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martes, 17 de septiembre de 2013

JOSÉ MARÍA MELIÁ BERNABÉU «PIGMALIÓN» (2)

La presente entrada es complementaria, como es obvio, de la inmediata anterior:


Ya es sabido por quienes siguen con mayor o menor asiduidad este blog que mis entradas en ningún momento pretenden ser ni exhaustivas ni, mucho menos, comunicaciones de nivel académico. En absoluto. No son más que escritos divulgativos, sobre música, libros, o testimoniales, es decir, narraciones de circunstancias y hechos de mi vida que creo pueden tener un mínimo de interés para un público que busca algo más que informaciones más o menos detalladas sobre las relaciones sentimentales de tal o cual personaje famoso, pongo por caso.

En esta segunda entrada sobre Pigmalión quisiera rescatar del olvido algunas anécdotas que en la primera se me quedaron en el tintero, bien por prisas, bien por descuido.

Yo ya me he declarado en este blog, básicamente autodidacta en mi profesión. No obstante, por fortuna, siempre dispuse de algún guía que en mayor o menor medida dirigió mi atención hacia puntos que luego yo ya me encargué de desarrollar por mí mismo. Pero, ¿se puede ser autodidacta en astronomía sin la más mínima ayuda de algún profesor? La respuesta es sí, como así lo dejó demostrado nuestro querido don José. Sólo con la ayuda de los libros que con mucho sacrificio pudo conseguir se formó como astrónomo, saber que como es obvio requiere de muchos otros conocimientos complementarios, tales como la matemática, la geometría, la física. Tengamos presente también que en la época de formación de don José, finales del XIX, principios del XX, en nuestro país la cultura estaba en un nivel más bajo, si cabe, que en la actualidad, que los medios de comunicación eran primitivos, que las librerías escasísimas –sobre todo en una ciudad como Valencia–, en fin, que todo estaba absolutamente en contra para quien quisiera estudiar, aprender cualquier materia, aun disponiendo de medios económicos, caso que no era, ni mucho menos, el de nuestro amigo Pigmalión. Con su portentosa inteligencia, y no menor sacrificio y estudio, no sólo se procuró unos conocimientos básicos, de aficionado, sino de un nivel muy considerable para su época, sólo reconocidos por astrónomos de otros países, como, quien fuera su amigo, el gran astrónomo francés Camille Flammarion. Aprendió por sí  mismo inglés, francés, italiano y un poco de alemán para poder estudiar los libros que ni por asomo estaban en nuestro idioma. Adquirió por sí mismo una cultura que hoy en día, con la inmensa cantidad de medios que disponemos, muy pocas personas poseen.

Cuando yo lo conocí, cuando contaba unos seis años de edad, él tenía ya más de ochenta años. El otro día describí en qué estado estaba su vivienda; su aspecto físico no era menos deplorable. Era un auténtico naturista, ovolactovegetariano, abstemio, que jamás fumó ni un cigarro. Mientras fue joven mantuvo una higiene personal muy sui géneris, por ejemplo, sólo se lavaba los cabellos con clara de huevo, no me pregunten por qué. Pero a medida que fue envejeciendo su higiene personal fue en declive, hasta desaparecer por completo; téngase presente que en la vivienda que habitó sus últimos años no había cuarto de baño, ni bañera, ni ducha ni nada parecido, sólo un minúsculo cuartucho en el que había un váter, sin bidé, por supuesto. De modo que el hedor que exhalaba su cuerpo, así como sus viejísimas y mugrientas vestimentas, era muy difícil de llegar a entender, y soportar. Sin embargo su aliento no era en absoluto fétido, tan puro que fácilmente se abría camino entre los otros olores con los que convivía. Siempre llevó unas largas y desarboladas cabelleras.

En no sé qué año le otorgaron el Premio Ondas, un premio honorífico que se daba gente de radio. Con un elocuente discurso explicó que su casa no era lugar para guardar tal trofeo, que si esto y lo otro, y declinó recogerlo. Pero a mi madre le dijo la verdad: «Mucho trofeo pero ni una peseta, ¿para qué quiero yo ese premio?»

Muy pronto don José ya no se valía por sí mismo. No se podía cocinar, no podía bajar y subir los cinco pisos que separaban su vivienda de la calle, sus ingresos eran prácticamente inexistentes: sólo recibía una mínima compensación económica por las conferencias que escribía para la radio y, quizá, de vez en cuando, alguna pequeña ayuda económica de algún caritativo ex alumno. A mi madre le pagaba, tampoco ella nadaba en la abundancia, unos días veinticinco, otros cincuenta pesetas, lo que buenamente podía. Dado que no tenía a nadie en este mundo, aunque pertenecía a una adinerada familia poseedora de una importante agencia de viajes, fue mi madre quien cuidó de él en sus últimos y penosos años de vida. Le llevábamos alimentos que mi madre le preparaba, y aun así era muy exigente: nada debía tener ni un ápice de sal, la detectaba al instante: «Los alimentos ya llevan su propia sal y no es necesario añadirle ninguna más», le escuché decir más de una vez.

En ocasiones se enfadaba con mi madre, o, mejor dicho, mi madre se enfadaba con él: llevado por su carácter alguna vez le decía a mi madre alguna cosa que la ofendía. Inmediatamente, mi madre, muy herida en su orgullo, pues también tenía mucho carácter, cogía la puerta y se marchaba. No pasaban muchas horas, a lo sumo un día, para que la llamara por teléfono, pidiéndole perdón como un niño, e implorándole que volviera. Mi madre, claro está, cedía, eso sí, no sin protestar durante un buen rato.

Cuando don José caía enfermo, mi madre lo traía a casa para cuidarle. En nuestro comedor había un sofá cama en el que él dormía las noches que hiciera falta. Recuerdo que en aquellas ocasiones, por la noche, yo me levantaba y a hurtadillas me colaba en el comedor; él era noctámbulo, y siempre me acogía con complicidad y agrado. Nos asomábamos a una ventana y desde allí me explicaba cosas del firmamento, cosas que yo no entendía, claro, pero que me gustaba mucho escuchar por la manera tan amena con que me las contaba. Indefectiblemente, al rato, quizá a la una o las dos de la madrugada, mi padre nos descubría en nuestra inocente travesura, y me mandaba a mí a la cama con un sopapo y a don José con una buena reprimenda.

Recuerdo una mañana, a la hora del desayuno, en la que todos andábamos por la cocina, que apareció él, avergonzado, con un manojo de hojas de periódico arrugadas: «Amparín, lo siento, que se me ha ido el cuerpo esta noche», qué pena me dio.

Al poco tiempo enfermó ya de un modo irreversible, creo recordar que de cáncer de próstata. Hubo que ingresarlo en el Hospital General de Valencia, donde lo primero que hicieron fue raparle la cabeza, algo que le hizo sentirse muy humillado. Pocas, o ninguna, visitas recibió aparte de las de mis padres. Un par de veces fui a verlo yo, pero no podía soportarlo, me dolía en el alma verlo allí solo, olvidado y moribundo.

Claro, al poco tiempo murió. Casi nadie acudió a su entierro, en un cementerio de aquí de valencia. Creo que más tarde sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Peñíscola, ese pueblo que tan bien cuidó de su biblioteca. Allí debe de descansar en paz ese gran hombre, valenciano, maltratado en vida y olvidado tras su muerte por su pueblo. Así somos los valencianos.

10 comentarios:

  1. Pues sí que merecía "Pigmalión" una segunda parte. Fascinada he leído este texto, y mientras lo hacía trataba de imaginar las escenas que con tanto detalle nos relata.
    Sus recuerdos son increíbles, sólo seis años! todo lo ha grabado y registrado, nada se le ha escapado, ni los olores, ni el aspecto del culto anciano, ni la casa, ni la falta de higiene.
    Seguramente su familia tan marcada por Pigmalión le ayudó a conservar toda la historia, esa madre tan vital y comprometida...
    Su paso dejó una huella imborrable, qué diferencia con el resto de la sociedad y la propia familia del Don José María Melía Bernabéu.
    Menos mal Carlos que Uds estuvieron allí, para arrancarlo del desconsolado olvido!
    Muchas gracias otra vez.

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  2. En Wikipedia tu querido Don José tiene una modesta entrada en valenciano, como igual ya sabías. Tal vez te animes a completarla (una vez más, desinteresadamente).

    Saludos y hasta pronto

    PD: http://ca.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Meli%C3%A1_Bernabeu

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    1. Gracias de nuevo, Toni. Conocía la entrada a la que nos remites pero, como se puede comprobar, está llena de incorrecciones. No sé quién la habrá escrito, pero, desde luego, no hace honor a Pigmalión. Tienes razón, podría añadir o corregir cosas, pero no poseo la documentación pertinente, todo lo que sé de don José lo sé de primera mano, me lo contó él a mí de viva voz, en primera persona, y para escribir "con autoridad académica" hay que refrendar lo dicho con documentos, partidas de nacimiento y cosas así, papelotes de los que yo ni dispongo ni sabría cómo conseguir. Para mí, y es sólo mi opinión, la entrada de la Wikipedia es poco más que un panfelto. Ya hablaré en su día de un par de entradas más de la Wikipedia sobre personas que también conocí personalmente que ponen en evidencia que hasta en esta valiosa enciclopedia hay manipulaciones políticas, algo inmoral en una obra que pretende ser informativa e instrucctiva.

      Un abrazo

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  3. Vaya! Inevitablemente, leer tus relatos sobre este gran hombre me ha recordado a otro que conocí también a través de este blog: Frederich Hölderin.
    Aquel hombre extraño, apartado de la sociedad, entregado a sus lecturas y escritos... otro "loco" para las gentes corrientes.
    Pero ya lo decía aquel mensaje escrito en su casa:
    "Hölderin no estaba loco"

    Hombres como Pigmalión hacen que una sociedad como la nuestra, hundida en la ignorancia y en la falta de valores, avance. De esto estoy seguro. Don José dejó un mundo más rico, mas hermoso del que se encontró y esto solamente merece todo el respeto.

    Un saludo y muchas gracias por la tarea que haces a través de este blog.

    Borja

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    1. Yo también creo en lo que dices: estos grandes hombres hacen que la sociedad, el mundo en que vivimos sea mejor. Pero tenemos que correr la voz, tenemos que dar testimonio, tenemos que hacer eco de las voces olvidadas de estas grandes personas. Tenemos que gritar al mundo, hasta que nos quedemos sin voz, que no todo es fútbol, botellón, televisión, Rafa Nadal, corrupción... que hay más cosas, que hay otras cosas que nos hacen un poquito menos insignificantes frente a la inconcebible infinitud del tiempo y del espacio.

      Gracias, Borja:

      ¡Pigmalión no estaba loco!

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  4. «La razón de la sinrazón (...)» que escribió Cervantes.
    Parece, por lo que nos cuentas, que don José fue un tanto "quijostesco" en el mejor de los sentidos (si es que pudiera haber algún sentido negativo en dicho término...).

    Probablemente él no necesitó más admiración ni reconocimiento que los que tuvo.
    Aunque, bien es cierto, eso no quita el hecho de reconocer lo que es, y que sirva para lo que tenga que servir...

    Gracias.

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    1. En efecto, Raúl, él sólo hubiera querido que se le diera la posibilidad de trabajar, de investigar, de enseñar. Y en cuanto a los reconocimientos... ya ves lo que hizo con el Premio Ondas, bien a gusto que lo hubiera cambiado por un plato de lentejas, de las que, por cierto, solía alabar sus grandes valores nutritivos.

      Alonso Quijano, quizá un álter ego de Cervantes, ha sido uno de los personajes más sabios y cuerdos de la literatura universal: dejarlo todo para partir, cada día, en busca de aquello en lo que uno cree: ¿no es eso lo más cuerdo y admirable a lo que se puede aspirar? Claro, hace falta mucho coraje, algo de lo anduvieron escasos, primero Cervantes, luego El Quijote, y por último, y como tú has señalado, nuestro paisano Pigamlión.

      Gracias a ti, como siempre.

      Fe de erratas: donde dice: "algo de lo anduvieron escasos" debe decir: "algo de lo que no anduvieron escasos". Mis disculpas.

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Estimado Carlos, siento cierta curiosidad por saber a qué te refieres con el "escaso coraje" de Cervantes y otros, ¿podrías comentar algo más al respecto?

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    1. Se trata de una error de escritura que cometí: "hace falta mucho coraje, algo de lo (que no) anduvieron escasos", me comí el "que no". Pudo disculpas por un error tan garrafal.

      Un abrazo

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