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jueves, 4 de octubre de 2012

PALABRAS, SÓLO PALABRAS. - PALABRA «FELICIDAD»

En mis incontables noches insomnes, casi por dos veces infinitas (infinta cada una, infinitas todas ellas), se dedica mi mente a sus juegos. Incontable es casi peor que infinito: incontable llamamos a una cuerda cuyos cabos tan distantes nos da pereza contar cuán lo son exactamente, pero sabemos con certeza que es un número preciso, exacto. Sin embargo, la duración o número de lo infinito es casi tan sólo un instante o el cero o el muy pocos: tras la muerte viene la infinita nada, lo que nosotros tan finitos imaginamos como casi un minúsculo instante; los infinitos granos de arroz que alguien imaginó que bajo ciertas premisas podía contener un tablero de ajedrez no son para la mayoría de nosotros más que, en todo caso, unos cientos, en todo caso miles o ninguno. 
Ayer fue largo, duro y penoso día. Exhausto llegué a su ocaso y bajé los párpados con la siempre incierta o casi vana ilusión del sueño y descanso hacia la media noche. Minutos antes, como casi desde siempre, ingerí los potentes fármacos que si no alimentan mi sueño al menos sí mi ilusión de gozarlo. Esta, como casi cada noche, decenas de pesadillas que quizá sean sólo una, más esparcidos dolores que quizá sean sólo uno, han hecho de mi noche guijarros, toscas teselas que no componen mosaico alguno. En un lugar de esta noche, ya hacía rato que no me volvía a dormir tras uno de los muchos despertares, tanto rato que ya esperaba que el azul reemplazara al negro pero el azul no venía ni se difuminaba. Por fin me decido, miro: 04:49; «aguarda, Carlos, espera al azul, espera al menos al 06:00», vuelta al otro lado, espera, espera, más espera. De nuevo me decido y miro: 05:04. «Ya no esperes más, Carlos, ya no hay nada que esperar», y salgo y veo el negro, que no lo es tanto, tiene luces, allá en lo alto, hermosas luces pequeñas, menos pequeñas y una casi gorda. La brisa es fresca y limpia. Respiro hondo; con la cabeza y con los ojos hacia arriba tropiezo y casi me caigo y casi me río.
Durante esas horas mi mente juega a lo suyo: ahora se sume en recuerdos, o hace planes; ahora enlaza notas, ritmos e intervalos; ahora son palabras las que van y vienen en busca de un orden comprensible; reflexiono; despierto sueño que duermo o que sueño. Esta noche han sido las palabras quienes más han hecho lo suyo, buscar conexiones, aciertos o tinos.
Y hace un rato pensaba que al hombre, y cuando digo «hombre» digo y dije «humano», «persona», al hombre le gusta inventar palabras para atribuirlas a cosas que no existen, inventar palabras para cosas imposibles. En una perdida cueva, remotísima en el tiempo, inventa la palabra «dios», y «diosa», y se cree protegido, guiado o iluminado, incluso en su desvarío se siente hasta castigado, castigado por lo que señala una palabra que señala la nada. 

«Libertad», también el hombre inventó esa palabra, ¿para qué?, no sé, no lo sé, quizá porque tuvo noches de insomnio en las que confundió el sueño con el soñar y con el dormir y con la vigilia.
[Paréntesis: (Me levanto y aproximo a la ventana y todavía acaece la noche; el invierno que se aproxima a pasitos oscuros y silenciosos) Cierro paréntesis].
Pero de todas las inventadas por el hombre hay una que me extraña con más fuerza, una palabra muy difícil de inventar porque quizá sea la que señale lo que jamás existió, lo que siempre fue no más que humo, lo que quizá sólo existió un minúsculo instante en la mente de su inventor para desvanecerse en ceniza y en polvo allá, por aquella noche, que es la misma que esta, y que llamamos la noche de los tiempos. Esa a la que me refiero es la palabra «felicidad». Una vez más, el hombre, en sus sueño soñó algo que le hizo estremecerse, y que al despertar se le diluyó entre las manos como se escapa el agua de una cesta; a continuación, quizá, ese hombre lloró, lloró como jamás nadie ha llorado porque sabía que había inventado una palabra que señalaba algo sublime, maravilloso, que sin embargo no existía ni existiría jamás: lloró, derramó amargo, quizá el más amargo llanto, pero guardó la palabra, no la hizo pedazos, ni la molió ni quiso olvidarla, y todavía aguanta: «felicidad».
Hasta aquí sólo he escrito como pretexto; poco o muy poco o nada importa la insomnia mía. Sí que importa, y mucho, lo que alguien escribió en su noche blanca, noche de ciego en la que el negro, sin embargo, no aparece ni existe. Borges, escribió estos dos poemas, un poema y un soneto para ser exactos, en los que habla de la felicidad. Quizá escribió más veces refiriéndose a ella, no lo recuerdo ahora y quizá no vuelva a recordarlo. No importa: con estos dos poemas dice lo que digo, dice lo que quiero decir o quisiera haber dicho.

Jorge Luis Borges

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Tárrega - Recuerdos de la Alhambra - Pepe Romero

El Remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

Bartók - 14 Bagatelles, BB 50, Sz. 38 (Op. 6) - 13 - Lento funebre (Elle est morte) Koksis


5 comentarios:

  1. Esta entrada me ha recordado a otro escrito de Borges, en concreto al prólogo de su libro "El Otro, el Mismo" (1964). En este fragmento, Borges también reflexiona sobre la creación de las palabras y sobre la poesia como arte musical:

    "(...)La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico. El danés que articulaba el nombre de Thor o el sajón que articulaba el nombre de Thunor no sabía si esas palabras significaban el dios del trueno o el estrépito que sucede al relámpago. La poesia requiere volver a esa antigua mágia. Sin pérfidas leyes, obra de un modo vacilante y osado, como si caminara en la oscuridad. Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto."

    Muchas gracias por el blog.

    Un saludo fuerte.
    Borja

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    1. Quizá esta entrada mía sea el poso del reposo de lo escrito por Borges y que tú nos has traído, que leí muchas y lejanas veces y que ya ni recuerdo cuando olvidé. Sublime, como siempre, Borges. Su filosofía va más allá de la poesía, o no, quizá sea su poesía la que sobrepasa los límites de lo que pacientemente hilan los filósofos. A veces he pensado que cuando la filosofía se calla comienza la poesía a dar las razones de las cosas; también pensaba que luego, cuando también la poesía enmudecía, es cuando la música venía a consolarnos con sus explicaciones de la infinita incomprensión de los fenómenos, los objetos y las causas. Hoy en día ya no sé muy bien qué pienso, quizá lo mismo, pero soy mucho más transigente con la duda.

      Borja, muchas gracias por recordarme este fragmento, no sabes cuánto te lo agradezco.

      Un abrazo

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  2. Como siempre, consigues emocionarme. Lo hacías en clase y sigues haciéndolo con tus escritos.
    Gracias por compartirte.
    Un abrazo muy fuerte,
    MªJosé.

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    1. Mª José, sin emoción, ¿qué nos quedaría? Aunque ya no andes por mis clases procuraré seguir emocionándote, y aunque no sepacon exactitud, porque es imposible que lo sepa, quién eres.

      Un abrazo

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    2. Mª Jose´, no sé si todavía leerás este mensaje. Ayer, con demasiada prisa te respondí y no te dije algo para mí muy importante, algo que luego, más tarde, pensé: nunca me habían dicho eso de "gracias por compartirte"; me parece una expresión muy hermosa y soy yo quien te doy las gracias a ti por decirme algo tan bonito: uno se hace partes y se reparte y no por ello deja de ser uno y no por ello se acaba. EL conocimiento, el arte, la cultura, todo ese tipo de cosas no se poseen, no son de nadie y sólo pertenecen a la Humanidad en su conjunto, tan sólo somos basos comunicantes. Y te lo repito, espero poder seguir "compartiéndome".

      Un abrazo

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