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sábado, 19 de mayo de 2018

GLENN GOULD - «HEREAFTER» (Más allá del tiempo) BRUNO MONSAINGEON




Queridos amigos, es para mí un placer y un gran honor presentarles el vídeo:

«Glenn Gould - Hereafter»
(«Glenn Gould - Más allá del tiempo»)
Escrito y dirigido por:
Bruno Monsaingeon

Una vez más, quisiera comenzar esta entrada destacando la impagable deuda que tenemos todos los amantes de la música, los actuales y los de todas las generaciones venideras, con Bruno Monsaingeon. Monsaingeon, violinista, escritor, director de cine y humanista ilustre, ha dedicado gran parte de su vida a escribir y dirigir películas sobre algunos de los más grandes músicos e intérpretes del siglo XX: Sviatoslav Richter, Dietrich Fischer-Dieskau, Nadia Boulanger, y, en el caso que nos ocupa, Glenn Gould, por sólo mencionar a unos pocos. La grandeza de este gran director de cine estriba en que no sólo nos da una visión del artista, músico e intérprete, sino que va más allá: también nos proporciona una aproximación a la persona, al hombre que se esconde tras esa faceta deslumbrante del músico ilustre, y lo hace de un modo íntimo, humano y entrañable. Tal como él mismo dice en este vídeo, se convierte, un poco, en el personaje que retrata, se hace él, con lo que logra ofrecernos una visión desde el interior del artista, con respeto y amor, con lo que consigue captar nuestra atención y complicidad desde el primer momento. Sirvan estas torpes líneas como modestísimo homenaje a este gran hombre, así como muestra de gratitud sincera y afectuosa.

Bruno Monsaingeon

Es difícil escribir; supongo que para un escritor lo será menos, pero para este modesto profesor de música les aseguro que no es nada fácil. Más difícil se hace la tarea cuando se trata de hablar sobre un intérprete ­–el adjetivo se queda minúsculo– como el inefable Glenn Gould. Gould hace añicos cualquier intento de definición: fue un genial, un incomparable pianista, pero no fue menos genial pensador, escritor, comunicador, compositor; asimismo, fue el creador de una nueva faceta del arte de la interpretación que es muy difícil de calificar, pero que a falta de un término específico llamaré «intérprete de estudio de grabación». La dificultad se vuelve insalvable ante el hecho de que sobre Gould se han escrito incontables libros –por sólo citar uno, el de Kevin Bazzara, «Vida y arte de Glenn Gould»– filmado películas, incluso se ha escrito una inolvidable novela, «El malogrado», de la mano del gran escritor austriaco Thomas Bernhard. No obstante todos estos obstáculos he de intentar decir algo, no puedo, no creo que deba, plantar el vídeo aquí en medio, como si nada. Nadie se alarme: intentaré ser breve, y señalar tan sólo alguno de sus muy peculiares aspectos, mencionar alguna anécdota que, personalmente, me haya llamado la atención.
Glenn con Bruno

Es sabido que Gould cantaba, o canturreaba, mientras tocaba, incluso durante sus grabaciones, era algo que no podía evitar. Este hecho, lejos de ser un inconveniente, gracias a la observación que nos hace alguien durante el transcurso del vídeo, se puede convertir en todo lo contrario: nos permite sentir la presencia de un ser humano tras una interpretación que parece de otro mundo, por así decirlo, es como si el propio Gould nos cogiese de la mano y nos llevase a su mundo, un mundo que no es de este mundo. Otro aspecto de su arte canoro se pone mucho más de manifiesto cuando se dedicaba a tocar música no escrita expresamente para piano, como por ejemplo, pasajes de ópera; Gould vivía inmerso en la música, y el piano no era más que una herramienta para sumergirse en ella, de ahí que realizase algunas cosas que no se consideran propias de un concertista de piano, como tocar dichos fragmentos de óperas, a los que añadía con su propia voz esta o aquella parte vocal, o tocase y dirigiese alguna cantata de Bach desde el piano como si se tratase del clave. También fue compositor.
Glenn al órgano

Glenn en el estudio de grabación

Su inteligencia era realmente excepcional, su agudeza mental brillante, su originalidad de pensamiento fuera de todo convencionalismo. Impulsado por esa sagacidad, y por una vitalidad extraordinaria, escribió numerosos artículos, de los que existe una magnífica, excelente recopilación en el libro: «Glenn Gould - Escritos críticos». 


En el vídeo que hoy tenemos la oportunidad de contemplar podemos encontrar multitud de ejemplos de todo tipo de los muy diversos talentos de Gould. En esta sucinta presentación tan sólo voy a destacar dos comentarios de Glenn, uno musical y otro que poco o nada tiene que ver con la música.

A propósito de una composición de Johann Sebastian Bach, de quien como todos ustedes saben fue un consumado y muy peculiar intérprete, hace un comentario en el que cita a un autor hoy casi completamente caído en el olvido: Albert Schweitzer. Sería necesaria toda una entrada, o varias, para glosar la figura de este gran hombre: doctor en filosofía, teología, medicina, gran organista…, Schweitzer también fue galardonado con el Nobel de la Paz por haber construido un hospital en África en el que dedicó los últimos años de su vida a cuidar de los enfermos por todos olvidados. Escribió un libro memorable: «Bach – El músico poeta». 


 Albert Schweitzer

Como decía, de este gran hombre hoy en día ya no se acuerda nadie, un síntoma más de la estupidez intelectual tan característica de nuestros tiempos. Gould, a propósito de «El arte de la fuga» de Bach, cuya última fuga era para él la obra más hermosa compuesta jamás, dice: «Escribe (Bach) totalmente sin caer en la trampa tecnicolor. Esto contiene una paleta infinita de tonalidades grises, y a mí el gris me encanta.», y ahora es cuando cita a: «Schweitzer decía que era un mundo inmóvil y serio, desierto y rígido, sin color ni luz. Eso resume bien mi sentimiento». En un mundo, este, en unos tiempos, los actuales, en los que los colorines han de estar presentes en cualquier evento empalagando hasta la náusea supone un profundo respiro que alguien venga a recordarnos que en la gama de los grises reside una austera, profunda, y hondamente emotiva belleza.

Como ejemplo de una opinión extra musical de Gould, y como muestra de su originalidad de pensamiento fuera de todo convencionalismo antes mencionada, me gustaría destacar la siguiente. En un momento del documental dice: «Como puritano, opuesto al consumo del alcohol y a todo tipo de competición, no adhiero la idea de libertad de expresión que prevalece en Occidente. La libertad de movimiento suele ser sinónimo de agitación y la libertad de expresión de una forma socialmente tolerada de agresión verbal.» Y una vez más no puedo dejar de pensar en la vigencia que tiene su modo de ver en los tiempos actuales, en los que, en nombre de la libertad, de cualquier índole, se hace cualquier cosa que uno pueda imaginarse y la siguiente. Hago este comentario porque estoy plenamente convencido de que los lectores de este blog, a quienes considero personas maduras, cultas e inteligentes, entienden lo que quiero decir, aunque no lo exprese con la extensión que quizá requiriese un asunto tan peliagudo.

DEDICATORIA

Quiero dedicar esta entrada a los estudiantes de música alumnos de la profesora Marta Morgado, así como a ella misma. Marta enseña música en un pueblo muy pequeño de Rusia, y por diversas circunstancias, tanto ella como sus alumnos saben un poco, más bien bastante diría yo, español. Queridos niños y queridas niñas, quiero deciros que nunca os desaniméis a causa de vuestra escasez de medios. Sé por experiencia propia que es muy difícil estudiar en esas condiciones, pero también sé que, en nosotros, los humanos, reside una luz capaz de iluminar los más oscuros rincones para convertirlos en claros caminos que nos conduzcan a donde quiera que deseemos ir. Además, contáis con la ayuda de una excelente maestra que se ocupa y preocupa por vosotros. Espero que encontréis en «Guerra y Paz» cosas que os sean útiles en vuestros estudios, y si necesitáis alguna cosa en concreto, no dudéis en decírmelo, que si me es posible intentaré publicarlo en el blog para que podáis disponer de ello. Os envío, junto con esta dedicatoria, mi más afectuoso pensamiento.

COLOFÓN

A todos los seguidores y lectores de «Guerra y Paz»: Quizá han observado que, en la columna de la derecha del blog, desde hace unas semanas, aparece un nuevo artilugio (gadget) en el que se puede leer:
Para consultas, con-tacto:

Como se desprende del enunciado se trata de un correo electrónico de contacto mediante el cual pueden hacerme consultas, sugerencias o peticiones siempre y cuando estas se realicen con tacto, con sumo tacto, puesto que, por muy diversas razones, mi disponibilidad es bastante o muy limitada. Asimismo, les sugiero que tomen nota del correo electrónico porque el día menos pensado puede ocurrir que, por las razones más insospechadas, alguien o algo cierre, clausure o borre del mapa el blog, en cuyo caso ese correo electrónico sería la única balsa de salvamento a la que podríamos aferrarnos para no ser arrastrados al más profundo y despiadado océano del olvido.


Jean Louis Th. Géricault - La Balsa de la Medusa

Y sin más pamplinas les dejo con:

«Glenn Gould - Hereafter»


jueves, 10 de mayo de 2018

FURTWÄNGLER'S LOVE (El amor de Furtwängler)


Dije que se trataría de amor,
 ¿qué se diría de un amante que premeditase
 todo cuanto va a decirle a su amada?

(Esta entrada ya fue escrita tiempo atrás; la he actualizado con el fin de reincorporar la película que fue borrada)

Wilhelm Furtwängler fue un compositor alemán, nacido en 1886, que, no obstante, ejerció como director de orquesta desde el año 1906, cuando contaba veinte años de edad, hasta pocos meses antes de su muerte, acaecida en 1954. En el desempeño de esta actividad llegó a ser uno de los más grandes de su época, y sólo tuvo que abandonarla durante cierto tiempo durante la Segunda Guerra Mundial, en primer lugar por culpa de los nazis y la GESTAPO y posteriormente por los aliados, en concreto los norteamericanos; como suele decirse en estos casos, le dieron por todos los lados.
El vídeo que he subido a «Guerra y Paz» para todos ustedes en esta ocasión se titula: 


«Furtwängler's Love» 
(El amor de Furtwängler)

película documental de Jan Schmidt-Garre con la colaboración de Georg-Albrecht Eckle y subtitulada en español.
Se trata de una narración de la vida del maestro, contada de viva voz por personas de su más estrecho círculo personal, en particular por su segunda esposa, Elisabeth Ackermann.  Es ella quien nos cuenta la siguiente anécdota: en cierta ocasión, Elisabeth, le dijo a Wilhelm: «Fue una pena que tu padre no te viera al frente de la Filarmónica (de Berlín)» La respuesta de Furtwängler fue la siguiente: «No, se habría llevado una desilusión. Mi padre sabía que yo soy compositor». Y es que desde un primer momento estaba claro que iba a ser compositor. A los doce años comenzó a recibir clases de composición, y sabemos que en 1948 concluyó la que sería su segunda sinfonía, incluso entre sus papeles póstumos se encontraron tres movimientos de una tercera sinfonía, en do menor, sin acabar. Durante toda su vida no dejó de componer: música de cámara, para piano, música coral, sinfónica, lieder...
Pero es evidente que Furtwängler no es famoso como compositor, sino que ha pasado a la historia como uno de los más grandes directores de orquesta de todos los tiempos. Autor de incontables grabaciones, muchos grandes intérpretes dejaron testimonio de la profunda admiración que sentían por el maestro, por citar sólo dos (que han visitado nuestro blog), Dietrich Fischer-Dieskau y Carlos Kleiber. Fue un músico romántico, tanto en su manera de dirigir como por el estilo de sus composiciones, y no era partidario de la música atonal: 

«Ir de la mano de un músico atonal es como atravesar un bosque espeso. Las flores y las plantas más extrañas y maravillosas llaman tu atención. Uno no sabe de dónde viene ni a dónde va. La sensación de estar expuesto a la energía de la existencia elemental se apodera del oyente. Por el contrario, la cadencia en la música tonal surge del fundamento firme de la tríada. La tensión se desarrolla desde la distensión para captar la diversidad de la vida y finalmente volver al punto de partida. Por eso, todas las grandes obras de la música tonal, aun alcanzando una excitación que sobrepasa lo humanamente concebible, emana a la vez una tranquilidad profunda e inquebrantable, como un recuerdo de la majestuosidad de Dios» 

Esta preferencia por la música tonal no fue obstáculo para que estrenase muchas obras de compositores contemporáneos: de Schoenberg, Strauss, Pfitzner, Bartók, incluso cuando se le prohibió estrenar la obra «Matías el pintor» de Paul Hindemith, Furtwängler renunció como acto de protesta a su puesto en la ópera de Berlín.
Para Furtwängler cualquier tipo de manifestación artística es un acto de amor. Fue un hombre que nunca perteneció al partido nazi, a diferencia de su sucesor en la Filarmónica de Berlín, Herbert Von Karajan. Sin embargo, tuvo que sufrir dos procesos de «desnazificación», primero en Austria y luego, más severo, en Alemania. En el libro «Wilhelm Furtwängler. Conversaciones obre música», traducido al español por J. Fontcuberta y publicado por la editorial ACANTILADO,

podemos leer:

«Es cierto que el arte, y en particular la música, que en mayor grado que cualquier otro arte da noticia de la realidad interna de los pueblos, está sujeto de alguna forma a limitaciones nacionales. No obstante, lo está de una manera diferente de la que suelen imaginarse los políticos» (Me viene a la cabeza una observación de Glenn Gould con respecto a la música folk: "Me embelesa la obstinación palurda que encierra") «El arte no tiene nada que ver con  mercados de consumo, doctrinas, democracia, comunismo, etcétera. Tampoco habla de los pueblos que practican una política imperialista y llevan a cabo conquistas. No tiene nada que ver con el odio entre los pueblos, sea cual sea la razón, el lugar y el modo en que aparezca»

John Ardoin, en su libro «The Furtwängler Record», 

no traducido al español, nos relata la opinión del maestro:

«Yo sabía que Alemania se encontraba en una terrible crisis; me sentía responsable por la música alemana, y que era mi misión el sobrevivir a esta crisis, del modo que se pudiera. La preocupación de que mi arte fuera mal usado como propaganda ha de ceder a la gran preocupación de que la música alemana debía ser preservada, que la música debía ser ofrecida al pueblo alemán por sus propios músicos. Este público, compatriota de Bach y Beethoven, de Mozart y Schubert, aun teniendo que vivir bajo el control de un régimen obsesionado con la guerra total. Nadie que no haya vivido aquí en aquellos días posiblemente pueda juzgar cómo eran las cosas. ¿Acaso Thomas Mann realmente cree que en la Alemania de Himmler a uno no le debería ser permitido tocar a Beethoven? Quizás no lo haya notado, pues la gente lo necesitaba más que nunca, nunca antes anhelaba tanto oír a Beethoven y a su mensaje de libertad y amor humano, que precisamente estos alemanes, que vivieron bajo el terror de Himmler. No me pesa haberme quedado con ellos»
Thomas Mann

Ronald Harwood escribió en 1995 una obra de teatro titulada «Taking sides» (Tomar partido) en la que recrea los que podrían haber sido los interrogatorios a los que fue sometido Furtwängler por parte de los estadounidenses; basada en esta obra teatral, István Szabó, realizó una película con un sensacional Harvey Keitel en el papel del feroz americano y un no menos brillante Stellan Skargard interpretando a un compungido pero muy digno Furtwängler. (Ver más abajo)

«El peligro de esas comunidades (los pueblos) basadas en individuos característicos de una misma especie es la progresiva idiotización por medio de la herencia, la cual sigue, por otra parte, a la estabilidad como si fuera su sombra» (Nietzsche).
Sin más dilación, con ustedes, «Furtwängler's Love», (El amor de Furtwängler), de Jan Schmidt-Garre con la colaboración de Georg-Albrecht Eckle, subtitulada en español.



Quien lo desee puede bajarse, con un poco de paciencia, la película Taking Sides
mediante los siguientes enlaces. Primero hay que bajar todos los archivos; a continuación seleccionarlos todos y pulsando el botón derecho seleccionar «Extraer aquí»; aparte, se bajarán los subtítulos y se abrirán con el reproductor de vídeo escogido para ver la película.

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lunes, 7 de mayo de 2018

JOSEPH ROTH - FRESAS (Fragmento)

Josep Roth (Brody, Imperio austrohúngaro, 2 de septiembre de 1894 - París, 27 de mayo de 1939)

Me causaba gran impresión. Cada vez que iba de visita,
estaba escribiendo. Una vez le pregunté:
«¿Por qué escribes tanto?».
Y su respuesta me desconcertó:
«Para que llegue la primavera».

FRESAS
1929
(Fragmento)

La ciudad en la que nací se encontraba en el este de Europa, en una gran llanura escasamente poblada. Hacia el este era interminable. En el oeste estaba limitada por una cadena de colinas azules que sólo se veían en los claros días de verano.
En mi ciudad natal vivían más o menos diez mil personas. Tres mil de ellas estaban locas, aunque no eran un peligro público. Una ligera locura las rodeaba como una nube dorada. Iban en pos de sus negocios y ganaban dinero. Se casaban y tenían hijos. Leían libros y periódicos. Se preocupaban por las cosas del mundo. Charlaban entre sí en todas las lenguas en las que se entendía la abigarrada población de nuestra comarca.
Mis paisanos son gente dotada. Muchos viven en grandes ciudades del antiguo y del nuevo mundo. Todos son importantes; algunos, famosos. De mi ciudad proviene el cirujano parisiense que rejuvenece a las personas viejas y ricas, y transforma a las ancianas en doncellas; el astrónomo de Ámsterdam que descubrió el cometa Gallias; el cardenal P., que desde hace veinte años dirige la política del Vaticano; lord L., arzobispo de Escocia; el rabino K. de Milán, cuya lengua “materna es el copto; el gran empresario de transportes S., cuyo sello comercial se puede ver en todas las estaciones de ferrocarril del mundo y en todos los puertos de los cinco continentes. No quiero mencionar sus nombres. Además, los lectores que estén abonados a algún periódico ya sabrán cómo se llaman. Mi propio nombre carece de todo interés. Nadie lo conoce, porque vivo bajo uno falso. Me llamo —dicho sea de paso— Naphtali Kroj.
Soy una especie de estafador. Así se llama en Europa a las personas que se hacen pasar por algo diferente de lo que son. Todos los europeos occidentales hacen lo mismo. Pero no son estafadores, porque tienen papeles, pasaportes, documentos de identificación y partidas de nacimiento. Hay algunos que tienen incluso árboles genealógicos. Yo, en cambio, tengo un pasaporte falso, no tengo partida de nacimiento y tampoco árbol genealógico. De modo que se puede decir que Naphtali Kroj es un estafador.
En mi patria no necesitaba papel alguno. Cualquiera me conocía. Limpiaba las botas al burgomaestre cuando tenía seis años. Cuando llegué a los doce pasé a ser barbero. Entonces me dediqué a enjabonar al burgomaestre. Con quince años me hice cochero y los domingos llevaba a pasear al burgomaestre. Teníamos trece policías. Con todos bebía aguardiente. ¿Para qué necesitaba papeles allí?
Fuera de la ciudad actuaba la gendarmería. Su sargento primero y jefe de puesto dormía con mi tía los jueves por la noche, siempre que estaba libre. En ocasiones me dedicaba a traer a la ciudad aguardiente de contrabando, que conseguía en los alrededores… lo cual estaba prohibido y debía ser declarado en la aduana. Sin embargo, el sargento les hacía una seña a los agentes de la aduana y éstos me dejaban pasar.
De modo que en mi juventud mantenía buenas relaciones con las autoridades. Más tarde fue diferente. Vinieron otros tiempos y otras autoridades.

Creo que, entre nosotros, en nuestro hogar, nadie tenía papeles. Había un juzgado, una prisión, abogados, recaudadores de Hacienda…, pero uno no necesitaba acreditarse en ninguna parte. Si uno era encarcelado con este o aquel nombre…, ¿qué más daba? Si uno pagaba impuestos o no…, ¿quién iba a averiguarlo, a quién le iba algo en ello? Lo principal era que los funcionarios tenían que vivir. Vivían de sobornos. Por eso, nadie iba a prisión. Por eso, nadie pagaba impuestos. Por eso, nadie tenía papeles.
Los crímenes graves salían a la luz; los leves no se descubrían.
Los incendios se pasaban por alto, no eran más que actos de venganza personales. Vagabundear, mendigar, ejercer de vendedor ambulante ofreciendo baratijas por las calles era una antigua tradición en el país. Los incendios forestales eran sofocados por los guardabosques. Las peleas y los homicidios los disculpaba la costumbre de beber alcohol. Bandidos y salteadores de caminos no eran perseguidos. Se partía de la idea de que ya tenían suficiente castigo con verse obligados a renunciar a cualquier relación social, al trato y a la conversación. De vez en cuando aparecían monedas falsas. No se hacía nada porque perjudicaban más al gobierno que a los ciudadanos. Tribunales y abogados tenían qué hacer gracias a que trabajaban lentamente. Se ocupaban de arreglar disputas y llegar a acuerdos. No se observaba puntualidad alguna en los pagos.
Entre nosotros, en nuestro hogar, reinaba la paz. Sólo los vecinos más próximos mantenían alguna hostilidad. Los borrachos se volvían a reconciliar. Los competidores no se hacían daño unos a otros. Se vengaban en sus clientes y compradores. Todos prestaban dinero a todos. Todos debían dinero a todos. Nadie tenía que reprocharle nada a nadie.
No se toleraba a los partidos políticos. No se hacía distinción entre personas por su nacionalidad, porque todos hablaban en todas las lenguas. Los judíos eran los únicos a los que se reconocía por su indumentaria y su predominio. De vez en cuando se hacían pequeños pogromos, que no tardaban en olvidarse, perdiéndose en la vorágine de los acontecimientos.
Los judíos muertos eran enterrados; los expoliados negaban haber sufrido daños.

Todos mis paisanos amaban la naturaleza, no por sí misma, sino por los muchos frutos que daba.
En otoño iban a los campos para asar patatas. En primavera vagaban por los bosques para coger fresas.
Entre nosotros, el otoño era oro líquido y plata líquida, viento, bandadas de cuervos y ligeras heladas. El otoño era casi tan largo como el invierno. En agosto, las hojas se ponían amarillas, y en los primeros días de septiembre ya cubrían el suelo. Nadie las recogía. Fue en Europa occidental donde vi por primera vez que se barrían las hojas caídas haciendo con ellas ordenados montones de basura. En nuestros despejados días de otoño no soplaba nada de viento. El sol todavía era cálido, pero sus rayos declinaban ya y eran muy amarillos. Se ponía en un ocaso rojizo y despertaba cada mañana envuelto en niebla y plata. El cielo tardaba mucho en ponerse del todo azul. Luego seguía así todo el día, que era muy breve.
Los campos eran amarillos, y estaban erizados de espinas, tan duros que dañaban las suelas. Su olor era más penetrante que en primavera, más intenso y un poco crudo. El lindero del bosque seguía mostrando su color verde oscuro: era un bosque de coníferas. En otoño aparecían unos penachos plateados en sus copas. Asábamos patatas. Olía a fuego, a carbón, a pieles quemadas, a tierra chamuscada. Los pantanos, que abundaban en la comarca, mostraban una capa de hielo delgada y brillante, que los cubría como un cristal. Despedían olor a humedad como las redes de un pescador. Por todas partes se alzaban esbeltas columnas de humo, que ascendían danzando al cielo. De las granjas próximas y también de las más alejadas llegaba el canto de los gallos que respiraban el vaho.
En noviembre llegaban las primeras nieves. Eran finas, cristalinas y consistentes. Ya no se derretían. Entonces dejábamos de asar patatas. Nos quedábamos en nuestras casas. Teníamos malas estufas, grietas en las puertas y huecos en el entarimado. Los marcos de nuestras ventanas estaban hechos de madera de abeto floja, húmeda, que se había deformado en verano y ahora ajustaba mal. Tapábamos las ventanas con algodón. Poníamos papel de periódico entre puertas y umbrales. Astillábamos madera para el invierno.
En marzo, cuando los témpanos de hielo comenzaban a gotear en los tejados, oíamos cómo la primavera se acercaba al galope. Quedaban campanillas blancas en los bosques. Esperábamos hasta mayo. Íbamos a coger fresas.
Los picos de los picapinos golpeaban ya en los árboles. Llovía frecuentemente. Las lluvias eran suaves, de una especie de agua aterciopelada. Duraban normalmente un día entero, dos días, una semana. Soplaba algo de viento, las nubes no se movían de su lugar, se quedaban quietas, eran como constelaciones inalterables en el cielo. Llovía con ganas y a conciencia. Los caminos se encharcaban. El pantano inundaba los bosques; las ranas flotaban sobre la madera. Las ruedas de los carros de los campesinos ya no chirriaban. Era como si fueran rodando sobre goma. Las herraduras de los caballos ahogaban su eco. La gente se quitaba las botas, se las colgaba a la espalda y vadeaba el agua con los pies descalzos.
Por la noche hacía frío. Una mañana dejaba de llover. El sol volvía como si hubiera regresado de unas vacaciones.
Ése era el día que habíamos estado esperando. Ese día las fresas deberían de estar ya maduras.

De modo que recorríamos la calle que salía de la ciudad y llevaba directamente al bosque. Nuestra ciudad era muy regular y estaba trazada de una manera sumamente sencilla. Sus dos calles principales se cruzaban en el centro. En ese punto medio se abría una pequeña plaza circular en la que dos veces por semana se celebraba el mercado. Una de las calles conducía desde la estación hasta el cementerio; la otra, desde la prisión hasta el bosque.
El bosque se encontraba al oeste. Acudíamos a él con el sol. El bosque tenía días más largos. Si uno se ponía al final, mirando al poniente, veía caer el sol en lo más profundo del horizonte y podía saborear hasta sus últimos rayos.
Aquí crecían las fresas más hermosas. No se escondían discretamente como acostumbran a hacer por naturaleza. Salían al encuentro de quien las buscara. Pendían temblorosas de tallos finos pero fuertes. Había montones de ellas y no crecían en el suelo por humildad, sino por orgullo. Uno tenía que inclinarse para recogerlas. Para alcanzar manzanas, cerezas y peras hay que estirarse y trepar.
Las fresas traían pegados pequeños trozos de tierra que no se veían a simple vista, de modo que uno se los metía en la boca sin querer. Rechinaban entre los dientes, pero el jugo que salía del fruto se llevaba la tierra y la blanda pulpa acariciaba el paladar.
Todo el mundo recogía fresas, aunque estaba prohibido. Cuando el guardabosque llegaba les quitaba sus recipientes a las mujeres, tiraba al suelo las hermosas fresas rojas y las pisoteaba.
Pero ¿qué nos podía hacer a los que nos comíamos las fresas en el acto? Nos miraba mal y silbaba a su perro. Llevaba una placa de hojalata en el pecho. Brillaba con un fulgor verdoso, acerado y, en realidad, era el único objeto de metal en un mundo de hojas, madera y tierra.
Nadie temía al guardabosque. Cuantas más fresas pisoteara, más crecerían.

Los periódicos nos llegaban tarde. El tren sólo paraba en nuestra estación tres veces por semana. Traía algunos viajeros, comerciantes de lúpulo que hacían negocios en nuestra comarca.
Eran muchas las personas que vivían del comercio de lúpulo. Los cocheros, por ejemplo. Llevaban a los forasteros a los pueblos, a las grandes haciendas. Mi padre era uno de estos cocheros.
Se llamaba Manes Kroj. Teníamos dos caballos, un coche para los días de diario, un coche para los domingos y un trineo para el invierno. Conocí muy poco a mi padre. Era un bebedor. Sólo venía a casa una vez por semana, se echaba en la cama, roncaba y hablaba en sueños maldiciéndonos a nosotros, sus hijos.
Éramos ocho hermanos. No sabía nuestros nombres. Nuestra madre estaba muerta. Nuestro padre tenía una barba rubia encendida, que cubría su rostro, y llevaba una gorra alta de piel tanto en invierno como en verano. Era una gorra de piel de gato. No podré olvidar su olor. Olía a sudor, animales muertos, cuero sin curtir y sebo.
La barba de mi padre no crecía recta, como crecen las barbas, sino en ovillos de lana roja. De toda su faz sólo quedaba visible una nariz gorda, bulbosa, cuya piel hinchada presentaba pequeñas protuberancias, era blanda, carnosa e irregular, algo así como la piel de naranja. Todavía me acuerdo de las cejas de mi padre, blancas como la nieve. Se alzaban sobre su rostro desgreñado como dos medias lunas sobre un bosque agreste.
No hablaba con nosotros. Dormía. Todo lo que nos decía lo decía cuando estaba borracho y sin conocimiento. Hablaba de él, mezclando lo cruel con lo tierno.
Era bueno con los caballos. Les daba cien nombres diferentes, la avena más fresca y mejor, y agua de la fuente en resplandecientes cubos de madera amarilla. No golpeaba a sus caballos. Utilizaba una fusta con el mango de cuerno y ocho nudos. Cuando hacía restallar su fusta, sonaba como el disparo de una escopeta.
Una mañana de invierno en la que el termómetro marcaba treinta y cinco grados bajo cero, encontraron a mi padre congelado a la intemperie. Se había caído del trineo completamente borracho.
Mis siete hermanos dejaron la casa y su patria. Uno se hizo boxeador en América; el segundo, trabajador portuario en Odessa; el tercero se unió a los soldados —cayó en el frente—; el cuarto se marchó con un herrero a su pueblo; el quinto viajó a Petersburgo, donde se dedicó a fabricar bombas y debió de perder la vida en una explosión; al sexto lo pasaron por las armas en 1917; el séptimo es mecánico dentista en México, se llama Gabriel, se ha casado y me escribe dos veces al año.
Yo me quedé con un caballo, un coche, el trineo y la hermosa fusta; dormía en casa una vez a la semana, como mi padre, y llevaba su piel.
Pero no sabía tratar al caballo. Una vez salió corriendo hacia una cerca, se hizo daño y, desde entonces, cojeaba. Un día murió en nuestro establo, estirando sus delgadas patas, mirándome con sus inteligentes ojos vidriados.
Durante medio año fui ayudante en una barbería, pero no se me daba bien utilizar la navaja. Mis manos eran torpes y siempre las tenía frías. Además, no me gustaba la cara de la gente.
De allí me sacó el sastre Petrusz, con el que estuve de aprendiz. Era pobre. Mis paisanos no gastaban mucha ropa. Tampoco iban vestidos a la moda.
Mi maestro no sabía leer ni escribir, ni siquiera sabía los números. No tomaba la medida con una cinta métrica, sino con un cordoncillo en el que iba haciendo nudos. Se quedaba con un trozo de cada tela que se le entregaba. Se ocupaba de la familia de su cuñado, que vivía con él, el maestro vidriero Schapak.
Por culpa de este maestro vidriero perdí mi puesto de aprendiz.
Él despreciaba al sastre. Yo despreciaba al vidriero. Él no tenía ningún motivo para ello. A día de hoy yo ya no tengo prejuicios contra ningún artesano, sin embargo, por aquel entonces creía que un vidriero era menos que un sastre.
Porque, ¿en qué consiste el arte de un maestro vidriero? Hay una gran diferencia entre tomar la medida a los marcos de las ventanas y tomársela a las personas.
Schapak sabía leer y escribir, y no perdía oportunidad para recordárnoslo constantemente. Tal vez supusiera que ningún sastre sabía. No despreciaba sólo a su cuñado, del que vivía, sino también al gremio entero.
Es probable que mi maestro hubiera soportado el desdén hacia su propia persona, pero no consentía que nadie se metiera con su oficio de artesano.
Recuerdo cómo el sastre y el maestro vidriero se enredaban en trifulcas sobre la superioridad de sus respectivos oficios. La disputa surgía, como todos los grandes desastres, a la mínima oportunidad, por ejemplo, por un problema con las vajillas.
Los hijos del maestro vidriero rompieron un par de platos. Su mujer los cambió entonces por unos de la vajilla del sastre. Éstos tenían una franja dorada y pequeños paisajes pintados en los bordes.
—¿Todavía no le has dicho a tu mujer —gritaba mi maestro— que no se puede robar?
—¡Mi mujer no roba —replicaba el vidriero—, no es la mujer de un sastre!
El vidriero se refería a los restos de tela que Petrusz se quedaba y que pertenecían a los clientes.
—Yo no me guardo ni un trocito de vidrio de ninguna ventana —decía el vidriero.
—Los vidrieros son pordioseros —replicaba el sastre.
—Yo no hablo con gente inculta —decía el vidriero—. Ni siquiera sabes los números. No sabes ni qué hora es.
—¡Tú, que has vendido mi reloj de plata, ladrón! —gritaba Petrusz.
—¿Para qué te sirve a ti un reloj de plata, pedazo de asno? —preguntaba Schapak, el vidriero.
El sastre Petrusz echó mano de la plancha y la lanzó contra los cajones donde estaban metidos los cristales nuevos del vidriero. No acertó. Tenía buen corazón. Tiró la plancha con intención de que errara el blanco.
Después se hizo la calma.
El vidriero me envió a por aguardiente. Yo le pregunté al sastre:
—Maestro, ¿he de ir? Vuestro cuñado me envía.
Era mi deber preguntar al sastre. Eso molestó al vidriero.
Poseía, como todos los vidrieros, un diamante para cortar los cristales.
—Corta los cristales como si fueran de mantequilla —decía él.
Entonces, yo estaba convencido de que un diamante —aunque fuera uno para cortar cristales— poseía un valor incalculable. No entendía por qué el vidriero no vendía esta piedra para convertirse en un hombre rico y vivir en un palacio.
Cuando le pregunté:
—¿Por qué no vende su piedra?
Él me dijo así:
—¿De qué habría de vivir entonces?
Y, sin embargo, vivía de su cuñado.
Un día, el diamante se perdió.
—¡Kroj lo ha robado! —dijo el vidriero.
Era una noche de invierno, yo estaba echado sobre mi banco junto a la estufa, que me servía de cama. La lámpara de petróleo estaba a punto de extinguirse. Apestaba a humo y grasa, y a la orina de los niños. Se oía cómo soplaba el viento. Sonaba como si afilaran acero sobre una piedra, por la fuerza con que el temporal azotaba la nieve helada. Arremetía contra las casas. Nuestra estufa comenzaba a enfriarse. Era uno de esos penosos momentos en los que el hombre siente cómo el calor se escapa irremisiblemente, cómo el frío se desliza en la estufa entrando por la chimenea, dejándola como un témpano de hielo. En momentos así, uno piensa que, a pesar de todo, quedará un último resto de calor. El frío se queda atascado en la chimenea. Uno se aferra a la estufa. La aprieta contra sí. Le da, para caldearla, su propio calor, aunque sabe que no hay nada que hacer.
El sastre recogió la jarrita del petróleo —se encontraba bajo el banco, junto a la estufa—, vertió un poco en la lámpara para avivar la luz y la estancia se iluminó como si fueran las seis de la tarde. Mi maestro, el sastre, se quedó sentado sin moverse. Los movimientos del vidriero eran lentos y precisos, dirigidos por un único pensamiento, como la tropa de un comandante de campo. Yo sabía lo que iba a ocurrir y no me moví. No estaba asustado, ni molesto. No me dolían las sospechas del vidriero, sino la cobardía del sastre.
Sí; yo admiraba al vidriero. Su cautela no velaba la alegría que escondía en su interior. En su pálida faz amarillenta, que parecía estar hecha de la masilla que usaba para fijar los cristales de las ventanas, se reflejaba una alegría serena, apacible, dulce. No me miraba. Pero pensaba incesantemente en mí. Lo sentía. Sus pensamientos me cercaban como enredaderas malvadas, desatadas, implacables.
Acercó, con cuidado, la lámpara al banco de la estufa donde yo estaba.
—¡Levántate! —dijo.
Registró por completo mi morral y mis sábanas con dedos ligeros, silenciosos. Eran como si llevara medias en las manos.
Su alegría se disipó. Su cara ancha, fofa y amarilla estaba cubierta de cabellos rubios. Los conté. Eran cuarenta y ocho.
No encontró nada en mi banco ni tampoco en mis bolsillos. Les dio la vuelta, el forro interior colgaba flácido, pardo y sucio de mi blusón y de mis pantalones. Todas mis pertenencias estaban desperdigadas sobre la mesa. Me avergoncé al ver expuestos mis bienes legítimos más que si me hubieran encontrado el diamante. A la clara luz de la lámpara que, tras ser avivada, lucía con doble fuerza llena de petróleo hasta el borde, se podían ver mis tijeras, dos cantos rodados, una tiza verde y plana, un espejo de bolsillo, un pesado cuchillo de hoja fija con un broche en la empuñadura y un cuerno marrón con estrías regulares.
—¡Un bandido, un asesino! —exclamó el vidriero, sopesando el cuchillo en sus manos—. ¡Fuera, fuera, fuera! —gritó de repente.
Debió de repetir esa palabra hasta doce veces una detrás de otra. Había olvidado todo el vocabulario y se había quedado con esa única palabra.
Yo miraba al sastre. Él cogió una mosca, una mosca de invierno, pálida y gris, la agarró por las alas y contó sus patas, que se agitaban molestas.
Entonces me puse la chaqueta de piel de mi padre, guardé todas mis pertenencias en los bolsillos y me fui.
Al cabo de unos minutos escuché gritar mi nombre. Era el sastre. Corría encogido, inclinado hacia delante, los faldones de su blusón ondeaban al viento. Lo esperé. Me puso una pequeña bolsa en la mano. Sentí el cuero frío, apergaminado de su bolsa de dinero con aquel cierre oxidado.
Me parece que, esa noche, el sastre lloró.

Nuestra ciudad era espantosa en las noches de invierno. La nieve cubría su bajeza como una máscara. Ahogaba las voces litigantes que salían de las casas, cuyas contraventanas de color marrón, aunque cerradas, dejaban escapar pequeñas franjas de luz amarilla por los bordes. En las esquinas de algunas calles ardían llamitas rojas que se agitaban en las ambarinas farolas de petróleo. La nieve brillaba dulce y doliente a un tiempo. El viento peinaba los tejados, levantando polvo blanco. El aire se posaba como una mano fría sobre la boca. Las tablas de maderas de las que estaban hechas las aceras en nuestra pequeña ciudad yacían enterradas bajo una gruesa capa de nieve, en la que uno se hundía hasta la rodilla al avanzar.
Y seguía nevando. No podía ver el cielo. Ningún portal estaba abierto. Dos señores mayores iban caminando sin hacer ruido. Llevaban largos bastones.
Recorrí la calle que llevaba al cementerio. En realidad, quería ir en sentido opuesto…, hacia la estación de ferrocarril. Pero en aquellas circunstancias debí de confundirme de dirección. O tal vez pensase que la estación de ferrocarril no la abrirían hasta la mañana siguiente, mientras que un cementerio debía de permanecer abierto día y noche.
Había luz en la cámara mortuoria. El viejo Pantalejmon dormía junto a los muertos. Yo lo conocía y él también me conocía a mí, porque era costumbre en nuestra ciudad ir a pasear al cementerio. (Otras ciudades tienen jardines y parques. Nosotros teníamos un cementerio. Los niños jugaban entre las tumbas. Los viejos se sentaban sobre las lápidas y olían la tierra que estaba hecha con nuestros ancestros y que era muy untuosa.)
Entré en la cámara mortuoria. Allí yacía el cadáver de un mendigo que habría de ser enterrado al día siguiente. Desperté a Pantalejmon.
Tenía el sueño pesado, como todos los enfermeros y enterradores. Creyó que le despertaba el mendigo muerto, y dijo medio dormido:
—¡Tranquilo, Peter Onucha, mañana serás enterrado!
En cuanto abrió los ojos —tenía unos ojos tan pequeños que, entre las espesas greñas de su cabello, las cejas y las pestañas, no se podía saber si ya los había abierto o no—, me reconoció.
—¡El sastre me ha echado a la calle! —dije a Pantalejmon.
Pantalejmon se sentó. Sus piernas estaban envueltas en una gruesa y tosca piel de gato. Su chaleco de cuero estaba abierto.
—¡Has robado! —dijo Pantalejmon.
Yo le expliqué la historia. Juré que no había robado el diamante.
Pero Pantalejmon me susurró al oído:
—¿Dónde has escondido el diamante, pillastre? ¡Eres un bribón! ¿Dónde lo has escondido? ¡A mí me lo puedes decir!
Esa noche aprendí que no tiene sentido decir la verdad y que es más sencillo hacer que un incrédulo crea en Dios que conseguir que un honrado crea en el robo y un ladrón en la honradez.
Porque Pantalejmon era un ladrón.
No le tomo a mal que lo fuese. ¿Es que no lo sería si no robase? ¿Quién no robaría si pudiera?
Tampoco le tomo a mal sus recelos. Le tengo que agradecer que no me helase ni muriese de frío aquella noche. Me quedé con él y le ayudé a cavar tumbas y a adornar lápidas. Los días de difuntos compartíamos las propinas y el producto de la venta de velas.
Empecé a querer a los muertos y, de entre los vivos, sólo a Pantalejmon. Dormía en su casa, y mi cama volvía a ser un banco junto a la estufa. Tuve que esforzarme mucho para que Pantalejmon, su mujer y sus tres hijos vivieran en paz.
La mujer de Pantalejmon no respetaba a su marido. Tampoco lo abandonaba, aunque siempre lo amenazase con marcharse lejos diez años. Pantalejmon no tenía ninguna autoridad. Su mujer le pegaba. Él se dejaba pegar.
Habían sido muchas las personas relevantes que habían intervenido para intentar mejorar el matrimonio de Pantalejmon. Entre ellas, la más distinguida era el señor conde, nuestro conde. Así llamábamos a un caballero que habitaba un palacio cerca de la ciudad y paseaba cada día por nuestras calles como si no fuera un conde.
Era un buen hombre, amaba a todas las personas y, en especial, a Pantalejmon.
Pantalejmon entraba y salía del palacio, servía al conde, limpiaba los suelos y los trajes, y se ocupaba también de otras tareas más delicadas.
Es cierto que el conde tenía muchos sirvientes, pero sólo un amigo: Pantalejmon.
Una vez al año, el conde abandonaba su palacio. Viajaba a París, a Niza y a Montecarlo. Su ausencia duraba tres meses.
Durante ese tiempo, Pantalejmon se quedaba al cuidado del palacio, vigilando y controlando a los lacayos, al administrador, a las doncellas. Cada semana escribía un informe al conde con su mano pequeña y ancha como una pala.
Si Pantalejmon hubiese sido un ladrón al uso, habría podido robar el palacio entero, pero era un ladrón que no robaba. Eso es lo que era.

Nuestro conde pertenecía a la nobleza más antigua y estaba emparentado con algunas casas regentes en Europa. Su escudo de armas constaba de tres lirios que se entrelazaban uno con otro. Sobre ellos se apoyaba una espada de hoja ancha, afilada por los dos lados.
El conde tenía unos sesenta años. Siempre llevaba trajes azules y abrigos azul oscuro, zapatos de charol, polainas, guantes blancos y un paraguas. ¿Para qué lo necesitaba? Cuando llovía salía a pasear con su coche acharolado de color azul oscuro. En los pocos pasos que tenía que cubrir desde la terraza de su casa hasta el coche era acompañado por un sirviente con paraguas. A menudo veía cómo el lacayo, que era algo más bajo que su señor, estiraba el brazo a lo alto, para poder cubrir toda la envergadura del conde con el paraguas, exponiéndose él mismo al agua. Sí, incluso cuando el conde ya estaba sentado en el coche, en los breves instantes que transcurrían hasta que los caballos arrancaban y el cochero sacaba la fusta de la funda, el sirviente permanecía en pie con el paraguas plegado, sin sombrero y chorreando, algunos pasos por delante del coche. Luego volvía a la casa sin protegerse, con el paraguas del brazo, tranquilamente, como si fuera insensible al agua, como si el sol brillara radiante en el cielo. Había veces en las que el sirviente me parecía todavía más noble que el conde.
En las hermosas tardes de primavera, el conde se sentaba en la terraza del único café con que contaba nuestra ciudad, comía pasteles y charlaba con oficiales de caballería. Tenía relaciones con el ejército, sus hijos eran oficiales, él mismo era un gran conocedor de los caballos, poseía doce, y, de vez en cuando, montaba un ejemplar blanco. El conde trataba de tú a aquellos jóvenes oficiales. Todos lo saludaban militarmente como a un general. El conde les devolvía el saludo, aunque iba vestido de civil, poniendo dos dedos en el borde de su sombrero de copa.
Todos los viernes por la mañana, los pobres de nuestra ciudad se daban cita delante de su palacio. El conde aparecía en el balcón y lanzaba monedas sueltas a los que aguardaban abajo. Hacía que lloviera dinero como una media hora, luego hacía un gesto con la mano. Todos los mendigos gritaban tres veces «¡Viva el señor conde!» y se retiraban.
No había una señora condesa. Ya llevaba tiempo muerta. En cambio, vivía en el castillo una dama, que casi era una condesa, la viuda de un comandante de dragones que había caído en un duelo. Se decía que el conde se casaría con ella. Pero sus hijos siempre iban de visita cuando la boda parecía inminente y la viuda del comandante no se convertía en condesa. Tal vez fuera mejor así. Una vez vi cómo golpeaba a un sirviente, porque había hablado conmigo y no había oído que le estaba llamando con el timbre. Los pobres no habrían vuelto a congregarse ante el palacio los viernes. El señor conde no habría podido viajar solo a París, a Niza y a Montecarlo nunca más. ¡Y quién sabe lo que habría sido de Pantalejmon y de mí! A decir verdad, yo mismo tengo mucho que agradecer a nuestro conde. Volveré sobre ello más adelante.
El conde hacía muchas cosas buenas por todos nosotros. Se preocupaba de que sólo fueran reclutados para la milicia los más fuertes de nuestra ciudad y aquellos que no tenían nada que perder. Cada año, cuando venía la comisión de reclutamiento, los llamados a filas iban a ver al conde. Él invitaba a los señores de la comisión, hablaba con el comandante, el médico militar y los advertía. Les daba estupendos vinos de gran solera y una lista de toda la gente joven que podían enrolar.
Su método no siempre era fiable. Había ciertos comandantes a quienes los condes les traían sin cuidado y rompían las listas. Por tanto, a nuestros jóvenes les parecía obligado infringirse algún daño antes de presentarse ante la comisión: tomaban veneno para debilitar el corazón, contraían pleuritis y horribles enfermedades oculares y se provocaban todo tipo de fracturas. Sí; en algunos la aversión hacia el ejército era tan grande que se mutilaban los pies o se cortaban algún dedo. Conocí a un cerrajero pelirrojo que se había cortado los tendones de los pies. Se quedó inválido para toda la vida. Conocí a un albañil dedicado a los tejados, que estuvo echándose ácidos en el ojo izquierdo hasta que se quedó ciego.
La comisión volvía cada año en marzo, volvía como vuelve el viento cálido del sur sobre las montañas para anunciar la primavera. Entonces, los jóvenes que no confiaban en el conde empezaban a beber café negro, a dormir con muchachas, a pasarse las noches en danza. Algunos se bañaban en agua fría, enfermaban de pleuritis, de tuberculosis, y antes o después acababan muriéndose. Pero no tenían que hacerse soldados. Los más inteligentes emigraban a América.
Para llegar a América no sólo se necesitaba mucho dinero, sino además papeles falsos. Había gente que se encargaba de organizar expediciones de jóvenes a América proporcionándoles documentos falsos. Ganaban mucho dinero. No eran de fiar. En el último momento, ya en el tren y antes haber abandonado las fronteras del país, enviaban un telegrama a las autoridades y uno acababa en prisión en lugar de en América.
Con los agentes de emigración había que vivir en buenos términos. No se les podía acusar de ir contra la ley, era imposible probarlo, pero, aunque se hubiese podido, no les habría ocurrido nada, porque vivían en nuestra ciudad y, por tanto, estaban al abrigo de cualquier persecución. Entre nosotros vivían chalados, criminales, inocentes, necios, prudentes, y todos con la misma libertad.
La policía acudía a la casa de los padres de un desertor y les preguntaban si tenían noticias del desaparecido, a lo que los padres respondían que su hijo se había marchado de casa sin su conocimiento y que ya no mantenía relación con la familia. La policía escribía eso en un informe y jamás se volvía a hablar del tema.

Los habitantes de nuestra ciudad sentían necesidad de belleza y de obras de arte. Desde tiempos inmemoriales, disfrutábamos de un pequeño parque, en el que florecían los castaños, árboles muy viejos, venerables, gruesos, cuyas copas hacía podar el consejo municipal de vez en cuando y a cuya sombra dormía la gente en los calurosos días de verano. El parque era redondo, un círculo descampado, trazado con compás, rodeado por una valla de madera pintada de gris, a la que, en realidad, se habría podido renunciar, por la poca valla que era. Era más bien un anillo de madera endeble, astillada, podrida en algunos puntos, rota en otros, aunque en conjunto todavía se sostenía, un cinturón suelto rodeando las caderas del parque. No podía impedir la entrada ni a perros ni a los golfillos de la calle, que jamás utilizaban la entrada oficial. Era simplemente el amor al orden de nuestra gente lo que nos había obligado a delimitar el parque separándolo de la calle mediante una línea de significado más bien simbólico.
            En el centro del parque se alzaba una pequeña barraca con el frontispicio torcido, en cuyo extremo se había fijado una veleta. La veleta tampoco tenía sentido alguno. El viento jamás pasaba a través de la espesa cubierta de las hojas de los castaños. La veleta no tenía nada que hacer. Sin embargo, algunos la tenían en cuenta. Porque, sin causa aparente, resultaba que un día estaba orientada hacia el oeste y al siguiente hacia el norte. Creo que alguien se tomaba la molestia de regular la veleta de nuestra ciudad en función de la dirección del viento. Habrá sido uno de los muchos locos que ejercen funciones públicas entre nosotros.
El verdadero propósito de la barraca de madera era otro: en realidad era un quiosco de refrescos, donde se despachaba hielo y agua de soda con y sin sirope, y era regentado por una hermosa mujer rubia, soberbia, con la que otros y yo aprendimos qué era el amor. El agua de soda que nos daba debía de “ser especial o tal vez lo fueran mis jóvenes paisanos.
Nuestro quiosco estaba cerrado algunas veces a horas en las que uno no se lo hubiera esperado. En medio del día, un momento en el que en todas las demás ciudades del mundo se bebe agua de soda, nuestro quiosco permanecía cerrado, mudo, gris, silencioso. Los pájaros trinaban sobre él en las copas de los árboles. Era un quiosco encantado. No se oía nada en su interior. No se veía ninguna cerradura en la puerta, habría sido cerrada desde dentro.
Nadie sabía cuándo lo abrían. Pero, al cabo de una hora o dos o tres, volvería a estar abierto. Y, efectivamente, lo estaba. Se abría y se cerraba como por encanto. Jamás supimos cuándo sucedía. Ni siquiera los jóvenes, a los que afectaba, sabían cómo era que de repente lo tenían cerrado. Tampoco tenían tiempo para prestar demasiada atención a la puerta.
            El quiosco era el único adorno de nuestro parque y de nuestra ciudad. Un día, a nuestro burgomaestre le pareció demasiado escaso y disconforme con la importancia de nuestra localidad. Por consiguiente, se erigió una torre de ladrillos rojos y amarillos, con un reloj, cuya esfera se iluminaba cada noche. Además, se construyó una pequeña tienda dentro de la torre, una mujer se estableció en ella y se dedicó a vender flores. Era una hermosa mujer rubia, soberbia, pero la floristería siempre estaba abierta.
La necesidad de soda era mayor que la de adornos florales. La florista, que no supo adaptarse a nuestras costumbres, pasó inadvertida, enfermó pronto y murió joven. Su tienda la heredó el marido de nuestra rubia, el único vendedor ambulante de la ciudad, que comerciaba con antiguos relojes, un hombre delgado con un solo ojo. Había pasado diez años dedicado al comercio ambulante. En su mano izquierda siempre llevaba una docena de relojes destartalados. Las pesadas cadenas de níquel y alpaca colgaban de su mano como las correas de metal de una nagaika, el látigo de los cosacos. El lunes había mercado de cerdos. Los campesinos venían, ganaban dinero y demandaban baratijas. Nuestro vendedor ambulante iba del carro de un campesino al de otro, sacudía los relojes, para que hicieran tictac y se los ofrecía.
Ahora se convirtió en un comerciante distinguido, se sentaba en la floristería, colgaba los relojes en el cristal de la ventana y dejaba que los campesinos acudieran a él. Nuestra hermosa torre era profanada. Los campesinos iban arrastrando sus cerdos detrás de sí, llevaban las botas sucias, y nuestro burgomaestre pensó en un nuevo aderezo para embellecer nuestra ciudad.
Todas las ciudades importantes del mundo tienen monumentos. En nuestra ciudad no había ninguno.
Se había buceado en nuestra historia buscando en vano una personalidad digna de un monumento.
¡No es que nos faltaran grandes hombres! He mencionado algunos al inicio de mi relato. ¡Pero ninguno de ellos había tenido eco en su patria ni había quedado vivo en su recuerdo!
¡No había ninguno que no llevara los sospechosos rasgos de un revoltoso, de un insatisfecho, de un revolucionario! Todos habían odiado la autoridad. Así que la autoridad no podía darles las gracias con un monumento. Todos habían abandonado la patria. Así que la patria no podía estarles agradecida por ello.
Habríamos podido levantar un monumento a nuestro señor conde. Pero los supersticiosos se negaban a ello. Decían que erigir un monumento a un vivo era como conjurar su muerte, y un conde vivo era más valioso que uno de piedra.
Tal vez, los supersticiosos no se hubieran opuesto de haber contado con suficiente dinero. Pero no teníamos demasiado. Nuestro burgomaestre necesitaba una ayuda para construir el monumento y tuvo que pedirle al conde un préstamo.
¿Pero cómo se puede pedir dinero al conde para un monumento que habría de representar al conde mismo?
Nuestra ciudad no sabía qué hacer. Revolvimos en las crónicas en busca de hombres grandes y dignos. Encontramos a un famoso rabino. Por desgracia, la religión judía prohíbe las imágenes y, por lo demás, un rabino no es una representación conveniente.
En nuestra ciudad vivía un poeta. No escribía en ninguna de las lenguas del país. Escribía poemas en latín.
Se llamaba Raphael Stoklos, casi como un griego. En su juventud quiso ser profesor de universidad. Sin embargo, cuando uno ha nacido en un lugar que está tan alejado de ciudades universitarias, cuando no tiene dinero ni suficiente experiencia de la vida, se queda en poeta latino.
Stoklos daba clase de lenguas antiguas y modernas. A cambio, se le pagaba una habitación y todas las comidas, porque él mismo no se entendía con el dinero.
Ya estaba el consejo municipal a punto de inmortalizar al poeta vivo, cuando el propio Stoklos dio con una solución: un famoso escritor y erudito del siglo XVII había nacido cerca de nuestra ciudad, en un pueblo alejado, pese a todo, unos diez kilómetros.
En aquel entonces nuestra ciudad tampoco era más que un pueblo, pero como, desde entonces, se había convertido en la única ciudad en un radio de dieciséis kilómetros… ¿acaso no le pertenecía aquel pueblo, acaso no le pertenecía aquel hombre famoso?
Es cierto que también él, como había sido habitual en su época, había escrito en latín. Pero ya llevaba muerto tanto tiempo como su lengua. Aparecía en las historias de la literatura y en las enciclopedias. Era famoso.
Nuestro conde aportó la financiación. Se hizo el encargo a un picapedrero. Stoklos proporcionó un grabado, el retrato del ilustre convecino.
El picapedrero esculpió una gran figura con gafas, vestida con un abrigo ondeante, que sostenía un libro en la mano y una pluma detrás de la oreja. Éste era nuestro monumento.
Estaba sobre un pedestal de mármol falso. Alrededor del pedestal verdeaba un pequeño trozo de césped. Alrededor del césped corría una alambrera roja.
Más tarde se plantaron pensamientos sobre el césped, pensamientos grandes y hermosos, de aspecto frágil y espiritual.
Ahora teníamos un monumento. Nos quedábamos parados o nos sentábamos delante y contemplábamos los rasgos de nuestro distinguido paisano.
Siempre tenía abierta la misma página de su libro.
Se temía el nocivo efecto que la humedad y las heladas del otoño pudieran tener sobre la efigie de piedra, así que se construyó una caseta de madera para cubrir con ella el monumento.
Nuestro gran erudito pasó todo el invierno, hasta abril, al abrigo de las tablas. Se puede decir que hibernó como algunos animales.
En cuanto llegaba el buen tiempo se escuchaba un martilleo en el parque, estaban retirando la cubierta del monumento. Para nosotros se convirtió en un síntoma más de la llegada de la primavera.
—¡Ya han destapado el monumento! ¡Ya llega la primavera!
Decía la gente en abril.

(…)