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domingo, 26 de agosto de 2012

CHET BAKER, WITH STRINGS, 1988.


«El año 1987 me trajo en todo momento un regalo maravilloso, que fue... que lo he terminado vivo -decía con una mueca-. He conseguido sobrevivir. Y por supuesto, he tenido a Diane conmigo todo este año...»
Sin embargo, el año siguiente sería el último para Chet Baker, uno de los mejores músicos de jazz de la historia; más de treinta años de ser también uno de los mejores drogadictos de la historia iban a pasarle la última cuenta, la cuenta atrás. Tristemente, 1988, fue, quizá, el peor año de su triste vida, ojalá no hubiera sido así y la vida le hubiera devuelto, en apenas seis meses, un poquito, aunque fuese un ápice, del infinito legado que este poeta dejó a todo espíritu sensible a su arte.
A comienzos de 1988 Chet seguía tocando sin tregua: Roma, Dinamarca, Suecia, Noruega, Alemania... Su acompañante en aquella última época fue Nicola Stilo, quien dijo de él: «Musicalmente, aquel período fue importantísimo para mí. Chet tocaba mejor cada año. Cada noche era una experiencia espiritual». Nicola Stilo tiene una gran importancia en la vida de Baker; merecería una entrada completa describir la relación que se estableció entre Chet y Nicola; cómo convivió con Baker, ocupándose, en silencio y completo respeto, en segundo plano, auxiliando al yonqui enfermo y tan a menudo vehemente. En este vídeo podemos ver a Stilo tragar sapos y culebras con discreción, respeto y elegancia intachables, ante las manipulaciones erróneas de los del sonido. Se trata de la interpretación de «Allmost Blue», durante un concierto celebrado el 1 de abril en el Teaterhaus de Stuttgart. La frase que le espeta Baker al del sonido es «¡POR FAVOR, no juegues con eso mientras estoy cantando esta canción!»; la letra de esa canción guardaba para Baker, seguro, un sentido muy especial.
Poco a poco se fue desarrollando todo aquello que culminó con el cuerpo de Baker, sin vida, justo debajo de una ventana de la habitación que ocupaba. La cosa empezó el 14 de febrero, vaya fecha más tonta, cuando Diane Vavra le abandonó, se marchó a Santa Cruz.  Este hecho sumió a Chet en una honda depresión: no podía soportar la soledad que la ausencia de Diane le ocasionaba; comportándose como un adolescente, la llamaba alterado a todas horas, rogándole, suplicándole, amenazándole con suicidarse. Y en cierto modo la amenaza parecía sincera. Chet se drogaba como un loco, se metía todo lo que podía y todas las veces que podía; el avituallamiento de un drogadicto terminal es muy difícil y peligroso de conseguir. Por lo demás, Chet prácticamente no comía nada, dormía poco y mal. Reventao.
Los productores, por misteriosas razones, hacen cosas, tienen pasta. Uno de ellos, Kurt Giese, productor de la NRD, «Radiodifusión del Norte de Alemania», era un enamorado del arte de Baker desde joven. Chet, en el lejano 1954, había grabado un disco titulado «Baker with Strings». Es frecuente que grandes intérpretes de jazz, que normalmente tocan en formaciones de cámara, realicen una grabación de este tipo, es decir, acompañados por una formación sinfónica de mayores o menores dimensiones. Giese estaba en posición y rango de montar una actuación de su idolatrado músico; se puso manos a la obra en la realización de un espectáculo que, como el de 1954, Baker tocase with strings (con cuerda); montó un concierto en el que la Orquesta de la Radiodifusión Alemana, junto con la big band de la misma entidad, acompañarían a Chet Baker en un gran evento que se transmitiría desde uno de los más prestigiosos locales de Hannover.
Se trataba de un trabajo importante: había que confeccionar un programa, hacer los arreglos para el conjunto, que llevaba a demás piano y batería, había que ensayar, y ensayar. Ya al primero de los cinco planteados no acudió Baker, ocupado en otros menesteres; los músicos de la NRD, formales y voluntariosos ellos, formularon amenazadoras protestas: «¡si no hay ensayos no hay concierto!». Mucho «acojonao» es lo que hay, pero sigamos. Al siguiente ensayo sí que acudió Baker, pero el conserje, mirándole de arriba abajo no le dejó entrar al local, de cómo iba el tío; como Baker insistiera, el conserje comprobó que el tipo del cartel y el «espontáneo» guardaban parecido, y decidió llamar a Giese, que acudió raudo pues los músicos empezaban a ponerse nerviosos; gracias a la presencia y autoridad de Giese se solventó la contrariedad; para cuando llegaron a la sala los músicos ya estaban más tranquilos, habían desmontado y se marchaban a casa; buen rollo. Al final, grabaron los ensayos sin la parte solista y le dieron las cintas a Chet.
La mayor parte de la información para esta entrada la obtengo del impagable libro «Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker» del escritor James Gavin, publicado por Mondadori. Cuenta Gavin que a esas alturas Chet estaba... «los dientes de abajo, que aún conservaba, se estaban deteriorando, y las encías le dolían tanto de que estaba seguro de que no iba a poder seguir tocando mucho más». Un técnico de sonido gruño: «¿Qué es esto? Este tío ha arruinado su salud. ¿Cómo puede alguien con tanto talento destruirse así? Parece que tiene setenta y cinco años».
La noche de la grabación, la noche del día 14 de abril, había mucha tensión, alta tensión. «Todos conteníamos la respiración (...).», «Baker se sentó en una silla en medio de un mar de músicos: la orquesta de cuerdas a un lado, la big band al otro. Parecía decidido a demostrar quién era por última vez. Con todas sus defensas destrozadas, vivía las canciones con dolorosa intensidad. El momento cumbre del concierto fue una épica versión de nueve minutos de "Valentine". Baker la inició con una estrofa de trompeta acompañada solo por una guitarra, un esqueleto musical estremecedoramente austero; a partir de ahí, su voz hueca y como de otro mundo se fundía en una nube de violines.»
Comienza el concierto con el tema «All Blues», en sol mixolidio, casi todas las teclas blancas, y desde la primera nota, un si, Chet Baker es el mejor Chet Baker, el gran Chet Baker, el amo absoluto de la situación, no respira ni el gato. El casi agónico Chet Baker, el toxicómano terminal está a su propia altura habitual, a la más alta.

La segunda canción es la que menciona Gavin un poco más arriba. «My funny Valentine» es, creo yo, una de las canciones más representativas de Baker. La interpretación que hace en este concierto es todo lo que dice Gavin y más. Esta es una de las canciones de amor más bellas; la orquestación que hacen para este concierto también es muy correcta y hermosa, y la interpretación de Baker, bella y dolorosa de la primera a la última nota.

Otro de los grandes temas de Chet, «In Your Own Sweet Way»; aquí improvisa en ese estilo tan suyo, con ese suave e inconmovible feeling que le caracterizó siempre; nos brinda una de esas entradas en falso que también le caracterizan.

«I Fall in Love Too Easily»; hace una improvisación con la trompeta absolutamente inolvidable.

Con el tema «Conception» parece que quieran poner a prueba al viejo pura sangre; comienzan muy rápido, y cuando entra Chet galopa tan rápido como el que más, pero con la pureza y elegancia de su inigualable estilo.

Otro gran clásico, «I Get Along Without You Very Well». Por algo se subtituló el álbun «My Favourite Songs».

Bien, no voy a poner todo el álbum. El concierto concluyó con una nueva interpretación de «My funny Valentine». Aún tenía Chet Baker algo que decir, algún giro nuevo que inventar para esta canción, antes de retirarse al mundo de los mitos. El pianista finaliza con una breve coda, un pequeño comentario, muy dentro del espíritu de la canción y del musical del que procede.
Unas semanas más tarde, el viernes 13 de mayo de 1988, «por la mañana, a eso de las ocho, Rob Bloos, un joven inspector, llegó a trabajar a la comisaría de Warmoesstraat. No le interesó mucho el nuevo cadáver que había en el depósito. "Era como los otros -dijo-. En aquella época teníamos muchos yonquis en ese distrito..."». Y en el fondo tenía razón, no era más que otro yonqui, aunque aquel, y sólo aquel se llamase Chet Baker.




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