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martes, 3 de septiembre de 2013

HERMANN HESSE – EL JUEGO DE LOS ABALORIOS


De ninguna otra manera pueden llegar a ser más fácilmente 
amigos dos hombres que haciendo música. Esto es hermoso

Hermann Hesse fue, entre otras cosas, un escritor y poeta alemán nacido en 1877 y muerto en Suiza en 1962. Su apellido siempre se ha pronunciado mal: en lugar de ˈhɛsə se suele pronunciar ˈhɛs, como el de su infame compatriota de nombre Rudolf. La vida de Hesse, como la de casi todos sus contemporáneos, por no decir coetáneos, fue difícil y peculiar, por no decir novelesca. Ya desde la infancia demostró una personalidad fuera de lo común. 


Ante la imposibilidad de estudiar poesía se escapó de casa;  las discrepancias con su familia tuvieron como consecuencia que deambulase de colegio en colegio, hasta el extremo de llegar a ser internado en un par de instituciones psiquiátricas tras un intento de suicidio a la temprana edad de quince años. Más tarde retomó los estudios pero los abandonó para comenzar a trabajar en diferentes oficios. Uno de los que más ejerció fue el de librero, lo que le permitió completar su formación cultural de una manera autodidacta: cuando terminaba su jornada laboral se dedicaba a leer lo que durante el día tenía que catalogar y colocar en estanterías. Existe una buena biografía del escritor a cargo de su amigo Hugo Ball, publicada con traducción al español por Carlos Fortea y publicada por Acantilado; quien desee conocer más a fondo a Hesse puede leer este librito. Yo concluiré esta sucinta narración de su vida comentando algo que siempre me ha causado una sana envidia: los lugares en los que vivió. En primer lugar, y tras su casamiento con Maria Bernoulli, se instaló con ella a orillas del lago Constanza, en la ciudad de Gaienhofen.



Más tarde se trasladaría al país que iba a ser su segundo y definitivo hogar: Suiza. Citaré la primera ciudad en la que vivió, la encantadora ciudad de Berna:

 

Con sus calles de acogedores soportales.


Posteriormente dejó Berna y se trasladó al cantón de Ticino, en donde Hesse alquiló la palaciega casa Camuzzi, idílico lugar en el que entregarse a la meditación, el estudio y la escritura.

 
Hace unos quince años cayó en mis manos el libro que hoy quisiera comentar, uno de los mejores libros que he leído y que, por supuesto, se han escrito: «El juego de lo abalorios», novela publicada en 1943. Algunos críticos literarios han señalado que esta obra fue la que decidió a los miembros de la Academia a concederle el premio Nobel, tres años después de su aparición. Sea como fuere, «El juego de los abalorios», es sin duda su obra maestra.


No es un libro demasiado fácil de leer; en él, un narrador anónimo nos cuenta la vida de Josef Knecht. La trama de la novela gira en torno a un juego, que en ningún momento queda claramente explicado ni definido, pero del que sabemos que consta de una combinación de, entre otras cosas, música, matemáticas y filosofía. Leemos en la Wikipedia que según según Luis Racionero, Hermann Hesse propone en esta novela su ideal de cultura, opinión que, humildemente, comparto plenamente: «Una sociedad que recoge y practica lo mejor de todas las culturas y las reúne en un juego de música y matemáticas que desarrolla las facultades humanas hasta niveles insospechados.»


La época en la que transcurre es un tiempo futuro indeterminado y se ubica en una ciudad utópica que Hesse llama Castalia, nombre tomado de la mítica fuente de Delfos cuyas aguas dotaban a quienes las bebían de elocuencia, de genio para la poesía. En ese momento futuro ya ha quedado atrás lo que Hesse llama la «época folletinesca».  Merece la pena leer la descripción que el propio Hesse hace de esta época en su libro:

«El movimiento espiritual, cuyos frutos —entre muchos otros— son el establecimiento de la Orden y el juego de abalorios, tiene sus comienzos en un período de la historia que desde las investigaciones fundamentales del historiador literario Plinius Ziegenhals lleva la denominación por él creada de “época folletinesca”»

(…)

«Debemos confesar que no estamos en condiciones de dar una clara definición de los productos por los cuales denominamos “folletinesca” a esa época. Al parecer, fueron elaborados por millones como una parte especialmente preferida en el material de la prensa diaria, formaron el alimento principal de lectores necesitados de cultura, informaron o, mejor dicho, “charlaron” de mil objetos de la ciencia y, verosímilmente, los más inteligentes de estos folletinistas se solazaron a menudo con su propia labor; por lo menos, Ziegenhals admite haber topado con muchos de estos trabajos que se inclina a interpretar como automofa de sus autores por ser absolutamente incomprensibles. Es muy posible que en estos artículos producidos “industrialmente” se derrochara una cantidad de ironía y autoironía, para cuya comprensión fuera necesario hallar antes la clave. Los fabricantes de estas jugarretas pertenecían en parte a las redacciones de los diarios, en parte eran “escritores libres”, y a menudo hasta se los llamaba poetas pero parece también que muchos de ellos pertenecían a la categoría de los sabios y aun algunos fueron universitarios de renombre. Temas preferidos de tales ensayos fueron anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia; titulados, por ejemplo: Federico Nietzsche y la moda femenina alrededor de 1870 o Los platos preferidos del compositor Rossini, o El papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc. Además, gustaban las consideraciones que historian los temas actuales de conversación de los ricos, como El sueño de la fabricación artificial del oro en el curso de los siglos, o Las tentativas para influir quimiofísicamente sobre el clima y cien argumentos parecidos. Cuando leemos los títulos de tales retahílas citados por Ziegenhals, nuestra extrañeza no es tanto por el hecho de que hubiera gente que las ingería como lectura cotidiana, cuanto porque autores de fama y categoría y buena preparación cultural contribuían a servir este gigantesco consumo de interesantes naderías, como rezaba en forma elocuente la expresión empleada: ella indica por lo demás también la relación de entonces del hombre con la máquina. De vez en cuando, tenía especial preferencia la interpelación de personalidades conocidas sobre problemas del momento, a la que Ziegenhals dedica un capítulo especial; en ellas, por ejemplo, se hacía hablar a químicos o a virtuosos pianistas de renombre sobre política, a actores en boga, bailarines, gimnastas, aviadores o también poetas sobre ventajas y desventajas de la soltería, sobre las presumibles causas de la crisis financieras, y otros temas de esta naturaleza. Se trataba únicamente de poner en relación un nombre conocido, con un tema justamente actual: hay que leer los ejemplos, algunos desconcertantes, que Ziegenhals enumera por centenares. Como dijo antes, es posible suponer que en toda esta actividad se mezclaba buena parte de ironía, quizá está ironía fuera diabólica o desesperada, hoy no es fácil imaginarlo; pero por la enorme multitud que a la sazón parece haber sido tan sorprendentemente aficionada a la lectura, todas esas cosas grotescas fueron aceptadas indudablemente con seria buena fe. Si un cuadro famoso cambiaba de dueño, si se subastaba un valioso manuscrito, sí se quemaba un antiguo castillo, si el portador de un apellido de lavieja nobleza se veía envuelto en un escándalo, los lectores conocían en mil folletines no solamente estos hechos, sino que recibían también el mismo día o, a lo sumo, al día siguiente, una cantidad de material anecdótico, histórico, psicológico, erótico, etc., relativo al tema del caso; sobre cada acontecimiento del día se volcaba un río de acuciosas apuntaciones, y la obtención, la clasificación y la formulación de todas estas comunicaciones lució absolutamente el sello de la mercancía de gran consumo, producida rápidamente y sin responsabilidad.»

No es menester señalar que la época que describe Hesse como «folletinesca» es, corregida y aumentada, la época en la cual todavía estamos inmersos. Son tantos, incontables, los ejemplos que se podrían citar para demostrar esta afirmación que mejor dejamos la tarea a la imaginación de quienquiera que lea estas líneas.

Quienes con mayor o menor asiduidad siguen este blog saben que no me gusta destripar los libros que comento hasta el extremo de quitar el interés por su lectura; jamás leo, antes de comenzar un libro, las solapas y contracubiertas pues en la mayoría de los casos te desvelan hasta el nombre y apellidos del asesino, pongo por caso, substituyendo las ganas de leerlo por las de escribir a su editorial y decirles cuatro cosas. 

De modo que yo ya me hago a un lado. Simplemente añadiré que considero este libro de imprescindible lectura. Es más, todas aquellas efímeras criaturas que merodean por las aulas en las que como buenamente puedo ejerzo mi oficio considérense en la más absoluta obligación de leerlo con suma atención, lápiz y cuaderno a mano, es más, ya no leerlo: ¡estudiarlo! 

Copio a continuación un breve fragmento del primer capítulo, titulado «La vocación». Sí, han leído bien, «vocación», esa palabra completamente en desuso, incluso políticamente incorrecta: hoy en día no hace falta vocación para estudiar cualquier cosa: cualquier gandul e indolente holgazán «tiene derecho» a «estudiar» lo que se le antoje, tenga o no vocación para esos estudios, por no hablar de las aptitudes, cualidades y actitudes necesarias para hacerlo. Quiero destacar de este fragmento, la relación que desde el primer momento se establece entre maestro y discípulo; aquel: bondadoso, amable, cariñoso, respetuoso; este: emocionado, cargado de inocencia, atento, dispuesto, cariñoso, respetuoso: ¿no es esa la relación que siempre debe haber entre un profesor y su alumno?, ¿es, por lo general, esa la actitud entre estos dos elementos imprescindibles de la sociedad en la actualidad? Me he tomado la libertad de ilustrar el fragmento con unas breves intervenciones musicales. 

Una última advertencia: en esta época folletinesca en la que vivimos no es fácil encontrar en las librerías un «libraco» como este; en todo caso pueden encargar la única edición que de él existe, una de bolsillo del año catapún. ¡Qué lástima!


Hermann Hesse
El juego de los abalorios
Capítulo I - La vocación
Fragmento

«De su infancia, es decir, de la época de su admisión en la escuela de selección, sabemos un solo hecho, pero éste es muy importante y está colmado de sentido simbólico, porque significa el primer gran llamado del espíritu en él, el primer acto de su vocación; y es significativo que este primer llamamiento no surgió del lado de las ciencias, sino del de la música. Debemos este breve trozo de biografía, como casi todos los recuerdos de la vida personal de Knecht, a las anotaciones de un estudiante del juego de abalorios, un fiel admirador que conservó apuntadas muchas manifestaciones y confidencias de su gran maestro.

Knecht debía tener entonces quizá doce o trece años y era alumno de latín en la pequeña ciudad de Berolfingen, en la margen de la selva de Zaber que, es de presumir, fue también su lugar natal. En realidad, el niño era ya desde hacía tiempo un becado de la escuela de latín y había sido recomendado dos o tres veces por el colegio de maestros, con especial entusiasmo por el maestro de música, a las autoridades superiores para su admisión en las escuelas de selección, pero él nada sabía de esto y todavía no había tenido el menor contacto con los “selectos” y menos aún con los maestros del supremo poder de la educación. Un día, su maestro de música (estudiaba el violín y el laúd) le comunicó que tal vez llegaría muy pronto a Berolfingen el gran maestro de armonía, para inspeccionar la enseñanza musical en la escuela. Josef debía, pues, ejercitarse diligentemente y no colocar en aprietos a su maestro. La noticia excitó muy profundamente al niño porque, naturalmente, sabía con exactitud quién era el gran maestro y que no solamente acudía dos veces por año como los inspectores escolares con algún cargo en las zonas superiores de las autoridades de enseñanza, sino que era uno de los doce semidioses, uno de los doce directores supremos de esa respetabilísima autoridad y la más alta instancia en el país para todas las cuestiones musicales. ¡Llegaría, pues a Berolfingen el mismo gran maestro, el Magister Musicae en persona! Había en el mundo una sola personalidad que tal vez hubiera sido más legendaria y misteriosa para el niño Josef: el maestro del juego de abalorios. Un enorme y angustioso respeto hacia el anunciado Magister Musicae le invadió; se representaba a este hombre ora como un rey, ora como un hechicero, ora como uno de los doce apóstoles o uno de los fabulosos grandes artistas de las épocas clásicas, alguien como Miguel Praetorius, Claudio Monteverdi, Juan Jacobo Froherzer o Juan Sebastián Bach y, tan pronto se alegraba profundamente por el instante en que aparecía ese astro, como también lo temía. El hecho de que uno de los semidioses y arcángeles, uno de los misteriosos y todopoderosos regentes del mundo espiritual, aparecería allí personalmente en la pequeña ciudad y en la escuela de latín y que él lo vería, que el maestro quizá le hablaría, le examinaría, le censuraría o le alabaría, era algo muy grande, una suerte de milagro, un raro fenómeno celeste; porque también, como afirmaban los docentes, ocurría por primera vez desde muchas décadas que un Magister Musicae en persona visitara la ciudad y la escuelita. El niño imaginó el hecho inminente de muchas maneras; ante todo pensó en una gran fiesta pública y en un recibimiento como había visto una vez al tomar posesión de su cargo el nuevo burgomaestre, con banda de música y las calles embanderadas, quizá también con fuegos artificiales; hasta los camaradas de Knecht pensaban y esperaban lo mismo. Su anticipada alegría era disminuida solamente por la idea de que él estaría quizá muy cerca del grande hombre y no podría ufanarse ciertamente ante él, gran conocedor, con su música y sus respuestas. Pero esta angustia no era sólo torturante, era también dulce y, en absoluto secreto, no encontraba la tan esperada fiesta con banderas y fuegos artificiales tan hermosa, tan excitante, tan importante y tan maravillosamente alborozada como precisamente la circunstancia de que él, el pequeño Josef Knecht, vería a ese hombre desde muy cerca y que éste haría su visita a Berolfingen un poco por él, por Josef, porque venia para inspeccionar la instrucción musical y el maestro local de música suponía evidentemente que con toda posibilidad lo examinaría a él también.

Pero tal vez, ¡ay!, eso no ocurriría, era apenas posible; seguramente el Magister tendría otra tarea que cumplir que hacer tocar el violín a pequeñuelos delante de él, vería y escucharía ciertamente sólo a los mayorcitos, a los más adelantados entre los alumnos ... Con estos pensamientos el niño esperaba el día, y el día llegó y comenzó con una desilusión: ni música en las calles, ni banderas y guirnaldas en las casas; había que tomar libros y cuadernos como los demás días e ir a la clase acostumbrada; ni en las aulas se veía el menor rastro de adorno y festividad; era un día como todos los otros días... Comenzó la lección; el maestro llevaba el mismo traje de siempre y no mencionó al gran huésped de honor con ningún discurso, ni siquiera con una palabra.

Mas durante la segunda o tercera hora de clase lo esperado ocurrió; llamaron a la puerta, entró el bedel, saludó al maestro y anunció que el alumno Josef Knecht debía presentarse un cuarto de hora más tarde ante el Magister Musicae, cuidando de peinarse convenientemente y limpiarse las manos y las uñas. Knecht palideció de miedo, salió del aula tambaleando, corrió hasta el internado, dejó sus libros, se lavó y se peinó, tomó temblando el estuche con su violín y su cuaderno de ejercicios, y fue, con la garganta apretada, hasta la sala de música en el anexo de la escuela. Un compañero, excitado, lo recibió en la escalera, le indicó una sala de estudio y le dijo:

—Tienes que esperar aquí hasta que te llamen.

No pasó mucho tiempo hasta que fuera liberado de su espera, pero le pareció una eternidad. Alguien le llamó, y entró un hombre, un anciano, como le pareció al principio, no muy alto, canoso, con agraciado rostro luminoso y ojos de color azul claro, de mirar penetrante, que no asustaba, porque no sólo era penetrante sino también alegre, de una alegría no tiente o sonriente, sino suave, brillante y tranquila. El anciano tendió la mano al niño y le hizo una seña con la cabeza, se sentó pensativo en el taburete, delante del viejo piano para ejercicios y dijo:

—¿Eres Josef Knecht? Tu maestro parece estar contento de ti; creo que te quiere. Ven, vamos a hacer un poco de música juntos.

Knecht había sacado ya antes su violín del estuche, el anciano tocó el la, el niño afinó su instrumento y luego miró al maestro inquisitivamente y angustiosamente.

—¿Qué prefieres tocar? —preguntó el maestro.

El alumno no pudo contestar, estaba turbado por respeto hacia el anciano: nunca había visto un hombre así. Vacilando tomó su libro de notas y lo tendió al maestro.

—No, no —dijo éste—; quisiera que tocaras de memoria y no una pieza de ejercicio, sino algo sencillo que tú sepas de memoria, quizá un lied que te guste.

Knecht estaba confundido y hechizado por aquel rostro y aquellos ojos; no lograba responder; se avergonzaba mucho de su confusión, pero no podía decir nada. El maestro no le apremiaba. Con un dedo tocó los primeros compases de una melodía, 


miró al niño como preguntando, éste asintió y ejecutó en seguida la melodía con verdadero gozo: era una de las viejas canciones que se cantaban a menudo en la escuela.



—¡Repítela! —dijo el maestro.

Knecht repitió la melodía y el anciano acompañó en el piano esta vez. La vieja canción resonó a dos voces en la reducida aula de ejercicios.

—¡Otra vez!



Knecht tocó y el maestro acompañó con una segunda y tercera voz. A tres voces resonó la bella canción antigua en la habitación.


—¡Una vez más! —y el maestro la acompañó con tres voces.


—¡Hermosa canción! —murmuró quedamente el maestro—. ¡Tócala ahora a la manera antigua!

Knecht obedeció y tocó; el maestro le había dado la primera nota y lo acompañaba a tres voces. Y el anciano seguía repitiendo: “¡Otra vez!” y cada vez su voz estaba más alegre. Knecht tocó la melodía en registro de tenor, siempre acompañado por dos y aun por tres voces. Muchas veces tocaron ambos la canción y ya no era necesaria indicación alguna; a cada repetición, la melodía se enriquecía por sí misma con adornos y agregados. El pequeño cuarto desnudo en la alegre luz mañanera resonaba festivamente, reflejando las tonalidades.


Después de un rato, el anciano dejó de tocar.

—¿Es suficiente? —preguntó.

Knecht meneó la cabeza y comenzó de nuevo, el otro irrumpió con sus tres voces de acompañamiento y las cuatro trazaron sus claras y sutiles líneas, conversaron entre sí, se apoyaron mutuamente, se entrecortaron y envolvieron una y otra en gozosos arcos y figuras, y el niño y el anciano no pensaron en otra cosa ya, se entregaron a las bellas líneas tan emparentadas y a las figuras que formaban en sus encuentros, hicieron música presos en su red, se acunaron levemente y obedecieron a un invisible director de orquesta. Hasta que el maestro, cuando la melodía acabó una de las tantas veces, volvió la cabeza y preguntó:

—¿Te gustó, Josef?

Agradecido y resplandeciente, Knecht lo miró. Estaba entusiasmado y lo demostraba en el rostro, pero no podía decir una sola palabra.»

31 comentarios:

  1. Así da gusto leer los capítulos, con música incluida.
    Lejos de derivar hacia una Castalia nuestra sociedad lo hemos hecho hacia Catastralia, por el evidente aumento de casas, inversamente proporcional al aumento de la cultura.

    Gracias, Carlos, por tus aportes.

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    1. Tienes razón, amigo Tempero, aunque las casas que se hacen en la actualidad tampoco son como las de antes: la mayoría tan solo son un pretexto para que un puñado de ladrones se enriquezcan vilmente; un montón de ladrillos amontonados de mala manera sin tener en cuenta el resultado estético, ni el entorno, ni nada que no tenga que ver con costes, inversiones, beneficios, y cosas parecidas.

      Gracias a ti, Manuel, por tu visita a este tu blog en el que siempre eres bien recibido.

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    1. Querido Raúl, espero que recuperes pronto la voz, tienes mucho que decir...

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  3. Carlos, que decirte.Una belleza compartida amplifica el goce.Es este uno de mis libros preferidos y quiero felicitarte por este sano encanto de compartir tan bellas cosas. Daniel Giraudin

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    1. Estimado Daniel, cuánta razón tienes al decir que compartir la belleza amplifica su goce. Incluso me atrevería a decir que si no se comparte, si no hay alguien que te dice que sí, que lo que tú consideras bueno y bello también a él le parece así, es como si te quedases con la duda: ¿estaré en lo cierto? ¿es tan magnífico esto que a mí me gusta tanto? Gracias a tu comentario compruebo que no estoy solo en mis pareceres, que hay personas, como tú, que entienden lo mismo que yo entiendo, que ven el mundo a través del mismo prisma que yo lo veo.
      Gracias a ti.

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    2. Carlos, Hesse ha sido el compañero de largos viajes...
      Recuerdo a su lobo de las estepas que perdió misterio, temblor y poesía cuando invité a Freud a caminar con nosotros...
      Sin embargo sigo pensando en su tren al óleo que atravesó el marco y huyó del cuadro...Busqué y busqué ese texto para volver a sentirlo pero fue un alivio cuando no lo encontré...Porque pude seguir imaginando su destino mientras marcha sobre los rieles azules de las venas...

      Nunca dudo de la percepción de la Belleza. que no requiere testigos
      ¿Se puede dudar acaso cuando el huracán te lanza sobre los acantilados?
      Un abrazo y gracias por tu entrañable texto.

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    3. No mencioné ese otro gran texto de Hesse por centrarme en su juego. Pero qué gran libro también. Tienes razón, luego vino Freud y encendió esa lucecita, que sin embargo alumbró, llenó de luz, tantos rincones. Pero lo que no consiguió fue matar al lobo, el lobo de los cuentos, el lobo de la vida, que seguirá existiendo para siempre, porque forma parte de la vida.
      Escuché citar a Borges al místico alemán Eckhart: "Die Rose ist onhe warum", "La rosa es sin porqué", y desde ese momento no dejo de preguntarme casi a diario cuántas rosas, cuantas infinitas bellezas, lo son sin ningún testigo, sin que nadie levante acta de su infinita belleza.
      Gracias a ti, Inés, por tu bonito comentario.

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  4. Maravilloso Hermann Hesse, y maravillosos tus consejos sobre qué leer, que escuchar...

    Si me permiten, les hablaré de otro libro relacionado con este gran autor. Se trata de "Lecturas para minutos" publicado por Alianza Ed. Se trata de un libro que no puedo despegar de mi, que siempre tengo cerca... Consiste en una selección (a cargo de Volker Michels) de "Pensamientos extraídos de sus libros y cartas", un compendio excelente para sumergirnos en el pensamiento de Hesse y entender, a través de cortas lecturas su manera de ver el mundo.

    Me despido con una cita sacada de este libro, sacada a su vez de una de las cartas de Hesse. Nos habla, de nuevo, de la vocación:

    "No somos juguetes de un poder ciego, externo a nosotros, sino de la suma de dones, debilidades y otras herencias que aporta el hombre. La meta de una vida sensata es oír la llamada de esa voz interior y seguirla en lo posible."

    Un saludo.

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    1. Afortunadamente para la Humanidad hay unos cuantos autores maravillosos; desgraciadamente para nosotros, serían necesarias varias vidas para leer todas sus maravillosas obras. Por eso, como tú, siempre hay que ir por ahí con libros pegados, en los bolsillos, sobre la mesa, en las estanterías, por el suelo... "si no siempre entendidos siempre abiertos..."
      "Lecturas para minutos" es, en efecto, un libro precioso; hay otros: "Pequeñas alegrías", "Elogio de la vejez"... también preciosos. El epistolario que mantuvo con Stefan Zweig (El acantilado) también guarda pequeños tesoros.
      Muchas gracias por la cita con la que nos has obsequiado: debería estar tallada en el dintel de la puerta de acceso de cada institución educativa.
      Un abrazo

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  5. Hesse nos hizo temblar a todos los que transitamos, jóvenes, deslumbrados, ilusionados, sus palabras. Nos marcó para bien, y con tinta indeleble, o por lo menos a mi que fue imprescindible a mis 17 años.
    Es deliciosa esta entrada, nos ha hecho temblar otra vez frente a Hesse; y deliciosa por muchas razones: por su entusiasmo y pasión al traerlo, por su inteligencia al elaborar con amor pedagógico el post, y por esa forma tan rica y curiosa de introducir la música.


    "hicieron música presos en su red, se acunaron levemente y obedecieron a un invisible director de orquesta".

    Qué gozada!

    Gracias a Ud, y a todos los comentarista que lo siguen, y me hacen disfrutar con sus palabras y aportes ( deliciosos también)y a Hesse por esas reflexiones tan capitales hoy en día:

    "No somos juguetes de un poder ciego, externo a nosotros, sino de la suma de dones, debilidades y otras herencias que aporta el hombre. La meta de una vida sensata es oír la llamada de esa voz interior y seguirla en lo posible."

    Un cordial abrazo

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    1. Tiene mucha razón, querida Inés, ustedes, con sus comentarios y reflexiones, completan las entradas, las enriquecen verdaderamente. Se me ocurre que con cada serie de comentarios formamos entre todos un particular juego de abalorios, en el que citas, pensamientos e intenciones expresadas con amabilidad y respeto se entrelazan y combinan. Me hace feliz pensar que entre todos formamos un ámbito que nada tiene que ver con la "época folletinesca" que nos ha tocado vivir.
      Un afectuoso saludo

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  6. Me acabo de comprar este libro, me lo compre de segunda mano en un mercado de cachureos, es una edición antigua y condiciones no perfectas pero aceptable para la lectura, estoy emocionada y un poco intimidada por su tamaño y complejidad, pero esta información me ha sido muy útil y me lanzare a esta aventura... Muchas Gracias...

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  7. Carla, no le tengas miedo a este libro. Es complejo, cierto, y también un poco grueso. Pero como en ningún momento queda claramente definido en qué consiste ese "juego de los abalorios", el lector puede sencillamente dejarse llevar por el placer de la lectura, por el devenir de los acontecimientos, por la cotidianidad de los personajes, sin tener que intentar sacar demasiadas conclusiones, demasiado "saber", pues como he dicho el autor deja muchos aspectos a la imaginación del lector. En este libro, como en tantas otras cosas de la vida, lo importante es el camino y no la meta, su placentera lectura y no la comprensión "absoluta" que podamos sacar de esa lectura. Intuyo que vas a disfrutar con la lectura de este libro, no todo el mundo lo escoge entre tantos miles...
    Espero que así sea.
    Gracias a ti, por escribir tu comentario.

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  8. Ayer llegué a "Guerra y Paz" buscando sobre Herman Hesse y el I Ching y ha sido un maravilloso descubrimiento. Maravilloso Hermann Hesse y maravilloso este blog...

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    1. Me alegro mucho de que haya llegado hasta aquí y haya encontrado lo que buscaba. También me alegra que haya personas que, como usted, indagan sobre Hesse, sobre el I Ching. Le agradezco su amable comentario. Lamentablemente los audios ya no se pueden escuchar, el servidor en el que están guardados dejó de funcionar. Cientos de archivos de audio que perdí para siempre. He estado buscando por casa los fragmentos musicales que acompañaban esta entrada pero no los he podido encontrar; si todavía doy con ellos volveré a subirlos, a un nuevo servidor, y así quizá pueda usted leer y escuchar toda la entrada en su integridad.

      Le saludo cordialmente

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    2. No sé si llegaré a tiempo... He encontrado los audios que acompañan esta entrada y voy a intentar volver a insertarlos, quizá pueda usted volver dentro de un rato y pueda leer el fragmento de Hesse con la música que intercalé en su día.

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    3. Justo volví para releer el fragmento de Hermann Hesse porque quería pasárselo a un amigo y que grata sorpresa el poder releerlo acompañado ahora de la música en toda su dimensión. Para mi siempre leer va unido a la música, cada vez que leo un fragmento en mi mente siempre aparece alguna melodía y alguna imagen. Y el poder leer de nuevo este pasaje de El juego de los abalorios, ver las imágenes de Hermann Hesse (me ha encantado en la que aparece sonriendo junto al gato, tanto me ha emocionado que me la he descargado) y ahora ya a la vez escuchar la música intercalada ha sido del todo Mágico. Le envío un cordial saludo y muchísimas gracias por volver a subir de nuevo los audios.

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    4. Muchas gracias, de nuevo, a usted, por sus amables y generosos comentarios.

      Un saludo cordial

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  9. Querido Carlos,una y mil veces gracias!,por este capítulo/concierto de G&P.

    No imaginas las veces que he leído y releído cada párrafo,cada línea,y entre cada �� un suspiro y una sonrisa...y alguna lágrima también.
    Ojalá! algún día te topes con este mensaje;y de ser así te pediría me desveles el "misterio"-el nombre de esa canción-¿?
    Desearía encontrar una nueva forma de decir:Graciassssss!!!!...que hasta ahora,ésta única forma que conozco me parece tan poca cosa; pero hasta que eso ocurra...
    Toma esta rosa!
    Te abrazo!
    C.

    PS: que sepas que el día que te encontré,a tí y a tu precioso Blog lo atesoro con cariño!


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  10. Pues ese día ya está aquí, ya me he topado con te mensaje. Y soy yo quien te agradece, mil veces, tus palabras. Me hace feliz que hayas disfrutado con esta entrada, es una de mis pocas alegrías; gracias por hacérmelo saber.

    La canción se titula "Da unten im Tale", que significa "En el fondo del valle". Es una canción popular alemana para la cual, Brahms, escribió un acompañamiento bellísimo. Es tanto lo que me gusta esta canción que escribí una entrada sobre ella:

    http://guerraypaz-carlos.blogspot.com.es/2011/08/da-unten-im-tale-de-johannes-brahms.html

    Lamentablemente ya no se puede descargar desde allí la música. Pero si quisieras escuchar esta versión que te digo de Brahms dímelo que la subiré o te la haré llegar de un modo u otro.

    Muchas gracias de nuevo, por todo, también por la rosa

    Un abrazo

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    1. ¡Hurraaaaaaa,me has dejado una respuesta!!

      Disculparás mi entusiasmo,y eso que no te imaginas el grito que he pegado...
      He tenido que sumergirme en el baúl de mis recuerdos,porque tenía mis sospechas que se trataba de Brahms;luego tu me lo has confirmado.Si supieras que cuando algo se me mete en la cabeza,no me doy tregua alguna.

      Sé que no viene a cuento,porque aquí se habla de Hesse; pero es que no lo he podido evitar... Ha sido el escuchar la cancioncilla,enlazada al diálogo que se forma entre el maestro y Josef,que he regresado a mi época infantil y me ví leyendo el Cuore de Edmundo de Amicis...y me he emocionado tanto,tanto!.
      Espero tener la oportunidad de leer este libro maravilloso que recomiendas.

      Hay una parte de tu respuesta que me entristece,y es cuando dices:
      Me hace feliz que hayas disfrutado con esta entrada,es una de mis pocas alegrías;gracias por hacérmelo saber.
      Siento mucho sentirte triste,y de corazón deseo te encuentres bien de salud,que recuperes ese espíritu tan generoso;que vuelvas pronto¡Maestro!
      Con más fuerzas y renovado.

      Aquí ya es otro día,casi te diría que te escribo desde el futuro.¡Sí! Ya es miércoles 5 de agosto...Espero que hoy pueda conciliar el sueño.
      Gracias,por regalarnos tan buenos momentos,por cultivarnos...Haces que mis noches de insomnio sean más llevaderas.

      Un abrazo



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    2. No tengo nada que disculpar, al contrario, es muy bonito tu entusiasmo. De nuevo vienes a alegrarme: por cierto, hay un libro de Hesse titulado “Pequeñas alegrías”, en el que habla de eso, de esas pequeñas cosas que nos dan destellos de felicidad. “El juego de los abalorios” es un gran libro, no puedo dejar de aconsejarte su lectura, seguro que no te defrauda.

      Y mira, no conocía el libro que mencionas de Edmundo de Amicis y he visto por internet que es un libro muy famoso y muy leído por todo el mundo. Tengo muchos libros entre manos, con este nuevo ya tendré que hacer malabarismos con ellos.

      Es bonito eso que dices de que escribes desde el futuro, y cierto; estamos acostumbrado a escribirnos desde la distancia, a leer voces que viene del pasado, pero absolutamente inusual que nos vengan palabras pensadas en el futuro.

      Te voy a hace un pequeño regalo, espero que funcione. He seleccionado unas pocas versiones de “Da unten in Tale”, y he ideado una manera de hacértelas llegar. Si copias y pegas en el navegador el enlace de aquí debajo te aparecerá una página de WeTransfer en la que hay una flecha hacia abajo, un “Estamos listos” y un “Descarga”; si haces clic en “Descarga” empezará a bajar a tu ordenador un archivo comprimido con la selección de versiones que seguro serán de tu agrado.

      El insomnio es muy malo, lo sé por larga experiencia. Que también estas canciones hagan tus noches más llevaderas.

      Un abrazo

      El enlace:

      http://we.tl/MXFm4j438h

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    3. ¡Qué lindo detalle!

      ¡Hoy me has dado una alegría!.En serio,agradezco el gesto y el tiempo que dedicas...me hubiera encantado decirte que pude realizar la descarga.Lo he intentado tantas veces,que ya perdí la cuenta.

      Aunque tengo que reconocer que yo sé poco,por no decir-nada-de lo que supone descargar archivos,etc.Fijate,que no conocía WeTransfer,y así por el estilo desconozco otras tantas.
      Siempre he creído que no soy de ésta época,mas bien diría que de ninguna!...En fin,que lo importante aquí es la"pequeña alegría"que tú
      me has regalado,y eso nadie me lo quita!

      Y respecto al Cuore de Amicis,pues que quieres que te diga; que es uno de mis mejores recuerdos,además de su sencillez y ternura me recuerda tanto a la familia.Ahora mismo,me parece que estuviera leyendo un pasaje en la casa paterna...y riendo y comentando entre todos...!Qué bonito!

      Incluso ahora de grande lo leo para evocar esos momentos,y para no olvidar...No importa los años que acumulamos-cuando se trata de un libro- y lo curioso es que ellos perdurarán en nuestra memoria,en el alma,y en nuestro "Cuore"...¡Ellos que han vivido tanto!

      Cuídate siempre,querido Carlos.

      Te abrazo muy fuerte

      P.S: yo no me rindo fácilmente,seguiré intentando descargar"mi pequeña alegría de agosto"







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    4. ¡¡¡Al finnnn,lo he conseguidoooo!!!

      ¡Qué alegría más grande!...¡Destellos de felicidad!...¡Fuegos artificiales!.

      Siento que hasta me tiemblan las manos al escribirte,parecerá ridículo pero que más me da que lo sea o no...
      Te contaría todo lo que hice y qué no hice,pero ya pa qué "Mea culpa"
      No quiero explayarme más,ni aburrirte.
      La recompensa es mayor cuando lo intentas tantas veces...

      Desearía transmitirte mi agradecimiento a viva voz,pero en vista que eso no es posible;vayan éstas pocas líneas con mis mejores deseos para tí.

      Te dejo descansar de mí...

      ¡Y Yo muy feliz!

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    5. ¡Enhorabuena! Me alegro mucho de que lo hayas conseguido y de que hayas compartido conmigo esa alegría. Ayer anduve yo intentando encontrar la manera de expilcarte cómo hacerlo, intenté hacer apturas de pantalla, en fin, de casi todo, pero luego no sabía cómo hacerte llegar las explicaciones pues esta pequeña ventana por donde nos escribimos tiene muchas limitaciones. Confié en que terminarías por conseguirlo, estas cosas de los ordenadores son así.

      Ahora que ya las tienes te diré que mi versión preferida sigue siendo la primera que escuché, hace muchos años, la de Dietrich Fischer-Dieskau junto al Elisabeth Schwarzkopf. Por supuesto, las otras versiones, todas son de gran calidad.

      De eso habla el libro de Hesse que te comenté el otro día, de esas pequeñas cosas, pequeños logros, pequeñas canciones, que nos alegran por unos instantes, hacen bellos unos pequeños momentos.

      Me siento muy reconfortado por tu agradecimiento, aunque no sea de viva voz.

      No sé qué hora será ahí, aquí son las 08.40 del jueves 6 de agosto... pero supongo que ya estará avanzado el día; que cuando llegue la hora de dormir lo hagas feliz y plácidamente.

      Un abrazo

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  11. Llegué acá de la mano de un libro escondido en una librería de usados..
    Lo leyó? Pregunté?..
    No sabía que existiera....
    En ese momento supe que era mío
    Infancia de un mago Hermano Hesse.
    Esperó conseguir el juego de los abalorios...
    Gracias

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  12. Llegué acá de la mano de un libro escondido en una librería de usados..
    Lo leyó? Pregunté?..
    No sabía que existiera....
    En ese momento supe que era mío
    Infancia de un mago Hermano Hesse.
    Esperó conseguir el juego de los abalorios...
    Gracias

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    1. A buen seguro que disfrutará leyendo a Hermann Hesse.

      Así se lo deseo.

      Un saludo cordial

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  13. Hola. Lei a H. H. A los 17 años. Uno tras otro todos sus libros. En una especie de hipnosis y el juego de los abalorios fue para mi como para su autor el punto final. Desde entonces y tengo 57 no lo volvi a tocar pues creo que jamas podre llegar a penetrar en el sentimiento como entonces y deseo dejarlo donde y como esta. Para mi fue la puerta abierta a la bondad y a la sabiduria. Espero humildemente que lo que he hecho e intentado halla estado a la altura de lo que pretendi. Gracias a H.H por existir

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    1. Gracias por contarnos tu bella experiencia con Hermann Hesse.

      Un cordial saludo

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