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domingo, 13 de noviembre de 2011

CABAÑAS Y LUGARES


Por una razón u otra, para realizar una u otra actividad o ninguna, a muchas personas nos gusta retirarnos, cobijarnos o, por qué no, escondernos, en cabañas, lugares de dimensiones más bien reducidas, más o menos apartadas, silenciosas, buscando, sobre todo, intimidad y soledad. Dependiendo de factores como posibilidades económicas, disponibilidad de tiempo libre y gustos personales estos lugares tendrán una u otra forma y tamaño, estarán más o menos apartados, ubicados en sitios más o menos lejanos, pintorescos... infinitas posibilidades.

Mahler tenía un par de cabañas, creo, una en Steinbach, Austria, junto a un lago, otra en Dobbiaco, Italia, en el bosque, a las que solía acudir por la mañana temprano a componer, orquestar, pasar a limpio, no lo sabremos nunca con exactitud. Parece cierto que su criada debía llevar cada día el desayuno a las seis y media de la mañana: leche, café, tostadas, mantequilla y mermelada.


Quizá en una de estas cabañas escribiera Mahler sus bellísimos y de tan gran y conmovedora tristeza Kindertotenlieder, (Canciones a la muerte de los niños), con cinco de los numerosos poemas que escribiera Friedrich Rückert después de que dos de sus hijos fallecieran en un intervalo de dos semanas. Este es el tercero del ciclo, Wenn dein Mütterlein, (Fischer-Dieskau):






Wenn dein Mütterlein
Cuando tu madre
Tritt zu Tür herein
viene hacia la puerta,
Und den Kopf ich drehe,
y vuelvo la cabeza,
Ihr entgegensehe,
observando expectante,
Fällt auf ihr Gesicht
mi mirada no cae
Erst der Blick mir nicht,
primero hacia su rostro,
Sondern auf die Stelle
sino sobre el lugar,
Näher nach der Schwelle,
cerca del umbral,
Dort wo würde dein
donde tu pequeña carita
Lieb Gesichten sein,
solía estar,
Wenn du freudenhelle
cuando tú, radiante de alegría,
Trätest mit herein
entrabas, también,
Wie sonst, mein Töchterlein.
como de costumbre, mi hijita.

Wenn dein Mütterlein
Cuando tu madre
Tritt zu Tür herein
viene hacia la puerta
Mit der Kerze Schimmer,
a la luz de la vela,
Ist es mir, als immer
me parece como si
Kämst du mit herein,
estuvieras entrando,
Huschtest hinterdrein
fugazmente tras ella,
Als wie sonst ins Zimmer.
como solías hacer, a la habitación.

O du, des Vaters Zelle
Oh tú, trocito de tu padre,
Ach zu schnelle
¡ay, tan pronto,
Erloschner Freudenschein!
mi alegría, tan pronto extinguida!

Obsérvese de qué modo, Mahler, expresa con la música, simboliza, la ausencia de la niña mediante el empleo de esos intrigantes y significativos silencios. Sobrecogedor.

Las partituras (mis alumnos ya saben...):


No sólo Mahler buscó la tranquilidad de una cabaña, hay múltiples ejemplos, pero no seremos exhaustivos.

En 2008, se publicó en Barcelona por la editorial Gustavo Gili un libro realmente bello:

Adam Sharr: «La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar»


Martin Heidegger (1889 – 1976), controvertido y fundamental filósofo alemán, se mudó a una pequeña cabaña que hizo construir para él en las montañas de la Selva Negra; die Hütte, (La cabaña), así la llamó. En esa pequeña construcción de seis por siete metros de planta pensó y escribió durante cincuenta años. Puesto que tenía que atender obligaciones académicas mantuvo una residencia en la ciudad, primero en Marburgo y más tarde en Zähringen. Heidegger llamaba a su vida en la ciudad unten (abajo); la vida en la cabaña era llamada oben (arriba). En palabras suyas: «Me voy a la cabaña, y me alegro mucho del aire fuerte de las montañas; a la larga uno se arruina con esta cosa suave y ligera de aquí abajo. Dedicaré ocho días a trabajos con la leña, y luego escribiré de nuevo (...). Es ya noche profunda, la tormenta azota los altos, en la cabaña chirrían las vigas, la vida está pura, simple y grande ante el alma... A veces ya no comprendo que allá abajo puedan desempeñarse papeles tan sorprendentes...»; «La gente de la ciudad a veces se asombra de que uno permanezca arriba en la montaña entre campesinos durante períodos de tiempo tan largos y monótonos. Pero no es aislamiento, es soledad... La soledad tiene el peculiar y original poder de no aislarnos sino de proyectar toda nuestra existencia hacia fuera, hacia la vasta proximidad de la presencia (Wesen) de todas las cosas». Me viene, y me vino la primera vez que leí este pasaje, a la cabeza una frase de Sören Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja la cierra cada vez más». El subrayado es mío.


Más gente buscó algo en las cabañas. George Bernard Shaw, escritor irlandés nacido en 1856 y muerto en 1938, ganador del Nobel de literatura en 1925, también tenía una, bastante humilde, por cierto:


Y, desde luego, no todos se iban a la cabaña a «crear», o pensar:

Crítico pensando
William Burroughs (1914 – 1997), novelista, ensayista, tipo un poco peculiar, estadounidense, también tenía una:


Pero no iba a ella a pensar precisamente, iba a lo que los italianos llaman dolce far niente, y los españoles, más noblotes, describimos... pues explicando lo que se ve en la foto mismamente:


Más cabañitas de personas ilustres. La de Dylan Thomas por dentro:


La de Goethe:


La de Virginia Woolf, por fuera:


Y por dentro:


Para finalizar visitaremos la cabaña de otro compositor, Edvard Grieg, que nació en Bergen, Noruega, en 1842 y murió en 1907. Pero primero visitemos su casa. Obsérvese que, aun teniendo una casa tan bonita, se iba el hombre a su cabaña buscando quizá la soledad y tranquilidad que en casa no hallaba:


Su cabañita tampoco estaba mal:


Por último, escuchemos tres de las «Piezas Líricas» de Grieg.


La interpretación va a correr a cargo del gran pianista soviético Emil Gilels. No puedo dejar de decir unas palabras sobre este soberbio pianista. Nació en Odesa en 1916 y murió en Moscú en 1985 a consecuencia de un trágico error médico. Gilels salió de la Unión Soviética antes que Richter; en Estados Unidos causó una gran sensación por su virtuosismo, a lo que él contestaba: «Pues esperen a ver a Richter». Su versión de las sonatas de Beethoven, que su desafortunada muerte le impidió concluir, es, quizá, la mejor que se ha grabado jamás.

Emil Gilels
He escogido tres de las múltiples piezas líricas de Grieg; la primera es la «Arieta» que abre la colección; a continuación una titulada «Erase una vez», evocador título; por último, «Recuerdos», que rememora la «Arieta» inicial:

«Arieta»




«Erase una vez»




«Recuerdos»




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