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lunes, 29 de agosto de 2011

LA BUENA VIDA O DE LA SERENIDAD ANTE EL HORROR, de FRED WANDER


«La buena vida o de la serenidad ante el horror. Memorias» Fred Wander
Traducción de  Richard Gross. Ed. Pre-textos. Valencia 2010.

              Este es un libro de los que yo llamo «testimoniales», y con esto lo que pretendo es diferenciarlos de lo que comúnmente se entiende como «memorias». Para mí, unas memorias son, por ejemplo, las que escribió Salvador Pániker: hombre de una gran cultura nos habla de sí mismo, de sus avatares, de las personas que ha conocido, nos da sus opiniones, unas memorias realmente interesantes, hasta con índice onomástico. Pero un libro «testimonial» es, como todo el mundo sabe, el escrito por alguien que ha pasado realmente las de Caín y ha sobrevivido y en lugar de tumbarse a la bartola a disfrutar de los buenos o al menos mejores tiempos realiza el enorme esfuerzo humano que supone revivir el pánico, el horror vivido y plasmarlo por escrito, para memoria no ya de sí mismo sino sobre todo en memoria de  quienes el azar no consintió que sobrevivieran, para rescatar de las odiosas estadísticas a seres humanos con nombre y apellidos, y también para recordar a la humanidad que hubo monstruos, seres abominables que cometieron con el prójimo inconcebibles atrocidades. He leído y sigo leyendo multitud de libros de este tipo que, por desgracia, hay muchos: yo me siento obligado a escuchar a quienes acometen un esfuerzo tan doloroso, me siento obligado a escuchar esas voces que me cuentan sus sufrimientos desde el pasado. Recalco, es una obligación que asumo yo solito y no hago extensible a nadie más en absoluto.
              Wander realiza su trabajo de una manera ejemplar. En la sobrecubierta trasera del libro podemos leer: «Wander no pretende que se le admire como un héroe ni que se le compadezca como víctima; sólo quiere dar testimonio ante sí y ante nosotros». No dramatiza ni carga las tintas en ningún momento. Judío nacido en Viena en 1917, estuvo confinado en los campos de concentración, o de exterminio, de Auschwitz y de Buchenwald, y sobrevivió a ambos. Además de esta terrible experiencia también le tocó vivir otras terribles circunstancias  personales. Vivió en multitud de lugares, incluyendo la recién estrenada República Democrática Alemana. Estuvo casado con Maxie Wander, nacida Elfriede Brunner, una mujer extraordinaria de una encantadora belleza, también escritora, y con quien tuvo varios hijos.


              Wander no siente ninguna estima por las grandes cifras: «Nunca me he interesado por el grupo, sino siempre por el individuo. Lo que yo contemplaba y seguía observando con hambre canina era la gente atormentada, los solitarios y los marginados envueltos en una nube de tensión inmensa, tras la guerra de los genocidas y ante las macrotransformaciones de las estructuras políticas y sociales que cabía esperar» (p.173). Y también, en la página 110, dice «(...) su mujer y sus dos que se habían quedado en Cracovia habían sido asesinados por los alemanes. ¡Seis millones de judíos masacrados! Sobre millones de muertos nada puede decirse. ¡Pero sobre tres o cuatro se podría contar una historia!»
              Es natural que no tuviese una buena opinión de los gobernantes: «Es inherente a todo conglomerado de poder el disponer del suficiente número de criaturas serviles, carreristas, oportunistas, cabezas huecas, lameculos, policías y espías. El poder siempre mantiene a una élite de funcionarios sumamente privilegiados y corruptos, cuyo interés vital es mantener el poder» (p.132).
              En muchas ocasiones tuvo que vivir, por razones de trabajo, alejado de su querida Maxie. En este libro se recogen muchas de las cartas que se escribieron durante esos lapsos. Así, al final de una carta escrita desde Viena el 2 de septiembre de 1974, Wander le cuenta a su mujer: «Mäxl, voy a mandar esta carta, de lo contrario nunca recibirías nada. El sábado vi con Otti en el cine Gartenbau una película que supera con creces La gran comilona. Una tortura desde el principio hasta el fin. Arrabal, Iré como un caballo loco. Mentirosa, perversa, diletante, descabellada, repugnante hasta la extenuación. Y la gente no se la pierde, va y se ríe» (p.259). Y es que Wander, a pesar de haber abandonado los estudios a los catorce años, siempre fue un lector empedernido, lo que le dio una gran cultura y por lo que acabamos de ver, también refinó su buen gusto.
              Fred Wander murió en Viena en el año 1983. Recientemente he releído otro libro suyo, «El séptimo pozo», libro en el que como si fuera una novela o una colección de relatos se centra en la narración de sus vivencias en cautiverio. De este libro comentó la autora alemana Christa Wolf: «Arrancar por lo menos a algunos de esa legión de anónimos, convocar algunos nombres, hacer despertar algunas voces, dibujar el recuerdo de algunas caras»
              Tanto el libro protagonista de esta entrada como el mencionado en el párrafo de arriba son sumamente aconsejables.

Buchenwald - Entrada - «A cada uno lo suyo»


4 comentarios:

  1. ¡Buen día!

    Muy cierto...nada puede decirse...
    ¡Pero sobre tres o cuatro se podría contar una historia!

    Felizmente,los buenos momentos no nos lo quita nadie...es lo que quiero creer y lo que viene a mi mente al mirar esa foto,al contemplar a esa bella mujer,sólo la veo a ella y pienso en ese instante;tranquilo y sereno.Me quiero quedar con esa imagen.

    Un abrazo,hasta pronto


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    1. El de Wander es un libro magnífico. Y es necesario contemplar cosas hermosas para no enloquecer ante la barbarie humana y la tragedia continua que la realidad cotidiana nos pone delante de los ojos.

      Quedémonos con esa, o con cualquier otra, contemplación de la belleza, sin olvidar por ello a todas y cada una de las personas a quienes esta vida niega la más mínima belleza.

      Un abrazo, que disfrutes de un feliz fin de semana.

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  2. COMO DICE ESTE GRAN LOCUTOR TRECET.. DENTRO DE ESTE ASQUEROSO MUNDO NOS QUEDA CONTEMPLAR LA BELLEZA DE LAS COSAS. GRACIAS

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    1. Gracias a ti por la cita y por tu comentario. Y esperemos que no acaben con todas las cosas bellas.

      Un cordial saludo

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