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domingo, 24 de junio de 2012

PADRECITO



Ya he contado en alguna ocasión que mi padre murió de una grave, incurable, devastadora, muy infame y dolorosa enfermedad. Tendría unos 63 o 64 años. Mi padre fue una de las personas más buenas que he conocido. Amaba a su familia por encima de todas las cosas. Era un hombre culto, dentro de lo que las modestísimas circunstancias de su dura vida le permitieron. Aunque no tenía ni un duro, siempre alimentaba, por necesidad magramente, su querida, modesta biblioteca. Nos indujo a la lectura: su lema era: «lee, aunque sea un tebeo, pero lee», por eso todos los domingos, aunque nunca jamás nos dio ni hubiera podido darnos la llamada «paga de los domingos», nos compraba el célebre TBO; en eso consistía la diversión de nosotros cinco, sus hijos, en leer por turnos el TBO. Jamás salía con amigos, ni con mi madre al cine u otro espectáculo, ni a cenar fuera, ni a comer. Cada minuto que tenía libre lo pasaba jugando con nosotros en casa, llevándonos a algún jardín próximo, realizando para nosotros experimentos de química, cosas así; en vacaciones íbamos a alguna playa cercana, en tranvía, jamás tuvo coche propio, cosa curiosa pues entre otros títulos poseía el de profesor de autoescuela y ese fue uno de sus incontables oficios. Pero no había dinero para coches, sólo el justo para mal vivir, para salir adelante.

Trabajó demasiado, trabajó como una bestia para sacar adelante a su mujer y sus cinco hijos. De madrugada salía de casa hacia la fábrica en la que trabajaba de contable, de la que escapaba corriendo a las seis de la tarde; sin pasar por casa se marchaba a alguna academia a dar clases de física y química, de matemáticas, o a alguna autoescuela; luego sí, venía a casa, hacia las nueve y media de la noche, daba un bocado y se marchaba a dar clases de contabilidad a una academia nocturna. Los sábados salía de la fábrica a las dos del mediodía, de modo que ese día comíamos todos juntos. Pero por la tarde volvía a salir a trabajar en una autoescuela. Los domingos trabajaba de chófer de un par de ancianas, al parecer bastante ricas: las llevaba a alguna casa o caserón que tenían en algún que otro pueblo. Todavía recuerdo que, en ocasiones, teníamos que ir a cobrar a las ancianas a su casa lo que el propio domingo no habían recordado abonar a mi padre, que era incapaz de, al finalizar el viaje, recordarles que le pagaran; recuerdo que lo que nos daban aquellas ancianas siempre eran unas pocas monedas, billete ninguno. Así vivió mi padre durante... ¿quince, veinte años? Hasta que le diagnosticaron una hepatitis galopante y le mandaron reposo; imposible guardar reposo, de modo que la hepatitis se convirtió en cirrosis hepática. De nuevo reposo, pero mi padre averiguó que si todavía trabajaba unos pocos años más podría acceder a la denominada «gran invalidez»; de modo que así lo hizo, siguió unos añitos más con su cirrosis a cuestas y al final el gran premio: «gran invalidez», reconocida cuando debía de tener unos cincuenta y pocos años, digo yo. 

Al principio estaba contento; podía estar con nosotros todo el tiempo, no sabía, o no quería saber, la gravedad de su enfermedad. Se entregó a su gran pasión, la lectura, pero poco a poco fue calando en él el desánimo, la apatía; claro, toda la vida sin parar ni un minuto ahora no sabía qué hacer con todo ese tiempo forzosamente libre. Yo, por aquel entonces, ya llevaba años trabajando, también como un burro, y pude permitirme el lujo de contratar para él el entonces incipiente Canal Plus; todavía me sonrío cuando un día, a escondidas, me contó que un sábado se había levantado a hurtadillas y sigilosamente se había puesto a ver una de las películas porno que ofrecía el Plus; me dijo: «Carlos, ¡se ve todo!, eso no se puede soportar, da ganas de devolver». Con el paso del tiempo su apatía se convirtió en depresión; téngase en cuenta que incluso el régimen alimenticio de un enfermo de esas características es muy rígido; el hombre se mustiaba como una acelga al sol en agosto. Entonces se me ocurrió una idea: quizá se entretuviera realizando algún tipo de manualidades; le regalé un kit de esos para construir barcos a escala. Y se obró el milagro: como un crío con zapatos nuevos se puso a construir barcos y más barcos, y otros artefactos tales como carretas de vaqueros, cañones, yo qué sé. Por fin el buen hombre podía jugar, algo que no había hecho ni en su infancia. Por unos años fue el hombre-niño más feliz del mundo. Más o menos por aquel entonces comencé, sin saber muy bien por qué, a llamarle «padrecito», al modo ruso.

De vez en cuando le acometían las terribles descompensaciones: su organismo se volvía más loco que una cabra y había que ingresarlo en un hospital. Allí pasaba una semana más o menos, lleno de tubos y cacharros, lo ponían a punto y a casa, hasta la próxima.

Recuerdo que un mes de junio, no recuerdo de qué año, hubo que ingresarlo con carácter urgente: sufrió una descompensación muy grande y tenía unas hemorragias que los médicos denominan melenas, o algo así. El día 23 de ese mes, de ese año, me quedé a pasar la noche con él en el hospital, también se quedó una de mis hermanas. Pasó, el pobre, una noche infernal, nos prohibieron darle agua ni ningún otro líquido bajo ningún concepto. Pero el hombre tenía una sed rabiosa, de modo que yo, a escondidas, igual que aquella noche hizo él para ver qué era eso del porno, mojaba gasas con agua y se las ponía sobre los labios; él succionaba con avidez pero poco apagaba tan poco líquido el fuego que por dentro le corroía. De modo que yo, desoyendo prohibiciones y amenazas, cada dos por tres me acercaba con una sonrisa cómplice, sonrisa que él me devolvía como un niño bueno y agradecido, o como un perrito dócil y cariñoso, y le endiñaba la raquítica gasita, que él succionaba como un gatito recién nacido.

Al amanecer del día 24, tal día como hoy, recogí mis bártulos y me dispuse a partir a atender mis obligaciones: había sido nombrado miembro de un tribunal de oposiciones y había muchos trajines que tramitar. Le di dos besos, le dije que por la tarde volvería y me dirigí a la puerta de la habitación. Entonces ocurrió algo que no olvidaré mientras viva: me llamó por mi nombre: «Carlos», me volví a ver que quería, y me dijo «Gracias». En ese momento casi me irritó, ¿cómo me daba las gracias alguien a quien yo tanto, todo le debía?; no obstante le sonreí, no le dije ni el «de nada», sólo «hasta luego» y cogí las de Villadiego. Nadie ni nada me dijo en ese momento, nada me hizo suponer ni por un instante, que esas eran las últimas palabras que iba a escuchar de mi amado padrecito. Hacia las doce murió de un paro cardiaco en medio de una terrible hemorragia.

Al día siguiente fue su entierro. Por aquel entonces nadie sabíamos que ese día era el cumpleaños de mi madre («La mujer que es capaz de decir su edad es capaz de decirlo todo»), sólo ella, que no podía dejar de llorar y que ni tan siquiera pudo entrar a ver el cuerpo presente del hombre de su vida pues era absolutamente incapaz de ver un cadáver desde que su padre, cuando ella tenía once añitos, cayó sobre ella exhalando su último aliento, después de haber sido canalla, vilmente torturado, y quedó fatalmente traumatizada.

La vida es así. Les pido disculpas por haberles hecho esta triste confidencia. Pero he querido recordar a mi padrecito también en este blog, que es uno de mis lugares preferidos, y hacerle su hueco, y su homenaje, y venerar su memoria, y decirle también yo «Gracias».

Casualmente he encontrado este vídeo por ahí esta mañana. Bruce Springsteen no sé ni quién es, tengan a bien perdonarme sus infinitos fans, pero la letra de esta canción, en este preciso día, me ha llamado la atención, me ha hecho pensar, «vaya, ¡qué casualidad!».


6 comentarios:

  1. Gracias hermano por este recuerdo tuyo que le brindas. Me he emocionado al igual que él lo hubiera hecho, sin poder a penas terminar tu entrada. Era sensible y débil como un gorrioncillo pero jamás tuve la necesidad de tener otro padre que no fuera el nuestro. Gracias a los dos.

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  2. No ha habido mejor padre que el nuestro. No lo dudes y no lo olvidemos nunca. Un besito, hermanita.

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  3. Gracias por compartir algo tan personal. To he intentado a veces escribir sobre mi padre y mis recuerdos más personales, pero no lo he conseguido y lo llevo como una losa. Escribir a veces me ayuda simplemente a poner algunas ideas en orden y tengo la sensación de no haber sabido todavía ordenar ciertos recuerdos familiares. Pero sigo intentándolo.

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    1. Te echaba de menos... Gracias a ti por tu comentario. He tenido, y tengo, muchos amigos que me han confesado que no han sabido decirles, no demostrarles, sencillamente decirles a sus hijos cuánto les querían. Las personas de cierta edad, sobre todo los hombres, hemos sido educados en la contención, por no decir la represión, de nuestras demostraciones de afecto; quizá las manifestaciones de «no afecto» las demostremos con más facilidad... Yo me sometí, por razones de enfermedad, a un psicoanálisis que duró, como diría Woody Allen, sólo cinco años: allí sí que sale todo, inclusive una inmensa cantidad de pasta contante y sonante. Sin llegar a ese extremo, es muy importante, a veces muy doloroso y a veces muy reconfortante, hablar con uno mismo, por escrito o de viva voz, a solas o delante de alguien de mucha confianza, pero hablar de todos esos recuerdos y sentimientos y se van quedando tras nosotros. Ojalá consigas hacer ese viaje al pasado, en ocasiones, hasta se puede «cambiar» el pasado.

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  4. Precioso homenaje, todo lo que escribes más todos tus demás recuerdos devuelven a la vida a ese gran hombre, tu padre, que esté donde esté se sentirá feliz y orgulloso de sus hijos. Un besito, Carl.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, y, sobre todo, por calificar a mi padre de «gran hombre», que sin duda lo fue. Afortunadamente, ya en vida se sintió muy orgulloso de sus hijos, y también muy feliz de comprobar que su titánico esfuerzo por sacarnos adelante había servido para algo, había tenido el efecto deseado: todos salimos adelante y, algo muy importante para él, salimos adelante de manera honrada, a base de esfuerzo, de estudio y de sacrificio.
      Un beso

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