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viernes, 29 de junio de 2012

APLAUSO DEL DÍA : CASO CASCOS



En Wikipedia, en su entrada «La familia de Carlos VI» encontramos un párrafo, de mano de Manuela Mena, que dice lo siguiente de este célebre cuadro:

«Goya muestra a los miembros de la familia real de pie, dispuestos en forma de friso como aparecen también los personajes de Las Meninas, vestidos con lujosos ropajes de seda y con abundantes joyas y condecoraciones, los varones con la Orden de Carlos III, el Toisón de Oro y la Orden de San Gennaro y las mujeres con la banda de la Orden de María Luisa. El pintor pone en estos detalles todos los recursos de su maestría a fin de representar a la familia real en toda su dignidad, destacando a la vez el carácter bondadoso y sereno del monarca reinante. Lo que podía ser un homenaje a Velázquez servía al mismo tiempo para enlazar las dinastías austriaca y borbónica, abundando en aquella concepción dinástica»

Con todo mi respeto por esta eminente doctora en Historia del Arte y actual Jefa de Conservación de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Museo Nacional del Prado, qué enorme diferencia entre su descripción y la que en el libro «El arte del siglo XIX» (Akal) nos propone el gran erudito Robert Rosenblum y H. W. Janson:


 «La incompetencia y promiscuidad de los retratados era bien conocida. Carlos estaba entre los reyes más reaccionarios y débiles, y su esposa, María Luisa, era famosa por su libertinaje y su duradera relación amorosa con el primer ministro, Manuel Godoy, que de hecho era padre de uno de sus hijos. Los dos presiden torpemente el grupo familiar, que incluye, ala izquierda a su hijo mayor, Fernando VII (que a su vez llegaría a ser mecenas de Goya), y una estridente variedad de tipos humanos, desde la fea y anciana infanta, María Josefa, cuya cabeza asoma desde atrás, pasando por los niños más jóvenes de la familia real, que parecen estar aún incorruptos por su madre, que aparece entre ellos, hasta María Luisa Josefina, a la derecha, que sostiene a su hijo con una prosaica vulgaridad que disipa el aura de maternidad regia propuesto por Vigée-Lebrun para María Antonieta (...). Para nosotros, el espectáculo es una acusación -un veredicto totalmente imaginable después de las ejecuciones de María Antonieta y Luis XVI- de que la familia real es una burla de la misma idea de la monarquía, y de que este mito queda, por lo tanto, destruido.»


La profundidad psicológica de estos dos últimos autores es asombrosa. Ya tuvimos oportunidad de ver el precioso cuadro «La duquesa de Chinchón», y de leer el jugoso apunte que del cuadro hacen estos dos autores. Recordemos que el puerco de Godoy había maltratado a la duquesa con una vileza que sólo un personaje tan infame de la historia de España era capaz de cometer.

 
Otro indeseable, quizá el que más de nuestra historia, llamado con ironía «El deseado» y con sumo acierto «el Rey Felón», y que ya todo el mundo sabe que hablo de Fernando VII, también se hizo pintar, en este caso por Vicente López Portaña.


Y es que a los grandes potentados, soberanos, jerarcas, monarcas y otras personalidades, siempre les ha gustado que los pinten, quizá para así arañar un ápice de inmortalidad. Pues bien, toda esta introducción, que en mi modesta opinión es lo único meritorio en esta en entrada, para engalanar un hecho que, a medida que pasan los meses, crece en su ignominia. Se trata del caso del retrato de Francisco Álvarez Cascos, encargado por el señor José Blanco; un retrato encargado al cotizado pintor Antonio López. 

El del medio
 [(Digresión): me viene a la cabeza la anécdota según la cual se encargó a Stravinski no sé qué composición, quien presupuestó la obra, pongamos en 2000 francos; los interesados no podían disponer de esa suma, de modo que acudieron a Erik Satie y le ofrecieron pongamos 1000 francos, a lo que Satie respondió que de ninguna de las maneras, que a santo de qué, que él estaba dispuesto a componer la música solicitada sólo en el caso de que le pagaran 300 francos (fin de la digresión)]. 



El caso es que el retrato de Cascos nos costará a todos los españolitos 190.000 euritos del ala. Eso en una época en que la fotografía ha alcanzado unos niveles de calidad que la han situado junto a las grandes artes, y siempre se puede conseguir una fotografía lo mejor de lo mejor por, pongamos, ¿1000 pavetes?; eso en una época en la que nos recortan hasta las uñas. Por si esto fuese poco, hoy leo en una página de Internet: «Sanidad no tiene 9000 euros para prevenir el sida pero sí hay 190.000 para retratos de políticos»; en efecto, «la empresa Durex, 


famosa marca de preservativos, ha donado 100.000 preservativos y 100.000 unidades de lubricante junto a sus nuevos folletos de prevención contra el VIH. Sin embargo, el Ministerio de Sanidad ha decidido no repartirlos. Según la ministra Ana Mato, la decisión se debe al "alto coste" que supone su empaquetamiento, que ronda los 9.000 euros». En tiempos de Carlos VI había enfermedades incurables semejantes al sida, por ejemplo la sífilis; pero entonces no habían inventado ni las tiritas. Pero que hoy en día, pudiéndose paliar una enfermedad tan cruel no se tomen medidas preventivas es simple y llanamente una canalla infamia.


Por eso, el aplauso de hoy va dedicado al alimón a Francisco Álvarez Cascos, José Blanco y Ana Mato (vaya apellido más inoportuno para una ministra de sanidad). Veremos si Antonio López, el cotizado pintor, sabe, o quiere, pintar todo eso que no se ve en el personaje de Álvarez Cascos, y que, sin embargo, tan magistralmente captó Francisco de Goya y Lucientes.



Y hoy hasta con música


P. S. Para Lali

jueves, 28 de junio de 2012

I MIGLIORI ANNI DELLA NOSTRA VITA

Este es un blog ecléctico a más no poder. Para muestra un botón. La canción que traigo hoy puede hasta considerarse un poco hortera, cursi, amanerada; con el debido respeto, me importa tres pitos. Para mí es una canción bonita, quizá la única de su autor y cantante, aunque confieso que no tengo ni la más remota idea. «Los mejores años de nuestra vida»; me gusta pensar que, por muy buenos tiempos que uno esté viviendo, siempre quedan todavía por venir los mejores años de nuestras vidas, o los mejores meses, semanas, días, o momentos; seguiditos o aislados, pero todavía han de venir muchos y muy buenos, ¿y por qué no? Dice la letra que cada día es como un día de pesca milagrosa; es cierto, cada día es una nueva oportunidad de ser feliz, o de hacer feliz a alguien, de vivir o compartir, o ambas cosas, algo que tenga un poco de chispa, un poquito de la alegría de la vida, un poquito de emoción y de belleza. 


Penso che ogni giorno sia
Come una pesca miracolosa
E che è bello pescare sospesi
Su di una soffice nuvola rosa.
Io come un gentiluomo,
E tu come una sposa.
Mentre fuori dalla finestra
Si alza in volo soltanto la polvere.
C'è aria di tempesta!
Sarà che noi due siamo di un altro
Lontanissimo pianeta.
Ma il mondo da qui sembra soltanto
Una botola segreta.
Tutti vogliono tutto, per poi accorgersi
Che è niente.
Noi non faremo come l'altra gente,
Questi sono e resteranno per sempre
I migliori anni della nostra vita.
I migliori anni della nostra vita.
Stringimi forte che nessuna notte è infinita,
I migliori anni della nostra vita.
Penso che è stupendo
Restare al buio abbracciati e muti,
Come pugili dopo un incontro.
Come gli ultimi sopravvissuti.
Forse un giorno scopriremo
Che non ci siamo mai perduti
E che tutta questa tristezza in realtà,
Non è mai esistita!
I migliori anni della nostra vita,
I migliori anni della nostra vita,
Stringimi forte che nessuna notte è infinita.
I migliori anni della nostra vita!
Stringimi forte che nessuna notte è infinita .
I migliori anni della nostra vita




P. S. Pido disculpas a los puristas, quizá esta canción sea, como ya he dicho, un pelín demasiado pop. En todo caso, señores puristas, fúmense un puro, habano, por supuesto.

miércoles, 27 de junio de 2012

¿TIENE USTED TIEMPO PARA LA BELLEZA?


De la que voy a hablar hoy es una anécdota muy conocida, muy famosa. En mi modesta opinión creo que las cosas se exageraron un poco; hoy en día, la gente, tenemos siempre tanta prisa que se nos ha olvidado que a menudo vale la pena detenerse un momento, o, aunque sea demorar un poco el paso, para contemplar una puerta, un perro, un árbol, un niño, un anciano, un pajarillo. En el caso de la anécdota de hoy hay otro factor: la mayoría de la gente no distingue una buena de una mala música, un buen intérprete de uno malo. Desde luego que si yo hubiera pasado en el momento en cuestión por el lugar de los hechos sin duda me hubiera parado, me hubiera quedado todo el tiempo, posiblemente hubiera llorado de emoción, incluso hubiera echado algún dólar. Pero yo soy músico, distingo un buen músico antes de escucharlo, e incluso cuando no se trata de un gran músico, sólo un músico digno, que toque con honradez, me detengo a escucharlo: recuerdo dos casos; uno en el que un chaval tocaba una tuba; otro en el que una asiática tocaba un cacharro que me dejó sin respiración. Al primero lo escuché aquí, en Valencia; a la segunda en un país lejano y casi desconocido Luxemburgo. La cuestión es que esta anécdota la he encontrado narrada por Eduardo Galeano en su libro «Los hijos de los días», Editorial SIGLO XXI. Dice así:

o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o0o
Enero
12

La urgencia de llegar

En esta mañana del año 2007, un violinista ofreció un concierto en una estación de metro de la ciudad de Washington.

Apoyado contra la pared, junto a un tacho de basura, el músico, que más parecía un muchacho de barrio, tocó obras de Schubert y otros clásicos, durante tres cuartos de hora.

Mil cien personas pasaron sin detener su apurado camino. Siete se detuvieron durante algo más de un instante. Nadie aplaudió. Hubo niños que quisieron quedarse, pero fueron arrastrados por sus madres.

Nadie sabía que él era Joshua Bell, uno de los virtuosos más cotizados y admirados del mundo.

El diario The Washington Post había organizado este concierto. Fue su manera de preguntar:

-¿Tiene usted tiempo para la belleza?-

*****************


Rachmaninoff - Vocalise



Fauré - Après un rêve




Massenet - Pourquoi me réveiller




Strauss - Morgen (con Anna Netrebko)




Y ustedes, ¿han encontrado un momentito para la belleza?

martes, 26 de junio de 2012

ARMONIO - CÓMO SE MANCHA


En la entrada anterior dedicada a este portentoso instrumento no pude mostrar ningún vídeo en el que se viera manchar al intérprete. He encontrado un vídeo en el que un señor toca de categoría y al que se le ve manchar, también de categoría. Es muy difícil manchar en el armonio: hay que hacerlo de modo absolutamente continuo y evitar a toda costa que se escuche cada pedalada, lo cual requiere suma destreza y no menos sensibilidad: lo primero se obtiene con muchas horas de estudio y sudando como un animal de granja durante años, en invierno y en verano; lo segundo, ay, lo segundo o se tiene o lo mejor es que se dedique uno a... otra cosa, mariposa. La obra interpretada, a mí que soy un poco raro, no me entusiasma demasiado, sólo me entusiasma muy poquito: se trata de un «Choral Song», del compositor Samuel Sebastian Wesley (1810 - 1876):


Samuel fue un gran organista y director de coro, así como un excelente compositor. Sin más preámbulos...


También con retraso descubrí esta bella pieza del compositor francés Georges Bizet (1838 - 1875).


La pieza en cuestión se llama Caprice; se trata de una composición podríamos decir de las denominadas «piezas de carácter». En este caso se trataría de un carácter un tanto irónico, sentimental y poético. La grabación es en directo: quienquiera que toque lo hace impecablemente, desgraciadamente no sabemos su nombre. También la grabación es de primera calidad: el único ruido «parásito» que se escucha es el que hace el intréprete al pasar las páginas. El vídeo es de esos en los que no se ve a quien toca, pero las imágenes que en él aparecen son muy oportunas y escogidas con tino y buen gusto:



lunes, 25 de junio de 2012

JIMMY SMITH - 30 MINUTOS EN VIVO (1965)

Tras él ha habido muchos y muy buenos. En la actualidad hay un resurgimiento del viejo instrumento y muchos, grandes músicos están entregando todo su talento a este viejo cacharro. Pero, sin lugar a dudas, el pionero, el maestro, el boss, quien elevó el órgano Hammond, en especial el modelo B3,  al lugar que merece fue Jimmy Smith (1928 - 2005). Tocaba con la relajación, con la concentración, con la austucia de un gran felino.
No necesita más presentación ni más comentario. Con ustedes, damas y caballeros, el gran maestro, el primer gran Hammond organist, el amo, Jimmy Smith.


BORGES : ARTE POÉTICA



domingo, 24 de junio de 2012

PADRECITO



Ya he contado en alguna ocasión que mi padre murió de una grave, incurable, devastadora, muy infame y dolorosa enfermedad. Tendría unos 63 o 64 años. Mi padre fue una de las personas más buenas que he conocido. Amaba a su familia por encima de todas las cosas. Era un hombre culto, dentro de lo que las modestísimas circunstancias de su dura vida le permitieron. Aunque no tenía ni un duro, siempre alimentaba, por necesidad magramente, su querida, modesta biblioteca. Nos indujo a la lectura: su lema era: «lee, aunque sea un tebeo, pero lee», por eso todos los domingos, aunque nunca jamás nos dio ni hubiera podido darnos la llamada «paga de los domingos», nos compraba el célebre TBO; en eso consistía la diversión de nosotros cinco, sus hijos, en leer por turnos el TBO. Jamás salía con amigos, ni con mi madre al cine u otro espectáculo, ni a cenar fuera, ni a comer. Cada minuto que tenía libre lo pasaba jugando con nosotros en casa, llevándonos a algún jardín próximo, realizando para nosotros experimentos de química, cosas así; en vacaciones íbamos a alguna playa cercana, en tranvía, jamás tuvo coche propio, cosa curiosa pues entre otros títulos poseía el de profesor de autoescuela y ese fue uno de sus incontables oficios. Pero no había dinero para coches, sólo el justo para mal vivir, para salir adelante.

Trabajó demasiado, trabajó como una bestia para sacar adelante a su mujer y sus cinco hijos. De madrugada salía de casa hacia la fábrica en la que trabajaba de contable, de la que escapaba corriendo a las seis de la tarde; sin pasar por casa se marchaba a alguna academia a dar clases de física y química, de matemáticas, o a alguna autoescuela; luego sí, venía a casa, hacia las nueve y media de la noche, daba un bocado y se marchaba a dar clases de contabilidad a una academia nocturna. Los sábados salía de la fábrica a las dos del mediodía, de modo que ese día comíamos todos juntos. Pero por la tarde volvía a salir a trabajar en una autoescuela. Los domingos trabajaba de chófer de un par de ancianas, al parecer bastante ricas: las llevaba a alguna casa o caserón que tenían en algún que otro pueblo. Todavía recuerdo que, en ocasiones, teníamos que ir a cobrar a las ancianas a su casa lo que el propio domingo no habían recordado abonar a mi padre, que era incapaz de, al finalizar el viaje, recordarles que le pagaran; recuerdo que lo que nos daban aquellas ancianas siempre eran unas pocas monedas, billete ninguno. Así vivió mi padre durante... ¿quince, veinte años? Hasta que le diagnosticaron una hepatitis galopante y le mandaron reposo; imposible guardar reposo, de modo que la hepatitis se convirtió en cirrosis hepática. De nuevo reposo, pero mi padre averiguó que si todavía trabajaba unos pocos años más podría acceder a la denominada «gran invalidez»; de modo que así lo hizo, siguió unos añitos más con su cirrosis a cuestas y al final el gran premio: «gran invalidez», reconocida cuando debía de tener unos cincuenta y pocos años, digo yo. 

Al principio estaba contento; podía estar con nosotros todo el tiempo, no sabía, o no quería saber, la gravedad de su enfermedad. Se entregó a su gran pasión, la lectura, pero poco a poco fue calando en él el desánimo, la apatía; claro, toda la vida sin parar ni un minuto ahora no sabía qué hacer con todo ese tiempo forzosamente libre. Yo, por aquel entonces, ya llevaba años trabajando, también como un burro, y pude permitirme el lujo de contratar para él el entonces incipiente Canal Plus; todavía me sonrío cuando un día, a escondidas, me contó que un sábado se había levantado a hurtadillas y sigilosamente se había puesto a ver una de las películas porno que ofrecía el Plus; me dijo: «Carlos, ¡se ve todo!, eso no se puede soportar, da ganas de devolver». Con el paso del tiempo su apatía se convirtió en depresión; téngase en cuenta que incluso el régimen alimenticio de un enfermo de esas características es muy rígido; el hombre se mustiaba como una acelga al sol en agosto. Entonces se me ocurrió una idea: quizá se entretuviera realizando algún tipo de manualidades; le regalé un kit de esos para construir barcos a escala. Y se obró el milagro: como un crío con zapatos nuevos se puso a construir barcos y más barcos, y otros artefactos tales como carretas de vaqueros, cañones, yo qué sé. Por fin el buen hombre podía jugar, algo que no había hecho ni en su infancia. Por unos años fue el hombre-niño más feliz del mundo. Más o menos por aquel entonces comencé, sin saber muy bien por qué, a llamarle «padrecito», al modo ruso.

De vez en cuando le acometían las terribles descompensaciones: su organismo se volvía más loco que una cabra y había que ingresarlo en un hospital. Allí pasaba una semana más o menos, lleno de tubos y cacharros, lo ponían a punto y a casa, hasta la próxima.

Recuerdo que un mes de junio, no recuerdo de qué año, hubo que ingresarlo con carácter urgente: sufrió una descompensación muy grande y tenía unas hemorragias que los médicos denominan melenas, o algo así. El día 23 de ese mes, de ese año, me quedé a pasar la noche con él en el hospital, también se quedó una de mis hermanas. Pasó, el pobre, una noche infernal, nos prohibieron darle agua ni ningún otro líquido bajo ningún concepto. Pero el hombre tenía una sed rabiosa, de modo que yo, a escondidas, igual que aquella noche hizo él para ver qué era eso del porno, mojaba gasas con agua y se las ponía sobre los labios; él succionaba con avidez pero poco apagaba tan poco líquido el fuego que por dentro le corroía. De modo que yo, desoyendo prohibiciones y amenazas, cada dos por tres me acercaba con una sonrisa cómplice, sonrisa que él me devolvía como un niño bueno y agradecido, o como un perrito dócil y cariñoso, y le endiñaba la raquítica gasita, que él succionaba como un gatito recién nacido.

Al amanecer del día 24, tal día como hoy, recogí mis bártulos y me dispuse a partir a atender mis obligaciones: había sido nombrado miembro de un tribunal de oposiciones y había muchos trajines que tramitar. Le di dos besos, le dije que por la tarde volvería y me dirigí a la puerta de la habitación. Entonces ocurrió algo que no olvidaré mientras viva: me llamó por mi nombre: «Carlos», me volví a ver que quería, y me dijo «Gracias». En ese momento casi me irritó, ¿cómo me daba las gracias alguien a quien yo tanto, todo le debía?; no obstante le sonreí, no le dije ni el «de nada», sólo «hasta luego» y cogí las de Villadiego. Nadie ni nada me dijo en ese momento, nada me hizo suponer ni por un instante, que esas eran las últimas palabras que iba a escuchar de mi amado padrecito. Hacia las doce murió de un paro cardiaco en medio de una terrible hemorragia.

Al día siguiente fue su entierro. Por aquel entonces nadie sabíamos que ese día era el cumpleaños de mi madre («La mujer que es capaz de decir su edad es capaz de decirlo todo»), sólo ella, que no podía dejar de llorar y que ni tan siquiera pudo entrar a ver el cuerpo presente del hombre de su vida pues era absolutamente incapaz de ver un cadáver desde que su padre, cuando ella tenía once añitos, cayó sobre ella exhalando su último aliento, después de haber sido canalla, vilmente torturado, y quedó fatalmente traumatizada.

La vida es así. Les pido disculpas por haberles hecho esta triste confidencia. Pero he querido recordar a mi padrecito también en este blog, que es uno de mis lugares preferidos, y hacerle su hueco, y su homenaje, y venerar su memoria, y decirle también yo «Gracias».

Casualmente he encontrado este vídeo por ahí esta mañana. Bruce Springsteen no sé ni quién es, tengan a bien perdonarme sus infinitos fans, pero la letra de esta canción, en este preciso día, me ha llamado la atención, me ha hecho pensar, «vaya, ¡qué casualidad!».


sábado, 23 de junio de 2012

EL ARMONIO (o HARMONIUM)


El armonio es un instrumento fenomenal. Desconocido u olvidado, menospreciado, arrinconado en sacristías y coros de iglesia, muere lentamente sin tan siquiera poder entonar su canto del cisne. Es un instrumento muy curioso: por un lado es de teclado; también es de viento; el sonido, al igual que en el caso del acordeón, se produce al poner en vibración el viento mencionado unas lengüetas metálicas dispuestas a modo de peine, para entendernos; el aire se insufla manchando el propio intérprete con los pies mediante dos amplios pedales. 


Ahora se llama armonio pero cuando yo iba tocando por iglesias le llamábamos «harmonium». Por aquel entonces era el instrumento que con más frecuencia te encontrabas por los templos: abandonados como a un asno viejo al que se deja en el monte a morir, así te encontrabas estos delicadísimos instrumentos, maltrechos, llenos de polvo e inmundicias, sin restauración ni tan siquiera cuidado alguno, daban pena. Cierto es que muy a menudo maldecías como un marino al toparte con alguno de estos especímenes: al estar descuidados, los pedales iban duros y pesados como rocas, y si te tocaba una misa mayor, a las doce y media de un día del mes de agosto, aquello se convertía en un martirio que ríete tú de la etapa del Tourmalet del Tour de Francia: sudabas como un animal de granja, y el sudor de las manos convertían el teclado en una pista de patinaje. Cuánto padecimiento, qué vida más perra la del músico de iglesia de aquel entonces, lo que tenías que hacer para sacarte cuatro perras: días había que tenías que amenizar «Cuatro bodas y un funeral». Mala vida.



Siempre me desvío del tema en banales digresiones, pido disculpas. El armonio, al igual que el órgano, tiene registros, es decir, unos tiradores que al accionarlos cambian el timbre del instrumento. Pero, quizá, la característica que lo hace más singular es que, en algunos modelos, el teclado es móvil; me explico: se trata de un teclado de cuatro o cinco octavas que descansa en un lecho que tiene dos pequeños pomos; si coges de ellos y tiras hacia arriba todo el teclado se eleva y a continuación puedes desplazarlo a izquierda o derecha y posarlo en una posición distinta de la propia y habitual: con esto se consigue transportar sin complicación ninguna. Por ejemplo, si has de tocar un tono bajo, pillas el teclado y lo desplazas hacia la izquierda hasta que la tecla do coincida con la posición real del sonido si bemol. Los músicos me entenderán, supongo, y los no músicos sepan que este invento facilita indeciblemente las cosas al sufrido intérprete cuando ha de acompañar a una cantante que ese día no está fina de la voz y te pide que le bajes un tono o un semitono la pieza que ha de cantar. En la imagen que sigue se puede observar esos dos pomitos de los que hablo:


No he encontrado ningún vídeo, que seguro que lo hay, en el que se vea cómo se mancha y toca a la vez este dulce instrumento. En el siguiente vídeo podemos observar a Michael Hendron tocando dignamente una pieza desconocida, al menos para mí, pero muy bonita y adecuada.


A continuación podemos escuchar y contemplar la interpretación de una fuga de Bach.


Perdónenme que a continuación les muestre cómo no ha de tocarse jamás un armonio ni ningún otro instrumento, (... ayer escribí aquí una descripción excesiva de la que me arrepiento y suprimo; pido disculpas por mis excesos).   


En compensación por las palabras arriba suprimidas añado este vídeo en el que un joven explica cómo funcionan los registros de un armonio; estoy casi convencido de que prácticamente todo lo que toca lo improvisa, es decir, lo compone y ejecuta a la vez; eso, la Improvisación, es una de las materias que yo modestísimamente intento enseñar en el lugar donde ejerzo mi oficio. El joven del vídeo es un buen músico, sin duda, que todavía, al pie del vídeo en la página de Youtube, pide disculpas por las notas falsas que pueda haber dado. Todo un ejemplo:


Ya en alguna ocasión hemos hablado de algún instrumento que, olvidado o maltratado por la historia, cual Ave Fénix ha dejado en las cenizas el olvido y curado las heridas que décadas y décadas que las viles plumas de musicólogos y sabihondos, y dedos torpes de intérpretes por así llamarlos le han causado, ha alzado el vuelo, primero débilmente, con tropiezos, caídas, como toda tierna criatura, y poco a poco ha conseguido volver a ocupar el lugar propio de jóvenes, fuertes, ágiles y veloces aves, y volar alto, de momento quizá a media altura, pero resaltando de nuevo el brío y la belleza de sus alas, y deleitarnos con los diestros perfiles de sus arriesgados giros, y cantar, cantarnos cantos con voz de extraña belleza gracias al haber caído bajo las plumas de honrados compositores, bajos las manos y pies de buenos, ágiles músicos intérpretes. Tras esta reflexión escuchemos a Dirk Luijmes interpretar la obra Machina ex Deo, del compositor Roderik de Man,


nacido en 1941 en Bandung, Islas Orientales Holandesas, en la isla de Java:


El timbre de este instrumento, cuando se toca con bondad y destreza, es dulce, nítido, tierno, muy particular, capaz de sutilezas y cambios de sonoridad sorprendentes. Ya hemos visto que no sólo música litúrgica se toca en el armonio. Escuchemos a continuación a Luijmes tocar con sumo acierto y buen gusto, Remembering that Sarabande..., del compositor neerlandés Louis Andriessen (1939),


obra que aparece en el álbum «A century of Duch harmonium music DIRK LUIJMES Dutch Airlines»:


Prosigamos escuchando a Johannes Matthias Michel interpretar de la Harmonium Sonata No. 2 en si bemol menor, op. 46, su primer movimiento, subtitulado Enharmonische Fantasie und Doppelfuge, del compositor alemán Sigfrid Karg Elert (1877 - 1933).


El oyente avisado reconocerá, en las cuatro primeras notas de esta pieza... De hecho, la doble fuga con la que concluye este movimiento hay que entenderla como un homenaje a...


Tras la gravedad en la que nos ha sumergido la composición de Karg Elert, escuchemos de nuevo a Luijmes interpretando, del compositor y violista holandés Cor Kint (1890 - 1944),


 el Scherzino op. 29 nº 3, de la Suite voor harmonium op.29:


Kint también compuso música para el recogimiento; escuchemos su Solitude interpretada por Michael Hendron en su armonio Mustel, construido en París en 1887:


Escuchemos ahora, y contemplemos un magnífico instrumento magníficamente tocado, la Totentanz de Karg Elert. En este vídeo se puede ver por un momento cómo el intérprete insufla aire con un suave pedaleo de los pies. Toca Jonathan Scott:


Finalicemos escuchando la dulce Abendendgefuhl, (Ruhevoll), composición de Sigfrid Karg Elert, interpretada por nuestro ya viejo amigo Dirk Luijmes:





Retrato de Erik Satie al armonio. Santiago Rusiñol

Permitámonos, todavía, una pequeña digresión final contemplando algunas obras del pintor catalán, Santiago Rusiñol (1861 - 1931).



Ya llegamos al The End. Sólo me resta dejarles unos cuantos pinchos. Que ustedes los disfruten: