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lunes, 9 de enero de 2012

EL GATOPARDO


El gatopardo
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Luchino Visconti
«El gatopardo», (Il Gattopardo), es, ante todo, una novela escrita, entre 1954 y 1957, por Giuseppe Tomasi, Príncipe de Lampedusa y Duque di Montechiaro (1896 - 1957), hijo del Príncipe Giulio Maria Tomasi di Lampedusa y de la Princesa Beatrice Mastrigiovanni di Cutó. De esta magnífica novela realizó una  película en 1963 Luchino Visconti, Conde de Lonate Pozzolo (1906 - 1976). Quizá, no lo sé con certeza, ambos estuviesen emparentados con los condotieros (condottieri) del fin de la Edad Media y, sobre todo, del Renacimiento. Grandes y muy poderosas familias hubo en aquella lejana época: los Visconti, los Orsini, los Sforza, los Médici, los Colonna... La novela, «Bomarzo», de Manuel Mujica Láinez, recrea esta época, gran novela por la que desfilan todas estas familias y otras más que no recuerdo. Sé que no es este el momento más oportuno para hablar de familias de aristócratas, ni de poderosos italianos. Pero por encima de las menesterosas circunstancias actuales está el arte, y la historia, y lo demás es el papel mojado con el que se hacen las revistas del corazón, y no me refiero a las especializadas en cardiología.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa
La novela «El gatopardo» es una de las mejores novelas que he tenido la inmensa suerte de leer, es una obra maestra. No se puede no leer esta novela.


En ella se narra las vivencias de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, y de su familia, y la trama está ubicada en Sicilia entre 1860 y 1910. El príncipe se halla veraneando en su residencia de Donnafugata, junto con su religiosa esposa y sus tres hijas; como no tiene ningún hijo varón vuelca todo su cariño en un díscolo sobrino, Tancredi. Junto con la familia viaja todo un séquito de criados y sirvientes así como un cura. El autor de la novela es descendiente de esta familia y cuando la escribió nadie quiso publicarla, fue editada póstumamente. De muestra transcribo un breve pasaje en el que se cuenta una de las «salidas» nocturnas del príncipe acompañado, haciendo de carabina, por el cura, el padre Pirrone:

—Dentro de un par de horas pasaré a recogerle, padre. Que tenga usted buenas oraciones.
Y el padre Pirrone llamó confuso a la puerta del convento, mientras el coupé se alejaba por las calles.

Dejado el coche en el palacio, el príncipe se dirigió a pie allí adonde estaba decidido a ir. La calle no era larga, pero el barrio tenía mala fama. Soldados con el equipo completo, lo que indicaba que se habían alejado furtivamente de las secciones que vivaqueaban en las plazas, salían con mortecinos ojos de las bajas casuchas en cuyos frágiles balcones una mata de albahaca daba cuenta de la facilidad con que habían entrado. Jovenzuelos siniestros de anchos calzones litigaban con ese bajo tono de voz de los sicilianos enfurecidos. De lejos llegaba el eco de los escopetazos que se les escapaban a los centinelas demasiado nerviosos. Atravesada esta zona, la calle costeó la Cala: en el viejo puerto pesquero las barcas se balanceaban semipodridas, con el desolado aspecto de los perros tiñosos.

«Soy un pecador, lo sé, doblemente pecador, ante la ley divina y ante el amor humano de Stella. No hay duda, y mañana me confesaré al padre Pirrone.»

Sonrió para sí pensando que acaso esto sería superfluo, tan seguro debía estar el jesuita de su culpa de hoy. Luego volvió a imponerse el espíritu de sutileza:
«Peco, es verdad, pero peco para no pecar más, para no continuar excitándome, para arrancarme esta espina carnal, para no ser arrastrado por mayores desgracias. Y esto lo sabe el Señor.»

Se sintió enternecido hacia sí mismo.

«Soy un pobre hombre débil — pensaba mientras su poderoso paso resonaba sobre el sucio empedrado —, soy débil y nadie me sostiene. ¡Stella! ¡Se dice pronto! El Señor sabe si la he querido: nos casamos hace veinte años. Pero ella es ahora demasiado despótica y demasiado vieja también.»

Le había desaparecido el sentido de la sensibilidad.

«Todavía soy un hombre vigoroso y ¿cómo puedo contentarme con una mujer que, en el lecho, se santigua antes de cada abrazo y luego, en los momentos de mayor emoción, no sabe decir otra cosa que "¡Jesús, María!"? Cuando nos casamos, cuando ella tenía dieciséis años, todo esto me exaltaba, pero ahora... He tenido con ella siete hijos y jamás le he visto el ombligo. ¿Esto es justo? — gritaba casi, excitado por su excéntrica angustia —. ¿Es justo? ¡Os lo pregunto a todos vosotros! — y se dirigía al portal de la Catena —. ¡La pecadora es ella!»

Este tranquilizador descubrimiento lo confortó, y llamó decididamente a la puerta de Mariannina.

Tomasi escribió poco. Además de esta novela unos pocos relatos y unos ensayos sobre literatura, poco más.

El otro aristócrata concitado en esta entrada, Luchino Visconti, realizó, como ya hemos dicho, la versión cinematográfica de esta gran novela. Película muy hermosa pero también muy larga, dura casi tres horas, cuenta con actores de la talla de Claudia Cardinale, Burt Lancaster, en el papel principal, y Alain Delon, así como un amplio elenco de grandes actores que dan vida a la multitud de personajes descritos por Tomasi.





La música está compuesta por Nino Rota (1911 - 1979). Es este un buen compositor que, aunque especializado en música para películas, también se dedicó a otros géneros, siempre con muy buen hacer y, a menudo, con gran inspiración. Fue el compositor predilecto de Federico Fellini; la música compuesta para la película «Amarcord» de este director merece es un bellísimo ejemplo del buen hacer de Rota.


A Nino Rota pertenece el siguiente fragmento que les propongo escuchar. Es el titulado «Partenza di Tancredi». Es una música muy hermosa. Lamentablemente, todas las versiones que he ido adquiriendo durante el paso de los años adolecen de algún que otro defecto de producción. He escogido la que sin lugar a dudas me parece la mejor y más bella, pero... inexplicablemente concluye inconclusivamente: el último acorde, el que en música llamamos de tónica, es escamoteado. En el final de las composiciones, y en otros lugares, se escriben lo que en técnica musical llamamos «cadencias»: una cadencia no es otra cosa que una sucesión de acordes que dan un carácter determinado al final de una composición o de sus distintas secciones. La cadencia más conclusiva es la llamada «cadencia perfecta»: dos son los acordes principales de esta cadencia y en este orden: el de dominante (que crea una fuerte atracción hacia el de tónica) y el de tónica (que crea la sensación de reposo final, de conclusión). Pues no sé por qué diantres en esta versión la cadencia final, que es una cadencia perfecta, no se termina: suena un gran acorde de dominante y cuando todos esperamos el de tónica que dé cumplido final a la pieza este no aparece, un silencio absurdo lo substituye, tónica amputada por un tijeretazo que nos deja con el alma en vilo. No hay mal que por bien no venga: hemos repasado o aprendido que es eso de la «cadencia», podemos experimentar su significado con un inmejorable ejemplo y, por último, nos permite participar de la interpretación cantando eso que nos ha sido arrebatado. No obstante, selecciono esta pieza porque me parece de una belleza realmente arrebatadora, cómo si no:



En ocasiones, las actrices y los actores son (¿eran?) auténticos artistas, y el cine, arte.
                                                          











2 comentarios:

  1. En esta novela se encuentra la celebérrima frase: es necesario que todo cambie para que todo siga igual.

    Frase de resonancias maquiavélicas sobre la que podríamos reflexionar infinito tiempo.

    Bellísima novela.

    Un cordial saludo

    P.D. también hay en la novela impagables pasajes que retratan Sicilia y la forma de ser de sus habitantes.

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    1. Una vez más nos topamos con la terrible, criminal incultura de este país (me refiero a España). Una novela tan bien escrita, tan bonita, tan fácil de leer, tan conmovedora... y tan criminalmente desconocida. En este país sólo el cine es cultura; en todo caso la ventaja de esta barbaridad sea que alguien haya, al meno, visto la película, aún al precio de tener que subvencionar tanta tonelada de cine español auténtica y colosal porquería.

      Gracias por su comentario

      Un cordial saludo

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