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domingo, 22 de julio de 2012

PEQUEÑO PRELUDIO Y FUGHETTA - J. S. BACH - MASSIMO CLAUS, vibráfono


Hace unos tres o cuatro años, una tarde, sonó el teléfono. El azar quiso que coincidiesen dos hechos: uno, que mi teléfono tuviese el sonido activado y, por lo tanto, sonase; siempre que puedo desactivo el timbre de los teléfonos y de la puerta...; y dos, que al escuchar el timbre del teléfono lo cogiese; muchas veces no lo cojo y cuando no conozco el número que aparece en la pantallita, como fue el caso, jamás: odio esa repugnante práctica que se da hoy en día que consiste en llamar a las 21.26 horas, por ejemplo, a cualquier hogar para taladrar el cerebro de la primera alma inocente que se pille con cualquier mierdosidad; es un síntoma más de lo enferma que está la sociedad.
Dígame...
─Hola, ¿está Carlos Gimeno?
─Sí, soy yo, dígame.
─Hola, Carlos, soy Tal.
─...
─...
─Sí, Tal, me diste clases hace años, soy el hijo de Cual.
─¡Hombre! sí, ahora creo recordarte, pero es que hace tantos años...
─¿Puedo ir a verte?
─... (es absolutamente inusual que acepte una visita)
¡Carlos, ¿estás ahí?
─Sí, Tal, si, ¿y cuándo querrías venir a verme?
─No sé, ahora, dentro de un ratito, ¿qué te parece a las seis?
─...
─Mmm
─Si no te viene bien esta tarde, podemos quedar otro día, voy a estar por aquí una semana más todavía.
─Mmm ... nnn ... nnbueno, vale, a las seis está bien.

Le di mi dirección, le expliqué cómo llegar y colgamos. Comencé a recordar: el padre de Tal, Cual, fue uno de mis primeros profesores de solfeo; sigo teniendo por él respeto y afecto, incluso gratitud; es una de las poquísimas personas que considero y reconozco como profesor mío, mi formación es casi absolutamente autodidacta. Este maestro de banda de pueblo me enseñó que había que entonar y medir las notas e intervalos de las lecciones de solfeo con el mayor rigor posible; cuando terminábamos un método de un curso cualquiera siempre me decía: «bien, Gimeno, ahora vamos a repasar el método entero, para mañana me traes las lecciones 10, 11, 12, y 13...». Las clases eran individuales: el maestro tenía un despacho e iba llamando a los alumnos que deambulábamos por allí fuera repasando las lecciones o haciendo el gaznápiro. Cuando terminaba con un alumno llamaba, según un hermético criterio, a otro, que pasaba a su despacho. Entonces comenzaba la clase: el profesor con una batutilla en mano y el alumno permanecíamos de pie, frente a un atril en el que se colocaba el método; cuando te decía que lo hicieses comenzabas a cantar tu lección de solfeo, nervioso, atemorizado, respetuoso, sin acompañamiento de ninguna clase, sólo de vez en cuando el golpeteo de la batutilla en el atril para meter en vereda lo que se estaba marchando más de aceptable; te hacía repetir veces y veces un mismo pasaje hasta que lo consideraba correcto; cantaba él mismo para ejemplificar sus explicaciones; en ocasiones se enfadaba: ¡Esto no puede ser, no has estudiado nada, está peor que ayer!, sí, peor que ayer, porque en aquel entonces dábamos clase todas las tardes, después del colegio. Esos enfados eran los que nos daban miedo, un poco, aunque eran de mucho ruido y pocas nueces; siempre se comportó bondadosamente con todos nosotros.

Y sí, recordé que años más tarde, me pidió que diera clases de armonía y un poco de piano a su hijo, Tal. No sé cuánto tiempo estuvimos trabajando. Sí recuerdo que las clases eran muy amenas: dábamos clases de lo dicho pero también de formación cultural y musical básica, de lo divino y lo humano, recuerdo conversaciones muy amenas, a veces casi discusiones, le hablaba de Richter, de Leonhardt, y él escuchaba esos nombres como si se tratase de personajes mitológicos, admiradísimo. Sí, recuerdo con sumo agrado aquellas clases, Tal era un buen alumno, quizá, en ocasiones no estudiara mucho, pero siempre tenía preguntas interesantes, siempre mostraba curiosidad por muchas cosas; esos son los mejores alumnos, los que preguntan, los que se cuestionan algo y abren de par en par su mente para sosegar su inquietud intelectual.

Volviendo a la tarde de marras. Suena el timbre de la puerta, abro y al poco aparece ante mí un joven, casi un hombre maduro, a quien reconozco pero con esfuerzo, han pasado quizá veinte años desde la última vez que lo vi y entonces era un niño. Nos damos la mano, nos saludamos cordialmente, nos sentamos.

¿Qué tal, Carlos, cómo estás? ¿Qué es de tu vida?
Pues la verdad, Tal, ando fornicado de esto y de aquello, procuro no pudrirme demasiado, leo, compongo por el placer de hacerlo, esas cosas. ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida?
Pues soy músico de la Concertgebouw y profesor del conservatorio de Ámsterdam.
(Cágate lorito, glup, este tío es un fuera de serie. La orquesta del Concertgebouw está considerada en la actualidad como una de las dos o tres mejores orquestas del mundo y el conservatorio de Ámsterdam es de lo mejorcito de la Vía Láctea)


Claro, lo freí a preguntas. Me contó que en alguna ocasión había visto por las calles de Ámsterdam a Gustav Leonhardt rodando en su bicicleta, recto, digno y elegante como no podría haber sido de otro modo, y que se acordaba de cuando yo le había hablado de Leonhardt... Todo lo que me contó durante largo rato lo escuché yo como si fuese algo mitológico, admiradísimo.

Yo le conté punto por punto todo lo relacionado con la rica vida cultural y musical de este mi terruño: me costó hacerlo un par de minutos y muchas de las palabras que empleé no debería escucharlas ningún niño.
Desde ese día, de nuevo, no volvimos a saber el uno del otro. Y ayer, o así, ─¿Carlos, puedo ir a verte? Y sí, nos vimos, y volvimos a charlar un buen rato, palabras sinceras, los ojos de uno firmes en los ojos del otro, hablamos de verdad, nada de cháchara ni «conversación desechable». Me alegró mucho su visita.

La vida que pasa. Profesor, alumno, alumno de alumno, profesor de profesor... palabras que el tiempo carga de significados inesperados, relaciones insospechadas, presentes fruto de un pasado y de un azar, presente inimaginable, imprevisible, ¿quién mueve, quién ha movido los hilos? En ocasiones, personas me dicen que debo de sentirme muy orgulloso, muy satisfecho de que alumnos míos hayan alcanzado tales o cuales elevadas cimas. Nunca sé cómo responder a ese tipo de preguntas: ¿qué es elevado? ¿quién ha enseñado qué a quién? ¿por qué no estoy yo en una de esas cimas? ¿Orgulloso, satisfecho? por qué, ¿es más Tal que Sotanito que ha terminado de conserje en un instituto? Le di lo mismo a tal que a Sotanito: ellos y sus azares han llegado a donde quiera que sea. Ellos, mis alumnos, si quieren, son quienes se pueden sentir orgullosos o satisfechos; pero mucho me temo que están tan ocupados en sus respectivos quehaceres que no tendrán tiempo para esas tonterías.Vanidad de vanidades y sólo vanidad... para el gato.

Sólo reconozco sentir una cosa: alegría. Alegría de haber compartido momentos con personas que al cabo han conseguido abrirse un camino en el espeso bosque. Alegría de volver a verlos y de comprobar, siempre con asombro, que también ellos se alegran de verme. Alegría de sentir que hemos convivido, que en algunos momentos nuestras dos mentes han sido, casi, una sola mente, o dos mentes estrechamente enlazadas, compartiendo saberes y sentimientos. Ahí está todo lo que hay entre un profesor y un alumno: unos cuantos momentos de vida en estado casi puro, salvaje, cruda vida, viva vida. Y eso es lo que siento, nada de orgullo ni de complacencia ni de satisfacción: asombro ante la vida que fluye y alegría de vivir, eso es lo que siento.

Dedicado a Tal enmanchambro aquí debajo un audio. Se trata de uno de los «Pequeños preludios y fugas» que Johann Sebastian Bach escribió para teclado, el preludio y fughetta número siete en re menor, si no recuerdo mal. Se trata de una versión para vibráfono; el disco es raro y sospechoso; vean la carátula y comprueben que dice Le Suite di Bach (¿?),


y luego, aunque no se ve en la carátula, dice que se trata de las suites inglesas (¿?), y que el intérprete es un tal Massimo Claus. Flipandus flipandi, no entiendo un pito, lo único que sé es que lo que viene como la suite inglesa número tres en sol menor es lo que he dicho un poco más arriba que es. Bueno, sea como fuere, va para ti, amigo, alumno, profesor, maestro, Tal, me alegro mucho de que el azar haya cruzado nuestras vidas.



5 comentarios:

  1. Estimat Carlos, m'alegre d'escoltar les teves paraules que no fan més que expressar l'estima que ens mostres a nosaltres en classe. De ben segur que rebràs moltes més visites (si es que les acceptes jajajaj)de molts més alumnes, ja que som molts els que et recordem. Espere que estigues millor i que estigues gaudint de l'estiu, encara que coneguente segur que seguiràs la teva marxa inalterable: llegir, estudiar, escriure, fer música, etc... Jo tampoc faig massa diferència de l'hivern a l'estiu. Aquesta vida, la nostra vida que és la música, és així... Una forat abraçada!

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    1. Querido José Luis, has entendido muy bien lo que he querido expresar en esta entrada. Antes de haberla leído, el alumno al que me refería me escribió un email, en el que me contó algo que yo no conocía; según había leído, otro José Luis, no tú, Sampedro, decía sobre la relación entre él y sus alumnos, que se
      basaba en dos pilares: provocación, y amor... Y es una definición muy certera. El acto de establecer un diálogo intelectual vívido, en el que una provocación, tanto por parte del profesor como del alumno, tenga un resultado, una reacción, y dé un fruto, sea dulce o amargo, es un acto de amor. Muy listo, el Sampedro, y muy sagaz mi ex alumno, y muy agudo tú, al pillarlo... (el único ceporro aquí soy yo...)

      El verano mal, ni tan siquiera puedo estudiar y esas cosas. Acabo de volver del médico y voy a estar todas las vacaciones igual... Creo que debo de ser afortunado: ¡todavía no me han matado, todavía no han acabado conmigo! Entre los médicos y los políticos estoy jodido...

      Un abrazo muy fuerte, y gracias por escribir.

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  2. ¿Es posible que seas el mismo Carlos que consiguió que aprobase 5º de solfeo del plan 66 allá por el año 91/92 en Valencia? ¿Alguien capaz de poner un aria de una cantata de Bach cantada por un niño para pasar poco después a hablar de Bukowski sin desentonar?

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    1. Bueno, en todo caso lo conseguirías tú, yo tan solo estaba allí para ayudarte a conseguirlo. Sí, Paco, soy yo, y en cuanto he leído tu nombre en el comentario he sabido que tú eras aquel Paco que pasó por donde yo estaba haciendo cosas como las que describes. Y, ¿sabes?, las sigo haciendo, aunque a Bukowsky, ahora que lo pienso, hace bastante tiempo que no lo nombro; claro, han aparecido tantos otros.

      Me alegro de saber de ti. Espero que todo te haya ido bien desde aquel entonces.

      Un abrazo

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    2. Lo mismo espero yo para ti, Carlos. Como ves, no soy el único en quien dejaste un buen recuerdo.

      Por aquí andamos intentando que algunos adolescentes descubran que hay música más allá del regetón. Y no me va del todo mal, por lo que creo que debería quejarme menos. Pero el mundo no va demasiado bien, digan lo que digan los supuestos optimistas... así que por momentos soy un gruñón, o un cachondo, o un tipo aburrido.

      Una alegría haber encontrado tu blog y ver que sigues en la brecha musical y artística. Para la que quieras, te dejo mi email en versión anti-bots (ya tu lo descifras): silviusec[arroba]gmail[punto]com

      Un gran abrazo desde Yecla!

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