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martes, 30 de agosto de 2011

CHOPIN – ESTUDIO REVOLUCIONARIO – CAMERON CARPENTER, órgano - ¡PASEN Y VEAN!


              En ocasiones a la música la convierten en circo. Desde tiempos inmemoriales ha habido «empresarios» que han llevado por pueblos y ciudades a músicos que por su virtuosismo ante su instrumento podían ser explotados como monos de feria, con o sin el consentimiento del propio músico. Se trata del «más difícil todavía», se trata de rebajar una de las facetas de un arte sublime como es la música, la de la interpretación, a número de circo, al célebre «pasen y vean». Quizá a Mozart cuando era niño le tocó en más de una ocasión hacer el numerito. Albéniz se ganó la vida durante un tiempo tocando el  piano de espaldas.
              De hecho sigue habiendo un disimulado apetito por el número de circo en los habituales a asistir conciertos en directo: unas veces se va a «ver» (no a oír) si tal intérprete las da todas, cuántas notas falsas se le escapan, si toca a la velocidad adecuada, etc. Existe una gran mitificación del concierto en directo; se habla de que si la música en vivo y que si tal y que si cual. He asistido a conciertos en los que la sala estaba abarrotada porque los intérpretes eran tales o cuales, o porque el concierto tenía una significación añadida, conciertos en los que se estaba tocando una música asquerosa de una manera puerca a más no poder; recuerdo uno de estos conciertos, se celebraba en una iglesia y, además, hacía un calor sofocante, el público tenía que estar en pie y todos los asistentes sudábamos como animales de corral, con la consecuente pestilencia nauseabunda; pues allí que aguantaban todos por el significado político del concierto; toda esa chusma, en su casa no se pone un CD en la vida pero allí tenían que dejarse ver. Y aplaudían como bellacos. Poco a poco me fui escabullendo en medio del gentío abriéndome paso con codos y manos hasta que gané la libertad del aire libre, dios misericordioso.
              Un caso ejemplar de honradez y coherencia musical fue el de Sviatoslav Richter; a pesar de tener una memoria prodigiosa -se calcula que tenía en su memoria unos ochenta programas distintos sin contar la música de cámara- hacia el final de su carrera comenzó a tocar con partitura en los conciertos porque decía que no recordaba con exactitud alguna que otra minúscula indicación del compositor. Además la sala debía permanecer a oscuras y con sólo una pequeña lamparita que iluminase  la partitura. Decía que a un concierto se iba a «escuchar» la música y que el intérprete tenía un papel completamente secundario; por supuesto a nadie debía importarle las muecas o gestos que hiciese el intérprete. Richter era un gran virtuoso que estaba por encima de su virtuosismo y que lo supeditaba de una manera tajante a la música que tocaba.
              En la entrada anterior hablábamos del órgano Hammond. Veamos ahora un órgano litúrgico tocado por un joven organista que hasta va ataviado como un trapecista o cosa similar. Se trata de Cameron Carpenter tocando el célebre estudio para piano llamado el Revolucionario de Chopin al órgano ejecutando la difícil parte de la mano izquierda con los pies. Pasen y vean:


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