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lunes, 16 de abril de 2012

LAS EDADES DE LA VIDA: SENECTUD


El otro día, escogí la palabra «niñez» por ser una palabra con una sonoridad más española que «infancia»; la eñe y la  zeta final le dan carácter castizo. Sin embargo hoy me decanto por «senectud»; la equivalente a «niñez» sería «vejez» pero esta última parece tener un carácter un poquito desdeñoso. Y es que todo lo relacionado con la ancianidad se tiende a ver como algo temible, algo de lo que no es de buen gusto hablar. Muchas personas, cuando llegan a esa edad de la vida, no consiguen aceptarlo, y, al igual que Gustav von Aschenbach, el protagonista de la novelita de Mann «Muerte en Venecia», buscan de una manera a menudo patética, disimular los aspectos externos de esa etapa de la vida, con tintes, polvos y afeites. Es cierto que algunos no envejecen demasiado bien:


Pero, ¡qué diablos!, cada cual que envejezca como pueda o como le dé la gana, a ver si te tienen que decir hasta cómo has de envejecer. Otros envejecen mejor:

Adelante. Alégrame el día
 
La filosofía china considera que «la verdadera juventud comienza a los setenta años». Habrá quien considere esto un disparate pero viniendo del pensamiento chino no estará de más pararse un poco a pensarlo. 


Junto con la infancia, la vejez es la edad por la que más admiración respeto y cariño siento. La fragilidad de las personas ancianas, junto con la constatación de la vida que les ha tocado vivir, con sus guerras y hambrunas, con sus necesidades de todo tipo, sus excesos en el trabajo, su esfuerzo por sacarnos a nosotros adelante, me admira y conmueve de un modo muy íntimo. Es muy bonito contemplar cómo esas dos edades, la niñez y la vejez, encuentran un vínculo natural, una proximidad, complicidad, los extremos que se aproximan:



Poco a poco se va revalorizando la vejez, se va recobrando para ella actividades y placeres que se les tenían vetados.



Pero todavía queda mucho por conquistar: las personas ancianas, casi siempre, son un estorbo, una molestia incluso para sus propios familiares. Es tristemente célebre es hecho de que muchas familias cogen a sus personas mayores y las «dejan aparcadas en un asilo»; aparcadas, muchas veces, en doble o triple fila.



Dice Jacques Brel de una anciana que «... todavía no ha dejado de vibrar y que ya nadie quiere escuchar lo que sus viejas manos nos cuentan».


El caso contrario es muy infrecuente; es muy raro que una madre anciana abandone a su hijo, por mucho trabajo, por muchos sacrificios que este le ocasione:


Se les abandona, se les deja solas. Bécquer dijo «¡qué solos se quedan los muertos!»; parece como que se quiera ir preparando a las personas mayores a esa soledad que menciona el poeta.



Todas las generalizaciones son inexactas. Pero teniendo esto en cuenta se puede decir que las personas ancianas son amables, tranquilas, sabias, dóciles (mala palabra), cariñosas, dulces. Hay cascarrabias, claro, avaras, mezquinas, pero hasta esto es, a menudo, perdonable pues suele estar provocado por la enfermedad y por la fatiga ocasionada por una vida de estragos.

 


Pero estoy convencido de que hay muchos más ancianos amables, simpáticos, bondadosos, sabios, incluso un poco pícaros...



Tan cordiales siempre con las mujeres jóvenes que, aunque hoy en día ya no se les pueda llamar así, ellos siguen llamando señoritas.



Los ancianos, quizá desengañados de las personas más jóvenes, se suelen llevar muy bien con los animales; como en el caso de los niños, ancianos y animales crean unos vínculos de complicidad y mutuo entendimiento. Y de afecto:




He tenido la gran fortuna de conocer, incluso convivir con personas de edad. Hasta hace unos pocos años, por ejemplo, vivía en mi callecita un anciano, «El tío Vicent» (se pronuncia Visent). Tenía ya más años que Matusalén por lo que ya no trabajaba, vivía en una casa solo y solía sentarse a la puerta, en verano, a fumar «caliqueños», unos puritos que se hacen por toda la huerta valenciana.


El buen hombre prefería fumar que comer o cualquier otra cosa. Los últimos días de su vida, quizá un par de semanas, sólo fumaba, quizá bebiera un poco de agua, pero no probó bocado. Los ancianos fumadores disfrutan mucho con ese dañino placer...



También los hay que se refugian o encuentran consuelo en otros malos hábitos.



O que se echan al juego, sobre todo al dominó o al chamelo.


Yo me sentaba a menudo un rato junto al tío Vicent y me gustaba mucho escuchar los pasajes de su dura vida que me contaba. Había algo que todavía me sorprende y extraña: cuando se refería a los dueños de las tierras que él trabajaba como arrendatario les llamaba «los amos», sí, los amos, como si él fuese un esclavo; curioso y triste. Este hombre vivía solo, como ya he dicho. Muchas personas mayores lo hacen, por decisión propia o por imposición. Y se valen por sí mismas, mal que bien.


 Brel dedicó una canción a estas personas ya no jóvenes, «Les vieux», (Los viejos):


Les vieux ne parlent plus ou alors seulement parfois du bout des yeux
Même riches ils sont pauvres, ils n'ont plus d'illusions et n'ont qu'un coeur pour deux
Chez eux ça sent le thym, le propre, la lavande et le verbe d'antan
Que l'on vive à Paris on vit tous en province quand on vit trop longtemps
Est-ce d'avoir trop ri que leur voix se lézarde quand ils parlent d'hier
Et d'avoir trop pleuré que des larmes encore leur perlent aux paupières
Et s'ils tremblent un peu est-ce de voir vieillir la pendule d'argent
Qui ronronne au salon, qui dit oui qui dit non, qui dit: je vous attends

Les vieux ne rêvent plus, leurs livres s'ensommeillent, leurs pianos sont fermés
Le petit chat est mort, le muscat du dimanche ne les fait plus chanter
Les vieux ne bougent plus leurs gestes ont trop de rides leur monde est trop petit
Du lit à la fenêtre, puis du lit au fauteuil et puis du lit au lit
Et s'ils sortent encore bras dessus bras dessous tout habillés de raide
C'est pour suivre au soleil l'enterrement d'un plus vieux, l'enterrement d'une plus laide
Et le temps d'un sanglot, oublier toute une heure la pendule d'argent
Qui ronronne au salon, qui dit oui qui dit non, et puis qui les attend

Les vieux ne meurent pas, ils s'endorment un jour et dorment trop longtemps
Ils se tiennent la main, ils ont peur de se perdre et se perdent pourtant
Et l'autre reste là, le meilleur ou le pire, le doux ou le sévère
Cela n'importe pas, celui des deux qui reste se retrouve en enfer
Vous le verrez peut-être, vous la verrez parfois en pluie et en chagrin
Traverser le présent en s'excusant déjà de n'être pas plus loin
Et fuir devant vous une dernière fois la pendule d'argent
Qui ronronne au salon, qui dit oui qui dit non, qui leur dit: je t'attends
Qui ronronne au salon, qui dit oui qui dit non et puis qui nous attend.

 Hay personas que llegan a la senectud con quien eligieron compartir sus vidas.



Con o sin animal de compañía.



 Se asisten en sus últimos momentos.



Jacques Brel de nuevo,  «La chanson des vieux amants», (La canción de los viejos amantes):


 Otros se acompañan mutuamente sin estar (aparentemente) cansados, que diga casados.


 Todos se sienten orgullosos de sus pasados, de la profesión que ejercieron.



Claro, en ocasiones, ya no pueden con su alma.


El Quijote de la Mancha es un anciano, un anciano un poco loco que parte en una última búsqueda vehemente de sentirse vivo, útil, incluso héroe, en busca de una esperanza, de un mañana. Quizá todos los ancianos sean el Quijote y, por supuesto, todos somos el Quijote, y nos levantamos cada mañana en busca de una inaccesible estrella. Y lo hacemos en solitario, puesto que no hay otra cosa más que la soledad, siempre estamos solos, llegamos en soledad y en soledad partiremos. Y no está mal que así sea.







4 comentarios:

  1. Sencillamente conmovedor... fabulosa entrada, Carlos.

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    1. A las personas mayores les debemos todo, no debemos consentir que les falte de nada.
      Muchas gracias por su comentario (también me ha conmovido).
      Un afectuoso saludo

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  2. Respuestas
    1. Clara, muchas gracias por su comentario. Pienso que lo mejor, con diferencia, de esta entrada son las imágenes que he robado de aquí y de allá; también la música. El resto, bueno, el resto no son más que evidencias.
      Un afectuoso saludo

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