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sábado, 10 de septiembre de 2011

EL LOBO - HERMANN HESSE


Hermann Hesse, cuyo apellido ha de pronunciarse «hɛsə» y nunca ««hɛs», como el de un tal Rudolf, ha sido uno de los mejores escritores del siglo XX. Escribió poesía, novela y una gran cantidad de cartas la mayoría de las cuales se ha editado. Entre estas últimas cabe destacar el epistolario que mantuvo con Thomas Mann y con Stefan Zweig. Sus novelas más famosas son «El lobo estepario», «Demian» y «Siddhartha», aunque en opinión de quien escribe estas líneas su obra maestra es «El juego de los abalorios». También escribió una gran cantidad de cuentos, hoy traigo uno de ellos. 
             El cuento es uno de los géneros más difíciles, aunque no lo parezca; a simple vista, dada su brevedad, se piensa que es muy fácil escribir un par de cuentos por la mañana y tres o cuatro por la tarde. A los humanos nos encanta escuchar cuentos, historias; en realidad, el acto de leer no es otra cosa que contarse uno un cuento a sí mismo. Las primeras narraciones fueron, no descubro nada, orales, y se cree que Homero contaba de viva voz su apreciada Odisea. Un buen cuento ha de cautivar desde sus primeras líneas, por no decir palabras; a continuación ha de desarrollar una trama que sin ser demasiado complicada tenga interés y fluya como el agua de un arroyo; pero el momento crítico de un cuento está en el final: el último párrafo, la última frase ha de iluminar todo el relato, ha de ser la piedra clave, ha de conmover. Creo que el cuento que he escogido reúne con creces estas características. Espero que quien quiera que lo lea coincida con mi opinión.


El lobo
Hermann Hesse

«Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era claro y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de un color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, y parecía la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidas, brillaban y se extinguían pronto, por la noche, de un modo turbio y humoso, junto a la luz azulada de la luna.
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad, también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá  uno  de ellos  avanzaba  por   la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.


Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar. De madrugada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas docenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías.
Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados. Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cobraron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados. Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, crujidos de maderas que se partían, ruidos de cascos de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de fusil, el otro, abatido a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna. Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie.
Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche. Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía  manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces y pasos que se acercaban por dos lados. Angustiado, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, hoscosa y de difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, empezó a encaramarse por la abrupta pendiente, mientras, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloroso a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco.
El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía  anunciar una nevada.
Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había es- capado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente difícil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada. Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave y extraña. El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes   con   gorros  de piel  y  pesadas  polainas venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándolo hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.»

(1903)


 Hermann Hesse: Cuentos, 1. Trad. Feliu Formosa. Alianza Editorial

2 comentarios:

  1. ¡Buenos días!

    Muy cierto lo que dices:el cuento que he escogido reúne con creces estas características.El lobo de H.Hesse te atrapa de comienzo a fin,te mantiene en vilo en todo momento,de gran intensidad y belleza.A mí en particular me conmueve mucho,me deja con la lagrimilla...el lobo fiel a su instinto,a su esencia,a esa naturaleza salvaje y..."la bestia humana".

    Espero de corazón que tengas un buen día,un abrazo.

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    1. Buenos días, C.G.:

      Muy mala fama se le ha dado al lobo desde siempre; Boris Vian dice que el hombre es un lobo para el hombre. Quizá mejor nos hubiera ido como especie si esta frase fuese cierta. Vian debería haberse contentado diciendo que el hombre es un hombre para el hombre, eso sí que es horrible, eso sí que da miedo, terror.

      El relato de Hesse es de gran belleza aun en su dramatismo y, como ya digo en la entrada, su final es verdaderamente conmovedor: el hombre es un hombre para el lobo.

      También te deseo de corazón un buen día.

      Un abrazo

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