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lunes, 19 de agosto de 2013

BRAHMS – INTERMEZZO op. 117 nº 2



En el año 1892, Brahms, es ya un compositor consagrado. Ya ha escrito el grueso de su gran producción, un amplio corpus sólido como una roca. En cuanto a lo que su legado artístico concierne ya se siente ponderadamente satisfecho. Ronda los sesenta años, ya ha hecho testamento, quiere tomarse un tiempo o incluso dedicarse ya exclusivamente a la revisión de su obra. Tanto en lo referente a lo artístico como en lo personal considera que ha alcanzado ya su propia cima y que ahora ha llegado el momento de asentarse, en lo alto, a contemplar el paisaje y esperar su atardecer, y luego la salida de las estrellas. También es un momento propicio para la melancolía, la nostalgia por lo mucho que va quedando detrás, cosas y personas que se fueron y ya no volverán. Esta melancolía se verá reflejada, como no podría ser de otro modo, en el carácter de sus composiciones. No sabe, no puede saberlo, que le quedan apenas seis años de vida.


Aunque como es evidente, un compositor como Brahms, o Beethoven, Schubert o cualquier otro de «ese tipo», no decide el momento en el que su mente ha de dejar de imaginar, de pensar y desarrollar, cavilar y calcular, de convertir en música las emociones, las vivencias, los hallazgos propios de una mente inquieta, genial. Bramhs sigue revolviendo su biblioteca, constituida tanto de libros y tratados como de partituras, algunas de estas últimas muy valiosos manuscritos, es decir, sigue estudiando, trabajando, leyendo, tocando música, improvisando, como siempre… y sigue escribiendo, sigue con el lápiz y el papel inmortalizando el fruto y producto de su mente inquieta, laboriosa.


En esta última etapa de su vida, la música de Brahms es intimista, etérea, caprichosa, sencilla, y tan sublime o más que la que ya ha escrito. Todavía escribe una considerable cantidad de piezas para piano solo, modestas en sus dimensiones, impregnadas muchas de ellas, como ya hemos dicho, de la melancolía y la nostalgia propias de un atardecer otoñal en la bella Viena de fin de siglo. Llega a decir de una de estas piezas que es una «Canción de cuna para mi dolor», el primero de los Drei Intermezzi op. 117. Los nombres que utiliza para titular estas cuasi «miniaturas» son, Intermezzo, Capriccio, Fantasie… es decir, piezas libres, exentas de planteamientos rigurosos a priori, cuyos nombres diferencian poco o nada su contenido. A Brahms le gustaba levantarse temprano, prepararse un fuerte café y encender un cigarro, y sentarse a escribir; como dije antes, en la estación, otoñal, invernal, de su vida, imagina, fantasea, improvisa, se permite caprichos a la hora de escribir que jamás se había consentido.

Una pieza que pone muy de manifiesto todas estas características es el segundo de los tres Intermezzi mencionados más arriba. La tonalidad en la que está escrita ya dice mucho: si bemol menor. Las tonalidades guardan en sus entresijos, misteriosamente, característicos significados que conmueven unos u otros sentimientos, aunque esto pueda ser infinitamente subjetivo, muy personal, y desde luego muy discutido, incluso negado. Yo soy de los de la opinión de que la música conmueve los afectos del alma, en su infinidad de matices de inasible e impenetrable definición, pero que los conmueve, a menudo de un modo estremecedor. Si bemol menor es una tonalidad marcada por la tristeza, la melancolía, la nostalgia; ese brumoso abismo de belleza que es la marcha fúnebre de Chopin está escrito en esta tonalidad.


Algo que influye de una manera más objetiva en esta capacidad de conmover de ciertas tonalidades es su ubicación física en el instrumento en el que se emplee. En el caso del piano, si bemol menor encuentra su sonoridad más plena en el ámbito medio-grave, y tiene una nota tónica en el muy grave que suena con óptima afinación y amplitud.

 


Hasta el momento hemos leído muchas letras pero escuchado sólo una nota. He escogido dos interpretaciones distintas de esta pieza, la de Glenn Gould, pianista consagrado, y la de Anna Gourari, una joven pianista rusa. La interpretación de Gould expresa minuciosamente idea por idea de este Intermezzo; Gourari prefiere suavizar los contornos e intenta trazar líneas expresivas más extensas. Gourari recorre veloz los pentagramas de esta pieza, la toca en 4 minutos 36 segundos; Glenn Gould no corre, casi pasea, 5 minutos y 26 segundos se toma para darnos su visión de la partitura.

Glenn Gould (5.26)

 

Anna Gourari (4.36)



Una pieza muy bella, de las que no nos dejan indiferentes. Con sabiduría, Brahms escribe una música que conmueve distintos tipos de tristeza en nosotros; también de emoción y de alegría; en ocasiones de incertidumbre. En este punto se suele decir aquello tan socorrido de: «Brahms juega con esto, con aquello…», o lo de «que si la música motívica» (es decir, una técnica compositiva que utiliza un trazo, una secuencia de «notas», prefiero intervalos, determinado llamado motivo, y lo somete a modificaciones). Y sí, por qué no, se puede hablar en esos términos. Pero yo no. Yo modestamente opino que es al revés: Brahms siente la necesidad de expresarse con su música, y se le ocurren melodías, secuencias armónicas, ritmos, todo ello en una amalgama inseparable, indivisible: eso que se llamaba, antes de que fuéramos modernos, inspiración. Pues a partir de esa inspiración va modelando la expresión de su interior, siguiendo planteamientos formales, estéticos, constructivos, también improvisa, y todo ello lo hace con sabiduría, con maestría. Pero en ningún modo coge tal o cual idea (motivo), y ahora lo pone así y ahora asá… No, hay una razón musical superior detrás de ese aparente juego que es el que crea cada modificación del motivo, hay un anhelo, un afán por expresar sutiles diferencias de matiz, hay una lucha por conseguir expresar lo que pretende mediante la cración artística. Justo al revés. Cada variante del motivo es creada, nace en las manos de Brahms, porque necesita decir eso de esa manera, y no se inventa algo que nazca de una especulación estadística.


El motivo más pequeño que podemos encontrar en esta pieza consiste en dos notas, de las cuales la primera desciende a la segunda que está un poquito por debajo, no mucho, no es un salto, es como bajar un escalón pequeño u otro un poco más pequeño, lo que en música llamamos un «intervalo de segunda mayor o menor» descendente. La diferencia entre ambos escalones es tan pequeña, que dependiendo de las sutilezas de entorno serán más o menos diferenciables. Nosotros utilizaremos la siguiente unidad con entidad propia, la que repite este motivo dos veces: bajo un escalón, me detengo, y bajo otro escalón: cuatro notas, dos intervalos de segunda descendentes. 



Brahms lo utiliza con tres aspectos distintos. Entre dos notas contiguas, como do, re o do, si, puede haber varios intervalos distintos; los más comunes son el de segunda mayor (un tono) y el de segunda menor (un semitono). La idea de Brahms consiste en hacer una nota y descender a su inmediata inferior, repetir esta y descender a su inmediata inferior. Punto. Estos son los tres aspectos: la segunda menor la represento con un arquito, y la segunda mayor con un pequeño ángulo.


Comienza el Intermezzo directamente con este pequeño motivo, en el tono principal, si bemol menor, es una música muy bonita, pegadiza, melancólica pero sin ser demasiado triste, sencilla, con momentos previsibles. Está constituida por una segunda menor descendente, y una segunda mayor descendente, los intervalos que se forman entre la tercera y la fundamental de la tonalidad.



Una vez se explaya y crea una pequeña sección con estos y otros intervalos asciende al relativo mayor: re bemol mayor, y aquí utiliza su idea, ahora segunda mayor seguida de segunda también mayor. 


Cuando da por terminada esta bellísima sección central, muy expresiva y conmovedora, en el modo mayor, Brahms, parece que comience a improvisar: crea una magnífica transición llena de fantasía, en la que visita fugazmente tonalidades lejanas, se deja llevar, para poco a poco detener, contener ese pasaje más vehemente y volver al tono principal, si bemol menor, de un modo casi furtivo, aparece espectralmente de la nada, y repite el motivo inicial, pero con una modificación que no es fruto de un juego gratuito, no, ahora, con una leve modificación, ahora sí, ahonda en la melancolía, expresa más dolor, por decirlo de algún modo que el que expresó al inicio. El do bemol no aparece porque Brahms ha decidido a priori utilizar esa modificación del motivo y lo ajusta al contexto sino justo al revés: Brahms quiere expresar su melancolía, su dolor, y «crea» esa modificación del motivo, la modela de la nada, y no adecua nada: la modificación creada a partir de su intención expresiva forma un todo con el contexto. Con ese simple do bemol y la armonía que lo arropa derrama Brahms su hondo pesar, su tristeza infinita.


Es necesario que quien no conozca esta pieza la escuche unas cuantas veces para entender qué estoy intentando decir: luego se podrá estar menos o más de acuerdo, si es que he conseguido explicarme con un mínimo de claridad. Esta pieza es una de mis predilectas de cuantas conozco. Como me ocurre siempre con Brahms, y también con otros autores, por temporadas se me olvida, o si la toquicheo o escucho por casualidad no me causa mayor impresión. Pero en otros momentos me vuelve a morder, me remuerde, y me emociona lo mismo que cuando la comprendí por primera vez. Insisto, es necesario escuchar muchas veces esta composición, adentrarse en todos sus recovecos, dejarse «poseer» por ella, para entender y sentir todo lo que Brahms necesita contarle al mundo en los años postreros de su existencia.




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NOTA IMPORTANTE
Si quienquiera que fuere encontrase algo en esta entrada que de algún modo le pertenece, por favor, que me lo comunique en un comentario que se lo devolveré ipso flauta.