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jueves, 1 de marzo de 2012

BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA - TRICENTÉSIMO ANIVERSARIO


 
Hoy, la Biblioteca Nacional de España, celebra el tricentésimo aniversario de su apertura al público el 1 de marzo de 1712. Un libro, en sí mismo, no significa nada, nada vale si no es leído una y mil y cien mil veces; sin su lectura, un libro no es más que adorno, como esos horrendos suvenires de España que antaño se ponían encima de la tele, con forma de torero, de bailaora, de paella o de vete tú a saber. Qué llana y hermosamente lo expresa Quevedo:


Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
i escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis assuntos;
i en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas, que la Muerte ausenta,
de injurias, de los años vengadora,
libra, o gran don Ioseph, docta la Emprenta.

En fuga irrevocable huie la hora;
pero aquella el mejor Cálculo quenta,
que en la lección, i estudios nos mejora.

No me resisto a colgar este otro soneto, que no habla de libros, pero es tan bello...

 
Tengo un libro por ahí que habla de las bibliotecas de algunos escritores. En general, es un libro que me desagrada: no me gusta que se utilice la cultura como arma arrojadiza, como algo de lo que presumir, no me gusta que se posean los libros como los muebles con los que rellenar la vanidad. Otra cosa me desagrada: parece que sólo pueda tener una biblioteca nutrida quien viene de familia bien, que coleccionó cuantiosos libros y propiedades en las que ubicarlos y repartirlos. No todos quienes cuentan sus libros en este libro son pedantes con mayor o menor disimulo. Nunca se encuentra sólo de lo mismo en ningún sitio.


Yo tengo unos cuantos libros. No sé cuántos, no los he contado: alguna vez lo intenté pero siempre me venció la pereza y el aburrimiento. Ojalá lo hubiera logrado y los hubiese catalogado y ordenadamente los hubiera dispuesto, pero esto último es imposible, necesitaría, como los niños de familia bien, propiedades donde almacenarlos y distribuirlos: 

 
¡maldita sea! cuántas horas pierdo buscando este o aquél, qué desesperación. Además, nunca he podido permitirme el lujo de contratar los servicios de una secretaria o bibliotecaria:


También me parece de mal gusto contar cada libro, cada partitura, cada papelote con rayajos: tan de mal gusto como contar con cuántas mujeres ha estado uno. Feo. 

Cuando alguien entra en mi casa por primera vez casi siempre la misma pregunta: ¿los has leído todos? Si quien la formula es una persona no cultivada, con escasos estudios, le respondo con cariño lo cierto: no, claro, hay libros que se te caen de las manos de puro aburrimiento; hay otros que no se te caen, que los estampas contra la pared, casi escupiendo de rabia y de asco; luego están los diccionarios y otros libros de consulta; por último, aquí en este país, cuando sale un libro que te interesa has de comprarlo vayas o no a leerlo de inmediato, de lo contrario dentro de unos meses habrá sido descatalogado y no volverás a encontrarlo aunque cien años más vivas. Con esta explicación la visita se queda más tranquila, ve la cosa más proporcionada y le pierde miedo.

Cuando la visita es una persona culta no pregunta: en cuanto te descuidas, o la descuidas, ya está curioseando, sacando este, leyendo las primeras páginas de aquel, en cuclillas, de puntillas.


Lo peor es cuando la visita SE CREE CULTA, buah, ¡qué asco! 


En ese caso, en esos múltiples casos, la pregunta no falla y, además, con el agravante de una ironía insultante, burlona... repugnante, que define a quien la formula. Es entonces cuando respondes la mayor burrada que en ese momento se te ocurre: «sí, algunos varias veces», lo cual es falso o cierto sólo a medias; «sí, por orden alfabético de sus títulos»; «sí, me encanta leer diccionarios, sobre todo los de otras lenguas»; «no, ¿tú estás loco...? los tengo de adorno», «no, los compro como inversión, si los vendiera ahora seguro que me daban más de mil euros por ellos»... en fin, según te pilla, hay veces que les explicas la verdad, en cuyo caso te miran con una mezcla de condescendencia y superioridad. 


Hay otras muchas personas que me hacen preguntas inteligentes: «¿cómo sabes si un libro es bueno o malo?», un libro bueno es aquel que lees a gusto, que te atrapa, que temes el momento en el que llegue su última página, o, al contrario, deseas ese momento para pronto volver a leerlo: ese es un libro bueno; «¿cómo sabes qué libro comprar?», un libro te lleva a otros, y estos otros a otros... un libro no es un libro, es todos los libros; «¿todos los libros que compras son buenos?», no, hay algunos que son verdaderas porquerías, hay escritores vanidosos, malos y ladrones: se creen que tú has venido a este mundo a dedicar unas horas de tu precioso tiempo a leer la bazofia que ellos han vomitado, ¡qué seres despreciables!; también hay muchos músicos de esta calaña; 


«¿cómo los ordenas, por autores...?», no, ojalá, los ordeno por tamaños, donde caben, y por orden de adquisición, o, lo que es peor, no los ordeno, puedes encontrar lo último de Jo Nesbo junto a un sesudo estudio sobre heráldica, horrible.

Los libros, como cualquier otra cosa, no son buenos o malos en sí mismos: todo depende del uso que se les dé: un libro horrible puede ser muy bueno para falcar la pata de una mesa. Destruir una biblioteca, como se consintió hacer con la de Sarajevo, sólo por citar una, es un crimen de dimensiones infinitas.


Pero, en mi opinión, tampoco pasa nada por tirar a la basura algún libro: que yo recuerde, he tirado dos libros a la basura en toda mi vida, no diré sus títulos; no me hubiera importado quemarlos en una buena chimenea si hubiera tenido alguna.


Tengo entendido que vivimos en el país que más libros publica al año, más caros y en el que la gente lee menos. Semos asín.







¡Ah!, por casi se me olvida: luego están los libros electrónicos y las necias polémicas sobre ellos. Nuestro académico Pérez-Reverte se manifiesta en contra: acabo de tirar por tierra unos maravillosos quince minutos buscando en Internet el artículo en cuestión, al parecer lo han hecho desaparecer; en fin, la cuestión es que nuestro escritor decía algo así como «el que lee en libros electrónicos no tiene ni puta idea de lo que es leer», y se queda tan ancho. Creo que Umberto Eco también se manifiesta en contra: algo así: «los libros electrónicos duran unos diez años, los libros de papel cientos de años». Caca la vaca: un libro no es un libro, un libro es una piedra,


un poste, una señal de tráfico, un grafiti, una etiqueta de Anís El Mono, un prospecto, un semáforo... Lo importante, lo bonito es la lectura, no su continente:



 
El Día del Libro es anunciado a bombo y platillo, muchos días antes ya están dando la tabarra con la fecha; mucho dinero se mueve con la fiestecita, con su feria y sus atracciones. Hoy no harán tanto ruido, desde luego, nadie ha dicho esta boca es mía días atrás anunciando el tricentésimo. Por mucho que se empeñen los libreros, las editoriales, los nostálgicos: el libro no es un libro, el libro no tiene forma, el libro no es un objeto, es un acto, no es un sustantivo, es un verbo: escuchar con los ojos a los muertos y conversar con los difuntos, aunque, claro, ambas cosas también pueden hacerse con los vivos. Gracias a la tecnología podemos escuchar, literalmente, a un muerto hablar de otros muertos: ¿no es esto leer? ¿no es esto un libro?



Les invito a que se den una vuelta por la siguiente página, no se aburrirán:

http://www.rauzier-hyperphoto.com/bibliotheque-ideale-3/

3 comentarios:

  1. Una vez alguien dijo: "Cada vez que abrimos un libro se nos cierra una vagina". Y a veces pienso que no iba muy mal encaminado.

    Está claro que la lectura es una de las principales formas de aprendizaje de las que disponemos. Una forma de aprendizaje solitario. Los libros son auténticas bases de datos que están ahí para que aprendamos, pero también para darnos "gustirrinín".

    Qué placer leer algo e ir sintiendo la musicalidad de las frases, de las palabras. Descifrar, intuir la estructura de los capítulos, las artimañas compositivas del autor.
    La lectura no sólo como herramienta de aprendizaje sino también como goce estético.

    Y esa sensación cuando acabas un buen libro y te quedas mirándolo ya con las tapas cerradas, dándole vueltas como diciendo: "Guau, vaya tela. Qué bien lo he pasado".

    Yo intento explotar al máximo las bibliotecas. Para algo están. No todo lo que se lee uno tiene que tenerlo en casa. Y, personalmente, no me acaban de gustar los espacios sobrecargados de objetos y más en los minipisos en los que habitamos.

    Aún no he probado el libro electrónico, pero parece una buena novedad. Y ¡hay que salvar el Amazonas!

    Un cordial saludo y me gustan mucho sus entradas comentando sus libros preferidos.



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    Respuestas
    1. Por sólo comentar un punto de su comentario. Estoy, desde hace ya muchos días, escribiendo una entrada sobre un libro. Pues bien, primero tuve que comprar su edición digital pues a las librerías no llegaba ni a tiros; cuando llegó la edición en papel lo compré también, no por fetichismo ni romanticismo sino por comodidad y disponibilidad; luego he querido comprobar la traducción con la edición original en inglés y me bajé una muestra digital gratuita. Es decir, que todo convive y todo es válido dependiendo del uso que se haga de las cosas. Lo que es de juzgado de guardia es que el último libro que acabo de comprar me haya costado 25 euros, rebajado por ser día de socio. Ladrones miserables y ruines.

      Un afectuoso saludo

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  2. Ha puesto usted aquí la foto de Clarice Lispector... ¡oh!

    Me permito enviarle un enlace al cuento corto *Una esperanza* de la autoría de Lispector. Bajo el video se encuentra la transcripción. Con el video se puede escuchar la bella lectura que del cuento hace la actriz Aracy Balabanian.

    ¡Hermoso cuento! Hermosas mujeres las dos.

    https://www.youtube.com/watch?v=NieOcnpBLoU


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