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martes, 13 de septiembre de 2011

LOS ANIMALES



Necesito la soledad y el silencio más que nada, después de oxígeno y un poco de alimento, claro. Mucha gente me ha dicho en muchas ocasiones que por qué no me compraba algún animal de compañía. Mi respuesta siempre ha sido la misma: no quiero nada que se mueva. Es muy frecuente también la pregunta: ¿te gustan los animales?, a la que yo suelo responder a la manera de Erik Satie pero cambiando un poco las preferencias: «por supuesto que me gustan los animales, el cochinillo, el besugo, las gambas de Denia, las cigalas grandes, hasta las angulas me gustan...». 


Pero esto es broma, tanto que desde hace bastante tiempo me he vuelto casi vegetariano. Sí, me gustan los animales, los animales vivos y libres. Creo que lo más hermoso que tiene un animal es la vida, ese tipo de vida tan distinto al nuestro, salvaje e instintivo. Por eso no me gustan los animales muertos: no entiendo que se pueda cazar, por poner un ejemplo, un ciervo; algo que es tremendamente bello, esbelto, orgulloso y asustadizo a la vez, se convierte en cuestión de segundos en un mamotreto horrible, fofo, espantoso. Siempre digo que quizá algún día pueda irme a vivir al monte, al campo, y en ese caso si puedo me compraré un burrito, para salir a pasear con él, no montado en él; me imagino teniendo amenas e interesantes conversaciones con el animal, mucho más que las que tengo que mantener a menudo con animales de mi especie.


         El otro día comenté el libro de Fred Wander, «La buena vida, o de la serenidad ante el horror». Este escritor, que tanto sufrió a lo largo y ancho de su vida, que tanto amó y que fue tan amado, y que quizá odió y desde luego fue maltratado con odio criminal, este buen hombre todavía tenía espacio en su ser para amar a los animales, lo describe en el libro comentado, en su página 360:

«Pero no todos los perros andaban sueltos. Algunos estaban atados en los patios, haciendo de guardianes. Vimos a más de uno que nunca se liberó de las cadenas. La crueldad de los campesinos con los animales tenía muchas formas, prefiero callar al respecto. Es como un aguijón que llevo clavado... Y en mi vida me perdonaré que nos quedáramos cruzados de brazos ante esas costumbres, que no intentáramos convencer a algunos del pecado con que cargaban. Una omisión terrible, que me atormentará y roerá el alma hasta el fin de mis días: teníamos cachorros y regalé uno a una familia campesina que conocíamos. Más tarde supe que lo tenían atado a la cadena para que vigilara el huerto y que permanecería encadenado para siempre. Y no intervine. No lo comprendo. No comprendo la ceguera que a veces nos paraliza. No sólo los errores que cometemos, sino también nuestras omisiones nos corroen la vida. Somos incapaces de amar, no sabemos realmente nada del amor si no queremos a los animales» (La negrita es mía)


          No obstante vivimos en una sociedad pervertida que, en muchas ocasiones se ocupa y preocupa más por los animales que por las personas. Limpiar a un ave que ha sido embadurnada con chapapote cuesta 600 euros, aunque sólo sobreviven un diez por ciento. En el cuerno de África hay muchos seres humanos en gravísimo peligro de extinción: ¿no hay manera de intervenir en esa situación? Es un problema muy complejo, hay guerras fratricidas y despiadados señores de la guerra de por medio: pero, de igual modo que se ha intervenido en Irak, Afganistán, Libia y en otros muchos lugares, ¿no se podría intervenir de alguna manera para solucionar este terrible drama africano?. Me pregunto, ¿tendrá algo que ver el petróleo en esta situación?
        Ya comenté en otro momento que la gastronomía, la moda y el cine son elementos insustituibles de lo que hoy en día se entiende por cultura; hoy en día, con este gobierno y en este país. De modo que si se quiere demostrar un elevado nivel cultural hay que ponerse una buena ropa, marta cibelina, visón y trapitos así, hay que ir a cenar a un restaurante en cuya carta, para enriquecerse culturalmente, podamos encontrar: gacela, ñu, antílope Blesbok, Eland, Kudu y Hartebeest, impala, oryx y cebra y por último hay que ir a ver una ¿buena? película española. ¿Cabe más cinismo?, mientras las personas que habitan el continente africano se mueren a diario de hambre nosotros les arrebatamos sus animales, con cuya carne podrían sobrevivir,  preparamos sus partes más selectas, eso sí, con mousse de no sé qué y tal y cual, y llamamos a eso «cultura». Qué perversos podemos llegar a ser sin ni tan siquiera proponérnoslo.

 
Hace tiempo me dio por la novela histórica. Recuerdo un libro titulado «Gunter de Amalfi, caballero templario» de F. Cuomo y publicado por EDAF en Madrid, año 1991. El personaje principal es Gunter, de quien se cuenta su paso por la orden de los templarios desde sus comienzos como novicio. Tras una cruenta razia acontece el siguiente episodio, que comparte con el Maestre:


«... Después espoleó al caballo y se dirigió hacia el luminoso reclamo del mar, en dirección a la costa, lejano de aquel túmulo de gloria. Pero no recorrió más que unos pocos pasos, porque el caballo empezó primero a cojear, luego se bamboleó y finalmente cayó de rodillas ­­–como rogando del mismo modo que todos cuantos agonizaban a pocos metros de distancia– socorrido vanamente por su caballero.
No había mucho que hacer por la bestia herida, sino ahorrarle la agonía. De modo que el maestre sacó su daga y se arrodilló junto al caballo, acariciándole la crin dulcemente, mientras buscaba el punto del cuello en el que hundir la hoja para que la muerte fuese rápida y sin dolor.
Y mientras lo acariciaba, le hablaba. Gunter, que a su vez había descendido de su caballo, se le acercó ofreciéndole de beber. El Maestre sacudió la cabeza y continuó hablándole al caballo en voz baja. Tenía el rostro cubierto de lágrimas.
El llanto de un guerrero es algo muy extraño y solemne, por lo que Gunter, a pesar de que había combatido en gran cantidad de batallas, no había asistido a algo semejante sino en poquísimas ocasiones en toda su vida. Se acercó, pues, en una respetuosa e inmóvil concentración, esforzándose por sacar provecho espiritual de aquel testimonio inhabitual de ternura.

En totes les besties qual és pus bella bèstia e pus corrent e que pusca sostenire més de treball”, decía el Maestre en una lengua desconocida, mientras continuaba acariciando el cuello del caballo, y las lágrimas le inundaban las mejillas, “ni qual és pus convenient a servir home? E car cavall és la pus noble bìstia e la pus convinent a servir home, per acò de totes les bèsties hom eleec cavall, e donà-lo a l’home qui fo eler de mil hòmens; e per acò aquell home ha nom cavaller”.(1)

Concluido el elogio, el Maestre hundió la daga en el cuello del animal, en el punto donde se veía el bulto de una gran vena,...

... –Maestre –dijo Gunter-, ¿en qué lengua hablabas a la oreja de tu caballo antes de matarlo?
–En una antigua y noble lengua de Europa, muy familiar también entre los árabes: el catalán.
–Es una lengua dulce, de las que se entiende el sentido por el tono, como música, aunque no se conozcan las palabras».
–Por eso es muy amada por los poetas y los juglares, y por los caballeros solamente en alguna rara ocasión, de amor o dolor, o de ambas cosas.
–Son ocasiones que nos convierten a todos en poetas o juglares.
–Exactamente.»


(1) Entre todas las bestias, ¿cuál es más bella y más veloz y más dispuesta a sufrir todo tipo de fatigas, y más adaptada a servir al hombre? Y puesto que el caballo es la más noble bestia y la más adaptada para servir al hombre, por eso entre todas las bestias el hombre elige el caballo, y lo donó al hombre que había sido elegido entre mil hombres; y por eso ese hombre se llama caballero. 
 
O0o.o0O


        Para finalizar podemos escuchar esta bella y célebre página de Camille Saint-Saëns. Este músico fue niño prodigio; en la actualidad no está demasiado reconocido, injustamente; su inspiración melódica es de primer orden. Entre sus numerosas composiciones se halla el «Carnaval de los animales», del que he escogido «El cisne». Esta pieza es para violonchelo con acompañamiento orquestal pero su versión más popular es con acompañamiento de piano. La versión que traigo es de Stjepan Hauser a sus diecinueve años tocando admirablemente; el pianista, de quien no sé ni su nombre, mete una gamba (por no salirme del mismo reino), como llamamos los músicos a un error: en el minuto 2.40 se anticipa y el chelo reprime una expresión de fastidio que, no obstante, se le nota:





P. S. Dedico esta entrada a dos chicas: a la más jovencita de ellas le chiflan los caballos; la un poco menos jovencita ama por igual a todos los animales. Con todo mi afecto.

6 comentarios:

  1. Yo también pienso que los animales en libertad mejor.
    Lo siguiente lo comento como una comparación hacia los humanos sin que, por alabar al perro como mascota, parezca contradictorio mi comentario anterior ¿Te das cuenta de lo incondicional del amor de un perro como mascota?
    Te está agradecido si le das de comer. Te está agradecido si lo sacas a pasear. Pero nunca parece culparte (parecer distante, lamerte menos, mover menos la colita la verte) por no ponerle un pienso mejor, no sacarlo más a menudo, haber llegado más tarde a casa, ...
    No creo que sea porque el perro no es consciente de que su vida podría ser 'mejor', que es el motivo por el que tendemos a enfadarnos con quienes pensamos que nos lo dificultan o impiden.
    Son más conformistas, supongo, más carpe diem (voy a usar el latín para parecer más listo, como hizo la iglesia).
    Si ataras a un humano para que te vigilase la casa, al llegar los ladrones intentaría conchabarse con ellos y por tanto en contra tuya. El perro, si se enfada (como no he tenido, tampoco sé mucho de ellos) no deja de hacer lo que considera correcto (aunque lo haga por él) y no tarda en perdonar.
    Ni si quiera creo que tema que por enfadarse fuera a quedarse sin pienso.
    - G.

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  2. Yo tampoco he tenido nunca un perro. Y si no fuera porque al sacarlos a pasear has de ir tras ellos recogiendo sus «escombros» quizá me comprara uno, o sacase uno de esos sitios en los que recogen a los pobres perros abandonados. Wander se lamenta del pobre perro encadenado; no sé qué sentiría si supiese las barbaridades que, en nombre de la ciencia (la ciencia cosmética, por ejemplo), se cometen con todo tipo de animales. He leído dos libros de Curzio Malaparte, «Kaputt» y «La piel», ambos magníficos; no recuerdo en cuál de los dos cuenta Malaparte en primera persona que en cierta ocasión le desapareció un perro; dónde lo halló y las circunstancias posteriores, así como el modo de narrarlo de Malaparte, me hicieron estremecer y pensar, confirmar, que no hay criatura más cruel y perversa que el ser humano. Beethoven decía que prefería un árbol a una persona... Sí, el perro es un animal noble e inteligente, agradecido y fiel.

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  3. Como no se puede comentar en las fotos, te escribo aquí que me encanta la foto de la valla ante la niebla de Leszek Bujnowski. En realidad las otras que estoy viendo, también son preciosas. Lástima que no puedan ampliarse.


    Creo que me gustaría leer esa parte del libro que comentas.

    Aunque ninguno te va a contestar, un perro al menos entendería mejor que un burro el tono al hablarle.

    G.

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  4. Hola, G, acabo de publicar el fragmento de "La piel" de Curzio Malaparte.
    Un saludo

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  5. Por un momento te llevo a mi carro, el de mis abuelos. Un carro que conservo como oro en roca de mina: y hay un cisne. Camille, Camille, que grande para todos su carnaval.

    http://tempero-koroneiki.blogspot.com.es/2010/05/el-carro-de-camille-saint-saens.html

    Lo siento Carlos, no capto bien esa gamba del 2'40''.

    Abrazos, Carlos.

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    1. Primero es lo primero: he vuelto a escuchar varias veces, cada una con más atención, a Stjepan Hauser y creo que tienes razón, que no hay gamba, sino que el piano tiene ahí una nota anticipada en el grave... no sé, quizá la anticipe un poquito más de lo exacto, en fin, que ya no sé qué pensar, y que bravo por tu fino oído, ¿qué no serás tú un consumado intérprete de algún instrumento...?

      Lo primero que he hecho al visitar tu entrada ha sido mirar todas las fotos de seguida, y lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido el Arca de Noé; no ha sido hasta más tarde que he reparado en los animalitos pintados, qué cosas. Y qué joya de carro, más parece una carroza. Que sigas conservándolo como oro en paño, y disfrutándolo, por muchos años.

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