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jueves, 25 de junio de 2015

... noventa años...



Este blog siempre ha sido bastante variopinto. De vez en cuando me he permitido confiarles alguna confidencia sobre mi vida. Hoy es un día en el que puedo romper cualquier regla, escrita o no escrita: hoy mi madre ha cumplido noventa años.

Noventa años, qué se puede decir, qué decir, en una entrada, en un párrafo, en un libro. Nada, no hay enciclopedia que pueda decir nada sobre la vida de una anciana que ha vivido los últimos noventa años de la historia de este país. Y ha vivido para contarlo. Aunque mi madre ya no cuenta muchas cosas: ha entrado sabiamente en la senectud y, de un modo natural, ha adoptado la actitud más sabia de este mundo: la de no hablar demasiado. Es curioso, de repente un día se acuerda de una representación teatral en la que actuó cuando era niña, y recuerda su diálogo, y me lo recita, y se ríe feliz en el recuerdo.

Algunas personas, al hacerse ancianas, es como si retornaran a la niñez, como si recobraran algunas de las actitudes que tienen los niños. Hace poco fue el día de su santo: nos reunimos toda la familia a comer en un restaurante. Cuando llegó el momento de darle los regalos hubo un pequeño detalle que, quizá, pasó desapercibido para todos pero que yo capté, tal vez porque era quien estaba sentado más cerca de ella. Entre los obsequios había un frasco de perfume: cuando consiguió con sus manos como sarmientos desenvolver el regalo, cuando descubrió la forma del frasco, una forma que imita la cabeza de un felino, dijo de un modo casi imperceptible: ¡qué bonito! La escritura no puede reproducir el tono  de la voz, el sonido, la música de la voz, la expresión, la pronunciación de la palabra hablada. Y también es muy difícil describir de qué modo se pronuncian unas palabras, o imposible. Pero yo percibí la voz de una niña, de una niña anciana, de una anciana niña: estaba toda la sorpresa, toda la ilusión de una niña que se queda como ausente ante un regalo que le fascina, que casi le deja sin aliento, y que con un hilito de voz, como si sólo lo dijera para sí misma, dice: ¡qué bonito! Son sólo dos palabras, pero cuya música recordaré mientras viva.

¿Con qué música celebrar el nonagésimo cumpleaños de mi madre, de cualquier madre? No sé por qué pero desde el primer momento lo he tenido muy claro. En la música que he escogido, y en la manera con la que es interpretada, está toda la sabiduría de un anciano, toda la risa de un niño, toda la alegría de vivir que debería sentir toda persona en este mundo. Seguro que, cuando la escuchen ustedes, estarán completamente de acuerdo conmigo. La música más sencilla y más sublime de este mundo para celebrar la alegría de la senectud de mi madre, de su nonagésimo cumpleaños.


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sábado, 6 de junio de 2015

IT NEVER WAS YOU - WEILL - KANAWA - PREVIN

I Never Was You es una canción que forma parte de un musical escrito por el compositor alemán Kurt Weill. Aquí, podemos escucharla  cantada por la soprano Kiri Te Kanawa; al piano, el compositor, director de orquesta, excelente músico, André Previn, interpreta una versión personal del acompañamiento. La interpretación es sublime; Kiri Te Kanawa canta con una voz dulce y serena, suavísimo, el pequeño crescendo que hace no abandona, no sobrepasa el dolce continuo con el que canta esta canción. Previn toca como sólo un gran músico es capaz de hacerlo: haciendo notar su presencia de un modo desapercibido. La compenetración entre ambos es íntima; no se sabe quién no quiere tapar a quién. Recuerda aquellas palabras de Kleiber: «deje entrar primero a quien tiene al lado». La canción es una de las más bonitas de este mundo.
 
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Aquí podemos escuchar la misma grabación, sin imágenes, pero con una calidad de sonido un poco mejor:


It Never Was You...

jueves, 28 de mayo de 2015

UNA CLASE...

Esta tarde, en una de las clases que he dado, ha habido un momento especial. En realidad, en casi todas las clases que he dado en toda mi vida, por no decir en todas, siempre ha habido algún momento especial. En alguna ocasión he dicho que un profesor no es el que te enseña, sino el que te cambia. Cada vez que un alumno sale de una clase ha de ser una persona distinta de la que era antes de entrar, aunque sólo sea un poco distinta. Esto también ocurre con el profesor: cada clase que das hace de ti una persona distinta, ya no eres el mismo Carlos que eras al comienzo de la clase. ¿Qué puede haber en una clase que sea especial, algo que sea único, que esté vivo? Muchas cosas: una pregunta, una exclamación, unos ojos asombrados ante el descubrimiento de cualquier cosa, una actitud. No siempre es todo bonito, nada hay que sea siempre bonito. Hay clases duras, ásperas, incluso aburridas. Pero siempre se ha de intentar encender la curiosidad del alumno, despertar su atención, afilarla, para eso le pagan a uno.

Esta tarde estaba sentado al piano un joven admirable. Rondará los treinta años. No es que sea un alumno excepcional, un fuera de serie, un prodigio; no, es un hombre normal y corriente, como yo soy un hombre normal y corriente. Este año, este joven, ha tenido que enfrentarse a una situación realmente difícil, y lo ha hecho con un estoicismo admirable. A pesar de las duras experiencias que le ha tocado vivir, ha faltado a clase lo mínimo. Su actitud ante la asignatura ha sido excepcional, ha estudiado mucho, ha hecho grandes avances, ejemplar en todos los sentidos.

Bueno, pues allí estaba sentado este hombre y yo a su derecha, escuchándole y puntualizándole esto y aquello. En lugar de partitura leía de un Ipad que coloca en el atril del piano. Ha llegado un momento que ha cambiado de pantalla en el iPad y he visto que tenía como fondo de escritorio un cuadro de Vermeer. «¡Ah, qué bonito, Vermeer!», le he dicho yo, y él me ha mirado extrañado, ha dicho que no sabía de quién era el cuadro, y tampoco sabía quién era Vermeer, que había escogido el cuadro por el cielo, por cierto, un cielo nublado. Los compañeros que estaban sentado tras él tampoco conocían a este pintor. Aprovechando que teníamos un Ipad a la vista de todos, el ordenador que hay en clase es un trasto infame, les he dicho: «sí, mirad, Vermeer, un pintor holandés magnífico», he escrito su nombre en el buscador y han aparecido un montón de pinturas suyas; al principio han aparecido, sobre todo, sus famosos, y magníficos, interiores. He escrito «paisajes» junto al nombre del pintor y entonces ha aparecido el cuadro en cuestión.


Ahora, buscando el cuadro en casa, me he dado cuenta de que no es de Vermeer, sino de Jacob Ruysdael, que me aspen si conocía, o recordaba, ese nombre. Tanto da, lo que importa no es el dato exacto, sino el pretexto, y el contexto, no me importa haberme equivocado. El caso es que ya estaban en pie los demás alumnos mirando, con los ojos como platos, las pinturas de Vermeer: «mirad este, qué bonito, y este otro, fijaos, este se llama “La lección de música” y este otro, “La muchacha de la perla˝». La lección de música, la que se supone que yo estaba dando, se ha ido a freír monas, y allí que hemos seguido contemplando cuadros y más cuadros. Yo les iba explicando, «estos cuadros se llaman “interiores”, y estos otros “paisajes”, claro, y a los cielos se les llama “celajes”, y esto es un “bodegón”, o una “naturaleza muerta”. Un paisaje puede ser bonito, estar muy bien pintado, en él admiramos la composición, el color, lo que se llama “forma”; sin embargo, en los interiores o en los bodegones podemos encontrar, además de la forma, significados, podemos hacer una lectura “iconológica”, cada elemento no esta puesto al tuntún, sino que ha sido escogido por lo que simboliza, por el significado que encierra; por ejemplo, está el tema llamado vanitas: es un tema muy recurrente y su nombre viene del latinajo, vanitas vanitatum, et omnia vanitas, “vanidad de vanidades, y todo vanidad”, y quiere decir que por mucho que nos deleitemos con el saber, con el arte o con los placeres, la vida es efímera y no debemos ser vanidosos, pues al cabo, bien pronto seremos ceniza, sólo polvo; y veis, casi siempre aparece una calavera, símbolo de la muerte, y el reloj de arena que simboliza el paso inexorable del tiempo». Y los alumnos asombrados, casi emocionados, me atrevería a decir.


Quizá algún alumno de tiempos pasados y que esté leyendo esto esté pensando: «y ahora contará la batallita de siempre», no me parece mal, cada cual puede pensar lo que le parezca, está bien: quizá algún otro piense, «ay, ojalá cuente aquello que contó un día y que no recuerdo bien»; también me parece igualmente bien, de todo hay en la viña del señor.

Pues sí, les he contado que en la universidad tuve un profesor magnífico, un hombre maravilloso. Este buen señor era especialista en iconología y es famosa su lectura del «Guernica», de Picasso. Les he contado que según este profesor, lo que siempre se ha interpretado cono una lanza rota, a la que se aferra un hombre tendido en el suelo, en realidad no lo es, sino que es un escoplo: el cuadro simboliza los horrores de la guerra, y el arte, la cultura, el pensamiento, se rompen durante las guerras. Les he contado que el Guernica está inspirado en el cuadro titulado «Los horrores de la guerra» de Rubens, y les he señalado la mujer con los brazos extendidos del Guernica, a la derecha, y su prefigura en el cuadro de Rubens, a la izquierda:


Gracias al iPad, podíamos pasar de un cuadro al otro y, en efecto, todos han reconocido la relación. Les he dicho que, en el arte, igual que en el pensamiento, el que no sabe inventa, y Picasso sabía mucho, que lejos de copiar a Rubens lo que hace es expresar con el lenguaje de su época lo que Rubens hizo en la suya; que hacer arte de la nada, ex nihilo, sólo lo hacen quienes no saben, quienes se creen que están inventando el oro y el moro y en realidad no son capaces ni de reconocer las influencias que hay en sus obras: mentecatos que se toman por dioses. Entonces les he señalado la famosísima relación del hombre tendido en el suelo del cuadro de Picasso con una de las figuras del Beato de Liébana.



Los alumnos estaban asombrados, entusiasmados, me atrevería a decir emocionados, ante toda esta serie de descubrimientos. También yo, una vez más, estaba casi emocionado: aunque haya contado todas estas cosas, y otras tantas, muchas veces, cada vez es una vez distinta, cada vez es nueva, cada vez vienen a mi mente recuerdos: recuerdo el entusiasmo de mi profesor cuando nos explicaba sus interpretaciones del Guernica, recuerdo algunos otros momentos en los que he contado yo estas cosas. Los alumnos estaban emocionados. Y surge la pregunta: ¿cómo es posible que los jóvenes de hoy en día no tengan ni idea de todas estas cosas? Estas cosas no hay que saberlas para ser más listos, ni para ser más cultos, ni para sacar mejores notas, ni para conseguir mejores empleos: no, estas cosas hay que saberlas porque ¡son tan hermosas!, ¡es tan maravilloso entender un poco la mente de otras personas! tan lejanas en el tiempo y en el espacio, pero por unos instantes tan cercanas. Es tan maravilloso descubrir todas estas cosas que no sirven para nada: es tan emocionante sentir cómo se encienden tus neuronas, cómo se eriza tu bello: ¡es tan maravilloso el arte, es tan bonito!, lo siento, no sé decirlo con otras palabras. ¿Y por qué nuestros jóvenes no conocen estas cosas? ¡Si cuando las descubren se emocionan! La respuesta es obvia: no saben porque no les enseñamos: la sociedad, los medios de comunicación, los programas educativos ideados y mil veces cambiados por políticos inmundos, ¡todo!, no hace más que idiotizar a nuestros jóvenes, adormecerlos, drogarlos de ignorancia, hacerlos adictos a la ignorancia. Es muy triste, muy muy triste.

Ya en el pasillo, saliendo de clase, hemos pasado ha hablar de cosas más prosaicas. Se están gestando cambios en el lugar en el que trabajo, va a haber movimientos: tengo un 99’9 % de probabilidades (si lo pones boca abajo el número de la bestia) de volver, como mucho en un par de años, a enseñar a niños de entre siete y catorce años, la clave de sol, la escala, las líneas adicionales. Y no está mal, tan bonito es enseñar a jóvenes, como a niños, como a adultos. Pero, ¿no estará desaprovechando el estado mis conocimientos? A los niños de once años no puedo hablarles de Vermeer, o de Picasso, o de la iconología, o de Goethe, Schiller, Baudelaire, Steiner, Schumann, Satie, Borges, Hölderlin, Walser, Kavafis, Fricsay... Claro, es tan digno y tan hermoso enseñar a unos que a otros. Pero, ¿y qué hago yo con todos esos, modestos, conocimientos?, ¿a quién se los cuento? Y por otro lado, ya pasé quince o veinte años enseñando a niños; dar clase a niños es más duro, más pesado, yo ya estoy un poco enfermo y cansado como para poder hacer frente a un puñado de adolescentes. Pero lo volveré a hacer, y a mucha honra, pero..., uf, nada más de pensarlo ya me fatigo.

Por último, cuando ya en el coche volvía hacia casa, y mientras escuchaba casi con lágrimas en los ojos esta preciosa canción de Brahms, pensaba: «los niños, los maravillosos niños...»