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martes, 31 de julio de 2012

VISITA AL PSIQUIATRA



La primera vez que acudí a un psiquiatra iba envuelto, además de por las brumas de la enfermedad, por un montón de dudas, de preguntas e inquietudes. Una de ellas, quizá no la de más peso pero muy inquietante, era la intranquilidad de ver con qué pacientes iba a encontrarme en la sala de espera. Me quedé con la duda: me habían aconsejado un psiquiatra muy bueno, y por lo tanto carísimo, que tenía una salita de espera para cada paciente, de modo que nunca veías a ningún otro camarada de infortunio.

Aquel psiquiatra cayó enfermo y me derivó a un alumno suyo que, además de ser una gran médico, pertenecía a mi compañía médica, lo que supuso un ahorro económico ya imprescindible a esas alturas. Sigo con el mismo médico. Pero, claro, su consulta no tiene los lujos de su mentor; una única sala sirve de acomodo para todos los pacientes de varios psiquiatras que, pacientemente (como su propio nombre indica) han de esperar su turno. Fue a partir de entonces cuando pude poco a poco calmar mi curiosidad al respecto: por fin vi quienes, como yo, acudían en busca de consuelo, de salud, de ayuda a un psiquiatra.

Hoy, por ejemplo, cuando he llegado y me han hecho pasar a la sala de espera me he encontrado con un niño de unos cuarenta y ocho años: calzaba unos bonitos zapatos de vestir de los que sobresalían unos calcetines de oficinista que alcanzaban hasta media pantorrilla; llevaba un pantalón tipo chándal, tipo boxeador, negro, corto, hasta justo por encima de la rodilla, con motivos deportivos en blanco; completaba el atuendo una camiseta también negra, también deportiva, en cuyo frente podía leerse CONTADOR, haciendo referencia al nombre del ciclista; en efecto, no dejaba de sacar y meter una revista de ciclismo de una carpeta: leía un poco, la guardaba, la volvía a sacar, etcétera. El muchacho era grueso, muy grueso y no demasiado bajito; barba sin afeitar, pelo negro y sin cortar, graso. El chaval no podía estarse quieto: se levantaba, se sentaba, se iba al baño, se daba una vuelta, todo ello acompañado de unos gestos faciales raros a más no poder, muecas, mohines, movimientos de boca como si hablase pero sin producir ningún sonido. Majo, el chaval.

Al ratito han llamado a la puerta y la chica que hace de chica para todo ha abierto un poco extrañada: al momento ha entrado un hombre muy agitado, diciendo que no tenía cita pero que necesitaba hablar con su médico. La chica le ha dicho que esperase un momento que iba a consultar si había un huequecillo por ahí: el buen hombre ha entrado en la salita y ha escogido concienzudamente en qué silla sentarse: en esta no, da el aire acondicionado; en esta tampoco, hace mucho calor, a ver en aquella, sí, aquí ni frío ni calor. Este buen señor era de los que zapatean: ni un instante pueden detener el movimiento convulsivo de un pie, o de los dos, bien alternada bien simultáneamente, tactactatcatcatcatc, tectectectectectec, toctoctoctoctoctoc... Buen tío.

De vuelta a casa, al entrar en el vagón del metro, me he encontrado con un niño de unos cuarenta y ocho años, vestido con una especie de chándal, moviéndose desacompasadamente; también había un zapateador; y más personas un poquito raritas, la verdad.

Recuerdo un día en el que una paciente de unos sesenta años perdió el control de sí misma: se puso a gritar, a caminar desenfrenadamente de un lado a otro, a reclamar que le dieran una merienda para luego despreciarla, vamos, atarantada como se suele decir por este este. En un momento en el que se había metido en el baño o no sé donde se me aproximó la chica y me dijo que me fuera, que lo sentía mucho, que me llamaría para darme cita pronto. A la semana o así volví a la consulta; me contaron que se había montado tal marimorena que habían tenido que llamar a la policía. Yo ese día fui pertrechado con dos botellas de Moët & Chandon, una para la chica, otra para el psiquiatra: después de pasar tan mal trago no estaba de más tomar unos cuantos de mejor sabor.

Siento un gran respeto, un gran cariño, una gran conmiseración por los enfermos mentales: la sociedad los, nos, rehúsa, teme, margina...

Yo visto más o menos normal. No zapateo. Me limito a estar sentado esperando con cara de póker, intentando no mirar a nadie, aunque a veces no lo consigo, como acaba de quedar demostrado.

Hay un libro precioso "Concierto para instrumentos desafinados" de Juan Antonio Vallejo-Nágera. Termino esta entrada con lo único valioso de la misma: copio un poquito del comienzo de este maravilloso libro, lleno de amor y comprensión, y por lo tanto lleno de sabiduría:

Higinio, viejo y noble amigo. Escucha:
El manicomio es el basurero en el que la sociedad arrincona a los que, como tú, parecen inservibles para siempre.
Buscando bien, sabiendo mirar, a veces encuentras joyas en el basurero. Fuiste una de ellas.
Nunca pudiste sospechar la gran influencia que tuviste en mi vida. Llegaste al sanatorio poco después que yo, en un traslado desde otro hospital donde no pudieron curarte y te enviaban a uno de "crónicos". No les gusta llamarlo "incurables".
¡Pobre Higinio! En las primeras semanas eras una "curiosidad clínica", que debía mostrar a los estudiantes de Medicina que acudían a hacer prácticas, por si tenían posibilidad de estudiar otro caso similar.
Esa mirada tuya, transparente y limpia de hombre sin doblez e ilusionado, estaba fija, inexpresiva, vidriada como la de las figuras de los museos de cera. En realidad de personaje secundario del museo, sólo útil para completar la escena, pues representabas a un campesino zafio. Entre paleto de Gila o "isidro" de comedia de Arniches. Albarcas hechas con trozos de neumático desechado, el pantalón de pana sujeto con una soga, la camisa sin cuello. Sobre el tuyo, corto y ancho, la cabeza hirsuta. Dentadura mellada, cejas casi juntas, y la boina. Higinio, la boina desteñida color ala de mosca que no te quitabas ni para dormir.
¿Cómo podíamos sospechar que ese corpachón tosco, deformado por el duro trabajo inclemente desde la niñez, escondía tal tesoro de belleza interior? Ni siquiera hablabas, Higinio. Recuerda que había que vestirte, darte de comer, cucharada a cucharada, bocado a bocado... y tú masticando lentamente de forma mecánica, como una vaca, con expresión estupurosa y los ojos inmóviles. ¡Compréndelo!, no es culpa nuestra, nadie lo hubiese adivinado.
La revelación llegó repentinamente tras abandonar el hospital, con tu primera carta, en la que te disculpabas por no haber acudido a la consulta:

"ENDE QUE NO FUI, HABRÁ VD. PENSADO QUE SOY DESAGRADECIDO, PERO ES LA VERDAD QUE NO ME LO QUITO DE ENTRE LAS MIENTES.
"NO FUI POR LA RECOGIDA DE LA ACEITUNA, QUE AQUÍ EN EL PUEBLO ES AHORA LA FURIA DE ELLA.
"LA ACEITUNA, NO SÉ SI VD. SABRÁ, ES DE DONDE SALE EL ACEITE Y ES UN FRUTO MUY HERMOSO...".

Lo sé, Higinio, lo sé. Es una maravilla. Tiene el ritmo melódico de una sonata barroca. Milagro verbal. Proeza literaria de alguien que nunca fue a la escuela. (...)"

domingo, 29 de julio de 2012

EMILÍANA TORRINI (y un potaje), para JULIO


Apreciado Julio, el título del audio que creo que me pides es «Sunny Road», del CD «Fisherman’s Woman», y es una canción que interpreta Emilíana Torrini, quizás también ella misma la haya escrito, no lo sé. La chica es islandesa, como su madre, pero su padre es italiano. El género de música que hace es el pop, bueno, un más o menos pop. Emi no canta mal, lo hace con dulzura pero sin melindres y el timbre de su voz es bonito, un poco áspero, muy atractivo. Ya ves, Islandia, qué lejos queda eso de tu Uruguay, un poco menos desde mi España pero de todos modos lejos lejos.


Si quieres, y contigo toda persona que así lo desee, puedes bajarte este CD pinchando donde señala nuestro amigo Martín...


He dicho ya demasiadas veces que soy un gran creyente en el ateísmo. Pero no siempre fue así: de joven creía, o creía creer, en el dios de los cristianos. Era un creyente crítico: todo lo cuestionaba, cantaba cosas en la iglesia que escandalizaban a más de un cura, fui a Taizé, que en aquel entonces era de lo más revolucionario en materia de creencias. Más tarde me hice agnóstico y al final me convertí al ateísmo. Recuerdo que en mi primera época me gustaba san Francisco de Asís; eso de que tuviera mucha pasta y pasara de todo y se pirarse a hablar con los pájaros me molaba mazo. Nadie cambia bueno por malo, ni mucho por poco, el amigo Paco creía más valioso estar por ahí con sus melenas y andrajos que la aburrida vida de un hacendado: la generosidad, casi siempre, es la máscara de un gran egoísmo. Y luego está la soledad; no estaba tonto, no, se piró a estar a solas; la soledad, cuando la escoge uno, es la mejor compañía. Me identificaba con Paquito, por aquel entonces empezaba yo a sacar de oído canciones con una guitarra que había por casa: una de las primeras fue esta, Alone again, de Gilbert O’Sullivan (la traducción es un poco flojilla, naturalmente):


Para quien quiera mejor calidad de sonido o bajársela:


Volviendo al Francescatti, me gustaba mucho un poema atribuido a él, la iglesia lo ha llamado oración, y estudios serios dicen que no se puede saber ni el autor ni el origen. Dice así:

    Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
    donde haya odio, ponga yo amor,
    donde haya ofensa, ponga yo perdón,
    donde haya discordia, ponga yo unión,
    donde haya error, ponga yo verdad,
    donde haya duda, ponga yo la fe,
    donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
    donde haya tinieblas, ponga yo luz,
    donde haya tristeza, ponga yo alegría.
    Oh, Maestro, que yo no busque tanto
    ser consolado como consolar,
    ser comprendido como comprender,
    ser amado como amar.
    Porque dando se recibe,
    olvidando se encuentra,
    perdonando se es perdonado,
    y muriendo se resucita a la vida eterna. 

Releyendo el poema después de muchos años constato lo que decía más arriba; que uno lo que busca es ser el más mejor de los mejores, para así ir al cielo ipso flauta. Ya hace tiempo que reconocí en el poema que era demasiado ambicioso, más bien pretencioso; por otro lado me molestaba bastante eso de poner la fe y lo de la vida eterna. Pero también he de reconocer que durante muchos años llevé una estampita con el poema de marras en la cartera, y que era algo así como mi desiderata. Las cosas que uno hace en la niñez y la juventud siempre dejan huella: a mí se me ha quedado un poco la manía de no hacer mal y, si se puede, hacer bien. Una manía como otra cualquiera.


Menudo potaje, empiezo con Emilíana y acabo con el de Asís… (menos mal que el martes tengo visita con mi psiquiatra). Amigo Julio, me hace feliz ayudarte en lo que sea; amo el arte, la música, la literatura, la cultura en general, pero sobre todo amo al ser humano, es decir, me amo a mí mismo. Y eso que cada vez soy más y más misántropo: odio a la sociedad esta asquerosa que se está montando pero amo al humano en su individualidad, lo cual quiere decir que no me temblaría la mano para quitar de en medio a todo aquel que quisiera hacer daño a un débil, a un desprotegido, a un humano. Ya lo he dicho alguna vez: uno puede tenerlo todo, dinero, un Porsche marrón oscuro metalizado, una isla, arte, música, cultura… pero si no tiene amor todo le falta. ¡SÍ, YA LO SÉ!, suena mierdosamente mal, cursi y beato pero ¿para qué buscar otra construcción gramatical para decir lo mismo?

Un fuerte abrazo, amigo Julio, el prodigio de la tecnología nos ha permitido conocernos sin tan siquiera saber nada el uno del otro. Ni falta que hace.

P. S. Si no era esa la canción por la que preguntabas me lo dices...

sábado, 28 de julio de 2012

1er AÑIVERSARIO (o AÑIADVERSARIO)

Un añito, hoy «Guerra y Paz» cumple su primer año de existencia en este maltratado mundo.
Añiversario porque me gusta la eñe, ¡leñe!, y añiadversario porque ha sido un año horrendo, para España, Europa, Oriente, Oriente Medio, África… bueno… por todos lados ha habido sus más y sus menos, más sus menos que sus más...


A ver si, por una vez, consigo ser breve. «Guerra y Paz» comenzó sin porqué, quizá por el capricho de lanzar al océano un mensaje dentro de una botella. Y ese sin porqué ha tenido consecuencias insospechadas: esa botella ha llegado a cientos de puertos y playas, quizá miles de personas han leído su mensaje encerrado: de allende mares, océanos y cordilleras he recibido acuses de recibo. He conocido, sin verlas, sin ni imaginar su aspecto, a muchas personas, conocimiento que me ha proporcionado momento de dicha, de la dicha de la comunicación. Detesto las estadísticas, sólo diré que ha habido un montón de entradas, un montón de visitas, un montón de comentarios, un montón de trabajo…
Y de momento seguimos juntos, y ojalá lo sigamos estando por mucho tiempo.


Quizá, en todo este tiempo, hayamos tenido algún acierto...
Los desaciertos mejor olvidarlos, ¿no? aunque en ocasiones los haya habido como para tirarse por la ventana:

En fin, damas y caballeros, muchas gracias por haber seguido «Guerra y Paz», que mientras fuerzas mayores no lo impidan seguirá on line. Dedicado a todos ustedes ahí va un audio. Es un audio que además de manifestarles mi gratitud puede serles útil para otros menesteres: si algún día tienen un mal rato, una mala tarde, se sienten tristes y cansados, deprimidos, etcétera, etcétera, pueden escucharlo, incluso mientras lo hacen, ponerse en pie y mover la cabeza como quien dice sí, o doblar el tronco hacia delante y hacia atrás repetidas veces. «Guerra y Paz» va por ustedes, y también este audio va por ustedes.




Ojalá podamos por mucho tiempo caminar juntos por un camino soleado:

domingo, 22 de julio de 2012

PEQUEÑO PRELUDIO Y FUGHETTA - J. S. BACH - MASSIMO CLAUS, vibráfono


Hace unos tres o cuatro años, una tarde, sonó el teléfono. El azar quiso que coincidiesen dos hechos: uno, que mi teléfono tuviese el sonido activado y, por lo tanto, sonase; siempre que puedo desactivo el timbre de los teléfonos y de la puerta...; y dos, que al escuchar el timbre del teléfono lo cogiese; muchas veces no lo cojo y cuando no conozco el número que aparece en la pantallita, como fue el caso, jamás: odio esa repugnante práctica que se da hoy en día que consiste en llamar a las 21.26 horas, por ejemplo, a cualquier hogar para taladrar el cerebro de la primera alma inocente que se pille con cualquier mierdosidad; es un síntoma más de lo enferma que está la sociedad.
Dígame...
─Hola, ¿está Carlos Gimeno?
─Sí, soy yo, dígame.
─Hola, Carlos, soy Tal.
─...
─...
─Sí, Tal, me diste clases hace años, soy el hijo de Cual.
─¡Hombre! sí, ahora creo recordarte, pero es que hace tantos años...
─¿Puedo ir a verte?
─... (es absolutamente inusual que acepte una visita)
¡Carlos, ¿estás ahí?
─Sí, Tal, si, ¿y cuándo querrías venir a verme?
─No sé, ahora, dentro de un ratito, ¿qué te parece a las seis?
─...
─Mmm
─Si no te viene bien esta tarde, podemos quedar otro día, voy a estar por aquí una semana más todavía.
─Mmm ... nnn ... nnbueno, vale, a las seis está bien.

Le di mi dirección, le expliqué cómo llegar y colgamos. Comencé a recordar: el padre de Tal, Cual, fue uno de mis primeros profesores de solfeo; sigo teniendo por él respeto y afecto, incluso gratitud; es una de las poquísimas personas que considero y reconozco como profesor mío, mi formación es casi absolutamente autodidacta. Este maestro de banda de pueblo me enseñó que había que entonar y medir las notas e intervalos de las lecciones de solfeo con el mayor rigor posible; cuando terminábamos un método de un curso cualquiera siempre me decía: «bien, Gimeno, ahora vamos a repasar el método entero, para mañana me traes las lecciones 10, 11, 12, y 13...». Las clases eran individuales: el maestro tenía un despacho e iba llamando a los alumnos que deambulábamos por allí fuera repasando las lecciones o haciendo el gaznápiro. Cuando terminaba con un alumno llamaba, según un hermético criterio, a otro, que pasaba a su despacho. Entonces comenzaba la clase: el profesor con una batutilla en mano y el alumno permanecíamos de pie, frente a un atril en el que se colocaba el método; cuando te decía que lo hicieses comenzabas a cantar tu lección de solfeo, nervioso, atemorizado, respetuoso, sin acompañamiento de ninguna clase, sólo de vez en cuando el golpeteo de la batutilla en el atril para meter en vereda lo que se estaba marchando más de aceptable; te hacía repetir veces y veces un mismo pasaje hasta que lo consideraba correcto; cantaba él mismo para ejemplificar sus explicaciones; en ocasiones se enfadaba: ¡Esto no puede ser, no has estudiado nada, está peor que ayer!, sí, peor que ayer, porque en aquel entonces dábamos clase todas las tardes, después del colegio. Esos enfados eran los que nos daban miedo, un poco, aunque eran de mucho ruido y pocas nueces; siempre se comportó bondadosamente con todos nosotros.

Y sí, recordé que años más tarde, me pidió que diera clases de armonía y un poco de piano a su hijo, Tal. No sé cuánto tiempo estuvimos trabajando. Sí recuerdo que las clases eran muy amenas: dábamos clases de lo dicho pero también de formación cultural y musical básica, de lo divino y lo humano, recuerdo conversaciones muy amenas, a veces casi discusiones, le hablaba de Richter, de Leonhardt, y él escuchaba esos nombres como si se tratase de personajes mitológicos, admiradísimo. Sí, recuerdo con sumo agrado aquellas clases, Tal era un buen alumno, quizá, en ocasiones no estudiara mucho, pero siempre tenía preguntas interesantes, siempre mostraba curiosidad por muchas cosas; esos son los mejores alumnos, los que preguntan, los que se cuestionan algo y abren de par en par su mente para sosegar su inquietud intelectual.

Volviendo a la tarde de marras. Suena el timbre de la puerta, abro y al poco aparece ante mí un joven, casi un hombre maduro, a quien reconozco pero con esfuerzo, han pasado quizá veinte años desde la última vez que lo vi y entonces era un niño. Nos damos la mano, nos saludamos cordialmente, nos sentamos.

¿Qué tal, Carlos, cómo estás? ¿Qué es de tu vida?
Pues la verdad, Tal, ando fornicado de esto y de aquello, procuro no pudrirme demasiado, leo, compongo por el placer de hacerlo, esas cosas. ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida?
Pues soy músico de la Concertgebouw y profesor del conservatorio de Ámsterdam.
(Cágate lorito, glup, este tío es un fuera de serie. La orquesta del Concertgebouw está considerada en la actualidad como una de las dos o tres mejores orquestas del mundo y el conservatorio de Ámsterdam es de lo mejorcito de la Vía Láctea)


Claro, lo freí a preguntas. Me contó que en alguna ocasión había visto por las calles de Ámsterdam a Gustav Leonhardt rodando en su bicicleta, recto, digno y elegante como no podría haber sido de otro modo, y que se acordaba de cuando yo le había hablado de Leonhardt... Todo lo que me contó durante largo rato lo escuché yo como si fuese algo mitológico, admiradísimo.

Yo le conté punto por punto todo lo relacionado con la rica vida cultural y musical de este mi terruño: me costó hacerlo un par de minutos y muchas de las palabras que empleé no debería escucharlas ningún niño.
Desde ese día, de nuevo, no volvimos a saber el uno del otro. Y ayer, o así, ─¿Carlos, puedo ir a verte? Y sí, nos vimos, y volvimos a charlar un buen rato, palabras sinceras, los ojos de uno firmes en los ojos del otro, hablamos de verdad, nada de cháchara ni «conversación desechable». Me alegró mucho su visita.

La vida que pasa. Profesor, alumno, alumno de alumno, profesor de profesor... palabras que el tiempo carga de significados inesperados, relaciones insospechadas, presentes fruto de un pasado y de un azar, presente inimaginable, imprevisible, ¿quién mueve, quién ha movido los hilos? En ocasiones, personas me dicen que debo de sentirme muy orgulloso, muy satisfecho de que alumnos míos hayan alcanzado tales o cuales elevadas cimas. Nunca sé cómo responder a ese tipo de preguntas: ¿qué es elevado? ¿quién ha enseñado qué a quién? ¿por qué no estoy yo en una de esas cimas? ¿Orgulloso, satisfecho? por qué, ¿es más Tal que Sotanito que ha terminado de conserje en un instituto? Le di lo mismo a tal que a Sotanito: ellos y sus azares han llegado a donde quiera que sea. Ellos, mis alumnos, si quieren, son quienes se pueden sentir orgullosos o satisfechos; pero mucho me temo que están tan ocupados en sus respectivos quehaceres que no tendrán tiempo para esas tonterías.Vanidad de vanidades y sólo vanidad... para el gato.

Sólo reconozco sentir una cosa: alegría. Alegría de haber compartido momentos con personas que al cabo han conseguido abrirse un camino en el espeso bosque. Alegría de volver a verlos y de comprobar, siempre con asombro, que también ellos se alegran de verme. Alegría de sentir que hemos convivido, que en algunos momentos nuestras dos mentes han sido, casi, una sola mente, o dos mentes estrechamente enlazadas, compartiendo saberes y sentimientos. Ahí está todo lo que hay entre un profesor y un alumno: unos cuantos momentos de vida en estado casi puro, salvaje, cruda vida, viva vida. Y eso es lo que siento, nada de orgullo ni de complacencia ni de satisfacción: asombro ante la vida que fluye y alegría de vivir, eso es lo que siento.

Dedicado a Tal enmanchambro aquí debajo un audio. Se trata de uno de los «Pequeños preludios y fugas» que Johann Sebastian Bach escribió para teclado, el preludio y fughetta número siete en re menor, si no recuerdo mal. Se trata de una versión para vibráfono; el disco es raro y sospechoso; vean la carátula y comprueben que dice Le Suite di Bach (¿?),


y luego, aunque no se ve en la carátula, dice que se trata de las suites inglesas (¿?), y que el intérprete es un tal Massimo Claus. Flipandus flipandi, no entiendo un pito, lo único que sé es que lo que viene como la suite inglesa número tres en sol menor es lo que he dicho un poco más arriba que es. Bueno, sea como fuere, va para ti, amigo, alumno, profesor, maestro, Tal, me alegro mucho de que el azar haya cruzado nuestras vidas.



sábado, 21 de julio de 2012

LA VOZ DE CONTRATENOR

Un contratenor es un hombre adulto que canta en la tesitura vocal propia y habitual de una mujer. Así, un hombre, desarrollando una técnica vocal muy específica, puede cantar como una contralto, una mezzo e incluso como una soprano. A este tipo de cantantes también se les ha llamado  «falsetistas», pues es desarrollando la voz de falsete como consiguen cantar de ese modo, aunque no es el falsete el único modo de alcanzar notas tan agudas.
Antaño, y sobre todo mucho antes de antaño, a las mujeres no se les permitía cantar en iglesias y otros templos, como es fácil imaginar.
Entonces, las partes agudas de los cantos sacros, eran interpretadas por niños cantores. Estas criaturas eran seleccionadas de entre los niños que demostraban mejores cualidades vocales y que habían sido recogidos en orfanatos, conventos, abadías y sitios así. Al pasar a formar parte de una escolanía, el niño escogido pasaba vivir en unas condiciones no tan miserables como el resto. Tanto los cantantes como los no cantantes, al llegar a la pubertad eran expulsados del lugar en el que estuvieran acogidos: se acabó lo que se daba. No obstante, la Iglesia, en su infinita misericordia, ofrecía a los niños cantores que hubiesen demostrado poseer una voz y manera de cantar sobresaliente la posibilidad de seguir bajo su auspicio. El precio era una bicoca: la castración. En efecto, cuando a un niño, antes de cambiar la voz, se le capa (para qué andarnos con eufemismos), se detiene su normal crecimiento y desarrollo hormonal, quedando, entre otras cosas, su voz estancada en su estado infantil. Asunto resuelto: ya tenía la Iglesia voces agudas aseguradas. También es cierto que los «agraciados» no solían rechazar una oportunidad tan espléndida de tener techo y comida, do ut des. A estos niños se les llamaba castrati, que no hay que saber latín para entender que significa «castrados» o «capados», palabra esta última que da lugar a que en español también se les llamase «capones».
Con el paso del tiempo, estos castrados también pasaron a la vida no religiosa, profana, y entraron en las cortes, con sueldo fijo, a cantar óperas y lo que fuese menester. Carl Philipp Emanuel Bach se lamentaba de que él, siendo maestro de capilla, con la enorme cantidad de responsabilidades que tal cargo le imponía, cobrase la mitad o un tercio que Johann Joachim Quantz, flautista, profesor de flauta de Federico y pelota número uno del monarca, e incluso que el capón de turno contratado en la corte del grande de Prusia, tal era la estima que se tenía en aquel entonces por la voz de estos eunucos.
Sigue pasando el tiempo andandito que te andarás y la Iglesia reajusta su moralidad y decide que eso de tener castrati bajo su techo queda feo, inmoral, yo qué sé. Pero tal reajuste sigue considerando a la sufrida mujer objeto de deseo y pecado, y que de cantar en las iglesias y templos ni hablar del peluquín. Y es entonces cuando, manda uebos, comienza a desarrollarse la técnica arriba mencionada del canto de falsete, y cuando nace la figura del contratenor. Claro, todo esto contándolo muy resumidito, en plan muy divulgativo y sencillo.
Siguen corriendo las primaveras y en eso que, entre otros adelantos, ya se permite que las mujeres canten en los templos. De modo que la figura del contratenor va poco a poco dejando paso a sopranos, mezzosopranos y contraltos hembras, mujeres de rompe y rasga. Gracias a estos progresos del pensamiento y la moralidad en general se dan voces como... en fin, como miles de voces producidas por tantas y tantas mujeres, voces bellísimas, voces inimitables e incomparables. Templos, iglesias, teatros, palacios y cualesquiera otros lugares son conquistados por las mujeres cantantes y la cosa queda en que los hombres canten, grosso modo, de bajo, barítono o tenor y las mujeres de soprano, mezzosoprano o contralto, como dios manda.
Ya sabemos de sobra que los humanos se cansan de todo, de todo se aburren, son caprichosos, antojadizos y melindrosos: «... cortan lirios, cortan rosas, cortan astros. Son así». Y no sólo cortan estas cosas tan lindas y poéticas, ya vimos más arriba que cuando se ponen a cortar no se cortan...
Pues en eso que, más o menos, a principios o mediados del siglo XX, unos cuantos musicólogos de los de verdad se propusieron el justo empeño de recobrar aquellas sonoridades del pasado, y es que la cosa se había desmadrado a más no poder. Se montaban unas Pasiones según San Mateo con ciento cincuenta intérpretes en escena; a mucha gente le parece que cuanto más mejor, cuando en materia de arte, casi siempre, es justo lo contrario. Estos musicólogos, buenos músicos y honrados intelectuales, se percataron de cosas como que, por poner un ejemplo, las cantatas de Bach se interpretaban, la mayoría de las veces, por un puñadito de músicos de medio pelo y siete u ocho cantantes. La cosa era más o menos así: Bach componía una cantata cada semana para el oficio del sábado o del domingo. Un ratito antes de comenzar el oficio se reunían en el coro los chavales cantantes, algún tenor y algún bajo y luego los cinco o seis músicos instrumentistas que la iglesia tenía contratados, por así decirlo, a media jornada. Supongamos que un día el del violone (contrabajo de la época) estaba con una pulmonía triple; corre a buscar al carnicero que sabe tocar el fagot y así solventamos el papel de violone; ese mismo día, u otro, el oboe está borracho como una cuba y está montando un espectáculo bastante penoso y lamentable; a coger entre dos al del oboe y a sacarlo de malas maneras de la iglesia y a la vuelta a ver si pillamos al zapatero que toca un poco la flauta. Ya por fin congregada la peña y con un poco de suerte se echa un vistazo de arriba abajo a la cantata, manuscrita de manera confusa las más de las veces, y arreando que es gerundio: ya está el pastor en escena. Habrá quien piense que estoy exagerando; es posible pero en todo caso no mucho: habría días en que las cosas saldrían a pedir de boca pero también los habría peores que lo que he descrito. Pero pongámonos en el caso de que para una fecha señalada se contrata a unos cuantos buenos instrumentistas, el coro se refuerza con buenos bajos y tenores y la escolanía se reúne al completo, se ensaya unas cuantas veces y, por supuesto, el mismísimo Johann Sebastian Bach está al órgano dirigiendo todo el cotarro.
¿Cómo sonaría la música de Bach interpretada por veinte, a lo sumo treinta intérpretes y sin voces de mujer? Esa fue la genial idea de Gustav Leonhardt entre otros:  intentar reconstruir la sonoridad históricamente más probable de la música de Bach con los medios de los que disponía Bach. De este modo, Leonhardt, contribuyó de una manera decisiva en la recuperación, no sólo de lo que hemos expuesto, también del empleo de instrumentos de la época y, sobre todo, de que esos instrumentos fuesen tocados con la técnica de la época, la técnica que les era propia, tal como quedó reflejada en los incontables tratados escritos en el siglo XVIII. Y se obró el prodigio: la música de Bach sonó sencilla, libre de toda afectación, de todo engolamiento; las arias que habitualmente interpretaban señoras de cincuenta y ocho años y setenta quilos pasaron a ser cantadas por un tierno mozalbete, un chaval de «Los Pequeños Cantores de Viena», por poner un ejemplo.
La soprano mencionada cantaba de maravilla, no es necesario decirlo, pero con un dramatismo, con un «romanticismo» que, simplemente, no era el que Bach había imaginado. Por hacer una comparación -no del todo exacta, como todas- es como cuando se restauraron los frescos de la Capilla Sixtina. Estábamos acostumbrados a verlos con esos tonos oscuros, que parecía que los dotaban de una dignidad, de la honrosa pátina de los siglos. Pues no: esa pátina no era otra cosa que suciedad, la provocada por el humo de los cientos de miles de velas que habían alumbrado la espaciosa estancia.



Más tarde, se pusieron tan de moda las interpretaciones históricas que, una vez más, fueron las mujeres las que tuvieron que pagar el pato, o el capón, tanto da. ¡Prohibido terminantemente que una buena mujer cante nada que vaya más atrás del clasicismo! ¡Qué aberración, qué despropósito, qué desfachatez más gorda sería tal cosa! Durante años las damas fueron absolutamente rechazadas, cual medievales leprosos, en la elección de cantantes para del Barroco hacia atrás. Poco a poco, pero muy poco a poco, fue volviendo el juicio, el sentido común más elemental, y se llegó a la conclusión de que una cosa no quitaba la otra, que la interpretación histórica estaba guay del Paraguay pero que, sobre todo, lo importante es que la música se interpretase bien interpretada, valga la redundancia, que los instrumentos y voces así o asá no conllevaba una buena interpretación. Porque, sobre todo por estos terrenos patrios, se hizo cada mierda con instrumentos originales que hacía vomitar a una hiena hambrienta, mierdas que ni tan siquiera eran históricamente correctas. Una cosa trae a la otra y, los contratenores, al ver que empezaban a perder terreno en su antiguo repertorio, se fueron atreviendo a cantar cosas cada vez más para acá del Barroco, hasta alcanzar la música del mismísimo siglo XX. Hoy por hoy, cada cual canta y toca lo que le da la realísima gana, y por fin prevalece, en ámbitos musicalmente cultos, sólo dos maneras de interpretar: la correcta y la mierdosa.
Sí, ya, ¿pero cómo suena la voz de contratenor? Allá vamos. Un contratenor demasiado desconocido por una gran mayoría, incluso de los cultillos, es Paul Esswood.
Este gran músico e intérprete grabó bajo la dirección de Gustav Leonhardt y Nikolaus Harnoncourt (o Johann Nicolaus Graf de la Fontaine und d'Harnoncourt-Unverzagt, no tiene pasta el colega aristócrata) la primera edición completa de las cantatas de Bach bajo la firma discográfica TELDEC. Sin más dilación, con ustedes, Paul Esswood, uno de los más grandes contratenores, cantando el aria Kommt, ihr angefochtnen Sunder, de la cantata BWV 30 de Johann Sebastian Bach:
Ahora escuchemos a Esswood cantando a dúo con un niño soprano del Knabenchor Hannover; con ellos el Leonhardt-Consort, bajo la dirección del maestro Gustav. Interpretan el aria dueto Die Armut, so Gott auf sich nimmt de la cantata BWV 91:

 

A continuación escuchemos esta bellísima aria, con oboe obligado y continuo formado por fagot y órgano; se trata de la famosa Kreutz und Krone sind verbunden, de la cantata BWV 12. Mismos intérpretes que la anterior. Es asombrosamente estremecedor el modo con el que Bach expresa, en el minuto 01.27, la palabra Kampf (lucha, combate), repitiendo una y otra vez el intervalo de segunda menor, obstinadamente, como obstinado e infatigable ha de ser el combate, la lucha. Estos recursos expresivos, que podríamos calificar de extra musicales, en tanto en cuanto intentan crear una imagen literaria, retórica de la palabra, eran moneda corriente en Bach. En esta misma aria podemos encontrar otros muchos. Es indispensable la lectura de, entre otros, el libro, Bach, el músico poeta, de Albert Schweitzer, para una comprensión de estos recursos. Schweitzer, Premio Nobel de la paz, ha sido puesto en entredicho por mucho intelectual de pacotilla; rompo una vez más una lanza en pro de este gran hombre y de su inmensa sabiduría, bondad y labor. La traducción que apunto es una que he encontrado por ahí...
 
Kreuz und Krone sind verbunden,
Kampf und Kleinod sind vereint.
Christen haben alle Stunden
Ihre Qual und ihren Feind,
Doch ihr Trost sind Christi Wunden.

La corona y la cruz se hacen una,
la recompensa se reúne con la lucha.
A todas horas los cristianos
tienen su angustia y sus enemigos
pero las heridas de Cristo son su consuelo.


Dada mi admiración por Esswood no puedo dejar de ponerles todavía un aria más. Las cantatas de Bach son uno de los mayores tesoros de la Humanidad. Han llegado a nuestros días unas doscientas pero se sabe que Bach escribió unas seiscientas. ¿Qué ha pasado con el resto? Una de las explicaciones es que Anna Magdalena, que quedó en la más negra miseria tras la muerte de su amado esposo, tuviera que hacer trueque con el carnicero de la esquina dándole preciosos manuscritos para envolver sus mercancías a cambio de unas pocas salchichas; el papel era un bien escaso en la época. ¿Saben qué les digo? que, dada la ruindad del hombre, que permitió que esta buena mujer muriera en la miseria, doy por muy bien perdidas esas cuatrocientas cantatas: ante la vida, el arte no es más que una nadería. Aun así, entre doscientas cantatas, es muy difícil escoger arias o lo que sea, es todo tan hermoso los contenido en ellas. Otro consejo: escuchen todas y cada una de estas cantatas; si no disponen de medios económicos para adquirirlas róbenlas, o vendan el televisor y con lo obtenido cómprenlas, y todavía les sobrará para comerse una salchicha y beberse una buena cerveza a la memoria de Anna Magdalena Bach. El aria que vamos a escuchar es Betörte Welt, betörte Welt, con flauta obligada, y pertenece a la cantata BWV 94. Mismos magistrales intérpretes.


Otro gran contratenor: René Jacobs.
Quizá mi versión preferida de entre las muchas que he escuchado de la célebre aria de la «Pasión según san Mateo», Erbarme dich, mein Gott, (Apiádate de mí, Dios mío), sea la interpretada por este músico colosal. Escuchémosle acompañado por La Petite Bande bajo la dirección de, cómo no, Gustav Leonhardt.


La misma aria cantada por otro contratenor en una grabación más reciente. David Daniels (no confundir Jack Daniel's). 
Jack:
David:
Bromas estúpidas aparte, escuchemos esta maravillosa aria en interpretación de este apuesto contratenor:


Otro contratenor Philippe Jaroussky, nos canta Vedro con mio diletto, de la ópera Il Giustino, creo, de Vivaldi:

Aquí, la misma aria, en una grabación de estudio. 


Volvemos a Bach. Ya lleva bastante tiempo en escena pero yo lo descubrí no hace mucho, el contratenor japo (japonés) Yoshikazu Mera. 
La foto en color de este gran cantante muestra un carácter un tanto equívoco, evidentemente da una imagen muy afeminada de Mera. Lo menciono porque es tema muy trillado: ¿son homosexuales todos los contratenores? No lo sé, no tengo ni idea, quizás unos sí y otros no, digo yo. Sí que puedo decir que alguno que he conocido lo era, c'est tout. Evidentemente a todos nos importa tres pitos la definición sexual de cualesquiera personas. Sin ir más lejos, al parecer, el mismísimo Sviatoslav Richter era homosexual, ¿y qué? Bien, sólo he sacado el tema porque es casi casi obligado, dado que estamos tratando de hombres que adoptan un rol muy femenino, nada más, y porque en cuanto se habla de estos caballeros siempre aparecen estúpidos comentarios y no menos estúpidas sonrisitas por aquí y por allá. Lo importante es que Mera también canta que es un primor; tiene un modo de ornamentar muy particular, original y, por supuesto, siempre correcto y dentro del estilo. Escuchemos el aria Bereite dich Zion, del «Oratorio de Navidad».


Del mismo oratorio y con los mismos intérpretes el aria Schliess mein Herze dies selige Wunder:

Esta les va a encantar. Mera canta el aria Ombra mai fu, de la ópera Xerxes, de Handel:


Una única digresión, ¿cómo suena esta bellísima página en voz de un tenor? Wunderlich la cantaba así:

Tal como ya hemos dicho, estos caballeros, pronto rebasaron el repertorio tras las fronteras del Barroco y ya puestos se pusieron a cantar música escrita ayer, o anteayer... Como siempre ocurre, unas veces con acierto, otras con menos acierto. Esta interpretación por parte de Mera de nuestro conocido Lied Morgen de Richard Strauss es muy correcta, en mi modesta opinión:


En cierta ocasión ya escuchamos la canción que propongo ahora: À Chloris, de Reynaldo Hahn. Hoy tenemos la oportunidad de escucharla en interpretación de Philippe Jaroussky:

El otro día compré por la red una porquería del tamaño de Las Montañas Rocosas interpretada, en plan los tres tenores o peor, por no recuerdo qué contratenor. Afortunadamente para ustedes, para la Humanidad y para mí mismo, tal sería la repugnancia que aquella bazofia me causó, que la he perdido, llevo más de media hora buscando y buscando y no la hallo. Lo vengo a decir porque también estos caballeros hacen cosas tan abominables como los que más. Que alguien toque con un instrumento determinado, cante de tal o cual manera, no quiere decir que todo lo que cante o toque se convierta en oro. Adoptar tal o cual pose, comprar tal o cual pasaporte, no conlleva ninguna garantía ni presupone que te otorgue paso franco al Olimpo. Cada vez que se interpreta cualquier música, hay que poner los cinco sentidos en todas y cada una de las notas y silencios que se ejecutan; el sentido común, el buen gusto, la inteligencia, una depuradísima técnica, una gran dosis de humildad, una gran honradez, en fin, podría seguir enumerando incontables factores imprescindibles para aproximarse a una buena interpretación. Es casi un prodigio que una interpretación de una buena música alcance, si no lo sublime, lo correcto, lo magistral. Bien, y para terminar, y ya que nos hemos escapado por los pelos de escuchar una descomunal inmundicia, deleitémonos con la interpretación que nuestro amigo japo Mera nos ofrece de la célebre Vocalise de Rachmaninov, y con ella despidámonos hasta la próxima, que espero que venga muy pronto.



Sin ton ni son he metido en una carpeta comprimida todos los audios, o casi, que aparecen en esta entrada, y quizá alguno más. Quien se los quiera descargar sólo tiene que seguir los protocolos habituales tras

donde pone pinchar en azulito. 

Que disfruten apaciblemente del veranito (veranito al menos por estas latitudes)