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domingo, 21 de octubre de 2012

DONACIONES CARITATIVAS



PREFACIO

Lo primero que me viene a la cabeza es una frase que me enseñó mi padre y que me repetía a menudo: «Defensa innecesaria, acusación manifiesta». Y no sé muy bien por qué. No sé si hay por algún lado una defensa, innecesaria o no, si estoy acusado de algo; si todo esto es manifiesto o no y, en tal caso, en qué sentido. Lo que no puedo evitar es sentir cierta sensación de culpabilidad. No creo que sea fundada, ni que esté justificada o tenga razón de ser; pero la siento. No sé pedir, me educaron de pequeño a no pedir nunca, en todo caso un vaso de agua y por favor. Tampoco me gusta pedir, sólo pido cuando no me queda otra alternativa, en muy contadas ocasiones. O sea, que ni sé ni me gusta pedir, no va conmigo.

I

Guerra y Paz es un blog que nació con múltiples e indefinidos propósitos, tantos y tan poco definidos que ni me acuerdo. Sí ha habido, desde su primera entrada hasta la última, algunos afanes e intenciones, algunas ilusiones definidas y que se han mantenido desde el principio hasta el momento presente. Por un lado compartir: mostrar al mundo, puesto que Internet lo permite, tantas cosas hermosas que he descubierto durante mi vida, divulgarlas, decir a todo quien quiera escuchar: mira, escucha, lee esto, ¿ves?, no todo es horrible, hay cosas hermosas que hacen la vida bella, a pesar de los pesares, que hacen de la vida un lugar en el que se puede encontrar algo parecido a la felicidad, instantes de dicha, de emoción, belleza. Otra razón de ser de Guerra y Paz es la de dar, la de devolver todo aquello que yo como profesor, junto con mis colegas, todos dentro de un repugnante sistema educativo, devolver a mis alumnos, los actuales y los pasados, todo aquello que por razones que sería oneroso enumerar les hemos arrebatado, les hemos escamoteado: con Guerra y Paz pretendo, casi cada día, «enseñar» poco a poco todo cuanto durante tanto tiempo les he, les hemos, ocultado; desvelar significa exactamente destapar algo que estaba oculto bajo un velo, bajo un trapo; pues eso, quitar trapos y más trapos, sucios y llenos de polvo acumulado tras muchos años, de inmundicias, y dejar al descubierto los objetos que ocultaban, limpios, brillantes, impolutos y maravillosos.­­ No me canso de decirles a mis alumnos que entre pitos y flautas se ha ido degradando la educación hasta unos límites de denuncia, de juzgado de guardia, de cuartelillo de la Guardia Civil: pero, claro, no se puede denunciar algo de lo que todos, en mayor o menor medida, somos culpables, sí, culpables, no responsables. Se me sigue cayendo el alma a los pies, después de casi treinta años de docencia, cuando me viene un alumno nuevo que está en cuarto curso de composición o dirección de orquesta y no ha oído en su vida nombres tales como Gustav Leonhardt, Fritz Wunderlich, Dietrich Fischer-Dieskau, Ferenc Fricsay u otros de parecida talla.
Por otro lado, muchas personas, conocidas o extrañas, se ponen en contacto conmigo, a través del blog, por email, personalmente, para decirme que disfrutan con Guerra y Paz, que descubren cosas, que gozan, que aprenden, que se emocionan, que se enriquecen (interiormente, claro está), que en lugar de poner la tele enchufan el ordenador y se dan una vuelta por el blog. Ni qué decir tiene que eso me hace muy feliz.
Por estas razones se podría decir que Guerra y Paz es un «”Ente” benéfico sin ánimo de lucro».

II

Yo soy un hombre de cincuenta y un años, soltero de nacimiento y por vocación. Hace años, creo, que en ciertos círculos se me consideró un «soltero de oro». Hoy en día no soy más que un solterón, lleno de achaques, manías, un viejo oso o lobo o perro solitario. El otro día fui al banco donde recibo mi nómina a sacar un puñado de euros para lo básico de cada día: de paso le pedí a la cajera que me atendió que me diera mi saldo. No sé si es correcto o no que los empleados de los bancos miren los datos que los clientes les solicitan, el caso es que esta señorita miró la cifra que había abajo del todo del papelito que escupió la impresora. Yo, que estoy acostumbrado a leer el lenguaje corporal, el lenguaje facial de mis alumnos, no pude dejar de leer la faz de la dama en cuestión: una leve mueca de lástima, desprecio, conmiseración velada por una casi sonrisa cómplice y, por supuesto, por esa tan estudiada cara de póker tan habitual en estos lugares. Me acojonó: en alguna ocasión, sin tener la más mínima sospecha, he comprobado que mi cuenta estaba en números rojos. En esta ocasión no llegaba el rojo al río: entre lo que había sacado y el saldo que el papelito acusaba se podían sumar unos escasos 3000 euros. Uf, menos mal, pensé. Miré con una sonrisa socarrona a la cajera, y como si fuese el mismísimo Rockefeller salí de la entidad andando con un genuino estilo John Wayne: ¡Toma, chavala, tres mil pavos!
Luego, ya más templados los afectos, recapacité. «Carlos (me dije), tienes cincuenta y un años y todo el líquido, toda la pasta, todo el efectivo, todo el cash, todo el capital del que dispones es de escasos 3000 pavos; casi cuarenta años trabajando y has ahorrado 3000 euros; no tienes una casita en el pueblo, ni un chalet, ni un apartamento, ni plaza de aparcamiento; tienes un utilitario que te compraste hace casi veinte años, sin elevalunas eléctrico ni cierre centralizado; tampoco tienes, ni has tenido jamás, un piano de cola y aunque lo tuvieses no podrías tocarlo (en todo el verano no he bajado ni una tecla en mi piano vertical, los vecinos están acechando como hienas hambrientas la mínima ocasión para poner la bachata a toda hostia); (ahora que ha comenzado el curso, aprovecho y voy una hora u hora y media antes de mi horario al aula que tengo asignada porque hay un piano de cola y toco o estudio un poco, con emoción, y recuerdo que soy, o que fui, pianista).
A mis «colegas de promoción», y a otros más jóvenes, las cosas no les han ido como a mí. En el aparcamiento de mi centro veo Mercedes, Audis, Bemeuves, Jaguars… Me consta que la mayoría de ellos viven en pisos lujosos con plaza de aparcamiento y trastero, o chalets adosados, que tienen casa en el pueblo, chalet en la montaña, apartamento en la playa. Sé muy bien el porqué de nuestras distintas situaciones pero no voy a entrar en detalles, allá cada cual. Lo único que sé es que partiendo de la nada he logrado alcanzar las más altas cimas de la miseria. Sé que mi riqueza está en los miles y miles de libros, partituras y discos que se amontonan en mi modesto pisito, en lo que me han aportado, en lo que han ensanchado y amueblado mi espíritu y mi mente. También sé que ya nunca cumpliré mi sueño de tener un piano de cola ubicado en un lugar en el que pueda tocar cuando me dé la gana, a las cinco de la madrugada, por ejemplo, cuando me levanto. También sé que podría haber optado por otra vía, la que conduce a los Audis y tal, y no me cambio, no me arrepiento ni un ápice de haber tirado por donde lo he hecho. No me cambio por nadie del planeta, soy el hombre sin camisa más feliz del mundo.

EPÍLOGO

Hace tiempo, no recuerdo cuánto, veía que ahorraba un poquito. Más tarde comprobé que mi «capital» dejó de crecer, se quedó «congelado»: de un tiempo a esta parte veo que mi líquido mengua. «No seré rico pero mientras tenga salud»… Y un huevo, tampoco, lo que yo tengo no es salud, es otra cosa. Y por ahí se me va mucha pasta. Mucha. Y no me quejo, no, no es eso. Y ya no quiero seguir con este rollo que empecé a escribir hace más de una semana. No quiero llorarles ni parecerles el pobret dels dissabtes («el pobrecito de los sábados», personaje popular que iba por los pueblos los sábados pidiendo limosna). Lo único que ocurre es que, en lenguaje moderno, mi economía ha dejado de ser sostenible, toma castaña pilonga. Entonces se me ocurrió, hace algún tiempo, pedir donaciones caritativas para hacer más llevadero todo este trajín que supone Guerra y Paz: conexión a Internet de alta velocidad, electricidad, cuentas Premium, cuota de Divshare, discos duros externos... suma y suma y sigue. Y, sobre todo, cientos de horas que he de emplear para escribir mis modestas entradas, horas que podría dedicar en ocupaciones lucrativas pero que no me da la gana hacerlo. En resumidas cuentas, que si alguien entre ustedes puede permitirse el lujo, en estos malísimos tiempos que corren, sin privarse de nada, ni tan siquiera de un capricho, si alguien que reúna estas condiciones y alguna más, tiene a bien realizar una caritativa donación a Guerra y Paz, a partir de ahora puede hacerlo. La prosecución, la continuidad de Guerra y Paz no estará en relación con estas caritativas donaciones: Guerra y Paz, y su equipo colaborador «Aquí Radio Armenia», seguirá adelante contra viento y marea mientras sea humananente posible.
Yo mismo en mi mismidad, así como mi equipo colaborador «Aquí Radio Armenia», les quedamos enormemente agradecidos por los donativos que en la medida de sus posibilidades puedan hacer por la causa.

6 comentarios:

  1. Estimado Carlos:

    Ahí va mi primera contribución para que este blog siga adelante con la misma calidad y entusiasmo. Espero que puedas mantenerlo vivo por mucho más tiempo. Al igual que quien se suscribe a revistas, yo le destinaré una dotación periódica.
    Leo con verdadero deleite este sitio y creo que esta aportación, además de mi sincero agradecimiento, son mi manera de decir "Adelante amigo, sigue rumbo norte!"

    Un abrazo.

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    1. Muchísimas gracias. Como he explicado en la entrada, mi sincera intención es que este blog siga adelante (hacia el Norte no está mal) mientras humanamente me sea posible, es decir, mientras la salud, la energía, el tiempo y ese tipo de variables me lo permitan. Acojo con verdadera alegría esta tu, y la, primera donación, y con sumo agradecimiento también por tus amables palabras.

      Un abrazo

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  2. Todas las etapas de tu vida han sido "de oro", porque así has sido siempre tú: de oro.
    Me parece de justicia que todos los que hemos disfrutado y seguimos disfrutando de tu blog, dediquemos una aportación que permita su continuidad.
    La existencia de muchos de nosotros, sería muy diferente si no puediéramos asomarnos a esta página.
    Un agradecido abrazo

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    1. Tus palabras, E. tus palabras sí que son de oro. Y, mira, voy a corroborar algo de lo que con ellas me dices: es cierto, todas las etapas de mi vida han sido de oro o, al menos, todas han tenido maravillosas cosas de oro: amigas y amigos como tú, mis padres y mi familia, la música, la literatura, la poesía, el arte en general, la enseñanza. Y las nubes (Baudelaire), las maravillosas, lejanas y silenciosas nubes.
      Correspondo a tu abrazo con otro igualmente agradecido

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  3. Si alguna vez sentí el deseo mas espontáneo de contribuir con un aporte monetario a quien lo solicite en linea fué con respecto a su blog, maestro Gimeno. Ojalá pueda hacerlo en un futuro mediato. Al presente mis entradas son muy modestas y se suma a ello la ayuda a personas de la familia. Estoy fuera de España, en Suramérica; asi que el dinero, al cambio de moneda, se convierte en la mitad. Esto lo he experimentado al enviar a mi hermana en Barcelona alguna mesada cuando estuvo hospitalizada.

    Gratamente, siempre,
    L.

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    1. L., su generosidad me enriquece con algo muy valioso: su generosidad, su bondad; no sólo tiene usted pocos ingresos, aun así ayuda a su hermana y todavía piensa en ayudarme a mí. Todo esto hace que me sienta muy feliz por el hecho de que existan personas como usted; pero ya me emociona hasta lo más hondo que una persona como usted haya pensado en mí, se haya acordado de mis necesidades. Es usted una bellísima persona.

      Muchos de ustedes, no sé por qué, me llaman maestro Gimeno; no puedo decir que me desagrade, todo lo contrario, me agrada, me otorga un reconocimiento que en muy pocas, contadas ocasiones he recibido a lo largo de mi vida. Pero, sinceramente, yo no soy ningún maestro; no soy más que un modesto profesor que, eso sí, ha entregado casi todo lo mejor de sí mismo a la docencia y lo ha hecho con todo su amor. Pero creo que eso es simplemente mi deber, y no me eleva al rango de "maestro". Entiéndame, no me molesta, le agradezco que me considere maestro y que así me llame y, por supuesto, siempre que quiera puede seguir haciéndolo, me hace feliz escucharlo viniendo de alguien como usted. Tan sólo confieso abiertamente, sinceramente, que sólo soy un modesto profesor de solfeo, ni más ni menos.

      No hay palabras en ningún diccionario de lenguas vivas, ni las contuvo ninguno de los infinitos libros desparecidos escritos en remotos idiomas ni tan siquiera por nosotros conocidos, con las que pueda expresarle mi gratitud.

      Reciba todo mi afecto, entregado con emocionadas manos.

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