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domingo, 18 de diciembre de 2011

RAVEL, CONCIERTO EN SOL, ADAGIO ASSAI


¿Quién fuiste, Maurice, a quién escondiste tras esa figura menuda y elegante? Naciste en Aquitania, lugar de encuentro de trovadores, en un año como cualquier otro y te marchaste con tu brillante inteligencia intacta, con la que pudiste observar con lucidez tus últimos años de deterioro con un sufrimiento del que sólo tú supiste su peso y medida. Admiraste a Mozart, a Fauré, a Saint-Saëns, a Satie, a Debussy, ¿qué viste que tuviesen en común estos maestros, la sencillez, la capacidad de síntesis, la inspiración, o algo que sólo tú fuiste sagaz de vislumbrar? 

Hölderlin creía llamarse Salvator Rosa, pintor a quien pertenece este cuadro en el que se puede leer: 
«Calla o di algo que mejore el silencio»
Aunque no dabas la talla te empeñaste en acudir a la Gran Guerra, y lo conseguiste. Y cuando regresaste, como todos quienes vuelven de esos sitios, ya no eras el mismo, pero, ¿quién ya no eras? ¿en quién te habías convertido? Escribiste «Le tombeau de Couperin» en memoria de tus amigos caídos. Eso es un amigo. ¿Qué escondías tras tu noble tristeza, hombre solitario? ¿qué melancolías, qué duelos, qué pesares?

Dinos, Maurice, ¿por qué tu música está llena de sortilegios, espejos, pavanas, forlanas, de jazz, minuetos y valses, ah, y un bolero...? ¿qué hacen en tu música Dafnis y Cloe, El Quijote y Dulcinea, una gitana, Chabrier, Couperin, Borodin, Haydn, y lo más misterioso de todo, una infanta difunta? ¿qué sentido encierra diversidad tan caprichosa?


Yo creo entenderte un poco y me parece que no encierra ningún sentido o que, como dijo un poeta, sólo la luna sospecha su secreto. Es un lugar común decir que la música es «un lenguaje universal». Lo primero, lo del lenguaje, quizá, hasta cierto punto, en tanto en cuanto uno es capaz de expresarse a través de ella. Pero ¿expresar qué?, y en el caso de que quien se exprese mediante la música tenga muy claro lo que quiere expresar ¿qué entenderá un oyente cualquiera? Lo que es inaceptable desde cualquier punto de vista es lo de universal, ¡universal!, ni más ni menos, no se conforman con mundial, no, universal, es decir, que viene un platillo volante del planeta Uno y cuando aparca y salen sus tripulantes por la puerta les tocamos «Paquito el Chocolatero» y lo entienden a la primera. ¡Pero si se lo tocaríamos a los miembros de una recóndita tribu amazónica y saldrían corriendo sin parar hasta Siberia del susto!


Ya el lenguaje hablado se presta a unos equívocos como catedrales, y más con el manejo del idioma tan necio de hoy en día. Primero un individuo, un emisor, piensa lo que piensa, si es que piensa, y cómo lo piensa; a continuación ha de articularlo con un lenguaje, con lo cual, ese pensamiento más o menos definido inicialmente ya quedará encorsetado, constreñido dentro de los límites del vocabulario y conocimiento y manejo del idioma del individuo en cuestión; pero, además, ese individuo no intentará ser claro, sincero, explícito: sin darse cuenta siquiera su psique adornará, modelará su mensaje para no sólo transmitir un comunicado sino también para dar una imagen de sí mismo, para causar una impresión determinada; su manera de vestir, su corte de pelo, el perfume o colonia que lleve, sus tatuajes y objetos metálicos o de otros materiales atravesados o colocados en cualquier parte de su cuerpo (visibles), el tono de su voz, las inflexiones y modulaciones de la misma, su acento, su lenguaje corporal... todo ello contribuirá en mayor o menor medida en la manifestación final del mensaje. No es poco el trecho que ha recorrido lo que en origen era un pensamiento, y no son pocos los aditamentos que se le han ido adhiriendo durante el camino.


Sí, y luego viene el individuo receptor, pero no voy a abusar más de vuestros fatigados ojos, amables lectores, estimado Maurice, vosotros mismos podéis aplicar todas las vicisitudes por las que pasa el pensamiento inicial de emisor, semejantes u otras más apropiadas, y calcular cuál podría ser el grado de comprensión del pensamiento inicial por parte del receptor.


Si esto ocurre con el lenguaje oral ¿qué puede llegar a ocurrir con la música? Tú me entiendes, ¿verdad, Maurice? Y a todo esto, ¿qué hago yo hablando a un muerto? Paradójicamente, tú, querido Maurice, tú sí que te puedes comunicar conmigo, a través del tiempo, de la noche y la distancia. Decía Quevedo, y con sumo tino, que escuchaba con sus ojos a los muertos. Tú también dejaste unos sonidos pintados en unos papeles. Tendrán que venir otros a interpretar esos símbolos que anotaste, y cada cual a su modo, con todas las circunstancias que ya mencioné con respecto a ese supuesto emisor u otras similares, me contará su versión de los hechos, y yo, por fin reinterpretaré lo que tú una vez cantaste. No, si Platón no andaba desencaminado: el arte es pura mentira, triple, cuádruple, quíntuple alejamiento de la idea, de lo cierto, de lo puro. Y para terminarlo de arreglar, mientras escuche tu canto, mi vida será tu canto, y tu canto seré yo, puesto que transcurriremos en el tiempo inseparablemente unidos, viviendo una misma vida, tú, tu canto, tu intérprete, yo y cuantos te escuchemos; y si yo estoy así o asá captaré y entenderá de un modo u otro lo que pintaste. Ante la magnitud de estos hechos, que yo te hable a ti, muerto, pasa a ser algo absolutamente irrelevante, en todo caso sólo demuestra cierto grado leve de locura por mi parte, leve mientras no escuche tu voz responderme...

Pero vayamos a los hechos, a los ejemplos. Entre 1929 y 1931, poco antes de que la enfermedad comenzara a ensañarse contigo, escribiste el «Concierto en sol mayor», para piano y orquesta. Poco antes habías estado en Estados Unidos, y allí te habías impregnado de la armonía del jazz. Todo el mundo señala que en este concierto del que hablo se nota esa influencia, y estoy de acuerdo, como luego veremos.

Nos vamos a centrar en su segundo movimiento Adagio assai, expresión que se podría interpretar como «muy despacio», y especificas: a 76 corcheas por minuto. Tonalidad de mi mayor, compás de... bueno, aquí ya empieza a complicarse la cosa, mejor lo vemos luego. Escuchemos este segundo movimiento interpretado por Helene Grimaud al piano con no sé qué orquesta dirigidos todos por Vladimir Jurowski:



Fragmento de la partitura con final arreglado:


Bien, amigo Maurice, en mi humilde opinión esta música que nos regalaste expresa tristeza, expresa una profunda melancolía. No puedo saber, nadie puede ni podrá jamás saber, qué te inspiró esta música: quizá presentías el triste fin que se te aproximaba; quizá estuvieses al tanto de las atrocidades que estaban ocurriendo en Europa desde que tú mismo fuiste a la guerra; quizá sólo expresabas la tristeza, la inmensa tristeza que te había acompañado toda tu vida. Esta música es un lamento, un profundo lamento por el terrible siglo en el que tu vida transcurría, es el lamento del ser humano ante su propia, estúpida y terrible crueldad.


Pero intentemos ser un poco más explícitos. ¿Significa algo la música? No, tajantemente no. Sólo guarda unos significados inherentes a su propia esencia, significados que encerrarán contenidos de acuerdo a los propios elementos constitutivos de ese arte llamado música. El elemento primordial de la música es el intervalo, es decir, la relación que se establece entre dos sonidos. Si escuchamos tal sonido y a continuación tal otro, nuestra mente los relacionará y sacará unas conclusiones; esas conclusiones, la mayoría de ellas preformadas por la cultura en la que nos hallamos inmersos en general y por nuestra biografía en particular, serán del tipo: «concluyente», «no concluyente», «agradable», «menos agradable». En la medida en que nuestros conocimientos musicales sean mayores, nuestro abanico de de «conclusiones» se irá ampliando: «disonante», «consonante», «inicial», «semi conclusivo», «interrogante», «eludido», etc. Así, todo el mundo puede reconocer un intervalo de cuarta justa ascendente como conclusivo y una cuarta aumentada no conclusivo; sólo un músico experto puede entender los significados musicales encerrados en los primeros intervalos del Scherzo nº 1, Op. 30, en si menor de Chopin. El compositor, con el manejo principalmente de esos intervalos, tanto melódicos como armónicos, va creando unas expectativas en el oyente que posteriormente satisfará en mayor o menor medida. Por explicarlo de un modo muy sencillo, los sonidos, al ir agrupándose en intervalos, melódicos (notas que se suceden) y armónicos (notas que suenan simultáneamente), se van atrayendo y repeliendo, más o menos del modo en cómo actúan los imanes (los que llevan turbante no, los otros); de ese modo se van creando puntos de fuga, se van insinuando horizontes a los que el compositor nos llevará, dando más o menos rodeos o, por el contrario, nos sorprenderá cambiando de ruta y meta constantemente. Por eso, cuando escuchamos música, en ocasiones intuimos qué va a venir a continuación, y dependiendo de la gracia con que el compositor «acierte» o se desvíe de nuestras intuiciones sentimos más o menos placer o satisfacción. No sólo de intervalos está hecha la música, pero tampoco es nuestra intención escribir una enciclopedia.


Menudo rollo acabo de soltar, eh, Maurice, seguro que, una vez más remedo a un poeta, te debes de haber muerto otra vez, o por lo menos te habrás echado una cabezadita, si es que los muertos dormís... En tal caso, sigue durmiendo, que ahora viene otro rollo.

Por otro lado está lo de la emoción. Desde tiempos de María Castaña que la música ha conmovido los afectos del alma, es decir, que al escucharla, hace resonar en nuestro interior, hace vibrar como por simpatía, el mismo o parecido afecto que el compositor sintió al escribirla. Hoy en día la palabra afecto no se utiliza, ha sido reemplazada por «sentimiento». Pero es mejor «afecto». ¿Cuáles son esos afectos?, muchos: amor, odio, envidia, celos, miedo, pánico, alegría, pena, lástima, estupor, tristeza, rabia, melancolía, enojo, en fin, muchos, muchísimos, tantos que se solapan y se confunden. Para conseguir plasmar esos afectos en su música un compositor se vale de mil estrategias y de las cualidades que de por sí tiene la música. Por ejemplo, desde pequeños nos enseñan, a quienes estudiamos música, que la tonalidad mayor es alegre y la menor triste; también se puede decir luminosa y oscura, expansiva y recogida, dura y blanda, y sinónimos similares. Otra característica muy significativa de la música es el sentido que tiene cada acorde dentro de una tonalidad. Una tonalidad está constituida, principalmente, por dos elementos: su escala, con la que construiremos su melodía, y los acordes que se construyen sobre cada grado de esa escala, con los que construiremos la armonía. Estas notas y estos acordes tienen significados musicales: así la primera nota de la escala armonizada con el acorde que se construye sobre dicha primera nota expresa equilibrio, estabilidad, firmeza, comienzo y final. Pues así con cada nota y con cada acorde. Lo que ocurre es que muchas veces se hacen concurrir elementos con significados afectivos opuestos. Es entonces cuando se producen verdaderas amalgamas que hacen que el afecto que nos conmueve una música determinada sea difícil de definir, incluso distinto para unos que para otros.

Volvamos al Adagio assai. Su tonalidad es mi mayor, que como tonalidad mayor estará asociada a la luz y la alegría. Bien, creo que la mayoría podremos coincidir en que esta música es más bien, como ya dije, triste, melancólica. ¿Por qué? Por un lado por el tempo, tan sosegado que invita al recogimiento, a la calma, a la reflexión. El compás indicado es tres por cuatro, pero basta con echar un vistazo a la partitura, o escuchar unos compases, para percatarse de que la cosa no es así de fácil. En efecto, la mano derecha está escrita en tres por cuatro pero la izquierda no, está en seis por ocho. Es una polirritmia muy sutil, etérea, que hace que la melodía se meza dulcemente. Pero también tiene un efecto desestabilizador: por utilizar una metáfora es como una barca que se balancea o un columpio que mueve el viento: sea como fuere surgiere inestabilidad. Melancolía más inestabilidad, despierta, por favor, Maurice, cuando escribiste este Adagio estabas triste, esa música nos conmueve en ese sentido, casi nos hace llorar. Pobre Maurice, a través del tiempo, de la noche, de la muerte y la distancia, nos llega tu lamento, y lo recogemos y lo compartimos contigo, nos conmovemos contigo.


Fijémonos: los tres primeros compases están basados en el acorde de tónica, hay un la bordadura en la melodía, bellísimo, y un fa sostenido nota de paso, más insignificante; el acompañamiento, aparte de ese pequeño y dulce mareo que produce al estar en seis por ocho, aunque la partitura no lo indique, contiene unas notas de paso en el compás tres, un re sostenido y un do sostenido; todo muy sutil, con una gran economía de medios. Y a continuación, en el paso del compás tres al cuatro, se produce el primer cambio significativo, la música se desplaza al acorde del tercer grado: este acorde, en el modo mayor, es un acorde menor, por lo que se supone que la música se entristecerá, se irá hacia la sombra, se apagará un poco. Y, en efecto, así ocurre, pero por otro lado lo que realmente ocurre no se puede explicar con palabras, no es que sea más triste ni nada de eso, lo que realmente significa ese cambio de acorde es lo que suena y como suena, eso es lo que significa, el resultado sonoro, la experiencia musical de ese enlace.

Escuchémoslo por separado:

 

una vez más, por favor:



Bien, digamos que lo que suena es lo que significa, ese cambio ascendente en el que se va de un acorde mayor a uno menor. Pero al mismo tiempo, sentimos, en nuestro interior se conmueve algo, es como si diéramos un suspiro, como si pasara por un instante un recuerdo triste por nuestra mente.

 
Vayamos ahora un poco más adelante, al compás 19. En él encontramos el intervalo de sexta menor, primero ascendente y luego descendente. Aquí queda muy evidenciado que la música no son notas sino intervalos. Un intervalo de sexta menor no expresa gran cosa, en todo caso es un intervalo consonante tirando a oscuro o triste. Si observamos la armonía comprobamos de está sobre la tónica del relativo, do sostenido menor, lo cual oscurece todavía más su sentido; paradójicamente, el intervalo queda realzado por dos notas que no pertenecen al acorde, el fa y re sostenidos del acompañamiento que, además, disuenan con la melodía. Todas estas circunstancias, más el contexto, y su dinámica, hacen de este intervalo un quejido de honda tristeza, un lamento, una vez más, del hombre ante su infortunio. En este pequeño intervalo está encerrada toda la melancolía de un mundo que sufre. Escuchémoslo:

espero que hayan captado lo que quiero decir.

Hemos hablado de la influencia del jazz en la música de Ravel. Habrán observado que el movimiento comienza con una larga intervención con el piano solo, quizá para poner de manifiesto esa soledad de la que ya hemos hecho mención. Tras esa intervención van entrando varios instrumentos: primero la flauta, luego el oboe seguido del clarinete, y, luego, de nuevo la flauta; en este fragmento el piano sólo acompaña con la mano izquierda. Tras este fragmento el piano vuelve a recobrar el protagonismo. Y es aquí uno de los lugares en los que podemos observar esa influencia del jazz.




En este fragmento que acabamos de escuchar podemos observar un empleo serio de una influencia externa a la música clásica o culta. No imita, no parodia a un grupo de músicos de jazz haciendo su música; Ravel, primero, ha escuchado detenidamente aquella música, luego a escogido y estudiado para luego digerirlo y sólo a continuación a creado algo que contiene la quintaesencia del jazz, adecuándolo de un modo absolutamente magistral.

Bien, amigo Maurice, ya te dejo en paz, descansa, que ya nada te perturbe. Gracias, miles de gracias por convertir tu sufrimiento en un producto tan bello, tan sumamente hermoso y conmovedor, que consigue que tras tu muerte siga emocionándonos, y que significándolo todo, no significa nada, ¿acaso las cosas más bellas no son aquellas que no se pueden explicar con palabras?

¿Eh? ¿Cómo dices, Maurice, que quieres tocarnos una pieza de despedida? Pero hombre, si estás en los huesos, no vas a poder ni levantar la tapa del piano. ¿Que sí, que «La pavana para una infanta difunta»? La verdad es que esa es bastante apropiada. En fin, querido amigo, sea como dices, y muchas gracias por obsequiarnos con esta interpretación tuya de una pieza tuya. ¡Hasta la vista!

 
 Grabación efectuada por el propio Maurice Ravel en 1922 en un «piano roll»

P. S. Estimado alumno de identidad no revelada. Espero haber respondido, en cierto modo, a las preguntas que me formulaste el otro día, aunque, desde luego, de forma no demasiado ortodoxa.

6 comentarios:

  1. Una música sublime... Uno de los momentos musicales a los que hay que volver una y otra vez más siempre.
    Es una confesión íntima, Ravel nos abre su corazón... Esa melodía... la aparición milagrosa en el Corno Inglés... Enfín: MÚSICA, en mayúsculas.

    Ese cuadro de Tzigane me da los buenos días cada mañana, colgado en mi habitación.

    E

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  2. Descubrimos músicas a diario que nos entusiasman, músicas realmente buenas, pero cuando retornamos a las obras maestras que descubrimos años atrás nos conmueven con la misma frescura y nos preguntamos por qué no las escucharemos más a menudo. Una de las razones por las que se puede temer a la muerte es por perder para siempre la oportunidad de escuchar una música como esta.
    Muchas gracias por participar una vez más en este tu blog.

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  3. Soy el "alumno de identidad no revelada". Esto no es una respuesta, no. Es un regalo, un goce para los sentidos. Muy para mi pesar no conocía este concierto para piano y es... ¿delicioso? Y tus comentarios me han gustado porque no has hecho los típicos comentarios que suele hacer la gente diciendo "esto me transmite amor", "esto odio", sino que lo has explicado técnicamente. A parte de aportar comentarios muy interesantes. Te pedí esta entrada porque me interesa entender qué tiene la música (alguna) que nos coge, nos hace conmueve, nos hace vibrar. Y creo, aunque pienso que es una visión un poco romántica de la música, que tanto la interpretación como la composición debe ser un lugar donde plasmar nuestra alma, o lo que quiera que sea que nos diferencia del vecino. Uno puede tocar, o componer... pero pocos pueden conmover.
    Gracias por este regalo de entrada! Y a Maurices y tantos otros por no callárselo para ellos mismos y haberlo compartido.

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  4. Estimado «alumno de identidad no revelada», haría falta esa «enciclopedia» que menciono en mi entrada para dar una respuesta más completa a tus interesantes preguntas. Pero aun así no llegaríamos mucho más lejos. Hubo un poeta místico alemán llamado Angelus Silesius que dijo «Die Rose ist ohne warum», «La rosa es sin porqué»; él, como místico que era, le daba también un sentido religioso a la frase pero no por ello pierde su significado artístico: El arte no tiene explicación. Como tú dices, no hay que quedarse con memeces del estilo «esto transmite amor» o «aquí es que a Beethoven le había dejado la novia». El arte, cuando se ha labrado con honradez, cuando quien lo crea tiene realmente algo dentro que necesita expresar sin hacer experimentos con los sufridos oyentes, cuando es grande, es uno de los mayores y mejores regalos de la vida. Y de todas las artes, la música, tiene la característica de entrar en uno hasta la médula, la capacidad de convertirse mientras dure en la propia vida que uno vive, se fusiona con uno mismo, y entonces te posee.
    Gracias por participar en este blog, siéntete como en tu casa.

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  5. Yo creo que Ravel es el mejor de los compositores impresionistas. El que más me gusta personalmente.
    En mi caso, la obra que fue como un verdadero aldabonazo y que me hizo ser consciente de la profundidad de este músico fue "Gaspard de la Nuit". Y con Ashkenazi al piano en una cassette.

    3 movimientos memorables. Todos muy buenos... Pero,¿qué podríamos decir con nuestras palabras sobre el segundo "Le gibet" (la horca)? Hay una versión de Richter que te corta el aliento...y recuerdo que estaba en un video de Youtube con el fondo una foto del pianista con un haz de luz "divina" resbalando por su frente...

    Leí una vez que ese motivo obsesivo de 2 notas repetidas ( tipo SI-SI... SI-SI) venía a simbolizar la cuerda movida de lado a lado por el viento.

    Hay, además, 2 acordes...muy al principio como disonantes..como choque y roce supremo en pianísimo...que me eriza la piel...

    Una pieza verdaderamente misteriosa, reflexiva...bellísima...
    Cuando la escucho siempre tengo la sensación de que se para el tiempo. Uno no puede dejar de mirar de frente a esa horca...preguntándose quién es el desdichado que pende de ella..

    P.D. Se me olvidaba lo mejor de todo. Excelente entrada sobre Ravel. Me ha encantado.

    Un fuerte y cordial saludo.

    C. Pescanova.


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    Respuestas
    1. A mí también Ravel me parece el mejor compositor impresionista y, por supuesto, el que más me gusta. Sin embargo no es eso lo que nos enseñan en los conservatorios y otras instituciones: Debussy y sólo Debussy es el más mejor y punto pelota.

      Te devuelvo el elogio y te digo que tu comentario me parece muy bueno. Y, con respecto a "Le gibet" te sugiero que leas:

      http://guerraypaz-carlos.blogspot.com.es/2011/09/la-cuerda-baudelaire.html

      Gracias por tu participación.

      Un cordial saludo

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