Páginas vistas en total

Seguidores

martes, 31 de julio de 2012

VISITA AL PSIQUIATRA



La primera vez que acudí a un psiquiatra iba envuelto, además de por las brumas de la enfermedad, por un montón de dudas, de preguntas e inquietudes. Una de ellas, quizá no la de más peso pero muy inquietante, era la intranquilidad de ver con qué pacientes iba a encontrarme en la sala de espera. Me quedé con la duda: me habían aconsejado un psiquiatra muy bueno, y por lo tanto carísimo, que tenía una salita de espera para cada paciente, de modo que nunca veías a ningún otro camarada de infortunio.

Aquel psiquiatra cayó enfermo y me derivó a un alumno suyo que, además de ser una gran médico, pertenecía a mi compañía médica, lo que supuso un ahorro económico ya imprescindible a esas alturas. Sigo con el mismo médico. Pero, claro, su consulta no tiene los lujos de su mentor; una única sala sirve de acomodo para todos los pacientes de varios psiquiatras que, pacientemente (como su propio nombre indica) han de esperar su turno. Fue a partir de entonces cuando pude poco a poco calmar mi curiosidad al respecto: por fin vi quienes, como yo, acudían en busca de consuelo, de salud, de ayuda a un psiquiatra.

Hoy, por ejemplo, cuando he llegado y me han hecho pasar a la sala de espera me he encontrado con un niño de unos cuarenta y ocho años: calzaba unos bonitos zapatos de vestir de los que sobresalían unos calcetines de oficinista que alcanzaban hasta media pantorrilla; llevaba un pantalón tipo chándal, tipo boxeador, negro, corto, hasta justo por encima de la rodilla, con motivos deportivos en blanco; completaba el atuendo una camiseta también negra, también deportiva, en cuyo frente podía leerse CONTADOR, haciendo referencia al nombre del ciclista; en efecto, no dejaba de sacar y meter una revista de ciclismo de una carpeta: leía un poco, la guardaba, la volvía a sacar, etcétera. El muchacho era grueso, muy grueso y no demasiado bajito; barba sin afeitar, pelo negro y sin cortar, graso. El chaval no podía estarse quieto: se levantaba, se sentaba, se iba al baño, se daba una vuelta, todo ello acompañado de unos gestos faciales raros a más no poder, muecas, mohines, movimientos de boca como si hablase pero sin producir ningún sonido. Majo, el chaval.

Al ratito han llamado a la puerta y la chica que hace de chica para todo ha abierto un poco extrañada: al momento ha entrado un hombre muy agitado, diciendo que no tenía cita pero que necesitaba hablar con su médico. La chica le ha dicho que esperase un momento que iba a consultar si había un huequecillo por ahí: el buen hombre ha entrado en la salita y ha escogido concienzudamente en qué silla sentarse: en esta no, da el aire acondicionado; en esta tampoco, hace mucho calor, a ver en aquella, sí, aquí ni frío ni calor. Este buen señor era de los que zapatean: ni un instante pueden detener el movimiento convulsivo de un pie, o de los dos, bien alternada bien simultáneamente, tactactatcatcatcatc, tectectectectectec, toctoctoctoctoctoc... Buen tío.

De vuelta a casa, al entrar en el vagón del metro, me he encontrado con un niño de unos cuarenta y ocho años, vestido con una especie de chándal, moviéndose desacompasadamente; también había un zapateador; y más personas un poquito raritas, la verdad.

Recuerdo un día en el que una paciente de unos sesenta años perdió el control de sí misma: se puso a gritar, a caminar desenfrenadamente de un lado a otro, a reclamar que le dieran una merienda para luego despreciarla, vamos, atarantada como se suele decir por este este. En un momento en el que se había metido en el baño o no sé donde se me aproximó la chica y me dijo que me fuera, que lo sentía mucho, que me llamaría para darme cita pronto. A la semana o así volví a la consulta; me contaron que se había montado tal marimorena que habían tenido que llamar a la policía. Yo ese día fui pertrechado con dos botellas de Moët & Chandon, una para la chica, otra para el psiquiatra: después de pasar tan mal trago no estaba de más tomar unos cuantos de mejor sabor.

Siento un gran respeto, un gran cariño, una gran conmiseración por los enfermos mentales: la sociedad los, nos, rehúsa, teme, margina...

Yo visto más o menos normal. No zapateo. Me limito a estar sentado esperando con cara de póker, intentando no mirar a nadie, aunque a veces no lo consigo, como acaba de quedar demostrado.

Hay un libro precioso "Concierto para instrumentos desafinados" de Juan Antonio Vallejo-Nágera. Termino esta entrada con lo único valioso de la misma: copio un poquito del comienzo de este maravilloso libro, lleno de amor y comprensión, y por lo tanto lleno de sabiduría:

Higinio, viejo y noble amigo. Escucha:
El manicomio es el basurero en el que la sociedad arrincona a los que, como tú, parecen inservibles para siempre.
Buscando bien, sabiendo mirar, a veces encuentras joyas en el basurero. Fuiste una de ellas.
Nunca pudiste sospechar la gran influencia que tuviste en mi vida. Llegaste al sanatorio poco después que yo, en un traslado desde otro hospital donde no pudieron curarte y te enviaban a uno de "crónicos". No les gusta llamarlo "incurables".
¡Pobre Higinio! En las primeras semanas eras una "curiosidad clínica", que debía mostrar a los estudiantes de Medicina que acudían a hacer prácticas, por si tenían posibilidad de estudiar otro caso similar.
Esa mirada tuya, transparente y limpia de hombre sin doblez e ilusionado, estaba fija, inexpresiva, vidriada como la de las figuras de los museos de cera. En realidad de personaje secundario del museo, sólo útil para completar la escena, pues representabas a un campesino zafio. Entre paleto de Gila o "isidro" de comedia de Arniches. Albarcas hechas con trozos de neumático desechado, el pantalón de pana sujeto con una soga, la camisa sin cuello. Sobre el tuyo, corto y ancho, la cabeza hirsuta. Dentadura mellada, cejas casi juntas, y la boina. Higinio, la boina desteñida color ala de mosca que no te quitabas ni para dormir.
¿Cómo podíamos sospechar que ese corpachón tosco, deformado por el duro trabajo inclemente desde la niñez, escondía tal tesoro de belleza interior? Ni siquiera hablabas, Higinio. Recuerda que había que vestirte, darte de comer, cucharada a cucharada, bocado a bocado... y tú masticando lentamente de forma mecánica, como una vaca, con expresión estupurosa y los ojos inmóviles. ¡Compréndelo!, no es culpa nuestra, nadie lo hubiese adivinado.
La revelación llegó repentinamente tras abandonar el hospital, con tu primera carta, en la que te disculpabas por no haber acudido a la consulta:

"ENDE QUE NO FUI, HABRÁ VD. PENSADO QUE SOY DESAGRADECIDO, PERO ES LA VERDAD QUE NO ME LO QUITO DE ENTRE LAS MIENTES.
"NO FUI POR LA RECOGIDA DE LA ACEITUNA, QUE AQUÍ EN EL PUEBLO ES AHORA LA FURIA DE ELLA.
"LA ACEITUNA, NO SÉ SI VD. SABRÁ, ES DE DONDE SALE EL ACEITE Y ES UN FRUTO MUY HERMOSO...".

Lo sé, Higinio, lo sé. Es una maravilla. Tiene el ritmo melódico de una sonata barroca. Milagro verbal. Proeza literaria de alguien que nunca fue a la escuela. (...)"

2 comentarios:

  1. Tienen fama los psiquiatras, psicólogos, etc de "sacacuartos". No sé muy bien que hay de verdad en esa leyenda urbana.

    Yo fui unas hace muchos años unas cuantas veces a una psiquiatra "recomendada" (curioso que siempre nos recomiendan estas cosas) por un asunto de nerviosismos y tics (parecía el mecanismo de un reloj suizo).

    No era barata la visita y me daba la sensación de estar un poco perdiendo tiempo y dinero. Aunque no estaba mal del todo.

    Imagino que verdaderamente nos pueden ayudar, pero creo que la fuerza de voluntad para lograr el "cambio" tiene que estar dentro del paciente y, como mucho, el médico guiarte por este valle de lágrimas.

    Al final dejé de ir y diría que por mi propia "maduración" logré disminuir lo que tanto me incordiaba.

    Esta es mi parcial visión de esta realidad.

    Un cordial saludo y se agradece gente como Usted que trate ciertos temas tabúes en nuestras sociedades.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La vida, la sociedad actual es una jungla que constantemente nos pide más y más, nos exige, nos exprime... Es normal que, independientemente de enfermedades mentales muy definidas, mucha gente desarrolle patologías más o menos severas o que tan sólo pierda momentáneamente el rumbo. El estrés, el famoso estrés es un agente muy dañino para nuestro sistema nervioso, frágil por naturaleza. La ayuda de un médico, muchas veces se hace imprescindible: uno sólo, por muchas ganas que ponga, por mucha fuerza de voluntad que tenga, no puede salir de ciertos atolladeros. El compromiso personal es imprescindible, de ahí que los psiquiatras serios sean caros: mi psicoanalista me cobraba todas las sesiones pautadas, acudiera yo o no a las mismas: de no ser así, muchos días uno encontraría mil excusas para quedarse en casita. La vida, usted debe de saberlo, es dura, difícil, hay que luchar mucho: hay gente muy fuerte, o muy insensible, o con mucha serotonina, que no tiene problemas; sin embargo, hay otras muchísimas personas que no son capaces de estar siempre al cien por cien, y sufren mucho, y por eso necesitan que les entendamos, que les arropemos, que les echemos una mano con todo nuestro cariño.

      Muchas gracias por su comentario y por contarnos su experiencia.

      Un afectuoso saludo

      Eliminar