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domingo, 4 de diciembre de 2011

¡O TEMPORA, O MORES!


No sé latín. Según personas que conozco, sumamente versadas en esta lengua viva en el Vaticano, esa carencia me descalifica para utilizar latinajo ninguno. Pero, ¡mola tanto!: ¡O tempora, o mores!, no me canso de repetirlo, un par de veces en ayunas y luego ya a discreción: ¡O tempora, o mores!


Que, como todo el mundo sabe, significa: ¡Oh, tiempos!, ¡oh, costumbres!, y que, como todo el mundo sabe, es sentencia que acuñó Marco Tulio Cicerón, el gran jurista, filósofo, rétor, orador, y escritor romano, que acuñó, decía, en sus célebres cuatro discursos llamados Catilinarias, así llamados por ser dedicados al conspirador Lucio Sergio Catilina:

Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?
¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?
Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?
¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros?
Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?
¿Cuándo acabará esta desenfrenada audacia tuya?


Una vez roto el hielo con estas palabrejas siguió adelante Cicerón y desplegó toda su elocuencia, todo su magistral dominio de esa arte olvidada llamada retórica. Porque antaño, la Retórica era un arte; tal es la decadencia actual que hoy en día «retórica» es sinónimo de rollo macabeo (¡¿?!); antes, en derecho, existía la asignatura de «retórica», ahora ya no, estamos de rebajas. Y llegado a un punto (1.1.2.), y para recriminarle al Cati lo muy corruptas que eran su  costumbres le soltó lo de ¡O tempora, o mores!, en fin, más o menos las mismas cosillas que se dicen nuestros politiquillos y, eso sí, politiquillas.


Lo que pretendo con el título de esta entrada es realizar una especie de ensueño, una comparación de sólo un aspecto de nuestra sociedad actual con la de un pasado indefinido. Ya sé que esto es un ejercicio inútil, falseador de muchas cosas a la fuerza, ya sé que cada época tiene sus cosas buenas y sus malas. Hoy en día tenemos la penicilina, Internet, la pastilla del día después, agua corriente y caliente en las casas, ya no tenemos chinches, el Ave, hemos ido a la Luna y vuelto, tenemos la bomba atómica, aire acondicionado, concursos televisivos... y muchas cosas más que ahora no me acuerdo. Antes, en ese tiempo indefinido del ¡o tempora, o mores! no había nada de todas estas cosas, menos de chinches.
Pero antes, por ejemplo, a finales de XIX, principios de XX, la gente, en Europa, era más culta. Incluso lo más probable es que hasta aquí en España la gente fuera más culta, porque más inculta no se puede ser. De acuerdo que en aquel entonces había más analfabetismo. Pero, ¿de qué sirve que la gente sepa leer y escribir si ni lee ni escribe? Lo que sí está claro es que hoy por hoy España es uno de los países más incultos del cosmos. 


Por ejemplo: en la mayoría de los países europeos, a una persona no se le considera culta sino tiene una buena formación musical, es decir: sabe solfeo, toca un instrumento, generalmente el piano, sabe tocar y cantar a la vez a primera vista, conoce de pe a pa la historia de la música, escucha música clásica en su casa y asiste a conciertos de música clásica con asiduidad. Luego, aparte, será profesor de latín, o abogado, ingeniero, qué sé yo. Sin embargo en este país, sale por la tele todo un doctor en lo que sea que no sabe ni lo que es la clave de sol ni quién fue Berio y se le toma por el sumun de la cultura; caca la vaca, en Austria se le consideraría un especialista en algo pero un inculto como la copa de un pino.
Luego, en este país, tenemos el caso hasta cierto punto opuesto: los músicos, salvo muy contadas excepciones son, no ya incultos sino, como el señor Rodríguez, no han leído un libro en su vida. Y no me refiero a libros de esos escritos por Hugo, Cervantes, Borges, McCarthy, Pavese, Morgenstern, Altenberg, Roth, Eliade, Proust, Bukowski, Saramago, Voltaire, Kafka, Walser, Hölderlin... No, no me refiero a esos libros. Me refiero a libros específicamente musicales, sean técnicos, de historia, biografías de música, de estética musical o cualquier otro tipo, nasti de plasti. Hay algunos libros de consulta, básicos y elementales, traducidos al español que es absolutamente imprescindible que formen parte de la biblioteca de todo músico o estudiante de música. No son muchos, pongamos que entre cinco y diez: pregunto a mis alumnos y salvo una o dos excepciones nadie, absolutamente nadie tienen ni uno solo de esos cinco o diez libros, el motivo principal que esgrimen es que son muy caros; pero hay una razón todavía peor: nadie, ningún profesor les ha hablado de ellos. No obstante para salir de juerga todos los jueves y demás fiestas sí hay dinero... La cosa se pone realmente dramática cuando compruebas que también una gran mayoría de los profesores hasta desconocen la existencia de esos cinco o diez libros: ya no es cuestión de dinero, los Audi, BMW, Mercedes y otras joyas de la industria automovilística tienen gran representación en el parquin. Y no estoy hablando de libros de erudición, estoy hablando de libros de consulta, básicos. Luego, misteriosa, mágicamente, entre esos profesores de magrísimas bibliotecas hay doctores, cum y sin laude, pero doctores al fin y al cabo. Si algún colega está leyendo esto seguro que está de acuerdo conmigo y puede corroborar mis palabras, o no...


Un ejemplo de un pasado no muy lejano: Mircea Eliade, Bucarest 1907, Chicago 1986. 


Este señor escribió tantos libros que no me caben en un estante de los grandes, y no los tengo todos. Alguno de estos libros están completamente descatalogados y olvidados y en su día me costó dios y ayuda conseguirlos, como por ejemplo: «Memoria I. 1907 – 1937. Las promesas del equinoccio», traducido al español por Carmen Peraita y publicado por Taurus, Madrid, 1983. Libro precioso. Primer obstáculo para la cultura en la actualidad: uno tiene que atender tantas paparruchas que no puede dedicarse a cosas valiosas: el teléfono, los correos electrónicos, ir a comprar, cuando vas a comprar y te encuentras con alguien y te da conversación, los mil y un ruidos provocados por vecinos, fiestas y jolgorios, el trabajo, el trabajo para casa... Volviendo a  «Memoria I» cuenta Eliade el primer gran disgusto de su vida: su profesor del colegio dictamina:
«Sobre todo, no le des demasiados libros para leer, eso le cansaría la vista, y no la tiene muy buena...»
a lo que contesta Mircea: «Pero si yo veo todo lo que quiero cuando pongo los ojos así, pequeñitos...»
«Eso quiere decir que tienes mala vista y que serás miope»
Lo que darían hoy en día la inmensa mayoría de los niños por estar en esa situación, sobre todo porque LES OBLIGAN A LEER CADA PORQUERÍA QUE DA ASCO, además, lo mismo a generaciones y generaciones, abuelos, padres, hijos, nietos...

«Debía de tener cinco o seis años cuando una tarde, volviendo a casa cogido de la mano de mi abuelo, vi entre las faldas y los pantalones que se movían a mi alrededor a una niña de mi edad cogida ella también de la mano de su abuelo. Nos miramos intensamente a los ojos. Y cuando nos adelantaron, me volvía para seguir mirándola. Ella también se había dado la vuelta y estaba allí, inmóvil. Pasaron así algunos instantes y después nuestros respectivos abuelos nos tiraron de la mano para hacernos andar. Yo estaba trastornado sin saber la razón, y lo que acabada de ocurrirme era a la vez maravilloso y decisivo. (...)» Copio esto para hacer ver que Mircea vivió una infancia normal, con sus enamoramientos, sus gamberradas, sus enganchadas a los tranvías.

 
En un momento de su infancia, en todo caso adolescencia, que no se precisa, acontece lo siguiente: «... mi padre se empeñó en que, además de mi talento fuera de lo corriente para el piano, yo también tenía una voz incomparable. Me traía con regularidad partituras de romanzas, doinas y operetas que yo intentaba cantar acompañándome al mismo tiempo al piano. (...) En aquel tiempo, mi padre acariciaba la esperanza  ̶  que a veces yo compartía con él ̶  (el padre de Mircea era militar) de verme convertido en un gran pianista. Me obligaba a estudiar una o dos horas al día, pero esto era realmente muy poco tiempo para el futuro virtuoso que veía en mí. La verdad es que mi talento no era mucho. (...) Cuando conseguí tocar aceptablemente las sonatas de Beethoven, me dediqué a descifrar los conciertos de Rachmaninoff, y pronto me acostumbré a pasar horas al piano improvisando variaciones sobre temas del propio Rachmaninoff. Conseguí, a pesar de todo, tocar un concierto completo, pero tuve que resignarme: jamás me convertiría en un virtuoso»
En efecto, Mircea Eliade, no se dedicó a la música, fue filósofo y escritor, pero sobre todo fue un erudito que creó la especialidad académica llamada «Historia de las religiones»; hablaba y escribía con corrección ocho lenguas: rumano, francés, alemán, italiano, inglés, hebreo, persa y sánscrito.


Es decir, que Eliade, aun siendo capaz de tocar un concierto de Rachmaninoff consideró que no valía para la música. Ahora volvemos a España y sus planes educativos y nos encontramos con que para ser director de orquesta o compositor NO HACE FALTA TOCAR EL PIANO, cágate lorito. Un chaval que toca, con toda la dignidad del mundo, el saxo, puede conseguir su título superior de dirección de orquesta o de composición; al final, el que lleva la bandera en los pasacalles de las bandas también podrá llegar aspirar a tan elevados títulos, tiempo al tiempo. Esto no es bueno para nadie. A los estudiantes, si se les exigiera más darían más, mucho más de sí. Pero ahí tenemos a la democratización de la cultura: «Yo tengo derecho a estudiar...», a lo que el Estado responde, «Claro, hijo mío, son 800 euros por curso, pasa y “estudia” lo que te dé la gana, porque nosotros los demócratas...». Lo que la democracia no cambia es que para ser director de orquesta o compositor sea imprescindible tocar muy bien el piano y ser capaz de leer en él cualquier cosa a primera vista, por la misma razón que la democracia no puede cambiar la fuerza de la gravedad: aunque las urnas digan por aplastante mayoría que no, las manzanas seguirán cayendo de las ramas.


Pido perdón, menudo rollo les he soltado. Distraigámonos un poco escuchando un vals de Lev Tolstói, ¿eh?, ¿León Tolstói? ¿el escritor?... a ver... pues sí, eso pone aquí, no sé, quizá es que este Tolstoi fuese una persona culta que, aparte de escribir, también sabía música. En fin, escuchemos este vals en fa mayor interpretado por Lera Auerbach:


 

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Tolsói también fue una especie de pedagogo, aunque supongo que esa palabra le sonaría a rayos. Fundó una escuela en la que los alumnos no tenían deberes para casa, no se les reñía si llegaban tarde, en fin, muy poco convencional. Amaba la música y la consideraba la mayor de todas las artes. Le gustaba mucho la música popular, en particular la ucraniana, como esta canción titulada «Tarareando en el robledal», cantada por Vasyl Nechepa, y que yo diría que se acompaña a sí mismo con un instrumento tradicional llamado Kobza y que se afina en sol menor, tonalidad en la que está esta canción:



Algunos de los principios en los que basaba Tolstói su sistema educativo eran: Espíritu de libertad; condena del dogmatismo; repulsa del autoritarismo y del intervencionismo; vitalismo existencial frente al mero intelectualismo; pragmatismo científico... Es cierto que también incluía la religión en su plan... nadie es perfecto.


En este vídeo podemos ver a Nechepa, el intérprete de la canción que acabamos de escuchar: comienza el vídeo con el final de una canción acompañada por una zanfoña; a continuación podemos ver esta extraña Kobza, con la que Nechepa canta una triste canción: primero toca unos acordes de dominante de sol menor seguidos de sus correspondientes de tónica, tras lo cual comienza con su canción:


Ya puestos con la música ucraniana escuchemos a este músico callejero cantando y acompañándose por una Bandura; qué melancolía tan dulce la de esta música:


¿Tendrá que ver tanta tristeza con todos los infortunios que ha tenido que sufrir el pueblo ucraniano? Como por ejemplo, el «Holodomor», que en ucraniano significa «matar de hambre». En efecto, durante los años 1932 y 1933, Stalin provocó una hambruna en la República Socialista Soviética de Ucrania por la que murieron de hambre 7 millones de personas, siete millones de personas que no pudieron vivir sus vidas, que no pudieron reír sus risas ni llorar sus llantos.


Aprovechemos la ocasión para hacer un poco de memoria histórica, ¿se llama así?, que también es cultura. En la foto, Santiago Carrillo en un congreso del SED, 1963, con Walter Ulbricht y Nikita Kruschev a su derecha y Nicolae Ceauşescu a su izquierda, tres auténticos campeones de la democracia y todos ellos, incluido Carrillo, seguidores de Stalin.


Bien, dejemos la memoria, que digo yo que siempre será histórica, porque sólo se puede recordar lo que pertenece al pasado, no vas a recordar el futuro, y todo lo pasado es historia, ¿no? Ay, ay, ay, cómo zemo lo’zerpañole’h.


Escuchemos ahora, si así les place, un poco de música de un tal, a ver qué pone aquí... Nietzsche, sí, eso es, Nietzsche... pero, Nietzsche, ¡Nietzsche! ¿Nietzsche no fue un biólogo o un premio Nobel o algo? Ah, sí, ahora caigo, era filósofo.


Jo, pues este también tenía que ser bastante culto porque tengo aquí un montón de música que ya quisieran tener muchos compositores, de los que tocan el piano o de los que no.
Comencemos por un bello Lied. Canta Fischer-Dieskau acompañado por Aribert Reimann y se llama Aus der Jugendzeit:



Ahora un curioso Melodrama, con los mismos intérpretes; se llama Das zerbrochene Ringlein:



Otro Lied, en el que Nietzsche alterna graciosamente el grave y el agudo, el mayor y el menor, esta última alternancia se denomina técnicamente «homonimia». Breve, encantador, se llama Wie sich Rebenranken schwingen, de nuevo los mismos intérpretes:



Ahora una pieza para piano solo llamada Einlentung, toca Lauretta Altman:



De nuevo un  Lied, también con homonimia, se llama Verwelkt; al mismo cantante le acompaña ahora Elmar Budde:



Para terminar, un último Lied, Ungewitter, en el que se puede apreciar un giro que utilizará más tarde Kurt Weill; también un empleo de la sexta napolitana poco usual. Mismos intérpretes que en el Lied anterior:




¡O tempora, o mores!, ¡Oh, tiempos, oh, costumbres! No puedo dejar de poner un último ejemplo: telediario, sección cultural: para empezar, Ferran Adrià: que le han dado no sé qué premio por hacer un primer plato y un segundo, con postre para dos personas por 300 euros, ¿no habría que dárselo a tanta familia que hoy en día come todo un mes con más o menos lo mismo, y son cuatro bocas?; y luego música: ¡Miguel Bosé!, ¡por los clavos de cristo, dios misericordioso! Miro en el diccionario de la RAE la palabra «bosar», «vomitar», dice, por lo tanto: Miguel Bosé, «primera persona del singular del pretérito perfecto simple del verbo VOMITAR», uff, vale, se me desinflama un poco la yugular...
Antes las cosas no eran así. Sí, claro, ya sé, las desigualdades sociales y todas las injusticias habidas y por haber: pero ahora lo que tenemos es igualdad en la ignominia, en la ignorancia, hemos conseguido elevar a todos y cada uno de los ciudadanos de los países cultos a las más altas cimas de la miseria cultural. De los «países en vías de desarrollo» no sabe no contesta; de los «países del tercer mundo» (...)
Por eso, aunque no sé latín porque no fui a un colegio de pago, sino de te pego, repito más a menudo de lo que me gustaría:
¡O tempora, o mores!

4 comentarios:

  1. Inspirándome en el conocido lema de un anuncio de cerveza holandesa, puedo afirmarle: "Posiblemente, la mejor entrada de este blog".

    Uff... repartiendo candela a diestro y siniesto. Momento épico lo de la foto de Carrillo. Y ahí estaba la izquierda lamiéndole el "ojal" sin parar. Lamentable.

    Me gustaría también saber latín y dármelas de sabiondo soltando latinajos, pero en el colegio la mayoría de alumnos se reían de la profe de latín diciéndole: "¿Para qué queremos saber latín? ¿Para hacernos curas o monjas?

    En general, en el pueblo raso el conocimiento de Humanidades es ya Historia. A este respecto, venía un artículo en la revista "El Semanal" del pasado domingo sobre la tremenda pérdida que supone la desaparición de una formación humanística en las personas. Artículo de Juan Manuel de Prada. Persona inteligente y culta, aunque un poco beata.

    Impresionante lo de Mircea Eliade. Muchas gracias por descubrir esta interesantísima personalidad. No puede Usted imaginarse la de cosas que estoy aprendiendo en su blog. Una mina.

    Siga, por favor, desvelándonos tantos y tantos libros y músicas y personas de las cuales no se oirá nada en nuestras Televisiones.

    Un cordial saludo.

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    1. Le pido disculpas por haber tardado tanto en responderle. Ocupaciones, mala salud, en fin, lo de siempre.
      Parece una paradoja esa frase suya: "... el estudio de Humanidades es ya Historia"... es muy cierta. Hoy, sólo se mal enseña lo que puede ser útil a la sociedad en el sentido más infame de la palabra "útil": ser un instrumento útil, maleable, que sirva a los propósitos del poder, que vaya a las urnas cada cuatro años y se calle la boca hasta la próxima, que no piense, que no lea, que aprete tornillos de tal a tal hora y luego se vaya a casa o al bar a embriagarse de lo que sea, que no tenga opinión propia sobre nada, que vea la tele cuanto más mejor: ella pensará por él.
      Muchas gracias por sus interesantes comentarios, por su paciencia y por sus amables palabras.

      Un afectuoso saludo

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    2. Empleando un silogismo (¿?) que viene muy a tono con su útlimo comentario: Como todos nos podemos ser cultos, pero todos tenemos que ser iguales; entonces todos tenemos que ser igualmente incultos. Esta es la lección de los socialistas, comunistas y toda esa casta enferma de estupidez intelectual.

      Lo mejor que he leído en días, muy agudos sus argumentos, el tono picarezco es sublime y la mordacidad fascinante. Estamos viviendo una epoca de masas, como ya anticipó hace décadas Don José Ortega. A las minorias productoras de conocimiento, a esa elite maldita e individualista, aun no le ha llegado su momento. Trágame tierra!

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    3. Muchas gracias, Yasel, por sus palabras. Sí, lamentablemente vivimos, seguimos viviendo, instalados en una cómoda ignorancia igualitaria, paritaria, bien repartida. Me atrevería a decir que desde que escribí esta entrada hasta el día de hoy las cosas han empeorado, es más, creo que las cosas empeoran día a día. Por supuesto, lo malo no es la democracia, nadie dice eso: lo malo es implantar la democracia en lugares como este, en los que no se sabe ni leer la palabra democracia con corrección. Ahora, en este país, gobierna el centro derecha: no han mejorado las cosas, sólo las han cambiado; dentro de unos meses, o años, volverán los de centro izquierda, y volverán a cambiar las cosas. Como se puede leer en el magnífico libro "El Gatopardo", de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (cito de memoria): "Hay que hacer que todo cambie, para que todo siga igual". Siempre habrá una elite, no cultural ni intelectual, económica y política que se encargue de eso, de cambiarlo todo, de ponerlo todo patas arriba, para que el pueblo llano, para que nuestros niños y nuestros jóvenes, sigan queriendo ser de mayores futbolistas, o médicos, o arquitectos, no porque amen las profesiones de estos señores, sino porque ganan mucho dinero. A mí se me siguen humedeciendo los ojos ante esta barbarie: pobres niños, pobres jóvenes, quizá algún día puedan alcanzar el más elevado sueño que se puede acariciar en la actualidad: ser ricos.

      Muchas gracias, de nuevo, por sus comentarios.

      Un afectuoso saludo

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