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sábado, 26 de noviembre de 2011

HÖLDERLIN



Pero a nosotros nos corresponde, ¡poetas!, enfrentarnos
a las tormentas de Dios con la cabeza descubierta.
Hölderlin

Friedrich Hölderlin
 
No deja de sorprender la similitud de la cita que abre esta entrada con unos versos del grandísimo poeta y caballero valenciano Ausiàs March, quien casi cuatrocientos años antes escribió:

Jo sóc aquell qui’n lo tems de tempesta...
vaig sobre neu descalç ab nua testa.

(Yo soy aquel que en los tiempos de tempestad...
voy sobre nieve descalzo con la cabeza desnuda.)


Ausiàs March
 

Johann Christian Friedrich Hölderlin fue, como todo el mundo sabe, un poeta, un gran poeta alemán, lo cual es lo mismo que decir que fue uno de los mayores poetas de la literatura universal. Nació en 1770 y murió en 1840 pero abandonó este mundo mucho antes: en 1806 fue internado en una clínica debido a severos problemas mentales. Allí se le diagnosticó una enfermedad incurable que en aquel entonces llamaban simple y llanamente «locura»; 


en la actualidad quizá encajaría en lo que se llama «esquizofrenia catatónica» pero en la actualidad de dentro de cincuenta o cien años no sabemos dónde la harán encajar. Desde ese momento, 1806, hasta el día de su muerte, un siete de junio de 1843, es decir, durante treinta y seis años, se hizo cargo de él un buen hombre, el ebanista Ernst Zimmer, quien lo alojó en una habitación independiente de su casa con forma de torre a orillas del río Néckar, en la pequeña ciudad de Tubinga.


En esa habitación y en sus mundos fantasmales vivió todo ese tiempo, aunque, como ya hemos dicho, ya no era él. No se reconocía a sí mismo por su nombre sino que se atribuía nombres italianos; el más frecuente fue el de Scardanelli y con él firmó numerosos de los poemas que todavía escribió desde el otro lado.


La obra de Hölderlin es muy extensa y su influencia en el pensamiento y poesía de su época de gran importancia. No obstante, no entraremos en detalles. En la habitación de la torre de Tubinga recibía visitas de curiosos, pero también de personas cultas que querían distraerle y consolarle lo mejor que supieran y pudieran. Es de destacar la relación que mantuvo con Scardanelli Wilhelm Waiblinger, quien lo visitó durante muchos años, daba paseos con él, le hacía escribir, cosas así. Waiblinger escribió un libro, publicado en español por la editorial Hiperión, editado por Txaro Santoro y Anacleto Ferrer, titulado «Vida, poesía y locura de Friedrich Hölderlin»; de este libro estoy extrayendo muchas cosas para esta entrada.

Cuando Scardanelli era todavía Hölderlin mantuvo una relación con una mujer casada, Susette, a quien el poeta rebautizó con el nombre de Diotima. En el diario de Waiblinger se puede leer:

«Si se le dice que su Diotima tuvo que ser una noble criatura, contesta conmovido: “¡Ay, mi Diotima!... No me hable usted de mi Diotima. Trece hijos me ha parido. El uno es Papa, el otro Sultán, el tercero Zar de Rusia...
¿Y sabe usted lo que le ha pasado? Se ha vuelto loca; loca, loca, loca.”»


El hecho de que Hölderlin se olvidara de su nombre y pasara a llamarse, mayormente, Scardanelli, obedece a una particularidad de su enfermedad que le hacía distanciarse cada vez más de la realidad. Como señala Federico Bermúdez-Cañete Scardanelli mantenía «una actitud distanciadora, a través de exageradas fórmulas de cortesía en el trato social, con las que protegía su maltratada afectividad»: «Vuesa majestad», «vuesa santidad», «reverendo padre», «señor barón», eran algunas de esas disparatadas fórmulas.

En el mismo diario, en otro lugar podemos leer:

«Le hicieron entrega de un ejemplar de sus poemas, dio las gracias, hojeó el libro y dijo: “Sí, los poemas son auténticos, son míos, pero el título es falso. En mi vida me he llamado Hölderlin, sino Scardanelli, o Salvador Rosa o algo así”»

De unas conversaciones entre el escritor Gustav Kühne con el ebanista Zimmer destacamos:

Zimmer:
«Cuando está cansado de haber andado se retira a su cuarto, declama al vacío con la ventana abierta, no sabe cómo desembarazarse de su gran saber. A veces se sienta a su espineta y toca durante cuatro horas sin cesar, como si quisiera hacer salir hasta la última brizna de su saber. Y siempre el mismo tono monótono, la misma cantilena, que uno ya no sabe dónde meterse en toda la casa. Tengo que dominarme con todas mis fuerzas para que no me estalle la cabeza. Pero por otra parte a menudo toca muy bien. Lo único molesto es el ruido de sus uñas demasiado largas. Es toda una batalla cortárselas...»



Kühne:
«¿Aún escribe versos?

Zimmer:
«Casi todo el día...»



Todos los poemas que aparecen a continuación fueron escritos en la torre junto al Néckar:


NO TODOS LOS DÍAS

No todos los días alcanzan la belleza
Para aquel que añora las alegrías
De los amigos que le amaron, de los hombres
Demorándose con afecto junto al adolescente.


LAS DELICIAS DE ESTE MUNDO

Las delicias de este mundo ya he gozado,
Los días de mi juventud hace tanto, ¡tanto!, que se desvanecieron,
Abril y Mayo y Julio están lejanos,
¡Ya nada soy, ya nada me complace!


A ZIMMER

Un hombre sabio, pienso, cuando es bueno
Y sabio, ¿qué más precisa? ¿Hay algo
Que baste a un alma? ¿Ha crecido
Sobre la tierra algún cálamo, algún

Sarmiento en sazón que pueda alimentarlo? Tal es el sentido.
Un amigo a menudo es la amante, y más
El Arte. Oh amadísimo, a ti te digo la verdad.
Tuyo es el genio de Dédalo y del bosque.


EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

La vida es la tarea del hombre en este mundo,
Y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más alto avanzan,
Así como el cambio existe, así
En el paso de los años se alcanza la permanencia;
La perfección se logra en esta vida
Acomodándose a ella la noble ambición de los hombres.

24 de mayo de 1748
Humildemente
Scardanelli.


Obsérvese cómo la fecha que escribe Scardanelli pone más de manifiesto su distanciamiento de la realidad arriba mencionado.


LA PRIMAVERA

Despierta el día, esplendoroso está el cielo,
Brillan las estrellas luminarias,
Mirándolas el hombre a sí mismo se encuentra,
El comienzo del año es altamente contemplado.

Se destacan los montes donde brillan los ríos,
Las florescencias de los árboles son radiantes coronas,
El joven año comienza como con Fiestas,
Formándose los hombres con lo mejor y lo más alto.
24 de mayo
1748
Humildemente
Scardanelli.


LA VIDA ALBOROZADA

Cuando a la pradera llego,
a través de estos campos, Bueno y pacífico me siento,
Invulnerable a los espinos.
Mi ropa ondea en el viento,
Y el alegre espíritu busca
Su fondo, hasta
Que hallado lo celebra.

Oh dulce cuadro,
Bajo los verdes árboles,
Que mi paso detiene
Como el letrero de una taberna.
La paz de los tranquilos días
Me parece decididamente excelsa,
Pero no preguntes nada,
Pues yo he de decírtelo.

Hacia el hermoso arroyo
Afanosamente busco una alegre senda,
Hasta que a mis ojos muestra
Su serpentear por la salvaje ribera,
El pequeño puente que airoso lo cruza
Y que al bello bosque asciende;
Donde el viento agita el puente,
Alzo la vista alborozado.

En lo alto de la colina
Algunas tardes a reposar me siento
Mientras el viento alrededor de las cumbres silba
Y suenan las campanas en la torre,
La contemplación trae la paz a mi corazón
Que unido queda a esa imagen,
Aliviando sus dolores
Más allá de la razón.

¡Paisaje amado! por cuyo centro
Pasa el camino, tan llano,
Y sobre él la pálida luna se eleva
Cuando el viento del anochecer comienza,
Y más grandiosas las montañas,
A mi hogar regreso, pleno,
En busca del dorado vino.


EL CEMENTERIO

Pacífico lugar donde la joven hierba verdea,
Donde hombre y mujer yacen y las cruces se elevan,
Donde son conducidos los amigos,
Donde claro cristal relumbra en las ventanas.

Desde el alto resplandor del cielo
De mediodía, hasta la Primavera que en tu silencio se demora,
Nubes espirituales, grises y húmedas,
La hermosura del apacible día, todos sobre ti pasan.

Qué paz en este muro gris
Sobre el que cuelgan los frutos de un árbol;
Ramas negras cubiertas de rocío y de duelo,
Pero que sin embargo muestran en sus frutos la belleza.

Reina una oscura paz en la iglesia
Y el altar es esta noche más recogido,
Brillan aún en él los ornamentos,
Canta un grillo en los campos del Verano.

Cuando se escucha allí hablar al sacerdote,
Junto al grupo de amigos
Que acompañan al muerto. ¡Qué intimidad
Y noble espíritu, que la piedad propician!



Hölderlin sirvió de inspiración a músicos y otros artistas. Brahms escribió esta bella «Canción del destino» para coro y orquesta sobre el texto «Hyperions Schicksalslied». Lleva el nº de opus 54.
Interpretan:
Danish National Choir
Danish National Symphony Orchestra
Gerd Albrecht




«Hyperions Schicksalslied»,

Ihr wandelt droben im Licht
Auf weichem Boden, selige Genien!
Glänzende Götterlüfte
Rühren Euch leicht,
Wie die Finger der Künstlerin
Heilige saiten.
Schicksallos, wie der schlafende
Säugling, atmen die Himmlischen;
Keusch bewahrt
in bescheidener Knospe
Blühet ewig
Ihnen der Geist,
Und die seligen Augen
Blicken in stiller
Ewiger Klarheit.
Doch uns ist gegeben,
Auf keiner Stätte zu ruhn;
Es schwinden, es fallen
Die leidenden Menschen
Blindlings von einer
Stunde zur andern,
Wie Wasser von Klippe
Zu Klippe geworfen,
         Jahrlang ins Ungewisse hinab.         


«Canción del Destino»

¡Andáis arriba, en la luz,
por blando suelo, genios felices!
Espléndidas brisas divinas
os rozan apenas,
como los dedos de la artista
las cuerdas sagradas.
Carentes de destino, como el niño
dormido, respiran los celestes;
con pudor preservado
en humilde capullo,
florece eternamente
el espíritu en ellos,
y sus ojos felices
contemplan la tranquila
y eterna claridad.
Pero a nosotros no nos es dado
descansar en ninguna parte;
desaparecen, sufren
los hombres, caen
ciegamente de una
hora en otra,
como agua, de roca
en roca arrojada
durante años a la incertidumbre.

(Traducción de Jesús Munárriz)


Hanns Eisler fue un compositor alemán alumno de Arnold Schoenberg pero que se desmarcó de los postulados del dodecafonismo y por eso es bastante desconocido. Fue adepto del llamado realismo socialista. Escribió este Lied con texto de Hölderlin del que lamentablemente no dispongo del texto, por lo que pido disculpas. La música de Eisler es de una belleza misteriosa y, sin duda, injustamente olvidada.

Hanns Eisler
El Lied que vamos a escuchar pertenece al álbum «Hollywooder Liederbuch», en concreto el número 5 de los «Hölderlin-Fragmente», titulado «An eine Stadt».
Interpretan:
Matthias Goerne
Eric Schneider




Muchos han sido los poetas y escritores que han sido influidos por Hölderlin o han querido escribirle un texto en homenaje. Del libro «Poetas del poeta. A Friedrich Hölderlin en el 150 aniversario de su muerte», que es una recopilación de textos de este tipo realizada por Anacleto Ferrer y Jesús Munárriz y publicada también por la editorial Hiperión extraigo unos cuantos.


A Hölderlin
por Olga Botsi

¿Qué hermosamente te adormeciste
en las aguas silenciosas de la locura,
pájaro sagrado, tú, amigo de los dioses,
y desapareciste en la lejana
belleza por ti siempre deseada!



Invocación a Hölderlin
por Antonio Colinas

para Vicente Aleixandre

El levitón gastado, el sombrero caído
hacia atrás, las guedejas de trapo y unas llamas
en las cuencas profundas de sus dos ojos bellos.
No sé si esta figura maltrecha al caminar
escapa de un castigo o busca un paraíso.
De vez en cuando palpa su pecho traspasado
y toma la honda queja para el labio sin beso.
Oh Hölderlin a un tiempo andrajo y vara en flor,
nido pleno de trinos, muñeco maltratado.
A tu locura se abren los bosques más sombríos.
No ves cómo las fuentes se quiebran de abandono
cada vez que te acercas con tu paso cansado,
cada vez que desatas tu carcajada rota,
cada vez que sollozas tirado entre la yerba.
¿Qué claro estaba escrito tu sino bajo el cielo...!
Antes de que pusieras tu mano en el papel
fríos soles de invierno cruzaban la Suabia,
dejaban por las nubes agrios trazos verdosos.
Cuando tú, silencioso y enlutado, leías
latín en una celda ya hubo duendes extraños
sembrando por tus venas no sé qué fuego noble.
Y antes de que acabaras hablando a las estatuas
aves negras picaban tus dos ojos azules.
Hölderlin vagabundo, Hölderlin ruiseñor
de estremecido canto sin ojos y sin ramas
ahora que cae espesa la noche del otoño
contempla a nuestro lado la enfebrecida luna,
deja fluir tu queja, tus parloteos mágicos,
deja un silbo tan solo de tu canto en el aire.
Detén por un momento tu caminar y espanta
la muerte que en tus hombros encorvada te acecha.
Rasga los polvorientos velos de tu memoria
y que discurra el sueño, y que sepamos todos
 de dónde brota el agua que sacia nuestra sed.


Tübingen
por Eugénio de Andrade

Sólo la torre oscilaba
sobre el río.
Sólo la torre.
Ni la fiebre de la mirada
adolescente, ni
la locura tardía.
O la pasión de la palabra
vuelta melancolía.



Hölderlin
por Julio Cortázar

Criaturas de agua y césped son las nubes
Que ascienden sin violencia por las gradas
Del monte prodigioso, y salvan leves
El exceso temible del espacio,
Su dura resistencia imprevisible.
La liviana leticia las impulsa
Como faldas o anémonas o géyseres,
Y se ciernen más altas que el topacio
Durísimo del tiempo. Los sauces desde el suelo las repiten;
Cabalgadas de pájaros discurren
Como profundas solitarias cosas.


Soneto nº 9
por Günter Grass

Baldío yace el país al cuervo hambriento entregado,
se propaga el topo, hay demasiado, es sospechoso,
perro raro delante del cercado, celoso.
Quieren que paguemos: en la mano y al contado.

Porque en el centro situado, rico, indefenso,
miedo metódico sudó un arquitectónico invento:
como baluarte tierra noviembre se quiere asegurar
ante gitanos, negros, judíos y los de ultramar.

Hacia el Este como marca fronteriza estará Polonia;
así de rápido y útil nos inventamos la historia.
De siempre construimos castillos por placer puro,

levantamos murallas, erigimos el muro,
y contra claustrofobia, monotonía, depre de cuartel,
un Hölderlin placía, en el macuto pan y poesías de él.


Oda a Hölderlin
por Hermann Hesse

Amigo de juventud, vuelvo a ti agradecido
algunas tardes, cuando en la mata de lilas
del jardín que ya duerme
sólo sigue sonando la fuente en su murmullo.

Hoy nadie te conoce, amigo; el tiempo nuevo
se alejó del tranquilo encanto de tu Grecia;
sin oración ni dioses,
va prosaicamente el pueblo por el polvo.

Pero par el secreto grupo de ensimismados
cuyas almas hirió el dios con anhelos,
aún siguen resonando
las canciones de tu divina arpa.

Volvemos impacientes, fatigados del día,
a la ambrosiaca noche de tus cantos,
cuyas alas abiertas
nos dan sombra con sueño dorado.

Y cuando nos arroba tu canto, arde más fuerte,
más dolorosamente, hacia el feliz país del tiempo ido,
hacia los templos griegos,
nuestra eterna nostalgia.

Escultura de Hölderlin

Cuando murió Hölderlin, alguien pintó en la fachada de la torre:

«Hölderlin no estaba loco»

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