Páginas vistas en total

Seguidores

domingo, 11 de marzo de 2012

KATIUSHA


 
MONÓLOGO ACERCA DE TODA UNA VIDA ESCRITA EN UNA PUERTA

Quiero dejar testimonio...
Esto era entonces, diez años atrás, y ahora eso se repite conmigo cada día. Ahora... Eso siempre va conmigo.
Vivíamos en la ciudad de Prípiat. En la misma ciudad que ahora conoce todo el mundo.
No soy escritor. No sabría contarlo. No soy lo bastante inteligente para entenderlo. Ni siquiera con mi formación superior.
De modo que vas haciendo tu vida. Soy una persona corriente. Poca cosa. Igual que los que te rodean; vas a tu trabajo y vuelves a casa. Recibes un sueldo medio. Viajas una vez al año de vacaciones. Tienes mujer. Hijos. ¡Una persona normal!
Y un día, de pronto, te conviertes en un hombre de Chernóbil. ¡En un bicho raro! En algo que le interesa a todo el mundo y de lo que no se sabe nada. Quieres ser como los demás, pero ya es imposible. No puedes, ya es imposible regresar al mundo de antes. Te miran con otros ojos. Te preguntan: ¿Pasaste miedo ahí? ¿Cómo ardía la central? ¿Qué has visto? O, por ejemplo, ¿Puedes tener hijos? ¿No te ha dejado tu mujer? En los primeros tiempos, todos nos convertimos en bichos raros. La propia palabra Chernóbil, es como una señal acústica. Todos giran la cabeza hacia ti. «¡Es de allí!»
Estos eran los sentimientos de los primeros días. No perdimos una ciudad, sino toda una vida.
Dejamos la casa al tercer día. El reactor ardía. Se me ha quedado grabado que un conocido dijo: «Huele a reactor». Un olor indescriptible. Pero sobre esto todos leímos en los periódicos. Han convertido Chernóbil en una fábrica de horrores, aunque, en realidad, parece más bien un cómic. Esto, en cambio, hay que llegar a entenderlo, porque hemos de convivir con ello.
Le contaré sólo lo mío. Mi verdad.
Ocurrió así. Por la radio habían dicho: «No se pueden llevar los gatos». La hija se puso a llorar, y del miedo a quedarse sin su querido gato empezó a tartamudear. ¡Y decidimos meter el gato en la maleta! Pero el animal no quería meterse en la maleta, se escabullía. Nos arañó a todos. «¡Prohibido llevarse las cosas!» No me llevaré todas las cosas, pero sí una. ¡Una sola cosa! Tengo que quitar la puerta del piso y llevármela; no puedo dejar la puerta. Cerraré la entrada con tablones.
Nuestra puerta... ¡Aquella puerta era nuestro talismán! Una reliquia familiar. Sobre esa puerta velamos a mi padre. No sé según qué costumbre, no en todas las partes lo hacen, pero entre nosotros, como me dijo mi madre, hay que acostar al difunto sobre la puerta de su casa. Lo velan sobre ella, hasta que traen el ataúd. Yo me pasé toda la noche junto a mi padre, que yacía sobre esa puerta. La casa estaba abierta. Toda la noche. Y sobre esta misma puerta, hasta lo alto, están las muescas. De cómo iba creciendo yo. Se ven anotadas: la primera clase[1], la segunda. La séptima. Antes del ejército... Y al lado ya: cómo fue creciendo mi hijo. Y mi hija. En esta puerta está escrita toda nuestra vida, como en los antiguos papiros. ¿Cómo voy a dejarla?
Le pedí a un vecino que tenía coche: «¡Ayúdame!». Y el tipo me señalo a la cabeza, como diciendo tú estás mal de la chaveta. Pero saqué acuella puerta de allí. Mi puerta. Por la noche... en una moto. Por el bosque. La saqué al cabo de dos años, cuando ya habían saqueado nuestro piso. Limpio quedó. Hasta me persiguió la milicia: «¡Alto o disparo! ¡Alto o disparo!». Me tomaron por un ladrón, claro. De manera que, como quien dice, robé la puerta de mi propia casa.
Mandé a mi hija con la mujer al hospital. Se les había cubierto todo el cuerpo de manchas negras. Las manchas salían, desaparecían y volvían a salir. Del tamaño de una moneda. Sin ningún dolor. Las examinaron a las dos. Y yo pregunté: «Dígame, ¿cuál es el resultado?». «No es cosa suya.» «¿De quién es entonces»
A nuestro alrededor todos decían: vamos a morir. Para el año 2000 los bielorrusos habrán desaparecido. Mi hija cumplió seis años. Los cumplió justo el día del accidente. La acostaba y ella me susurraba al oído: «Papá, quiero vivir, aún soy muy pequeña». Y yo que pensaba que no entendía nada. En cambio, veía a una maestra en el jardín infantil con bata blanca o a la cocinera en el comedor y le daba un ataque de histeria: «¡No quiero ir al hospital! ¡No me quiero morir!». No soportaba el color blanco. En la casa nueva cambiamos incluso las cortinas blancas.
¿Usted es capaz de imaginarse a siete niñas calvas juntas? Eran siete en la sala. ¡No, basta! ¡Acabo! Mientras se lo cuento tengo la sensación, mire, mi corazón me dice que estoy cometiendo una traición. Porque tengo que describirla como si no fuera mi hija. Sus sufrimientos.
Mi mujer llegaba del hospital. Y no podía más: «Más valdría que se muriera, antes que sufrir de ese modo. O que me muera yo; no quiero seguir viendo esto». ¡No, basta! ¡Acabo! No estoy en condiciones. ¡No!
La acostamos sobre la puerta. Encima de la puerta sobre la que un día reposó mi padre. Hasta que trajeron un pequeño ataúd. Pequeño, como la caja de una muñeca grande. Como una caja...
Quiero dejar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernóbil. Y aún quieren que nosotros callemos. La ciencia, nos dicen, no lo ha demostrado, no tenemos bancos de datos. Hay que esperar cientos de años. Pero mi vida humana... Es mucho más breve. No puedo esperar. Apunte usted. Apunte al menos que mi hija se llamaba Katia... Katiusha. Y que murió a los siete años.

Nikolái Fómich Kaluguin, padre.


El monólogo que acaba usted de leer pertenece al libro: «Voces de Chernóbil. Crónica del futuro», publicado por SIGLO XXI. Su autora, la periodista ucraniana Svetlana Alexievich, obtuvo con este libro el «Premio del círculo de críticos de Estados Unidos»; también le fue concedido, «por su coraje y dignidad como escritora», el Premio PEN, de Suecia. Aquí se le etiquetaría como escritora comprometida. Yo prefiero no ponerle ninguna etiqueta. Sencillamente es una mujer que ha querido recoger los testimonios de tantas y tantas personas, de cada una de ellas por separado, que han vivido experiencias infernales y que, sin embargo, sus testimonios, sus biografías, sus vidas, han sido arrojados al vertedero del olvido, o, lo que es peor, al estercolero de las infames y traidoras estadísticas. Este libro es un estremecedor ejemplo de ello. En él, Svetlana, acude a visitar a decenas de personas que de un modo u otro vivieron el pandemónium del accidente nuclear de Chernóbil. Una vez delante de cada una de esas personas, sencillamente les escuchaba, les pedía que le contasen lo que quisiesen, que ella lo escribiría en un libro. Así, el monólogo que aparece arriba de estas líneas, no es más que eso, la historia que a Svetlana le contó Nikolái, relato que Svetlana escuchó vívidamente -quizá era la primera vez que alguien se sentaba junto a Nikolái a escucharle-, y que luego plasmó por escrito, supongo que de la manera más fiel posible si no literalmente. Este monólogo sólo es uno de los otros muchos que componen el libro.


Cuando leí este monólogo, hace cinco o seis años, no lo entendí a la primera; hube de releerlo con más calma y más atención para comprender su significado. Sé que a veces me pongo grandilocuente: no soy escritor, no sé escribir, pero detecto los muchos defectos de mi escritura. Hoy más que nunca quisiera evitar la grandilocuencia; pido perdón por este defecto a los lectores y por esta falta de respeto a Nikolái, a Katiusha. La cuestión es que cuando capté el sentido del relato -cuya escritura es, sin embargo, modelo de concisión y lógica expositiva-, cuando lo capté no pude evitar romper a llorar como un «chequillo». Desde aquel día he vuelto a este libro una y otra vez a releer este o aquel testimonio y siempre me emociona el drama que tuvo que vivir, y sigue viviendo, cada una de las personas que en él dan testimonio. 


En el caso de Nikolái... sólo quería una puerta, su puerta, el libro de su vida. Él mismo así lo dice, y le llama papiro. El otro día hablábamos de libros: también esa puerta era un libro. Y para Nikolái era más, era su axis mundi, el centro de su universo, el símbolo que le salvaba del caos, el objeto «sagrado» al que aferrarse, era la puerta que unía el más allá con el aquí. Pues ni la puerta le dejan llevarse al hombre; ha de volver, después de mucho tiempo, a «robar su propia puerta», como un malhechor en medio de la noche. Y se encuentra con que, posiblemente los mismos que le prohibieron llevarse su puerta, le han desvalijado completamente la casa. El buen hombre aun siente que traiciona la memoria de su hijita al contarla a una extraña, y dice: «¡No, basta! ¡Acabo! Mientras se lo cuento tengo la sensación, mire, mi corazón me dice que estoy cometiendo una traición», y repite: «¡No, basta! ¡Acabo! 


Hace tiempo que quería escribir esta historia en el blog. Ayer noche busqué el libro, el relato, lo leí y releí, leí otros pocos, y hoy lo he escrito. En las noticias de mediodía me he enterado de que hoy se cumple un año del pandemónium de Fukushima. ¿Cuántas miles de nuevas tragedias estarán siendo sepultadas bajo el peso inmundo de las estadísticas? No podemos hacer nada al respecto; tan sólo no olvidar nunca que no fue tal tanto por ciento de la población el que sufrió lo inimaginable, sino que fue esta persona que no pudo sembrar su tierra, esta otra que no pudo salir a pescar con su barca, esta otra que no pudo terminar sus estudios, esta otra que no pudo reír su risa y llorar su llanto, esta otra que... una a una, una tras otra vida que no pudo ser vivida.











[1] En la escuela soviética la enseñanza se impartía en diez cursos anuales, desde la primera «clase», que se iniciaba a los siete años, hasta la décima. El mismo orden sigue rigiendo en los países de la antigua URSS. (...) [N. del T.]

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada