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miércoles, 11 de septiembre de 2013

MIS PRIMERAS CLASES COMO PROFESOR

Yo comencé muy pronto a dar clases de música. No lo recuerdo con exactitud, quizá tuviera unos doce o trece años. Por mi casa había una guitarra que yo ya hacía tiempo que venía trasteando. Recuerdo que unos meses, quizá un poco más de un año antes la cogí por banda y le pedí a mi padre que la afinara. En mi mente infantil se quedó grabada la «melodía» que resulta de hacer sonar las seis cuerdas al aire de la guitarra, de la más grave a la más aguda, y desde ese preciso instante ya no necesité que mi padre me volviera a afinar la guitarra, sólo tenía que ir moviendo las clavijas hasta conseguir que sonara con exactitud la «canción» que había aprendido. El único problema era que la nota más grave no sabía afinarla a su altura absoluta, lo cual me supuso romper no pocas cuerdas…




Poco a poco fui descubriendo sonidos, notas, acordes, sucesiones de acordes, por ejemplo: descubrí el acorde llamado de la menor, ¡fantástico, sonaba fantástico!; ahí hay ya un claro precedente de mi predilección por las tonalidades menores; al poco descubrí que si desplazaba todos los dedos una cuerda hacia las notas más graves sonaba una acorde distinto, también muy agradable aunque de una sonoridad muy distinta, el acorde de mi mayor; claro, yo no tenía ni idea del nombre de las notas, ni de el de los acordes, ni nada de nada; pero mi oído me guiaba, de modo que a continuación descubrí que tocando esos dos acordes uno después de otro se establecía una relación entre ellos la mar de agradable: empezaba por el de la y a continuación lo iba tocando en alternancia con el de mi, y descubrí que el primero lo entendía como reposo, comienzo y final, y el segundo era complementario del primero, sonaba muy bonito tras el de la pero no podía terminar con él, sólo podía tocarlo «por el medio» de mis «improvisaciones». Así, por el antiquísimo procedimiento de «ensayo y error» fui descubriendo más y más acordes, sucesiones variadas entre ellos, y también distintos movimientos de los dedos de mi mano derecha: con el pulgar siempre una nota grave y con los demás dedos tañía hacia arriba, hacia abajo las demás cuerdas.

De vez en cuando venía a casa una familia amiga de mis padres a merendar, y el hijo de esa familia estudiaba guitarra en el conservatorio. Claro, era ineludible que hicieran tocar alguna pieza al pobre chaval. Casi siempre, o siempre, tocaba el celebérrimo «Romance anónimo»; bien, una vez más yo lo pillé, me entusiasmaba aquella pieza y tras escucharla una cuantas veces, y mediante el procedimiento antes mencionado, logré «sacarla» de oído y también de observar al pobre niño qué hacía con sus dedos. Al poco tiempo, el muchacho, ya no quería tocar el «Romance», decía que yo lo tocaba mucho mejor que él y que lo tocara yo. Cuando nos quedábamos un rato a solas le preguntaba que por qué decía eso, ¡no podía ser cierto que yo tocase mejor la pieza! ¡él estudiaba en el conservatorio! Me respondió que lo decía de verdad, que yo la tocaba dándole un sentido que él era incapaz de conseguir; es decir, yo tenía musicalidad y ya  sentía un gran amor por la música, cosas ambas que me hacían interpretar con sentido musical la pieza, mientras que a él le obligaban a estudiar la guitarra y sólo podía repetir como un robot la cancioncita. No me estoy echando flores, no es más que algo absolutamente normal, no tiene ningún mérito: a mí me gustaba la música –y tenía aptitudes para ella– mientras que a mi amiguito ni lo uno ni lo otro. No sé qué habrá sido de él, quizá haya llegado a ser presidente de la General Motors.

Romance anónimo
María Esther Guzmán


En mi casa nadábamos en una casi pobreza. No era una pobreza de esas solemne, noble e insigne, de la que se puede lograr salir de un modo muy meritorio, heroico. No, era una pobreza pobre, sin mérito, de las que pasan desapercibidas, una birria de pobreza. El caso es que a mí se me ocurrió intentar dar clases particulares de guitarra para echar una mano a la endeble economía familiar. Puse unos cuantos cartelitos por los comercios de la contornada y, cuál fue mi sorpresa, al poco tiempo comenzaron a salirme alumnos.

Recuerdo como si fuera ayer a mis primeras alumnas. Eran tres amiguitas, de unos nueve o diez años, que el primer día de clase vinieron a mi casa acompañadas de la madre de una de ellas. Cuando esta señora me preguntó cuáles eran mis honorarios, yo, titubeando y temeroso, dije que veinticinco pesetas la clase, y con la voz más baja todavía, que veinticinco cada niña. La mujer soltó una exclamación: ¡pero cómo! y yo, encogiéndome pensé, tierra, trágame, te has pasado. Pero no, la señora protestaba porque le parecía una miseria lo que yo le pedía: que por lo menos cincuenta pesetas cada niña. ¡Madre mía! El doble, que multiplicado por tres era una fortuna… ¡150 pesetas! Trato hecho.

Las niñas pertenecían a familias de esas que hoy en día se llaman «desarraigadas»; pero en aquel entonces sencillamente se sabía por todo el barrio que sus padres, no las madres, eran unos borrachos, la palabra «alcohólico» todavía no se había inventado, hombres miserables que pegaban a sus mujeres y maltrataban al resto de su familia de la manera más canalla. Por si fuera poco, una de esas niñas tenía dos hermanos: verdaderos delincuentes, camellos ya por aquel entonces, drogadictos, «julais», «julandrones», tipos peligrosos.

Pero las niñas no habían perdido, quizá por el cuidado de sus madres, el candor infantil, la inocencia. No estudiaban mucho (no quiero ni imaginármelas en sus casas intentando estudiar en medio de aquel ambiente), pero no faltaban a ninguna clase. Estaban muy atentas, venían contentas, se sentían bien en mi cuartucho, me atrevería a decir que alegres, viendo como poco a poco iban sacando algo de aquellos cacharros que tenían sobre sus piernecitas. Desde esas primeras clases yo ya aprendí que para ser profesor hacen falta dos cosas primordiales: una paciencia a prueba de bomba y algo todavía más importante: hacer tu trabajo con amor, con todo el respeto y cariño que merece cualquier ser humano, ni más ni menos.

Poco a poco se fue estropeando la cosa. Cuando no faltaba una de las niñas, faltaba otra, o faltaban dos, incluso las tres. Cada vez las veía más distraídas, distantes. Obviamente, el clima familiar estaba haciendo mella en ellas, las estaba marcando, ese ambiente estaba matando a marchas forzadas el candor y la inocencia con el que pocos meses antes yo las había conocido. Al cabo, sin aviso, sin explicaciones, dejaron de venir.

El final de la historia todavía me hace llorar. A los dos o tres años, quizá cuatro, me enteré de que una de ellas había muerto por sobredosis de heroína. ¿Qué tendría, trece, catorce años? Del resto de las niñas no volví a saber nada, ni tan siquiera las he vuelto a ver. La niña que murió era la que pertenecía a la familia que describí antes; con el tiempo, también sus dos hermanos murieron por sobredosis.

Joan Bautista Humet
Clara

A los médicos se les enseña desde muy pronto que no deben crear lazos afectivos con sus pacientes. Pero a los profesores de música… en primer lugar no se les enseña música, no se les enseña el inmenso valor de ser profesor, no se les enseña la enorme responsabilidad que supone ser educador…  ¡se les va a enseñar a no crear lazos afectivos con los alumnos! De todos modos, crear esos lazos, al menos para mí, es inevitable. Un médico ve a su paciente, en la mayoría de los casos, con poca frecuencia, mientras que un profesor está en contacto con sus alumnos al menos dos veces por semana. Sólo el primer día de clase con un turno nuevo se está un poco frío, distante, a la expectativa. Pero ya al segundo día estás perdido; a este le has cogido cariño por su bondad; a aquel porque va mal vestido; al otro porque es un atolondrado… Ese es el amor del que hablaba antes, imprescindible, y que en más de una ocasión, por desgracia, te parte el corazón a lo largo de la carrera (aquí conté otra de estas tristes historias: http://guerraypaz-carlos.blogspot.com.es/2012/08/josep.html). Esa es una de las tantas grandezas de ser profesor, la de ser capaz de cargar con eso y con muchas otras cosas de menos calado pero también dolorosas, frustrantes, descorazonadoras. Pero ahí seguiremos, con la tarea que nuestro país nos ha encomendado: educar a los niños y no tan niños a tocar la guitarra, o el bombo, pero también a transmitirles, con el ejemplo, y en la medida de las humildes posibilidades de cada uno, los verdaderos valores de la vida: el amor, el respeto, la amistad, la solidaridad, el afán de ayudar, la capacidad de comprensión, incluso la caridad, en fin, cosas así.

Y como ya he dicho muchas veces  yo no soy ni nunca he sido un santurrón, ni modelo ni ejemplo de nada de todo esto: he cometido miles de errores, de injusticias, de tropelías, he ofendido, maltratado, insultado… creo que uno de los pocos pecados que no he cometido ha sido el de pegar a un alumno. Y muchas noches, cuando llegas a casa, lo haces cargado de remordimientos por unas u otras cosas, y padeces como un bellaco, y te arrepientes, y con eso que te quedas. Pero nunca hemos de olvidar que somos humanos, imperfectos, en fin, unos chapucillas, poco más que un puñado de barro. Asimismo, jamás ningún profesor ha de pensar que es fantástico, infalible, perfecto, que ya lo sabe todo, y que queda muy bien decir a menudo que se aprende mucho de los alumnos, eso sí que no. Simplemente hay que intentar cada día hacer las cosas lo mejor que uno sea capaz, no bien, sino lo mejor que sea capaz.



A la muerte de la virgen María no se le llama así, muerte, se le llama dormición. Pues bien, pensemos que mi niña, mi pobrecita niña, como diría Darbón, el médico de Platero, mi niña, que ni de su nombre me acuerdo pero que aquí voy a llamar Isabelle, tampoco murió, sólo durmió, sólo está durmiendo y soñando con Platero, y le canto, le dedico con todo mi amor esta sencilla canción de cuna.
Jacques Brel
Isabelle
 

10 comentarios:

  1. http://fotos.euroresidentes.com/fotos/plantas/jazmin/images/jazmin%20(3).JPG

    Muchas gracias por esta maravillosa entrada.

    Un fuerte abrazo

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    1. Gracias a usted, y se las doy embargado por la emoción, por la preciosa flor con la que me ha obsequiado.

      Un cálido abrazo

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    2. Querido amigo:
      Me conmueve la receptividad que tiene Ud con espíritus afines.
      Es increiblemente auténtico Ud. señor.
      Su existencia es una de las singularidades que me permite resistir el escepticismo.

      Le sugerí a a mi querido amigo Luis Jusmet , que se acercara a su pérgola de jazmines...Y ya lo veo ahi en su jardín.
      Le puedo asegurar que lo merece a Ud.

      Un fuerte abrazo.

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    3. Querida Inés, ha definido usted muy bien al los seguidores de Guerra y Paz, constituyen todos ustedes verdaderamente un jardín. Cuando he visto a Luis Jusmet como nuevo miembro de nuestro club he seguido un poco su rastro y me he quedado asombrado de su blog, del que también me he hecho seguidor. El rigor intelectual de su amigo me ha tenido todo el día de aquí para allá, leyendo referenecias sacadas de su blog, es apasionante. Me siento muy honrado con su participación en nuestro querido G & P, tanto como de cualquier otro miembro. Espero cuidar de mi jardín y mantenerlo bien hermoso.
      Gracias, Inés, es usted una fantástica amiga.

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  2. Carlos:

    Qué alegría!!!!
    Debo confesar que no he estado muy internáutico (neologismo, barbarismo ?) últimamente. Sin embargo, entraba bastante seguido a tu Blog, preocupado por tu ausencia.
    Confieso más: creo que me había rendido.
    Y hoy, 12 de septiembre de 2013, te reencuentro. Ni siquiera he leído las entradas , las sobrevolé. Ví alguna cosa, tu talante está en su mejor forma, eres tú, el de siempre, quien escribe.
    Nada, entonces. Esto. Que me has dado un alegrón.
    Gracias por volver, gracias por seguir.
    Ahora leeré.
    Recibe un abrazo bien grande desde mi Paisito, cerca del fin del mundo, como dice el desconcertante ( para bien, creo) Papa Francisco.
    Julio, desde Montevideo, Uruguay.

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    1. ¡Julio! ¡Con lo cerquita que estamos el uno del otro y tanto tiempo sin vernos! La alegría es recíproca, Julio. Además, antes de que dejase de escribir tú estuviste cierto tiempo sin, como suele decirse, dar señales de vida, y, la verdad, también estuve preocupado por tu ausencia. Ya conoces el proverbio: "No dejes que crezca la hierba en la senda que conduce a la cabaña de tu amigo". Bueno, yo he dejado que crezca un poco demasiado, pero ya estoy con la hoz en la mano, desbrozando el camino.
      Mi querido Julio, el uruguayo, recibe mi más fuerte abrazo, y mil gracias por tu cálida acogida.
      Carlos, desde (y este sí que es un paisito) España.

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  3. Entrañable entrada, Carlos, que me ha hecho recordar páginas de mi vida parecidas a la tuya, con dos caminos distintos, aunque yo nunca fui ni seré profesor de nada.
    Amante de la música, a los diez años pedí a los Reyes magos una guitarra y mi petición se cumplió: aún conservo esa guitarra y la toco en una casa que tengo en un pueblo de montaña; la templo precisamente con el ROMANCE ANÓNIMO, que fue la primera pieza que aprendí, afinándola por equisonos, por el oído, que aún no me traiciona, tratándo de obtener nuevos sonidos con poco éxito porque mi repertorio es limitadísimo (no sé más que un poco de solfeo básico y algunas nociones de harmonía musical).
    No sé con que médicos te habrás topado en tu vida, pero te aseguro que en medicina ocurre lo mismo que en la música: pequeños intérpretes que empatizan con la labor encomendada y grandes divos que hacen su labor muy bien pero que no conectan con el público; que viven cada circunstancia como un evento más sin la mínima implicación emocional, en la falsa seguridad de su grandeza que está por encima de la persona sintiente y sufriente. Pero la vida de sanitario es difícil, aún para los médicos no clínicos: muchas gilipolleces sobrevaloradas por los "enfermos imaginarios", que diría Moliere, y muchas tragedias personales y familiares, a las que no llegas a acostumbrarte del todo, con el toque de grandeza de muchas decisiones y actitudes heroicas conmovedoras.
    Una gran entrada, un romance anónimo que refleja la vida con su poesía y con su prosaísmo en una perfecta mezcla.
    Un abrazo, Carlos.

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    1. Querido Jano, con muchos médicos y muchas médicas, muchas enfermeras, mucho ATS, con muchos celadores y camilleros y anestesistas he tratado en mi vida. Y de todo he encontrado. Pero hace tiempo que me desengañé. Yo pensaba que todas estas personas dedicadas a estos nobles, difíciles, duros y bellos oficios, debían de ser buenas, amables, "primum non nocere", no hacer daño, ni por fuera ni por dentro. Pero me he topado con personajes que, incluso tratándote por fuera (maltratándote) también te han hecho daño por dentro. Mi historial clínico es muy amplio y variado, y, la verdad, he encontrado personas maravillosas (es decir, normales), una de cada cinco... Falta amor por las personas y sobra amor por el dinero, como en todas partes. Estoy seguro de que hay enfermeras que ni se imaginan el dolor emocional que causan símplemente quedándose sentadas en su silla sin ayudar a ponerse la chaqueta y recoger sus bártulos a quien acaban de atender, y va solo, y no se vale... Pero también la bondad resplandece, cuando menos te lo esperas, iluminando oscuros momentos, por supuesto amigo Jano, y heroicidades que pasan completamente desapercibidas. Esa es la vida, ¿no?, así son las cosas y así han sido, siempre y en todo lugar y circunstancia.
      Un abrazo, Jano, te agradezco tu visita.

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  4. No sabe lo que me alegro de su retorno cibernético, Carlos. Y espero que ese retorno esté acompañado de una apreciable mejora en su salud y en sus ánimos.
    Se lo deseo de todo corazón.

    Ha sido una ausencia no desdeñable que nos tenía a todos sus seguidores en ascuas. No sabíamos qué pasaba, cómo se encontraba, por dónde paraba... Créame cuando le digo que muchos días lo primero que hacía incluso antes de mirar mi correo personal era pinchar en "Guerra y Paz" y cruzar los dedos para ver si había suerte.

    Seguro que no soy el único ni el primero en decirle que su blog nos inspira, nos entretiene y sobre todo, nos enseña muchas cosas bellas.

    Es que hasta le invitaría con mucho gusto a un relaxing cup of café con leche. ¡Qué alegría ver actividad cultural otra vez por aquí!

    Un fuerte abrazo de este su "hermano" cultural y otrora antiguo y anónimo alumno.
    Le seguimos con interés e incluso diría que con pasión.

    Cuídese y confiamos más en Usted que en el Ministerio de Cultura para formarnos. Así de cruda es la realidad...



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    1. Querido hermano, antiguo, anónimo, alumno... Muchas gracias por su cálida acogida, por su interés en mi regreso, por todo. Ha sido una larga ausencia, lo sé, pero no ha podido ser de otra manera: muchas vicisitudes, enfermedades, problemas... en fin, lo que más o menos nos pasa a todos, lo que conlleva la frenética vida moderna.

      Mi retorno ha sido muy reconfortante para mí gracias a bienvenidas como la suya, a confidencias como la que usted me ha hecho: "mirar antes Guerra y Paz..." eso me ha sorprendido, jamás hubiera pensado que nadie hubiese tenido una actitud como la suya.

      Confidencia por confidencia: no estoy muy fino, mi salud... Pero me anima saber que mi modesta labor en este blog es apreciada; haré lo posible por intentar, en la medida de mis humildísimas posibilidades, seguir deleitándoles, seguir mostrándoles lo de bueno y bello que hay en esta vida, que de lo otro ya llevamos cada cual nuestra parte.

      Le mando un muy afectuoso saludo

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