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domingo, 9 de octubre de 2011

PLATERO Y YO, de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ



Alguien podría pensar que esta entrada tiene algo que ver o cosas en común con la anterior. No, hypocrite lecteur, no es así, sino, por desgracia, todo lo contrario. El personaje principal de esta entrada es un ser noble, sabio, discreto, que sólo habla de lo que sabe y si no se caya, que, como dice su amigo escritor, hasta come flores y no por ser tonto, y juega con niños, y corretea, y es dócil y dulce y suave y tan blando que parece de algodón. El protagonista de la página anterior... me quedo sin palabras.
Todo el mundo, creo que hasta su autor, dice que este es un libro lo mismo para adultos que para niños. Discrepo: «Platero y yo» es un libro para niños escrito para ser leído por adultos. Hay en él demasiadas cosas que la mente de un niño no entendería y otras muchas que es mejor que no las entienda.
Es un libro muy fácil de leer para un adulto o un joven: es un libro breve y de capítulos cortos. Sin embargo no es un libro ni mucho ni poco leído, lo cual, por estos pagos no es insólito ni sorprendente, es lo que hay. Lo que en esta España sí que es frecuente es que un grupo de personas cojan unas guitarras y tal y se constituyan en grupo o banda y que se hagan llamar de las maneras más extravagantes. Así tenemos «La oreja de Van Gogh», «La Polla Records», «Delirium Tremens», «Héroes del Silencio» (paradoja donde la haya) y, cómo no y para acabar con esta triste lista: «Platero y Tú», que según nos informa la Wiki: «Debe su nombre a la famosa obra de Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, aunque en el momento de poner el nombre ninguno de los miembros se había leído el libro». Habría que saber si cuando constituyeron la banda algún miembro había leído algún libro y, ya puestos, averiguar cómo sigue la cosa tras casi treinta años de carrera. Quizá siga igual y digan aquello tan socorrido de «es que no tengo tiempo».
He seleccionado tres capitulillos:


Capítulo tercero

Juegos del anochecer

Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos,
ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al
río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos.
Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve,
otro se hace el cojo...

Después, en ese brusco cambiar de la infancia,
como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres,
ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer , se creen unos príncipes:

—Mi pare tie un reló e plata.
—Y er mío, un cabayo.
—Y er mío, una ejcopeta.

Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre,
caballo que llevará a la miseria... El corro, luego.
Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo,
la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra,
canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy laaa viudita
del Condeee de Oréé...

¡Sí, sí.! ¡Cantad, soñad, niños pobres!
Pronto, al amanecer vuestra adolescencia,
la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

—Vamos, Platero...


Capítulo treinta y nueve

Aglae

¡Que reguapo estás hoy, Platero! Ven aquí... ¡Buen jaleo te ha
dado esta mañana la Macaria! Todo lo que es blanco y todo lo
que es negro en ti luce y resalta como el día y como
la noche después de la lluvia. ¡Qué guapo estás, Platero!

Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí lento,
mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha
desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella sus
ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las Gracias
le hubiera prestado ardor y brillantez.

Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la cabeza,
se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas...
Él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse,
o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco,
como un perrillo juguetón.

—¡Qué guapo estás, hombre! —le repito.

Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje,
corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo
de las orejas, y se queda, haciendo que come unas campanillas
coloradas, en la puerta de la cuadra.

Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en el
peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones,
mira la escena sonriendo, casi invisible en la transparencia del sol matinal.


Capítulo cuarenta y uno

Darbón

Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey pío,
rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según él,
tres duros de edad.

Cuando habla le faltan notas,
cual a los pianos viejos; otras veces, en lugar de palabra,
le sale un escape de aire. Y estas pifias llevan un acompañamiento
de inclinaciones de cabeza, de manotadas ponderativas,
de vacilaciones chochas, de quejumbres de garganta
y salivas en el pañuelo, que no hay más que pedir.
Un amable concierto para antes de la cena.

No le queda muela ni diente, y casi sólo come migajón de pan,
que ablanda primero en la mano. Hace una bola y ¡a la boca roja!
Allí la tiene, revolviéndola, una hora. Luego, otra bola, y otra.
Masca con las encías, y la barba le llega, entonces, a la aguileña nariz.

Digo que es grande como el buey pío.
En la puerta del banco, tapa la casa.
Pero se enternece, igual que un niño, con Platero.
Y si ve una flor o un pajarillo, se ríe de pronto,
abriendo toda su boca, con una gran risa sostenida,
cuya velocidad y duración él no puede regular,
y que acaba siempre en llanto. Luego, ya sereno,
mira largamente del lado del cementerio viejo:

— Mi niña, mi pobrecita niña...


Quien así lo desee puede bajarse «Platero y yo» de Juan Ramón Jiménez, en pdf, epub y mobi, dándole al hache te te pe de aquí abajo:




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