosas relacionadas con las entradas, desde partituras y libros hasta películas y cedés. Estos reveses me desanimaron profundamente. Por otro lado, acontecieron en mi vida una serie de problemas personales, y por si fuera poco también mi salud se vio afectada. En fin, ¡un desastre!

¿Por qué la gente sigue visitando este blog? ¿Por qué hay personas que siguen haciéndose seguidoras del mismo? ¿Qué buscan en «Guerra y Paz», qué esperan encontrar? La verdad, no lo sé, tan sólo podría hacer conjeturas.

Lo que sí creo saber es lo que yo intentaba hacer con el blog, las razones por las que escribía. Y aunque pueda sonar pretencioso o altisonante, lo que siempre he intentado ha sido mostrar a quienquiera que se asomase por «Guerra y Paz» todas aquellas cosas que son bellas, emocionantes, apasionantes, y en menor medida interesantes, para mí. El placer que nos hace sentir la belleza no está completo hasta que no la mostramos a alguien, o, al menos, eso creo.

Cuánto me está costando escribir esta entrada. Será que he perdido la práctica… Pero, sobre todo, será que perdí la inspiración, que me ocurrió como a aquel marino que perdió la gracia del mar. Aun así, haré el intento de escribirla, sobre todo porque me han escrito:

«Escribe esa entrada, un millón es un millón, y tú lo has hecho posible amando la música, diseminándola por todo el mundo.
¿Qué sería de nosotros sin la música?
¡Tú me has enseñado tanto! ¡Ese blog enseña tanto!
Métele el cuchillo, híncale el diente a esas palabras, y derrámate en ellas.»

O esto otro:

«Estimado maestro Carlos, o más bien "mi capitán" como lo llaman en otra de las entradas de este blog tan lleno de cosas bellas. Si me lo permite, me atrevo a anunciarle que ya ha superado el millón de visitas. Y la cifra sigue creciendo de forma imparable. A veces tengo la sensación de que estamos subidos en un buque de guerra, usted tiene el timón y toda su tripulación está a la orden esperando ansiosamente levar anclas. Piénselo al menos, Maestro. Piénselo. Mientras tanto, reciba un cordial saludo lleno de buenas intenciones para este su blog y consuelo del alma para caminantes imparables.»

«Consuelo del alma para caminantes imparables». «¿Qué sería de nosotros sin la música? ¡me has enseñado tanto!». Hay un sentimiento que siempre se me ha resistido, al que siempre he dejado de lado, un sentimiento que me es muy difícil sentir: el orgullo, el sano orgullo, se sobreentiende. Bueno, pues estos dos escritos han hecho que sienta algo que hacía muchos años que no sentía: un modesto y ponderado orgullo, lo cual, para mí, es mucho. Y, sobre todo, me han hecho sentir algo que sí siento muy a menudo, a diario, por muchas cosas, un amanecer, el canto de un pájaro, pido disculpas, tonterías así: gratitud, me han hecho sentir gratitud. Y la gratitud, cuando se siente, si es genuina, sólo tiene una salida, sólo tiene una consecuencia: algo tan sencillo como dar gracias. Y en este caso, mi gratitud sólo puedo expresarla haciendo el esfuerzo de escribir esta entrada. Parecerá exagerado, no lo es, supone un considerable esfuerzo para mí escribir, por un lado, porque mi estado de ánimo me empuja hacia el vacío, y, por otro, porque mis dedos difícilmente responden a mis impulsos.

Gracias a todo el mundo, a todos los amigos de «Guerra y Paz». No estoy en condiciones de prometer nada, mi mala salud de hierro es tenaz. Pero aun así prometo que intentaré por todos los medios, no volver a escribir, pues mis palabras poco o muy poco valen, intentaré por todos los medios volver a subir cosas bellas, sólo en ellas está el mérito de este blog.

Y he aquí una de ellas. Una célebre aria cantada por una de mis cantantes predilectas, Angela Gheorghiu. Nadie quiera ver en el texto de esta aria ningún mensaje velado, segunda intención alguna. Es, simplemente, una de esas cosas que, para mí, son bellas, sin más, de una belleza emocionante, incluso apasionante, ese tipo de música que al escucharla consigue que nos olvidemos, aunque sea durante un instante, instante infinito pero mortal porque es llama, de todas las inmensas, las incontables miserias de este mundo.


Ebben?... Ne andrò lontana,
come va l'eco della pia campana,
là, fra la neve bianca,
là, fra le nubi d'or,
là dov'e la speranza
è rimpianto, è dolor!
O della madre mia casa gioconda,
la Wally ne andrà da te lontana assai,
e forse a te non farà mai più ritorno,
ne più la rivedrai!
Mai più, mai più!
Ne andrò sola e lontana
come l'eco della pia campana,
là, fra la neve bianca;
ne andrò sola e lontana
e fra le nubi d'or...

¿Y bien?... Me iré lejos.
Como el eco de la piadosa campana,
allá, entre la nieve blanca,
allá, entre las nubes de oro,
allí donde la esperanza
¡es llanto, es dolor!
¡Oh, casa alegre de mi madre,
la Wally se irá muy lejos de ti,
y tal vez no vuelva jamás!
¡No te volveré a ver!
¡Jamás, jamás!
Me iré sola y lejos,
como el eco de la piadosa campana,
allá, entre la nieve blanca;
me iré sola y lejos,
y entre las nubes de oro...





jueves, 25 de junio de 2015

... noventa años...



Este blog siempre ha sido bastante variopinto. De vez en cuando me he permitido confiarles alguna confidencia sobre mi vida. Hoy es un día en el que puedo romper cualquier regla, escrita o no escrita: hoy mi madre ha cumplido noventa años.

Noventa años, qué se puede decir, qué decir, en una entrada, en un párrafo, en un libro. Nada, no hay enciclopedia que pueda decir nada sobre la vida de una anciana que ha vivido los últimos noventa años de la historia de este país. Y ha vivido para contarlo. Aunque mi madre ya no cuenta muchas cosas: ha entrado sabiamente en la senectud y, de un modo natural, ha adoptado la actitud más sabia de este mundo: la de no hablar demasiado. Es curioso, de repente un día se acuerda de una representación teatral en la que actuó cuando era niña, y recuerda su diálogo, y me lo recita, y se ríe feliz en el recuerdo.

Algunas personas, al hacerse ancianas, es como si retornaran a la niñez, como si recobraran algunas de las actitudes que tienen los niños. Hace poco fue el día de su santo: nos reunimos toda la familia a comer en un restaurante. Cuando llegó el momento de darle los regalos hubo un pequeño detalle que, quizá, pasó desapercibido para todos pero que yo capté, tal vez porque era quien estaba sentado más cerca de ella. Entre los obsequios había un frasco de perfume: cuando consiguió con sus manos como sarmientos desenvolver el regalo, cuando descubrió la forma del frasco, una forma que imita la cabeza de un felino, dijo de un modo casi imperceptible: ¡qué bonito! La escritura no puede reproducir el tono  de la voz, el sonido, la música de la voz, la expresión, la pronunciación de la palabra hablada. Y también es muy difícil describir de qué modo se pronuncian unas palabras, o imposible. Pero yo percibí la voz de una niña, de una niña anciana, de una anciana niña: estaba toda la sorpresa, toda la ilusión de una niña que se queda como ausente ante un regalo que le fascina, que casi le deja sin aliento, y que con un hilito de voz, como si sólo lo dijera para sí misma, dice: ¡qué bonito! Son sólo dos palabras, pero cuya música recordaré mientras viva.

¿Con qué música celebrar el nonagésimo cumpleaños de mi madre, de cualquier madre? No sé por qué pero desde el primer momento lo he tenido muy claro. En la música que he escogido, y en la manera con la que es interpretada, está toda la sabiduría de un anciano, toda la risa de un niño, toda la alegría de vivir que debería sentir toda persona en este mundo. Seguro que, cuando la escuchen ustedes, estarán completamente de acuerdo conmigo. La música más sencilla y más sublime de este mundo para celebrar la alegría de la senectud de mi madre, de su nonagésimo cumpleaños.