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domingo, 9 de septiembre de 2012

JORGE LUIS BORGES - LA CEGUERA

Ya nada más comenzar a escribir esta entrada sé que quizás vaya a ser una de las que menos trabajo me va a procurar; sin quizás, sin duda sé que siempre será una de mis preferidas. Si poco es el trabajo que mis dedos van a tener que hacer no es pequeña la responsabilidad que les hago asumir. No hay modo más certero de no exponerse a la mediocridad que el ser breve. Huyendo de ella, aunque siempre por ella manchado, me aferro a la brevedad como al timón en medio de una tormenta, aunque que de poco sé me servirá el ardid.


Desde muy pronto me gustó considerar a este blog como borgiano. Ni por su contenido, ni por su rumbo ni trayectoria, tan sólo por mi amor al gran poeta, al sabio labrador de las palabras, al humilde hombre modesto y tan frágil. Mi admiración por Borges me mantiene a él unido, siempre le sigo, le persigo, siempre de él hambriento y sediento, soñando ser su lazarillo del más allá procuro que su mano no se extravíe de mi hombro. Y tanto fue lo que este hombre hizo que sin demasiado esfuerzo casi a diario encuentro de él para mí desconocidos logros, rastros, documentos y recuerdos. He pasado la tarde del domingo con una entrada, otra distinta a esta, y cuando fatigado me he entregado al ocio con esto que aquí les traigo, por azar, me he topado.


Se trata de una conferencia que pronunció el maestro el lejano 3 de agosto de 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. El tema escogido no es otro que «La ceguera», esa acompañante de Borges ni amada ni odiada. Le ayuda a salir al escenario y a sentarse a una sencilla mesa María Kodama. En la charla hablará de muchas cosas, de sus pasiones, de sus colores, de libros y de palabras, de escritores que a diferencia de a sí mismo consideraba buenos, de sus calles, y, como siempre, de aquellos otros narradores que como él corrieron la misma suerte, si suerte se le puede llamar a la carencia de un sentido.

Siempre me ha maravillado la música sencilla, concisa y explícita  de este comienzo, con el cual concluyo: 

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.



 

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