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domingo, 16 de octubre de 2011

ALGO PERSONAL / RUDYARD - INTERMEZZO de CAVALLERIA RUSTICANA, de MASCAGNI


Dos grandes amigos: Goethe y Schiller
Hace unos diez años, un buen día, sonó mi teléfono. Me llamaba un ex alumno de quien hacía otros casi diez años que no tenía noticia. Este buen hombre sólo quería saber de mí; me contó que había terminado trabajando en una profesión que está tan alejada de la música como puede estarlo el Polo Norte del Sur, lo que da una idea de mi calidad como profesor. Yo, por aquel entonces estaba bastante enfermo, y se lo conté. Seguimos en contacto por teléfono y al poco tiempo vino a mi casa.

Este tío, mientras era alumno mío, no se perdía ni una clase. Hubo un curso que al finalizar le dije: «Mira, Rudyard, estás para aprobar por los pelos, si tú quieres te apruebo pero yo te aconsejaría que repitieses»; respuesta: «pues nada, nano, yo repito, si a mí me encanta venir a tus clases; no te preocupes, tío, suspéndeme, y así me quedarán las cosas más claras». Esta alma de cántaro estudiaba el bachillerato, venía al conservatorio Y TRABAJABA; además era un semi bala perdida que se movía como una ardilla arriba y abajo con un Vespino; también practicaba tenis, y en la actualidad es un amateur de gran nivel. Al curso siguiente vino de nuevo a clase sin faltar ni un sólo día y al final le puse un notable o un sobresaliente, no recuerdo. Es cierto que en clase no sólo él, también yo me lo pasaba muy bien; había veces que tenía que llamarle la atención porque no paraba de reírse; había veces que yo me tenía que poner de cara a la pizarra mordiéndome un labio porque me partía de risa. Pero, claro, esto no quita para que todos quienes asistieron a aquellos cursos no aprendieran todo cuanto había que aprender. Siempre he pensado que dar clase no tiene que ser un calvario para nadie; nada de eso de que «la nota con sangre entra.»


Bien, cuando pasado el tiempo, vino a verme, y ya cara a cara, nos partimos de risa de su profesión. Pero él se quedó alarmado de ver mi estado ocasionado por la enfermedad: yo, que mi peso «ideal» está sobre los 70 kilos pesaba a la sazón 50. La cuestión es que ya sin las barreras entre profesor y alumno y con tan sólo la barrera de más de quince años de diferencia entre nuestras respectivas edades comenzamos a ser amigos. Y aquí viene lo bueno. Constantemente me invitaba a comer y a cenar por ahí, hasta venía a mi casa a por mí con su coche. Una vez en el restaurante que fuera pedía los mejores platos para estimular mi recalcitrante inapetencia y, literalmente, me empapuzaba como a un gorrión caído del nido, Gané peso. Y, además, nos reíamos como rufianes, hasta el extremo de que en alguna ocasión rayábamos lo impresentable. Bien, nuestra amistad continúa hoy por hoy. La amistad es algo fenomenal: no exige, no pregunta, no interroga, no apremia, no juzga, es de lo mejor que hay.

Este hombre, que en la actualidad es un tío como un castillo, se casó con una mujer fantástica y es feliz como una perdiz. Un detalle: él sabe que yo detesto las celebraciones; pues cuando llegó el momento de su boda dio por hecho que yo no querría asistir a la ceremonia y en ningún momento me presionó a hacerlo, simplemente me dijo que, en el remoto caso de que quisiera ir, pondría a mi disposición todos los medios para que me resultara lo menos oneroso posible. No se dio ese remoto caso.

Que se dejara la música no significó que dejara de gustarle la música. Sigue tocando el piano siempre que el tiempo y las circunstancias se lo permiten; yo le paso partituras de cosas que sé que le pueden agradar. Ayer me mandó un Email en el que me contaba que había encontrado un ratito para tocar el «Intermezzo» de la ópera «Cavalleria rusticana», cuya partitura le pasé hace tiempo, y me contaba de la emoción que esa música le causaba a él y a todos quienes estaban con él en ese momento. Yo siempre he pensado que un profesor no es aquél que enseña, sino aquel «que hace del alumno una persona diferente»; de cada clase, un alumno ha de salir siendo distinto de cuando entró; suena un poco utópico pero creo que en el caso de Rudyard, y en algún otro, la cosa fue, y es, así. Creo que es una gran suerte para él que hoy pueda disfrutar de la música, que en su día, algo dentro de él cambiase que le hiciese amar la música. No me atribuyo ningún mérito: en primer lugar es mi obligación como profesor y como funcionario del Estado Español enseñar, servir, ayudar y poner las cosas fáciles a todo aquel cuya educación me sea encomendada por un tiempo; también tengo la obligación de proteger y defender sus derechos; por otro lado, no todo el mundo es capaz de cambiar en la medida en que lo hizo el amigo Rudyard: sus aptitudes, actitudes, su disposición a aprender resultaron el terreno óptimo para que las cosas funcionaran.

Escribo aquí sobre mi amigo Rudyard porque en la actualidad está pasando por momentos difíciles. Yo ya le he dicho que me tiene para lo que quiera, cuando quiera, como quiera y en donde quiera. Pero también aquí quiero rendir un pequeño homenaje a este gran hombre en todos los sentidos del término. Gran hombre y gran e inmejorable amigo.

Todo en su honor, escuchemos la pieza arriba citada en interpretación de la Evergreen Symphony Orchestra dirigida por Lim Kek-tjiang, cuyo nombre  y apellido se pronuncia «Lim Kek-tjiang»; se pronuncie como quiera que sea el gachó dirige que flipas y la orquesta toca... júzgenlo ustedes mismos:


¿Qué hace que un director de orquesta sea bueno? En primer lugar el resultado que obtenga de la orquesta que tenga delante que, en este caso, es inmejorable; dirige con emoción viva, hasta se le oye suspirar, pero sin caer en el amaneramiento. Pero luego hay detalles humanos: él se quita todo mérito; al finalizar la pieza hace levantar a toda la orquesta, y no como algunos que empiezan a levantar a este de aquí, a «aquella de allá, no, esa no, la de al lado, noooo, esa tampoco, la del otro lado, por fin, sí, esa...»... algo espantosamente ridículo; aplaude a la orquesta mirando al público; por fin, saluda con agradecimiento sincero pero de una manera breve y se da el piro, vampiro. Eso es un maestro: se le respeta, no se le teme...

En cuanto a la orquesta obsérvese que se pone en entredicho eso de la «democracia paritaria»; ¿por qué lo que quiera que sea a de estar constituido por la mitad de mujeres? Lo que quiera que sea ha de estar constituido por quienes se lo ganen y merezcan, sea una mitad de mujeres o mucho más de la mitad como es el caso de esta magnífica orquesta. Quien lo desee puede echar un vistazo a la página web de esta agrupación; leyéndola se entiende que toquen como lo hacen:


Aquí podemos escuchar esta misma pieza interpretada al piano, más o menos como lo hace Rudyard en su casita. En este caso un tal Cubus, según Youtube, es quien hace los honores:


Aquí, por si alguien se la quiere bajar. Sólo sé que dirige un tal Gianandrea Gavazzeni, a quien en su pueblo lo conocen, creo:


Mi alumnada y alumnado actual ha de bajarse de aquí abajo la partitura orquestal para realizar su reducción al piano y llegar a tocarla como Cubus, que no es poco:


Para finalizar he de decir que mi amigo Rudyard no se llama así realmente. Lo que ocurre es que nunca nos llamamos por nuestros respectivos nombres; «uno cambia el nombre de las personas, animales o cosas a las que quiere»: Rudyard, Richa, Riina, Roy, Ray... no sé por qué siempre empiezan por erre... Rudyard, ánimo, chaval, aquí estoy para lo que sea menester. Y suerte.


4 comentarios:

  1. "...lo que da una idea de mi calidad como profesor" no sé, no me parece que sea así. Quizá su calidad como alumno no era muy buena, aunque tuviera buena disposición y no faltase a clase pero no le dedicaba después el tiempo que requería; o quizás podría haber acabado trabajando en labores no musicales por simple capricho del destino.

    Parece vuestra amistad muy sincera y bondadosa. Algunas personas por su sencillez o su nobleza se ganan nuestro respeto y merecen todo esfuerzo.

    A mi la amistad sí me pregunta a veces, me pregunta dónde va, en qué se basa, ... quizá soy más inseguro.

    La edad no es tan determinante para una relación como pudiera parecerlo generalmente.

    - G.

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  2. No, no le dedicaba demasiado tiempo, es cierto, como he dicho tenía que trabajar para ayudar a la economía familiar. Y si no se dedicó a la música profesionalmente fue por ese cúmulo de circunstancias que nos llevan ve tú a saber dónde a lo largo de la vida. He contado este caso por las circunstancias actuales. Pero, es cierto, he tenido muchos alumnos que sí se han dedicado a la música y que en el presente viven muy honradamente de ocupaciones derivadas de ella. Y también es cierto que guardo con muchos de ellos una estrecha amistad. Cuando hablo de la amistad lo hago por diferenciarla de, por ejemplo, el amor: el amor exige, pregunta, juzga, es celoso, reclama demasiado compromiso. Sin embargo, para mí, la amistad bien entendida, como la que yo tengo con Rudyard y con otros muchos ex alumnos, es sinónimo de libertad.
    Gracias, - G., por tu comentario,
    un cordial saludo.

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  3. Me ha emocionado esta entrada por tres razones:

    La primera por haberla leído y releído escuchando el precioso Intermezzo de Cavalleria Rusticana.

    La segunda por saborear la precisa definición de lo que debe ser la enseñanza.
    He sido enseñante durante treinta años y sé de que hablo y he experimentado muchas veces lo difícil que resulta conseguir lo que tan fácilmente aquí se describe.
    "dar clase no tiene que ser un calvario para nadie"
    "hacer del alumno una persona diferente"
    Sólo aquellos que tienen un don especial lo consiguen.

    La tercera porque el canto a la amistad que aquí se hace pocos tiene la suerte de haberlo vivido, de haber comprobado exactamente qué significa la grandeza de la amistad.

    También yo hace diez años tuve que atravesar una situación muy difícil.
    Pero tenía un AMIGO, cuyas circunstancias personales muy adversass yo desconocía e ignoraba que él también estaba enfermo y necesitaba ayuda.
    Sin embargo al conocer mi doloroso problema, se convirtió en mi psicólogo, mi padre, mi hermano, mi médico, me dedicó todo su esfuerzo y abandonó todo su dolor para salvarme de aquel caos.

    Ignoro de dónde sacaría fuerzas, olvidando su estado de salud y sus graves problemas....

    Probablemente del extraordinario e inusual don que poseía: la grandeza de la amistad.

    E.

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  4. Le felicito, E., porque si hubo alguien que aun estando en dificultades le ayudó a usted en sus momentos de caos y dolor es que debe de ser usted una gran persona, y que ese alguien sentía una gran amistad, incluso admiración y gratitud, por usted; por lo tanto, seguro que esa persona amiga de quien habla, sigue manteniendo encendida la llama de esa preciosa amistad. También he de felicitarle por emocionarse con la música, ese es un don que no todo el mundo tiene la suerte de poseer. Por último, le agradezco de todo corazón su comentario: palabras como las suyas me estimulan enormemente en mi modesto, pero no por ello menos laborioso, trabajo de llevar adelante este blog.
    Mi más cordial saludo

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