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miércoles, 24 de octubre de 2012

SCHUBERT - D. 960 - EVGENI KOROLIOV (REP.)

Este de aquí arriba es uno de los retratos de Schubert que más me gustan. Joven, apuesto y con una mirada que, al menos a mí, me dice mucho: no llega a ser triste pero es como si el muchacho Franz intuyera que la vida que le esperaba no iba a ser lo que se dice una vida fácil. A la sazón cuenta con, creo recordar, unos diecisiete años y ya está teniendo problemas para convencer al mundo de que necesita, de que ama la música por encima de todo. Su padre no le entiende, dice que ha de ser maestro de escuela; Franz lo intenta, intenta satisfacer la voluntad paterna pero la música, ah, la música, Viena... no, no puede decir que no a lo que es por encima de todo: uno de los más grandes compositores de la Historia de la Música, aun a costa de contradecir a su familia, aun a costa de embarcarse en una vida de necesidades, sufrimientos, penalidades... ¡No!, no puede evitarlo, del mismo modo que la piedra no puede, ni quiere, ser otra cosa que piedra. El muchacho del retrato todavía no sabe nada, sólo sigue la voz que va unos pasos por delante de él, ¡ven!, le dice ¡sígueme!, ¡di al mundo toda la belleza que intuyes dentro de ti!, ¡lucha por esculpirla, da la vida por ello! No sabe que el año de su muerte, menos de quince años después, escribirá una de las obras más importantes y más hermosas jamás escritas: la sonata para piano en si bemol mayor, que será su vigésima primera y última, y que luego alguien catalogará como D. 960. Es una obra de grandes dimensiones, en muchos sentidos: su ejecución viene a durar, según qué intérprete, unos cuarenta minutos. Ese fue un motivo para que fuese olvidada por los pianistas a la hora de confeccionar sus programas: «toco esta sonata en la primera parte y luego qué...» Nuestro querido Sviatoslav Richter no se paraba en tales menudencias: «toco esta sonata porque no puedo dejar de tocarla». De modo que gracias a Richter, principalmente, vuelve la 960 a las salas de concierto. Glenn Gould escucha a Richter interpretarla y al comienzo, cuando escucha el tempo que Richter ha escogido, Molto Moderato, demasiado lento para su manera de ver, se asusta, pero al momento queda absorto por la interpretación y llegará a decir, con verdadera admiración, que no ha escuchado nada mejor en su vida. 
Ya sólo su primer movimiento es colosal. Su primera sección se desarrolla en cuatro tonalidades distintas, la principal si bemol mayor, ¡sol bemol mayor!, ¡fa sostenido menor!, y la convencional fa mayor (escribo entre signos de admiración dos tonalidades al modo de la transcripción de las grandes partidas de ajedrez, en las que se utiliza el mismo procedimiento para señalar las grandes jugadas maestras); sólo este comienzo ya es toda una proeza, transitar por esas tonalidades en ese momento histórico es absolutamente innovador, genial, pero ante todo bellísimo.

Si bemol mayor

¡Sol bemol mayor!


¡Fa sostenido menor!


Fa mayor

También podemos hallar en este movimiento algunos de esos elementos tan enigmáticos en la obra de Schubert, tan queridos por él: trinos en la zona grave; prolongados e inesperados silencios...
Del segundo movimiento de esta sonata ya hemos hablado en este blog, y ya lo escuchamos en interpretación de Richter: ¿se puede expresar mayor tristeza, mayor desolación y al mismo tiempo mayor esperanza en un solo movimiento? Pero, bueno, como nunca me canso de repetir: la música es lo que suena o como lo expresó Schumann mucho mejor: «Explicar lo que significa una composición es tocarla de nuevo». Poco a poco van apareciendo, con cuentagotas, grabaciones del gran pianista soviético-ruso nacido en 1949, Evgeni Koroliov. Primero escuchamos su maravilloso Bach, mucha música de Bach, luego Mozart y Haydn. Le llegó el turno a Schubert. Gran admirador de Sviatoslav Richter, Koroliov parece, en cierto modo, seguir los pasos del coloso, al menos en lo que a la elección del repertorio se refiere. Sin más palabras: Evgeni Koroliov interpreta la sonata nº 21 en si bemol mayor, D. 960 de Franz Schubert.









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