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lunes, 5 de noviembre de 2012

EN LA SALA DE ESPERA DE UN HOSPITAL (y luego el tacataca)



Hoy he tenido la cuarta y última sesión de ondas de choque. Estaba citado a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde; he llegado a menos cuarto, he hablado con la enfermera y me ha mandado a la sala de recepción, o sala de espera.
Había tres asientos juntitos, pegados a una pared, a la derecha estaba sentada una anciana, yo, he dicho buenas tardes y me he sentado a leer en el de la izquierda.
En eso que ha salido de un pasillo un matrimonio de unos sesenta o setenta años; el marido, al ver el asiento del medio, ha dicho: ay, voy a sentarme un momento. He mirado a la señora y le he ofrecido mi puesto que ha rechazado, y me ha dado las gracias con una sonrisa. El pobre hombre en cuestión estaba más blanco que el culo de un bebé, pálido como el mármol, al parecer salía de una sesión de quimioterapia. Ni tan siquiera ha apoyado la espalda en el respaldo, tieso como un palo y respirando con dificultad que se ha quedado. A los pocos minutos ha dicho: ya, y se ha levantado como ha podido; yo le he dicho: ¿ya se ha recuperado?, sí, me ha respondido, muchas gracias. No sé, la verdad, no sé por qué el pobre hombre me ha dado las gracias. Ha acudido junto a su mujer que estaba a unos metros y me han sonreído antes de marcharse.
En eso que ha llegado la hija de la anciana. Con qué alegría, con qué límpida ternura a acogido la señora a su hija, con qué sonrisa más dulce, con qué cariño. La hija, sin embargo, con prisas, le ha sonreído y besado, pero su expresión no era la misma, su expresión era esa que se tiene ante un anciano que no da más que faena, que le hace a uno dejar tantas cosas tan importantes que tiene que hacer y acudir a atender a su vieja y enferma madre, esa anciana a quien ya nadie escucha lo que sus pobres manos cuentan.
Luego me ha tocado a mí. ¡Carlos! pasa. Me he quitado la camisa y el doctor me ha hurgado con la aguja en ambos hombros para inyectar anestesia; a veces me pregunto si merece la pena sufrir el dolor que suponen esos terribles pinchazos. En eso, que una señora que estaba recibiendo las ondas de choque, tac, tac, tac, tac... ha dicho algo en voz alta, que se mareaba, que se desmayaba. Han salido pitando, doctor y enfermera, han apagado el tacataca, han atendido y consolado a la señora, la han cambiado de postura, y han proseguido con el tacataca.
Al poco, ha salido la alicaída dama, me ha sonreído, y se ha dado el piro, vampiro. Me han pasado al lugar de autos: veinte minutos hombro derecho, veinte izquierdo, en torno a 2000 tacs en cada hombro. La sensación, a pesar de la anestesia, es como si tuvieras un clavo entre la articulación hombro clavícula y le dieran martillazos: tac, tac, tac, el ruido es fuerte, forte, que decimos los músicos. Cuando ha terminado aquello le he dicho a la enfermera: me estoy enganchando a esto de las ondas: pues es la última sesión; ya, qué le vamos a hacer, me compraré un chisme de estos; ha entrado el doctor y la enfermera se lo ha contado: un diapasón te has de comprar; un metrónomo, le he corregido, y ponerlo más o menos a 120 golpes por minuto: más o menos no, 120 exactos, dos por segundo, me ha respondido el galeno, es mi trabajo, me he justificado.
Veredicto: lo más seguro es que yo esté entre el diez o quince por ciento a quienes no hacen efecto las onditas de las narices, que lo más seguro es que me tendrán que operar. Chachi.
Al salir del hospital hacía un poco de frío, era de noche. Los del metro están de huelga y se estaban manifestando por el centro de la ciudad, todo el tráfico cortado, un embotellamiento de narices.
La vida, que sigue su curso.

4 comentarios:

  1. Ya empiezan de nuevo con las huelgas. La semana pasada tres días consecutivos en huelga. Y ayer me cazaron como a un chino porque no lo sabía...

    Bien, normalmente voy en bicicleta por Valencia a todos mis recados y se mueve uno bien. Intento evitar el caro metro siempre que puedo. Hasta el gorro de no ver otra cosa que revisores a la busca y captura de pobres "gacelas" sin billete.

    Que se manifiesten si quieren. Cada cual que defienda el "qué hay de lo mío".

    Sí a la bicicleta. No a MetroValencia pijo.

    Un saludo y le deseo que mejore su hombro.

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    1. Por supuesto, como usted dice, cada cual defienda el "qué hay de lo mío". Pero yo no dejo de preguntarme, ¿consiguen algo además de joder a base de bien a los sufridos ciudadanos? ¿acaso la alcaldesa o el presidente de la generatitat han cogido el metro alguna vez en sus respectivas vidas? Yo lo utilizo mucho, el coche jamás, y la bicicleta dejé de usarla desde que me detectaron el enfisema pulmonar (me ahogo). Estoy pensando muy mucho en una bici eléctrica...

      Gracias por su comentario y gracias por sus buenos deseos

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  2. Las manos de la anciana madre deberían poder contar con un piano y no necesitaría la sonrisa de la hija de prisa.

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    1. Inés, le agradezco su bonito comentario. Lamentablemente no es esta, la mía, una sociedad en la que el piano esté a las manos de todo el mundo, más bien de casi nadie. Pero tiene usted mucha razón, a veces, la música da más consuelo, transmite más ternura, -más amor, en definitiva-, que una persona, o que muchas. Leí hace poco no recuerdo dónde:
      «Solía pensar que lo peor en la vida era acabar completamente solo.
      No es así.
      Lo peor en la vida es acabar con gente que te hace sentir completamente solo»
      Un afectuoso saludo

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