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sábado, 8 de septiembre de 2012

VISITA AL PSIQUIATRA (3ª parte contratante)


A VECES UN CIGARRO ES SÓLO UN CIGARRO


En este nuestro malhadado país, me refiero a España, la desinformación, la información errónea, los prejuicios, los temores, el desprecio, el cerrilismo en cuanto a las enfermedades mentales limitan al norte con los Pirineos, al sur con Reino Unido, etc., pero sus dimensiones son mucho más descomunales, vergonzosas y, sobre todo, muy dañinas. En mi modestísima opinión, ya en los colegios debería enseñarse a mantener una higiene psicológica, una higiene mental, del mismo modo que se enseña a mantener una higiene corporal, aunque luego subas al metro y tengas que mantener la respiración hasta bajarte escopetado a la siguiente parada al borde de la asfixia y el paro cardiaco. Con respecto a esta última circunstancia nunca está de más señalar que en las aulas en las que nuestros nunca bien pagados políticos embuten a treinta alumnos o más el hedor causado, en particular, por las zapatillas de deporte que zagalas y zagales calzan provoca una vaharada fétida, infecta, emponzoñada, una vaharada que hasta se puede ver y palpar, pero que no debería en ningún caso respirarse: al no haber escapatoria posible los allí adocenados inhalan tan mórbida atmósfera y hacen acopio de multitud de enfermedades, sufren vómitos, desmayos, jaquecas, pérdida del apetito y del sueño, migrañas y otros muchos desarreglos que sería oneroso enumerar. Es de justicia señalar que muchas de las personas que imparten las clases también contribuyen con siempre agrio entusiasmo a la creación del medio ambiente descrito.


Volviendo a la ignorancia sobre los más elementales rudimentos de psicología: por ejemplo: muchas personas dicen: «estoy deprimido», cuando en realidad lo que están es «tristes». ¿Es distinto estar deprimido que estar triste?: sí, la depresión es una enfermedad mientras que la tristeza es un afecto natural de las personas. ¿Es normal estar triste?: depende: a) si se te ha muerto la mascota a la que tenías mucho cariño es normal que estés triste, y no sólo durante un día, lo normal es que entres en un estado denominado «duelo» que puede tener una duración que variará en función de multitud de factores; b) por el contrario, si la mascota fenecida era arisca, caprichosa, agresiva, ruidosa, maloliente, y sentías por ella un odio más o menos ponderado, no sería normal que te sintieras triste, más bien al contrario: sin llegar a ser macabros lo normal es que sonrieras un poquillo para tus adentros.


Yo no soy médico, ni mucho menos psiquiatra, ni psicoanalista, ni tan siquiera psicólogo. Yo simple y llanamente soy una persona que padece esa enfermedad de la que estamos hablando llamada depresión. Por eso me atrevo a hablar aquí, porque como paciente soy un gran experto en el tema. Preferiría no serlo, pero puesto que lo soy voy a intentar sacar algo bueno de esta experiencia e informar de una manera inocua, inofensiva, y en todo caso beneficiosa, a toda aquella persona que por una razón u otra esté interesada en el asunto. Pienso, en particular, en mis alumnos, de los que una parte anda tan desinformada como la mayoría, la inmensa mayoría de la ciudadanía. Los alumnos, al comenzar un nuevo curso en nuestros conservatorios, a menudo se sienten confundidos: al nada desdeñable estupor ante la sana repugnancia de enfrentarse a tantas y tantas inimaginables situaciones que llenas de ilusión se les abren ante un cada vez más incierto porvenir se añade la no menor nostalgia de las concluidas vacaciones, en las que sin dar un palo al agua han asistido a esos eventos que con tan irónico eufemismo son denominados «Cursos musicales de verano», en los que chicos y chicas, previo pago de las abultadas tasas correspondientes, se entregan con verdadero ahínco y denuedo a la constatación o refutación de esa ley de la física aristotélico-newtoniana de la impenetrabilidad de los cuerpos (e^- + p^+ \to n^0 ), y en las que los grandes y grandas, previo cobro de sus abultados y deshonrosos honorarios correspondientes, se entregan a lo mismo; ante estas dos enfrentadas experiencias, el alumnado se siente inquieto, nervioso, triste, y cree, erróneamente en un 99.9 por ciento de los casos, que es presa de una grave depresión, cuando en realidad no se trata de otra cosa que de saludable, en su justa medida pero a menudo desorbitada, holgazanería, pereza, desidia, flojera, indolencia, desgana e indiferencia que a chicos y grandes nos entra ante nuevos y desesperanzadores retos.
Ahora ya con absoluta seriedad cedo la palabra a un reciente amigo de este blog, el eminente psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera. Copio íntegro el primer capítulo de su libro «Ante la depresión», publicado por Planeta y que, a día de hoy, se puede encontrar a un módico precio en cualquier librería:

«1. ¿Tengo depresión?

¿Se siente profundamente triste y no encuentra motivo? ¿Tienes ganas de llorar? ¿Llora a solas? ¿No puede contener las lágrimas ante los demás ante ciertos comentarios? ¿Nota un cansancio excesivo y una pereza invencible? La menor tarea que antes consideraba rutinaria, como vestirse, lavarse, escribir una carta... ¡le supone ahora un esfuerzo abrumador?
El despertar de cada día ¿se ha convertido en un momento amargo? "¡otro día más!". Las diversiones con que disfrutaba ¿han dejado de apetecerle? ¿Rehúye sus amistades porque no le compensa el esfuerzo de mantener la fachada? ¿Tiene insomnio y pasa esas horas despierto sumido en negros pensamientos? ¿Se ha vuelto pesimista y ve sólo el lado malo de las cosas? ¿Ha empeorado el concepto de sí mismo? ¿Se encuentra culpable de cosas que ya había olvidado? ¿Le da la sensación de que en su familia y trabajo le juzgan mejor de lo que es y que van a descubrir su poca valía? ¿Cree que se está refugiando en sentirse enfermo para eludir sus responsabilidades? ¿Le gustaría quedarse en la cama por la mañana, con la luz apagada, sin hacer nada ni ver a nadie? ¿No es capaz de concentrarse ni para leer el periódico?
Si se siente retratado en varias de estas preguntas PADECE UNA DEPRESIÓN profunda, de las llamadas "mayores".
Está deprimido y se demanda qué puede hacer. Podría ayudarle algún capítulo de este libro, pero si la depresión es profunda no tendrá fuerzas para hojear ni este ni ningún otro libro, su enfermedad se lo impide.
En ese caso aplace la lectura para cuando mejore y pase ahora el libro a su familia y amigos. En cuanto lean las primeras páginas le van a entender mejor. Van a encontrar la respuesta a muchas de las preguntas que le hacen y que usted no sabe contestar. Después de leer podrán apoyarle con más eficacia, y dejarán de atormentarle con esas actitudes tan bien intencionadas pero que a usted tanto le desesperan


Ante estas preguntas cabe responder sí o no pero también ser más precisos y señalar en qué grado. Dependiendo de la cantidad de aserciones y de su grado la depresión será mayor o sólo un estado depresivo leve; o será más o menos grave. Vallejo-Nágera aconseja que en el caso de sentirse realmente mal  pasar el libro a familiares y allegados; es una manera de hablar: no se trata de dejarse una pasta en libros e ir repartiéndolos a diestro y siniestro; se trata de comprar uno para los familiares cercanos y obligarles a que lo lean; a los amigos y allegados basta con decirles que o compran el libro y se lo leen o que se callen la boca con sus consejitos y monsergas. Porque no hay nada que irrite tanto a un enfermo de depresión mayor que el hecho de que le vengan con pamplinas: «venga, no será para tanto», «has de ser positivista (sic)», «tú también has de poner de tu parte», «lo que has de hacer es no calentarte tanto la cabeza»... Estas son algunas de las descomunales y lindas gilipolleces que con todo el cariño e ignorancia de este mundo nos endiñan a los pobres y sufridos enfermos: y cuando digo ignorancia también me refiero a que estos consejeros no saben al grave riesgo que a su integridad física están exponiendo con sus frases hechas y peroratas. Recuerdo que un amigo, con tan buena intención como ignorancia de la buena, ante mi estado realmente penoso y lamentable, me dijo un mal día: «Déjate toda la medicación y toca música de Bach»; había personas presentes, eso le salvó: le hubiera estrangulado con mis propias manos.

¿Qué hacer aparte de repartir el libro del doctor Vallejo-Nágera?:

Como dicen en las películas americanas «buscar ayuda profesional», en español, «ir al médico de cabecera o directamente al psiquiatra». Una vez obtenido un diagnóstico seguir al pie de la letra el tratamiento prescrito por el especialista.

Pero casi más importante, ¿qué no hacer?:

1) Acudir a un vidente, curandero o similar.
2) Refugiarse en lo que sea: bebida, drogas, trabajo, lectura...
3) Tomar algún medicamento que alguien te diga que a él le ha ido muy bien. Jamás, nunca jamás hay que auto medicarse y mucho menos en caso de enfermedades mentales. Obsérvese que yo no he citado ni de lejos ningún tipo de medicamento.
4) Dejar o bajar la medicación prescrita por un médico al propio antojo cuando se note cierta mejoría.
5) Aplicarse a sí mismo seudoterapias orientales, naturalistas y otras de semejante jaez.
6) Esperar a que las cosas mejoren por sí mismas con el tiempo. Ante una duda razonable es importantísimo acudir a un especialista cuanto antes.

La depresión es una enfermedad, como la gripe, no es que uno se haya vuelto loco o gilipollas ni nada que se le parezca. Acudir al psiquiatra es como acudir al reumatólogo pero en otra planta del hospital o ambulatorio. La completa curación de esta enfermedad está casi asegurada al cien por cien en el caso de que se trate lo más pronto posible. Hay un miedo acerbo a la medicación para el tratamiento de patologías mentales; este miedo se da, por ejemplo, en sociedades profundamente incultas como la nuestra, cuando, en realidad, unos de los medicamentos más evolucionados en la actualidad son precisamente los de este tipo.

He metido un rollo de aquí te espero Baldomero. Aún así habré dejado de decir, seguro, cosas muy importantes; también habré dicho más de una paparrucha innecesaria. Pero no dejaré de decir lo siguiente:

«El sufrimiento de las personas que padecen enfermedades de tipo mental es... inmenso, inconcebible, cruel, terrible, injusto y, lo peor, inimaginable para las personas que no las padecen. Quienes las padecemos nunca debemos perder la alegre esperanza de que gracias a la inestimable labor de médicos, maravillosas personas, como el doctor Vallejo-Nágera, ese sufrimiento pronto pertenecerá al pasado y allí permanecerá para siempre»



6 comentarios:

  1. Querido Carlos:

    Tras leer tus dos últimas entradas acerca de este tema, compré el libro que recomendaste de Vallejo-Nágera. Lo estoy leyendo con verdadero entusiasmo y emoción. También compraré el libro que recomiendas.

    Trato de imaginar el tremendo esfuerzo que supone intentar describir y comunicar el sufrimiento que conlleva la depresión. Esa enfermedad crónica, invisible que los que no la padecemos nos cuesta tanto de comprender o sentir empatía.

    Son sólo palabras, pero desde aquí, te envío un fuerte abrazo lleno de coraje y buenas intenciones.

    24milla

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    1. Gracias, muchas gracias, también son fundamentales para la curación y la integración de las personas enfermas de depresión las buenas intenciones de quienes nos rodean. No obstante he de hacerte una pequeña observación, tanto para ti como para conocimiento de todos aquellos que lean estas líneas: la depresión se convierte en enfermedad crónica sólo en algunos casos, los especialmente graves y han sido diagnosticados muy tarde, dos circunstancias que lamentablemente confluyen en mi humilde persona. Pero, tal como digo en mi último párrafo, la inmensa mayoría de los casos son curables al cien por cien y, por lo tanto, la enfermedad no se puede considerar como crónica. Por eso es tan importante que se acuda con prontitud en búsqueda de «ayuda profesional»: más vale pecar de demasiado cauto que dejar que la enfermedad eche raíces.

      Te repito mi gratitud: por tu esfuerzo en comprender, por el coraje que me transmites y por tus buenas intenciones.

      Un fuerte abrazo

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  2. Carlos:
    Por esta entrada, un lugar común aunque válido: como anillo al dedo.

    Por el lado de Chet, duerme ya en casa.

    Por ambos: GRACIAS.

    Julio

    P.D.: Gracias por el bautismo del Drop-Box, mi ciudad del paisito te lo agradece infinitamente, como dices tú, a miles de kilómetros de distancia. No los conté, pero mi espalda se acuerda perfectamente de los incómodos asientos de Iberia, pero bueno, lo importante era ir, no?

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    1. Amigo Julio:

      ¡Qué alegría más grande la posibilidad que nos ofrece la tecnología actual de compartir penas y alegrías, libros, músicas, películas...!

      Espero que disfrutes mucho con el tío Chet.

      Un abrazo ibérico

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  3. Hola Carlos, soy Ronalda.
    Espero no haber sido yo la que te dijo «Déjate toda la medicación y toca música de Bach»...jajajajaja...(tampoco me extrañaría mucho).
    Como siempre que tengo oportunidad, te felicito por tu trabajo minucioso, lleno de esperanza y tanto buen humor.
    Aprendí, aprendo y espero aprender muchas más cosas contigo, pero quizás una de las más importantes, es esa que tanto has puesto en práctica: "al mal tiempo, buena cara"...y es que se debe predicar con el ejemplo.
    Cuidate mucho y sigue hablando tan claro y fino como el agua, que siempre da gusto leerte, y saber de ti.
    Nos tienes enganchad@s a tod@s.(Setenta y tantas mil visitas...fíjate tú quina burrà!!)
    Enhorabuena!!

    Un abrazo fuerte de más.


    Te quiere mucho:
    Ronalda Renè.

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    1. Mi querido Ron Alda, pero qué alegría más grande. No, no fuiste tú quien me dijo lo de Bach, tú no das consejos sin que se te pidan. Yo creo que en la vida son imprescindibles dos sentidos: el común y el del humor. Los demás muchas veces son traicioneros, como el del olfato...
      Ron, si uno tiene los ojos y los oídos abiertos, la mente y el espíritu abierto, no deja de aprender, aun sin proponérselo: tú eres de esos.
      Aprecio mucho tus elogios, sé que son tan sinceros como todo lo que sale de ti.
      ¿Te acuerdas de la primera vez que te escribí algo así como: «Ron, te aprecio mucho»? Me respondiste con un: «Richa, ¿eres marica?», todavía me río cuando lo recuerdo.
      Un abrazo de los gordos de tu
      Rubio

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