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miércoles, 28 de noviembre de 2012

CARLOS KLEIBER – JOHANN STRAUSS – DIE FLEDERMAUS OUVERTURE – ENSAYO Y CONCIERTO (Subtitulado en español)

Viena y vieneses. Carlos, hijo de Erich Kleiber, acabó re-nacionalizándose austriaco, como austriaco fue su padre y no menos Johann Strauss (II, o «hijo»). Erich, por desavenencias con otro austriaco muy distinto a los mencionados, Hitler, se fue exilió a Argentina. No sé qué tendrá Argentina para los austriacos y los alemanes: fue refugio tanto de muchos de los que escaparon del los nazis como de los que huyeron de los aliados, curioso. Carlos fue un mito: fue director fijo de unas pocas orquestas pero pronto decidió ir por libre: llego a desechar la oferta de dirigir la Wiener Philharmoniker tras la muerte de Karajan; un tipo independiente este Carlos.
A menudo me preguntan mis alumnos que en las clases de dirección de orquesta que reciben, aquí o allá, les enseñan cómo «mover los brazos», pero que el gran temor que albergan es qué decir, el día de mañana, a los músicos de una orquesta durante los ensayos, qué hacer durante los mismos. Para ilustrarles al respecto ya subí a YouTube el inestimable vídeo del gran director, gran músico y no menos gran persona Ferenc Fricsay, director, por cierto, absolutamente desconocido por estos pagos (aquí llamada la nostra terreta). Con parecido propósito, mostrar a estos un tanto perdidos alumnos, qué se debe hacer en los ensayos, asumo el riesgo de subir a YouTube, y presentarles a quienes siguen «Guerra y Paz» en primicia mundial, el ensayo, con subtítulos en español, de la obertura de «El murciélago», opereta de Strauss, y a continuación el concierto para el que se ensayó. Y digo «asumo el riesgo» porque el día menos pensado viene Wert Scarpia y me mete en la cárcel…
Johann Strauss (1825 – 1899) fue el compositor de música de baile para la corte de el Emperador Francisco José (1830 – 1916) y el más famoso compositor de vals vienés y polcas de toda la historia. Su música no está a la altura de la de Schubert, Beethoven y otros elementos de esa talla. Pero no es, en lo más mínimo, música de mala calidad; de todos es sabido la admiración que sentía Brahms por la música de su amigo Strauss: «Desgraciadamente esto no es mío», llegó a decir el maestro hamburgués de no sé qué página de Strauss. 
Sea como fuere la música de Strauss es de una inspiración melódica que todavía conmueve a vieneses y no vieneses; es una  música bella, hermosa, emocionante. Es una música que emociona, de alegría, de melancolía, de dulzura, y que sin saber por cuál de todas estas cosas hace que los ojos se te humedezcan: representa «la alegría de vivir», «la alegría de estar vivo», que decía Fricsay. Imaginemos por un instante un salón de la corte de Francisco José durante una velada de baile: arañas con miles de velas encendidas, princesas, militares con uniforme de gala… y, sobre todo, la música de Strauss, con el propio Johann al frente de la orquesta empuñando su violín. Ante la manida pregunta de «¿Qué hecho de la historia de la música le hubiera gustado presenciar en directo?», la respuesta habitual, de entendido, es «el estreno de «La Consagración de la primavera”»… Queda muy bien esa respuesta… Yo  suelo quedar como un ignorante aficionadillo y paleto cuando respondo, entre otras cosas, «un baile en la corte del Emperador Francisco José con Strauss y su orquesta». Está claro que la Viena de esa época está tan llena de momentos de máximo esplendor como de máximas miserias, por supuesto. Pero una velada de esas que yo digo, en Schönbrunn… ah, seré un viejo romanticón…
La música de esta obertura, como toda la de Strauss, está llena de emoción, de ternura, de bravura, de inspiración, de melancolía, de candor, de belleza, ¡de melodramatismo!, y lo que le es más característico, de cambios bruscos entre todos estos elementos. Carlos Kleiber, durante el ensayo, intenta conseguir de los músicos de la Südfunk Sinfonierorchester que den todo de sí mismos para poner muy de manifiesto estas características de Strauss. De nuevo, como en el caso de Fricsay, nos encontramos ante un «maestro». Para los estudiantes de dirección resultará cuanto menos llamativo que mantenga su brazo izquierdo prácticamente inmóvil durante todo el ensayo. Más importante que la exactitud es para Kleiber una interpretación viva, y como todo lo vivo un poco «desajustado», pero siempre vívido. Valiéndose de metáforas de todo tipo, pero siempre de buen tono, induce a los músicos a exprimir las partituras que tienen delante. Para ello exige algo muy importante en yoda buena, honrada interpretación: asumir riesgos: quizá no salga tan virtuosístico como se pretende pero intentémoslo a toda costa, eso es lo que prevalecerá, la intención. Tal pasaje lo compara con la sensualidad, la belleza seductora de una bellísima mujer. Carlos quiere disfrutar durante el ensayo de la música de Strauss, sólo gozando como niños con sus juguetes conseguiremos algo decente. Por eso, además de cantar cómo quiere tal o cual cosa, le escuchamos también cantar mientras la orquesta toca, cantar sólo por placer. Un músico, con su instrumento, sea una orquesta o un piano o un violín o cualquier otro, no toca, canta, canta a través del instrumento, una de esas cosas verdaderamente importantes que nos olvidamos enseñar en los conservatorios. Carlos no quiere nada predeterminado de sus músicos: «En realidad no quiero nada. Sólo quiero que ustedes quieran algo», les dice; este es uno de los cometidos del director en los ensayos: crear, despertar en el músico el deseo, la necesidad vívida de «hacer algo»: «Quiero gozar lo que ustedes hacen, lo que ustedes me den». Como hemos dicho espolea la individualidad del intérprete, su libertad; expresiones muy suyas son: «Deje siempre que entre primero quien tienen al lado»; «Adivinen»; en un momento llega a decir: «No me expreso con exactitud, ¿verdad?: esa es precisamente mi intención». Sus metáforas son sorprendentes: «Este pasaje es exageradamente triste (en tono burlón): ¡Ah, voy a estar ocho días sin verte, ¿podré resistirlo!»; ¿pueden una corcheas tener más nicotina, más alquitrán, ser más nocivas?, no lo sé, pero es lo que espera que insuflen a esas corcheas sus músicos en un momento determinado. Mucha entrega, mucha emoción, mucho esfuerzo, mucho sudor, pero también mucho sentido del humor durante todo el ensayo y, como no puede ser de otro modo, mucho respeto hacia sus músicos. Por último, una observación referida a uno de los «grandes interrogantes que circulan por los conservatorios, una gran duda existencial»: ¿Hay que tocar/dirigir de memoria, sin la partitura? Qué más da, lo importante es hacer bien la música, intentar, poner todos los medios para hacer buena música; lo demás son pamplinas» Una vez más he de referirme a una traducción siempre mejorable: «tercias pequeñas», en lugar de «terceras menores»...
Perdón, quizá me he enrollado demasiado. Me resulta terrible, dramático: ¿he de ser yo, un triste particular, un triste profesor de solfeo, quien ponga a disposición de millones de hispano parlantes un documento de esta magnitud, incluso arriesgándome a que me metan en un calabozo Wert y sus secuaces? ¿Para qué, entones, nos dejamos una fortuna en ministerios y ministros de cultura: para que subvencionen el cine español? Me pegaría un tiro pero para qué malgastar unos gramos de plomo… Con ustedes, en primicia mundial, Carlos Kleiber, doblado al español, durante un ensayo y luego en concierto con la Obertura de «El murciélago» de Johann Strauss.

Aprovechando la coyuntura quiero ser, quizá, el primero en desearles un Feliz Año Nuevo...

viernes, 23 de noviembre de 2012

BACH . NUN KOMM’ DER HEIDEN HEILAND (BWV 659) - 18 Chorale Preludes, BWV 651-668


Decíamos hace bien poco que la música no se puede «explicar»; como siempre he dicho a mis alumnos «la música es lo que suena», con lo que quiero decir que  el análisis lo único que consigue es lo que la medicina con una autopsia. La música es lo que suena, y punto. Encima, echo un vistazo por la Red, y lo primero que encuentro es una burrada del tamaño de la Iglesia de Santo Tomás, la famosa Thomaskirche, de Leipzig: que esta composición está en sol menor: ¡que no, pedazo de asno (con perdón por los asnos, seres por los que siento un profundo respeto), que no está en sol menor! La música de Bach no es tonal, como demuestra, entre otros mucho ejemplos, este bellísimo coral; no hay un nombre específico, bonito, mono, para denominarla, por lo que sólo podemos decir que es «pre-tonal». Así, esta pieza está en sol dorio, o dórico. Si observamos la composición vemos que comienza por el acorde perfecto menor de sol y concluye en el mismo acorde pero con la tercera elevada; también podemos comprobar que en la armadura hay sólo un bemol, cuando sol menor, como saben hasta los políticos, lleva dos. Esta armadura se denomina «armadura dórica, o doria», y está constituida por una alteración en más que la correspondiente a la tonalidad homónima menor, de ahí que más de un «¡musicólogo-del-terreno-puaj-qué-asco!» encuentre una magnífica ocasión para demostrar su descomunal ignorancia. De modo que fuera comentarios y análisis superfluos, en todo caso sólo diré que se trata de una de esas obras de las que habrá alguna igual de bella, pero nunca más bella. Es una composición que cualquier músico de un nivel elemental debería saber de memoria, aunque, por desgracia, ni músicos hechos y derechos de esta nuestra Valencia del Cid, y España de Isabel y Fernando, conocen. Toda la música para órgano de Bach (TODA) ha de ser escuchada con atención, partitura delante. La mejor música de Bach es la que escribió para órgano, su propio instrumento, del que fue el mayor virtuoso de todos los tiempos, algo así como un Richter, en cuanto al piano, en la actualidad. En aquella época se hacían torneos, competiciones, musicales (como hoy en día la Champion esa y tal). Por ejemplo, se citaba a Bach y a otro organista (evitaré dar nombres) a tocar algo en tal iglesia y, a continuación (y este era el plato fuerte) a improvisar sobre un tema dado in situ, generalmente había que improvisar una fuga (cágate lorito); la cosa solía transcurrir así: en cuanto tocaba Bach, fuese en primer o segundo lugar, el otro contrincante salía cagando leches de la iglesia y no se le volvía a ver el pelo. Cuando Gilels tocó en Estados Unidos, bastante antes de que Richter hubiera salido de la Unión Soviética, la gente se quedó admiradísima ante su impresionante manera de tocar: «Pues esperen a que venga Richter», fue el humilde y generoso comentario que hizo Gilels. 

Nun komm, der Heiden Heiland, «Ven ahora, salvador de los gentiles», que me aspen si entiendo algo, pero bueno, eran otros tiempos. Escucharemos, a continuación, algunas versiones. En primer lugar la original para órgano y a continuación, ya me conocen, en diversas transcripciones. 


Ton Koopman, órgano
 

Martin Ford, órgano

Vahan Mardirossian, piano

Edna Stern, piano

Amstel Quartet, cuarteto de saxofones

Walter Hilgers, Sebastian Knauer, tuba y piano

Capella Istropolitana, Takako Nishizaki

Graham Anthony Devine, guitarra


Tiempo atrás ya se dedicó una entrada a este junto con otro coral de Bach. Nuestros amigos del buró americano ya se en-cargaron de cargarse los enlaces de bajada. Los audios, como espero que ya sepan, se pueden bajar toquicheando no sé muy bien cómo por el pequeño reproductor de cada versión. Pero las partituras… es otro cantar. Como las cándidas almas que revolotean por las aulas en las que yo hago lo que buenamente puedo han de tocar este coral al piano (para que luego digan de la chuventut), vuelvo a subir un manojo de partituras (en la edición completa las páginas 114 - 115), entre ellas el facsímil del mismísimo manuscrito de Bach nuestro señor. Quien quiera más ediciones puede buscarlas AQUÍ.


sábado, 17 de noviembre de 2012

GRIEG - ICH LIEBE DICH (Op. 5, Nº 3)


Edvard Grieg - Bergen (Noruega) 1843 - 1907
En estos tiempos, en estos días, en los que el odio, la ofensa, la afrenta y el siempre cobarde insulto al más débil, son la moneda en curso, vil metal del que, a pesar de  estar inmersos en una crisis económica, nunca hay carencia; tiempos en los que la crisis todavía mayor es la cultural, crisis de los valores más elementales como el simplísimo y elemental respeto; tiempos de una ignorancia pertinaz, que en ella misma se relame y en su propio detritus hoza como una bestia inmunda, que es arrojada salvajemente a la cara del prójimo, ignorancia que se cree poseedora única de la razón y la verdad única; ignorancia que cuando en su torpe devaneo se encuentra con un triste cromo, un miserable panfleto, sólo es capaz de entenderlo como un arma nueva con la que humillar y ofender a los demás (creyendo que ese patético cromo o panfleto le hace inmensamente culto y superior al resto)... En estos difíciles tiempos de barbarie generalizada, de estupidez, de estulticia; en los que el amor, como casi todo, es de gastar y tirar... En estos tiempos, cuán cursi, cuán anacrónico resulta decir: «te quiero», «te amo», y cuánto más necesario. Pues hoy, cual salmón contra la más recias corrientes, voy a rebasar todas las barreras imaginables para muchos, de la cursilería, de la ñoñez, del sentimentalismo, y me tiro a la piscina de cabeza, me convierto por un momento en un trapecista sin red. «Ich liebe dich», «Te amo», tal es el título de la canción de Grieg que les propongo. El texto de esta canción está escrito a partir de un poemita de Hans Christian Andersen. Una vez más me ha resultado difícil encontrar una traducción aceptable; ha sido en el programa de una serie de conciertos de la Fundación Juan March, de diciembre de 1994.


Ich liebe dich

Du mein Gedanke, du mein Sein und Werden!
De meines Herzens erste Seligkeit!
Ich liebe dich wie nichts auf dieser Erden,
Ich liebe dich in Zeit und Ewigkeit!

Ich danke dein, kann stets nur deiner denken,
Nur deinem Glück ist dieses Herz geweiht;
Wie Gott auch mag des Lebens Schicksal lenken,
Ich liebe dich in Zeit und Ewigkeit.

Te quiero

¡Tú, pensamiento mío, tú mi ser y devenir!
¡Tú, primera delicia de mi corazón!
¡Te quiero más que a nada en esta tierra,
te quiero, te quiero, en el tiempo y la eternidad!

Pienso en ti, no puedo dejar de pensar en ti,
este corazón se entrega sólo a tu felicidad;
¡sea cual sea el destino que Dios depare a mi vida,
te quiero, te quiero, en el tiempo y la eternidad!

Su música, bellísima, está muy bien escrita.


Unas delicadas disonancias, talladas con afilados estiletes, consiguen una emoción vibrante, hiriente. Elisabeth Schwarzkopf y Geoffrey Parsons la interpretan así:


Pero, claro, tengo más versiones. Como esta, de Alma Oosthuizen.



Con acompañamiento orquestal, cantado por Dermot Troy.


Una transcripción para orquesta a cargo de Budapest Strings.


O esta otra, para saxo y piano, a cargo de Edward Rushton u Harry-Kinross White.


También para trío, por Elite-Künster Trio.


Y para piano solo, la de Margery McDuffie.


En esta versión, el pianista destaca muy bien esas disonancias que señalaba al principio. Love Derwinger, se llama el pianista, y canta Monica Groop.


[Esto sigue creciendo (23.11.12) y véase el "nuevo" final de la entrada] Acabo de recibir esta versión, la de mi amado Hans Hotter.


Para concluir, de nuevo la versión original para voz y piano, una versión preciosa, la mítica de Kirsten Flagstad.


[Segunda conclusión] Un amable lector me ha recordado una gran versión, la de la gran cantante española (¿mi preferida?) Victoria de los Ángeles (1923 - 2005).

Dice nuestro nuevo amigo que sus padres ponían en el coche un CD con esta interpretación; deduzco, se trata de alguien joven; sus padres son unas personas cultas, sensibles y de buen gusto, y nuestro lector ha heredado estas raras cualidades, en definitiva: tiene unas cuantas valiosas razones para sentirse afortunado. Gracias por todo, oriolr.


 

Una tímida petición, o sólo una sugerencia: díganle «te quiero», «te amo», a su mujer o a su marido, a su pareja, a su gato o a su perro, a su amante, a su amigo, a su amiga, a sus hijos e hijas, a su cactus, a un árbol, díganselo a ustedes mismos.