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jueves, 8 de diciembre de 2011

«LA ENSEÑANZA»


«LA ENSEÑANZA», o (casi) TODO LO QUE HAY QUE SABER SOBRE ESO LLAMADO PEDAGOGÍA

 
Mi padre trabajó, entre otras muchas cosas, dando clases: en una autoescuela, clases de contabilidad, de matemáticas, de física y química. Recuerdo que solía decir: «la enseñanza es muy bonita». Así de simple, la enseñanza bonita, ni pedagogía, ni educación, ni didáctica ni gaitas, enseñanza; y bonita, no bella, ni gratificante, ni digna ni gaitas, bonita. 


Yo llevo más de treinta años en el mundo de la enseñanza y corroboro lo dicho por mi padre: «la enseñanza es muy bonita». Para mí, la profesión más bonita, la más grande, es la de médico: sanar al enfermo o paliar el sufrimiento de quien lo padece creo que es lo más hermoso que se puede hacer en este mundo, es un gran acto de amor. Y hace tiempo pensaba que todos los médicos eran unas bellísimas personas. Hasta que topé con uno y luego otro y luego más y más grandísimos bastardos, canallas de la peor ralea, que me hicieron ver la realidad; aparte del oficio está quien lo ejerce, y en todos los oficios y órdenes de la vida hay buena y mala gente. Los objetos, los oficios, los instrumentos musicales, todo, no son, en sí mismos, ni buenos ni malos, ni bonitos ni feos, todo depende de la persona (más o menos persona) que esté detrás de ellos, del uso que se haga de ellos.



Después de la medicina siempre he pensado que la profesión más bonita es la de la enseñanza. 


La «enseñanza» no se aprende en los libros, se aprende en el tajo, se aprende enseñando; a nadar no se aprende en un libro, se aprende en el agua, tragando agua, cansándote hasta el borde del infarto; pues lo mismo. No obstante, hay algunas cosillas que sí se pueden aprender a priori, pocas, pero que, por un lado pueden ser útiles al futuro profesor y, por otro, son imprescindibles para proteger al alumno. Intentaré recordar algunas de las más importantes y apuntarlas aquí.



Siempre he pensado que los profesores deberíamos jurar un código deontológico al igual que los médicos el juramento hipocrático. Sí, se sobreentiende, pero no es bastante: tendría que constar por escrito y ser firmado antes de aprobar una oposición, por si luego se olvida, y, por supuesto, antes de ejercer eventualmente el oficio. No sé en otros países, en este, a mí, no me han enseñado código ninguno ni me han hecho firmar nada de nada.


¿Por qué es bonita la enseñanza? Cuando un profesor es capaz de encender en la mirada de un alumno, reflejo de su mente, la llama de una curiosidad concreta, en ese momento, mágico, las puertas de la mente de ese alumno están no sólo abiertas de par en par, además esa mente está en «modo aspiradora»: entonces, con sumo cuidado, en el orden correcto, con mano diestra y sangre fría, el profesor ha de ir suministrando, dosificando la información requerida y entonces se produce el milagro, el milagro mil veces celebrado de la comunicación: el alumno comprende, alimenta y sacia su curiosidad y sus ojos se iluminan con la llama del entendimiento, de la satisfacción más grande de este mundo, la que produce el descubrimiento de algo que define más el cosmos, que nos aleja un ápice del caos; esa llama sólo dura un instante, eterno como todos los instantes realmente valiosos, pero que durante el cual el profesor se siente más grande, justo tanto más grande como lo sea la mente del alumno que ha entendido, es decir, infinita, porque en ese instante las dos mentes se han conectado de un modo único, como los dos caudales de una acequia que el labrador une abriendo una compuerta, y en ese instante las dos mentes, los dos caudales, se convierten en una; sólo un instante pero es una de las cosas más hermosas, lo más parecido a un milagro que se puede experimentar. Contemplar la satisfacción en la mirada del alumno, la gratitud, la emoción, todo junto y sin que él sea consciente de ello, y que un instante después ha desaparecido... es vida en estado puro. Por eso es tan bonita la enseñanza. Y todo un arte, claro.

 
¿Por qué lo del código deontológico? Hay un principio médico que se expresa con un latinajo: «Primum non nocere», cuya traducción sería algo así como «lo primero en no hacer daño». Lo más importante es no dañar, no perjudicar, por un lado al paciente, en nuestro caso al alumno. Esto no siempre es posible: el médico, para salvarle la vida, a veces ha de hacer daño al paciente; en ocasiones, el profesor, para proveer al alumno de algo necesario y bueno a medio o largo plazo para él, ha de hacerle, en un momento concreto, un poco de pupa. Esa pupa viene en forma de «sermón» más o menos duro y, en ocasiones, por qué no, en forma de una palmada en el culo o un suave sopapo, cuando se trata de un niño, claro. Pero en todo caso, tanto una reprimenda como la otra se hará desde el cariño y nunca jamás con «mala leche», con saña, con afán de ofender, con maldad, con ánimo de venganza, con crueldad, NUNCA, JAMÁS. La mente de un niño es una pizarra en blanco, o, mejor aún, es como arcilla blanda: todo queda grabado en ella de un modo fotográfico. Cada vez que un niño, y un no tan niño, recibe odio, queda en su mente para siempre el sentimiento ODIO. Hay profesores, me consta, que parece que disfrutan humillando y ofendiendo, poniendo en evidencia, faltando al respeto, insultando, maltratando física y psicológicamente a los alumnos que el Estado ha puesto bajo su custodia y protección. Ni qué decir tiene que estos individuos demuestran un grado de inteligencia cercano o inferior en todo caso al de un botijo, son medio idiotas y esa es su mitad buena, no son conscientes de que esos niños dentro de cuatro días pesarán ochenta y cinco kilos y medirán uno noventa y que callejones oscuros hay en todas las ciudades y pueblos del orbe; esos niños maltratados tienen padres, madres, hermanos mayores, tíos, y, además, hay unos objetos llamados bates de béisbol, y callejones oscuros hay en todas las ciudades y pueblos del orbe. También desconocen, en su inconmensurable ignorancia, que hay una cosa llamada cirugía estética gratuita, bueno, no tan estética, pero que al igual que la no gratuita te deja una cara distinta a la de antes. Esos individuos, si tienen algún problema mental como consecuencia de una infancia traumática o lo que sea, lo que deben hacer es quitarse de la circulación durante un tiempo y acudir en busca de ayuda profesional, no vaya a ser que alguien les vaya a quitar de la circulación, punto. Conste: primero he dicho que en ocasiones no hay nada mejor que un bofetón a tiempo; hay una cosa llamada «principio de autoridad»: cuando un alumno está bajo la tutela de un profesor dentro de un aula ese profesor es la máxima autoridad, en todos los sentidos; hoy en día se dan casos absolutamente espantosos y ridículos en los que unos padres denuncian a un profesor porque ha empleado la fuerza contra su hijo para que no estrangulara a un compañero de clase, por ejemplo, o porque ha reñido con «demasiada» severidad a una niña de ocho años que ha llamado «hija de la gran puta» a una compañera. Hoy en día suena fatal: «PRINCIPIO DE AUTORIDAD», con lo de «porque nosotros los demócratas» y tal, parece que se pretenda volver a la muy Santa Inquisición, a Torquemada y sus métodos. Cualquier cabeza bien pensante entenderá lo que quiero decir, y si no que pregunte. No hay nada más abyecto que hacer daño de la manera que sea al débil, al inocente: los samuráis tenían un código de honor en el que uno de sus principios decía que en ningún caso debían aceptar un combate con alguien al que supieran inferior, más débil, peor adiestrado.

 
Es decir, que la enseñanza es un acto de amor al prójimo. Como ya he dicho en alguna ocasión, el saber no pertenece a nadie, es patrimonio de la humanidad. En realidad el profesor no enseña, o mejor dicho, lo único que hace es «enseñar», señalar con el dedo cosas, enseñarlas, para que el alumno las vea y las descubra; el profesor sólo ayuda a descubrir, señala las cosas que el alumno va a ser capaz de ver con más facilidad, primero esta, luego esta otra, y así, así hasta donde se pueda llegar.


Las observaciones que voy a detallar a continuación están basadas en mi experiencia; dadas las características de las materias que he impartido, estas observaciones serán más o menos adecuadas a según qué materias y alumnos. He tenido alumnos de todas las edades, desde los siete años hasta los sesenta, o más; he dado clases individuales, colectivas, prácticas, teóricas, particulares, práctico teóricas semi colectivas y puntos suspensivos. De ahí que no todo servirá para todos y habrá cosas que no servirán a nadie y vete tú a saber.


En la medida de lo posible, hay que acudir a clase sin una idea predeterminada, preconcebida de qué se va a dar o explicar. Ya sé que esto está en contra de toda la mierda, con perdón, de los planes educativos, todo el rollo ese de los diseños curriculares y todas esas mamarrachadas. Hoy en día, según los planes educativos, un profesor ha de tener justificado, y por escrito, desde el primer segundo hasta el último que está en el centro; como tenga que ir a mear ya la hemos jodido, se va todo el diseño curricular a hacer puñetas. Eso es algo absolutamente cretino, necio, estúpido, imposible. Repito; hay que acudir a clase sin una idea predeterminada de qué se va a dar o explicar. Hay que acudir a clase con el corazón rebosante de afecto por los alumnos y de amor por el trabajo, por la enseñanza, e, igual de importante o más, con la cabeza repleta de conocimientos, muy, muy por encima de lo que se vaya a explicar, muy por encima del nivel de la materia en cuestión; además, con una cultura general todo lo inmensa que se pueda, que le permita al profesor establecer todo tipo de relaciones, ubicaciones, asociaciones, etcétera. Es muy sencillo de entender: si un profesor va a clase a dictar, como un dictador, su rollo mil veces repetido, con sus esquemitas mis veces pintaditos muy monos en la pizarra, hasta con sus chistecitos mil veces contados... la gente bosteza, se duerme, juega con el móvil, se ponen a meterse mano, lo que sea, menos atender / entender el rollo macabeo que está desenrollándose unos metros más allá. De acuerdo, hay unos temarios y unos programas que cumplir. Pero eso se puede hacer de infinitas maneras. Como ya he dicho antes, primero hay que despertar la curiosidad del alumno, hay que abrir su mente; hay veces que se abre no para entender esto sino aquello: entonces hay que explicar aquello y no esto, así de fácil; a ver si el próximo día el profesor es capaz de despertar la curiosidad por esto y entonces sí, explica esto.


Hay que tratar igual, con total respeto y cariño, a todos y cada uno de los alumnos. Los profesores somos humanos, es posible que te caiga mejor tal alumno que tal otro. No importa, hay que coger esas preferencias y metérselas en donde a uno le quepan. Por otro lado, hay alumnos, también ellos son humanos, más despiertos que otros; es muy fácil dictar una clase dirigiéndose a los más despiertos y dejar al resto durmiendo felizmente. Esa es una actitud ruin y miserablemente asquerosa por parte del profesor: al igual que un médico ha de prestar más cuidados a quien está más enfermo, el profesor ha de ayudar más a quien, ha de desvelarse más por quien no es tan despierto. Elemental, ¿no?

  
Es absolutamente imprescindible que el primer día de clase el profesor se aprenda de memoria el nombre de todos sus alumnos. Para ello hay que utilizar todos los trucos nemotécnicos que sean necesarios: asociaciones personales de cualquier tipo, lo que sea. Si el segundo día de clase, en lugar de dirigirte a un alumno con un «oye, tú, sí, el rubito», le dices sencillamente «Carlitos», el niño se siente alguien, ya no es ese ser anónimo, oye, tú, rubito, sino, Carlitos, ni más ni menos, quien es, Carlitos, y eso le autodefine en esa sociedad en miniatura que es una clase. Si encima de llamarle Carlitos lo haces con una sonrisa sincera, entonces, además de sentirse alguien, se siente feliz, alguien feliz. Es un buen modo de empezar.


Hay que «hacerse» con todos y cada uno de los alumnos. Cada alumno es completamente distinto de todos los demás. Los hay que sólo por llamarles por su nombre con una sonrisa el segundo día de clase ya has establecido con ellos los lazos comunicativos y afectivos necesarios. Pero hay otros que no. Yo nunca he ido a pescar pero, según he visto en alguna película, creo que se puede comparar con la pesca, sobre todo con la pesca de esos peces gordos que viven en alguna zona de un río: el pescador sabe que el pez está ahí, pero no consigue pescarlo el primer día, ni el segundo... Vuelve día tras día, le lanza el anzuelo, hoy con este cebo, mañana prueba con otro, no tira de la caña a la primera, no, deja al pez que se vaya acostumbrando a su presencia, que vaya comiendo, un poquito hoy, un poquito mañana, de los cebos que le va poniendo... paciencia, zen: «Una gran fe, una duda, una gran perseverancia», «Mmm»... Hace calor, mucho calor, el sol abrasa, los mosquitos se te comen, las arañas tejen entre tu caña y la barca, sudas como una gallina, parece que el pez se burla de ti... Al fin notas que ha mordido con fuerza el anzuelo; entonces, si eres un buen pescador, no se te ocurre pegar un estirón de la caña con toda tu alma, todo lo contrario, primero le das sedal, le dejas ir, que se canse, una hora, dos, te duelen los brazos, te duele hasta el pelo, ya no puedes más, crees que te vas a morir de un momento a otro, entonces empiezas a tirar, poco a poco vas recogiendo sedal... Al final te haces con él, es enorme, lo subes a la barca, lo contemplas unos segundos, le quitas el anzuelo con cuidado y luego lo devuelves a las aguas y ves cómo se marcha, lentamente, zigzagueando... Con algunos alumnos, lo mismo. Hay veces que tardas más de un curso en hacerte con ellos, da igual. Lo importante es que no les hagas daño de un «anzuelazo» y se vayan para siempre, y ya no vuelvan jamás.


Decíamos antes que la mente de un niño es arcilla blanda; añadimos ahora que sus cinco sentidos son las inquietas y hábiles manos de un alfarero. La mímesis, es decir, la imitación, es quizá, el mejor sistema de aprendizaje. Todo lo que un niño, o un adolescente, ve, oye, toca, huele y saborea se queda grabado en su mente de un modo fotográfico. Un niño de tres o cuatro años aprende el idioma de sus padres por imitación, sea el idioma que sea, suajili, inui o valenciano de Riola. Sin ir a casos tan extremos, una niñita que a los seis años comienza a estudiar inglés con una profesora nativa, al poco tiempo pronuncia la palabra apple que casi da miedo. Esta es una de las razones por las cuales un profesor no ha de enseñar únicamente su materia: ha de enseñar valores, comportamientos, modales, actitudes. Ha de ser un modelo que el alumno, sin quererlo, va a imitar. Ha de ser un ejemplo, palabra desterrada de los modernos planes educativos, suena facha. Pero suene como suene un niño imita el modelo, sigue el ejemplo de lo que tiene delante. Es lo que hay.

 
El lenguaje corporal no miente nunca. Si el profesor está cabreado por lo que sea, triste, malhumorado, los alumnos lo captan, siempre. Y se cierran en banda. Cómo evitarlo, muy fácil. Hay que concentrarse un poco, recordar lo «bonita» que es la enseñanza, contemplar por unos instantes la belleza, la vida, la inocencia que encierra la mirada de cada elemento que tienes delante de las narices, recordar lo hermoso que es el hecho de que les podrías enseñar algo en ese rato que tienes por delante a esos elementos que tienes por delante, pensar que, total, por un rato que te olvides de tus problemas tampoco se va a hundir el mundo... ya casi lo tienes, venga, piensa algo divertido o, mejor, presta atención a alguna de las paparruchas que sueltan los alumnos entre clase y clase, ¡bien! ya lo tienes, tu malhumor y todas las demás gaitas se han quedado aparcadas por un rato en algún rincón de tu mente, ahora tus alumnos sólo leerán en tu lenguaje corporal amistad, cariño, diversión, buen rollo, en fin, la chispa de la vida.

 
Es muy importante el buen humor en clase. Lo es en la vida, pues en clase no va a ser de otro modo. Una clase no es más que una sociedad en miniatura. Claro, hay que ser muy diestro con el manejo del humor, si no aquello se convierte en una charlotada antes que canta un gallo. Por supuesto, nunca jamás hay que hacer una broma a costa de un alumno, aunque todo tiene su excepción: hay alumnos que tienen tal sentido del humor que se prestan y les encanta ser los protagonistas de una situación humorística de vez en cuando, adelante. Un chistecillo, un juego de palabras realmente ocurrente, una bromita, en su justa medida son como las especias de un buen guiso: si te pasas con ellas aquello no se puede comer pero si te quedas muy corto está insulso. En su punto. Ayer mismo, a un joven en torno a los veinte años, bueno como el pan, que estaba sentado al piano le solté un «¡inútil!» que estuvimos riéndonos, él el primero, unos buenos minutos. Porque una cosa es la cosa y otra el modo. Hay veces que un profe te mira y sólo por el modo de mirarte te ha amargado el día; sin embargo, ayer, con el «inútil», pasó todo lo contrario, el joven sintió que con esa palabra insultante yo le estaba transmitiendo algo que no tenía nada en absoluto que ver con un insulto.


El lenguaje corporal no miente, el del alumno tampoco. Si el alumno está triste, cansado, preocupado, no hace falta que te lo diga, has de aprender a leerlo en su cara, en su manera de moverse, en su manera de estar sentado al pupitre. Es un recurso que, utilizado con bondad y siempre en beneficio del alumno, es tan lícito como cualquier otro. Sólo un ejemplo: un niño, un adolescente, cuando piensa para recordar dirige sus ojos hacia un lado; cuando piensa para inventar hacia el contrario. No sé por qué pero no hay una regla única, cada uno mira para un lado para cada cosa. De modo que, cuando se necesita una información veraz de un alumno y hay dudas razonables de que te va a mentir, primero hay de averiguar hacia dónde mira cuando piensa para recordar, que es lo mismo que saber, que es lo mismo que buscar la verdad; para ello hay que hacerle una pregunta neutra: ¿qué día de la semana es hoy?, ¿qué comiste ayer a mediodía? No tiene por qué mentir, pensará buscando el recuerdo, la verdad, y sus ojos se irán a la izquierda o a la derecha. Ahora ya se le puede hacer la pregunta importante… Hay algunos libros que hablan de todo esto. Tampoco hay que obsesionarse con ello. Es un recurso más, pero la enseñanza no se resuelve con sólo un recurso sino con la simultaneidad de muchos recursos.


«Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñes», como dijo Ortega y Gasset, como todo el mundo sabe. Todo conocimiento está instalado en la provisionalidad. Hoy sabemos hasta aquí pero quizá mañana hayamos llegado un poquito más lejos. Por otro lado, hay infinitas maneras de explicar una misma cosa, quizá tal día, tal profesor, no escoja la más adecuada para una determinada audiencia. Por otro lado, es más importante sembrar la mente del alumno de preguntas, que esterilizarla con respuestas; la respuesta es paralizante, estática, es una pared; la pregunta invita al movimiento, es dinámica, es un campo abierto.

De los alumnos también se aprende. Es algo que escuchamos constantemente de este y de aquel, por aquí y por allá, lo oímos tanto que al final se ha convertido en una frase hecha, en un lugar común. Por regla general quien más lo dice es quien menos idea tiene de qué significa tal cosa. Pero es cierto, de los alumnos se aprende, o, al menos, hay que intentar aprender: ¿cómo?, muy fácil, escuchándoles, ¿cómo si no? Si queremos que un alumno nos preste atención también tendremos que prestarle atención a él, de cajón. Hay que escuchar al alumno, como, por otro lado, hay que escuchar a todo aquel que nos hable, claro. Cuando un alumno nos habla y sabe que está siendo escuchado, que le estamos prestando atención, nos va a confiar su verdad, sus verdades, sus perspectivas; esas cosas son las que un profesor aprende de un alumno, nuevas maneras de ver las cosas, nuevas perspectivas. La relación que se puede establecer entre un profesor y un alumno es, en muchos casos, más confidencial que la que se estable entre padres e hijos, ley de vida. Ese hecho también hay que emplearlo para beneficiar al alumno en, quizá, alguna cosa. Y el estudio de cada alumno, de sus confidencias, de sus puntos de vista, siempre son una fuente de conocimiento renovada una y mil veces para un profesor atento. Cada nuevo curso, por ejemplo, los alumnos van incorporando nuevas palabras a su argot: hay que aprenderlas o saberlas antes que ellos.

 
Bien, se me quedan cosas en el tintero y se me olvidan muchas más. Yo he descubierto todo esto a lo largo de más de treinta años… de cometer errores, cientos, miles de errores. Cuántas noches duermes fatal porque te parece que has dicho una palabra inadecuada a tal alumno, porque no has explicado esto con la suficiente claridad, porque has interpretado mal el lenguaje corporal de un niño; cuántas noches has llorado de arrepentimiento por haber gritado, incluso insultado a algún alumno. Después de más de treinta años todavía muchas noches llego a casa preocupado por tal o cual alumno. En la actualidad doy clase a alumnos mayores de edad, de modo que siempre me queda el recurso de escribir un Email, de mandar un SMS, de llamar por teléfono, pero generalmente, cuando has metido la pata lo único que consigues con todos estos apaños es hundirte más en el fango. Quizá sea mejor dejar los errores tal como se han cometido. 


Se me olvidaba. La mejor manera de aprender es equivocándose, cometiendo un error. Yo no conozco a nadie que no haya cometido nunca un error. A lo mejor hay alguien en el mundo, en EEUU o algo. No sé. Pero el error proporciona una magnífica, inmejorable oportunidad de aprender. Es obvio, ¿no? Un alumno comete un error, es decir, sigue un camino equivocado, en ese momento le haces ver, le obligas a tomar conciencia del camino que ha tomado, ya sabe uno, que no es el correcto pero es uno, entonces le «enseñas» en qué punto se ha desviado y, claro, lo pilla, vaya si lo pilla.


Por último. Nosotros, los profesores, somos unos ciudadanos a quienes el Estado ha sometido a unas duras pruebas de selección; una vez superadas se nos ha concedido el título de Funcionarios del Estado Español, lo cual supone que se nos confiere la responsabilidad de transmitir una serie de conocimientos a los alumnos que sean puestos bajo nuestra custodia y tutela; también nos hace responsables de proteger y defender los derechos de esos alumnos. Toda la responsabilidad es nuestra. Por otro lado, los alumnos, lo único que tienen que llevar a clase es su desconocimiento de las cosas, su ignorancia, por definición: una persona sana como un roble no va al médico; alguien que ya sabe no va a que le enseñen. Cuando un alumno suspende no es un fracaso únicamente suyo: por lo menos la mitad del fracaso le corresponde al profesor; la familia, el entorno, también tendrán que cargar con su parte de ese fracaso. Se habla mucho de fracaso escolar: no existe tal cosa, existe el fracaso social. Se dice que la verdadera educación es la que se recibe en casa; falso: hoy en día la educación se recibe   de múltiples lugares: en el hogar, de las personas adultas que vivan por allí: padre y madre, padre y padre, madre y madre, padre y novia del padre, madre y novio de la madre, padre y novio del padre, madre y novia de la madre, padre que era padre pero que se opera y ahora es madre… abuelo, abuela, hermanos pequeños que se llevan todo lo mejor, hermanos mayores que le maltratan a uno, los repugnantes programas de la tele, los juegos de la Play, Internet, esos ruidos tan raros que se oyen por la noche que provienen de la habitación del piso de al lado en la que duermen los papás de ese vecino que siempre que te ve te escupe, esos señores con traje de chaqueta que salen por la tele que se insultan como piratas y que son el gobierno o no sé qué, el móvil, la calle, los compañeros de clase, los compañeros de colegio que van a cursos superiores, esos chavales que no van a clase pero que siempre te topas con ellos y te quitan el almuerzo y el frío, etcétera. Encima se le da al alumno una libertad considerable para que «interactúe» (bonito eufemismo para decir «que se pasa de ellos» cágate lorito) con todas esas variables. Nunca los niños, adolescentes y jóvenes lo han tenido tan difícil.


Es necesario que rompa una lanza por los profesores. La enseñanza es un trabajo duro. Lo normal es que no te sientes durante todo el rato que estés dando en clase, al menos eso es lo que se debe hacer; no paras de hablar, explicar una y otra vez esto y aquello; tienes que bajar del piano al crío que previamente se ha subido en él; has de cantar, tocar el piano, escribir en la pizarra: la tiza, te corroe la piel y la garganta casi como si fuera sosa caústica; nadie, nunca jamás te da las gracias, nadie te estimula, te premia, al contrario: cuando vas a la farmacia o a donde sea siempre hay algún gilipollas que te viene con aquello de las vacaciones, o eso de «claro, tú, como eres funcionario»; da igual que les repitas mil veces que las oposiciones son libres y que él, si en lugar de estar tocándose la barriga hubiese estudiado y ganado unas ahora también sería funcionario. La enseñanza es una de las profesiones con más elevado índice de depresión: cada año terminas con penas y glorias y al curso siguiente vuelta a empezar, así treinta, cuarenta años, casi cadena perpetua. Tenemos el sueldo congelado desde que la primera glaciación, ahora nos han bajado el sueldo, nos han quitado las dos miserables pagas extra que teníamos. Claro, hay cosas que no tienen precio: de vez en cuando te encuentras con un hombre por la calle que te para y con la cara llena de asombro te dice: ¡Usted es tal o cual! Y tú, le reconoces y le dices, «sí, y tú eres cual o tal», y entonces va y te suelta algo como «qué alegría de verle, usted me cambió la vida, usted me hizo ver…, no pasa un día sin que le recuerde por...» Y tú te alegras y te marchas, y por casi te atropella un coche o te metes sin darte cuenta en un charco y... al poco, ya estás con tus preocupaciones de todos los días.


10 comentarios:

  1. BRAVO! MAGNÍGICO ARTÍCULO y GRAN MAESTRO EL QUE ESCRIBE

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  2. Muchas gracias, pero no te tomes a mal que te diga que exageras. Un maestro es otra cosa, ya tuvimos oportunidad de ver a uno y de los grandes. Yo solo soy un profesor, que no es poco.
    Mi más cordial saludo

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  3. Me ha gustado mucho este artículo, los leo todos y unos me gustan mucho y otros sólo me gustan, hay otros que me dan igual. Pero este me afecta directamente, no soy funcionario, soy profesorcillo de una escuela de música, estoy de acuerdo en... diré casi todo (por si acaso). Publico el enlace un mi prefil de Facebook, con tu permiso, para que mis compañeros y amigos (en su mayoría maestros de escuela) lean tu entrada y les entre algo de responsabilidad, si es que no la tenían antes. (En su mayoría la tienen).

    Muchas gracias por amenizar mis descansos de estudio.

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  4. Muchas gracias a ti por tu sinceridad. Me parece muy bien que des la difusión que te parezca tanto a esta como a cualquier otra entrada. La gente se olvida de lo que es en realidad un funcionario, esta bien que se refresque la memoria de vez en cuando.
    Un abrazo, amigo Gerardo

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  5. Pero qué bonito! Se nota que eres un apasionado de tu profesión, Carlos!

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  6. Muchas gracias. Enseñar a quien quiere saber, es algo así como dar agua a quien tiene sed. Lo que lo hace apasionante es que lo que le das es belleza, música, con la alegría de vivir que les es inherente. Muchas gracias por tu comentario.

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  7. Apruebo tu entrada en todo. Me entristece por la infinidad de niños y adolescentes que en manos de profesores-as y no maestro se dedican a vomitar sobre sus alumnos día tras día sus frustaciones e inseguridades deberían ser retirados de la circulación como pasa en otros países, plazas seguras para quien se las gane. Hay muchos profesores que según ellos les importa bien poco que aprendan su pupilos, ellos "cobran lo mismo a final de mes". El maltrato verbal es más dañino e irreparable que el físico, debería haber también un nº de teléfono para denunciarlo, los agredidos son menores de edad que no saben defenderse y son etiquetados por sus profesores y señalados por sus propios compañeros ¿se necesita más crueldad? Te admiro Carlos, seguro que más de un alumno te recordará mientras viva y eso si que llena el alma. Gracias, de nuevo.

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  8. Creo recordar que en la entrada de ayer dedicada a Wunderlich su profesora decía que sentía «orgullo y alegría». Siempre, en mi humilde opinión, siempre es más lo segundo que lo primero, «alegría». Describes fulminantemente bien a esa chusma que es capaz de provocar tanto sufrimiento, de hacer tanto daño. Ante la más mínima duda de que un niño está siendo maltratado se tendría que poner en marcha todo un séquito de inspectores y especialistas que esclareciesen la situación hasta las últimas consecuencias. Pero resulta que toda esta caterva de inspectores y autoridades educativas están en sus cómodos despachos dictando normas necias, escritas en una neo jerga vomitiva que ni ellos entienden, para justificar sus puestos y sus salarios.
    Sí, como ya decía mi padre, «la enseñanza es muy bonita», y llena el alma y hace sentir alegría, la auténtica alegría de vivir, ya lo creo.
    Muchas gracias por tus generosas palabras, también ellas hacen que sienta alegría.

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  9. Joder profe son las dos de la mañana y en vez de estar estudiando impro estoy aquí leyéndote. Me ha encantado y me identifico con la mayoría de lo que has expuesto.

    Hay profesores que han pasado mil perrerías (o no) para llegar a donde están, y sólo por eso se creen con derecho de hacerte pasar por lo mismo o más. "Si éste quiere triunfar no lo va a hacer con una alfombra de rosas, que sufra como sufrí yo". Unos miserables.

    El otro día leí un artículo en el que se hablaba de los dolçainers. Si tocas el piano, eres pianista. Si tocas el clarinete, eres clarinetista. Si tocas la dolçaina, eres dolçainista? No, eres dolçainer. Y tu hermano, tabaleter. ¿Por qué? porque ser dolçainer no era ser instrumentista sino que era un trabajo más, como el que és fuster, forner, etc. Y claro, si eres el único que sabe ese oficio en tu pueblo, procura que tu hijo y sólo tu hijo conozca el oficio para que nadie te lo quite. No regales al mundo tus conocimientos, porque te quedarás sin curro. No le pongas fácil las cosas al vecino, porque al año que viene él hará la procesión y tú no.

    Y eso es lo que parece que hagan algunso profesores y más en esta mierda de mundo musical. Sectas, círculos de influencias, venganzas, rencores, etc. que van en deprimento de una cosa tan bonita como es la música y de una cosa más bonita aún que es enseñarla.

    Voy a acostarme, que a este paso te levantas tú antes que yo me acueste. Un saludo profe!

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  10. Hoy me he levantado un poco tarde, de modo que no nos hemos pillado... Antiguamente los oficios se transmitían de padres a hijos porque no había centros especializados donde se enseñasen. Por eso, los Bach músicos, son casi ciento, y lo mismo ocurría con otros oficios, los padres enseñaban a sus hijos, con lo cual, la enseñanaza todavía era más bonita. Hoy en día todo ha cambiado, y, por desgracia tienes mucha razón en todo lo que dices y te quedas corto. Por eso, porque la realidad es miserable, es por lo que tenemos que esforzarnos, estudiar, investigar, leer, compartir, para ver si así poco a poco, muy poco a poco, es cierto, conseguimos entre todos cambiar esas actitudes miserables, esa sociedad miserable, toda esa miseria. Poco a poco, influyendo, pero sin comer el coco, a quienes tenemos al rededor quizá algún día consigamos bajar un poquito, y luego un poco más, estas tan altas cimas de la miseria en las que estamos tan incómodamente asentados.
    Muchas gracias, José, por tu comentario. Un cordial saludo.

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