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domingo, 22 de septiembre de 2013

ESA VISIBLE OSCURIDAD – WILLIAM STYRON

Esta entrada está dedicada al libro:

«Esa visible oscuridad»
Memoria de la locura
de
William Styron
Ed. La otra orilla
Traducción y epílogo de:
Horacio Vázquez-Rial 

(y a quienes padecen lo que se describe en este libro)

William Clark Styron Jr. Fue un escritor estadounidense nacido en 1925 y fallecido en 2006. No es un escritor demasiado conocido. Asimismo, su obra no es demasiado extensa, aunque sí de gran calidad. Recibió algunos premios, destacaremos el «Premio Pulitzer», el «American Book Award» por su novela más famosa «La decisión de Sophie», que fue llevada a la gran pantalla, y el «National Magazine Award», galardón que le fue concedido por el libro aquí comentado.

«Esa visible oscuridad» fue escrito por Styron tras sufrir una grave depresión, y el gran interés de este libro radica en las descripciones que hace de los sufrimientos de quienes padecen esta despiadada enfermedad: sólo un buen escritor es capaz de, mediante su lúcido manejo del lenguaje, crear imágenes que ayuden a entender los indescriptibles padecimientos de quienes sufren este mal. En la sociedad en la que vivimos, todavía no se asocia la palabra «enfermedad» con la palabra «depresión», más bien se considera la depresión como un estado de ánimo más o menos pasajero suscitado por un percance personal. No es menos cierto que la depresión tiene muy mala fama: ha sido durante muchos años un estupendo pretexto para cogerse, en especial los funcionarios, largas temporadas de vacaciones, que mezquinamente han denominado «bajas». Yo, como quijotesco paladín de causas perdidas, vuelvo sobre este tema, entre otros motivos, he de admitirlo, porque soy un viejo enfermo de esta terrible enfermedad.

Comienza Styron su relato con una cita del Libro de Job:

Todo lo que yo temía,
lo que más miedo me causaba,
ha caído sobre mí.
No tengo descanso ni sosiego;
no encuentro paz, sino inquietud.
Job


Fue en París, esa bella ciudad a la que Styron había acudido a recoger el «Prix Mondial Cino del Duca» donde, según sus propias palabras (los subrayados son míos):

«tomé plena conciencia de que la lucha contra el desorden de mi mente –lucha en la que estaba atrapado desde hacía varios meses- podía llegar a tener un desenlace fatal
(…)
«Hacía apenas unos días que había llegado a la conclusión de que estaba sufriendo una grave enfermedad depresiva y luchaba por mantenerme a flote, indefenso, en mis esfuerzos por enfrentarme a ella. No me alegraba la ocasión festiva que me había llevado a Francia. El sentimiento de odio a uno mismo –o, por decirlo con menos rigor, la falta de autoestima- es uno de los síntomas más universalmente experimentados, entre las muchas temibles manifestaciones de la depresión… (…) Mi morbosa tristeza era, por ende, aún más irónica, porque había volado en un apresurado viaje de cuatro días a París para recibir un premio que tendría que haber restaurado mi ego de manera brillante

En efecto, este premio, una vez más, desconocido soberanamente por en nuestro país, ha sido otorgado a escritores de la talla de Alejo Carpentier o Jorge Luis Borges. En las entradas anteriores a esta hablamos, por encima, de reconocimientos y premios:

«Aunque el dar y recibir premios suele inducir por diversos motivos una malsana erupción de falsa modestia, habladurías, autocastigos y envidias, pienso que es muy agradable recibir algunos, aunque no sean necesarios.»
(…)
«Si hubiese sido capaz de prever mi estado mental a medida que se acercaba la fecha del premio, lo habría rechazado de plano.»
«La depresión es un desorden del carácter, tan misteriosamente doloroso y elusivo en la manera en la que se da a conocer al yo –al intelecto intermediario- que se sitúa al borde de lo indescriptible»
La siguiente confesión describe con exactitud lo que le ocurre a la mayor parte de la sociedad:

«… me asombró comprobar que estaba cerca de la total ignorancia respecto de la depresión, que podía ser un problema médico tan serio como la diabetes o el cáncer.»

A pesar de que este libro fue escrito en 1984, la siguiente afirmación sigue siendo válida:

«… no poseemos ningún remedio rápido para la depresión en sus estadios más avanzados: el fracaso de los intentos de aliviarla es uno de los factores más penosos del desorden, tal como se le revela a la víctima, y uno de los que contribuyen a ponerlo sin vacilaciones en la categoría de las enfermedades graves»

En efecto, los laboratorios farmacéuticos siguen investigando y obteniendo medicamentos cada vez más sintetizados, más eficaces, ¡más caros!, pero con éxitos muy parciales, puntuales. El célebre adagio «No existen enfermedades sino enfermos» se hace sólido como una pirámide cuando nos referimos a enfermedades mentales, las cuales, no sólo están ocasionadas por la enfermedad de un órgano, el cerebro, sino en la que también tienen gran relevancia factores de índole biográfico de las personas que las padecen. Del mismo modo que la eficacia de los medicamentos es muy dispar entre los afectados por esta enfermedad, también sus manifestaciones son muy distintas.

«… mi situación era exactamente opuesta. Aunque era capaz de levantarme y funcionar casi normalmente durante la primera parte del día, empezaba a sentir la aparición de los síntomas a media tarde o un poco después: la invasión de la melancolía, una sensación de miedo y extrañamiento y, sobre todo, una agobiante ansiedad.»
(…)
«Sentía una especie de insensibilidad, un enervamiento, pero más especialmente una suerte de fragilidad, como si mi cuerpo se hubiese vuelto realmente friable*, hipersensible y, en cierto modo, desarticulado y torpe, carente de coordinación normal
(*He tenido que buscar en el diccionario la palabra «friable», creyendo incluso que se trataba de una errata: friable. [Del lat. friabĭlis, desmenuzable]. 1. adj. Que se desmenuza fácilmente.)


Así, Styron, en un acto matinal, pudo acudir al salón en el que fue presentado con el premio y pudo pronunciar su discurso de aceptación del galardón. Sin embargo, a medida de que fue transcurriendo la mañana, los síntomas descritos por Styron fueron haciendo acto de presencia:

«Simone del Duca (…) , se mostró primero comprensiblemente incrédula, y luego montó en cólera cuando, tras la ceremonia de presentación, le dije que no podía unirme a la comida que se serviría en la planta alta de la gran mansión, con alrededor de una docena de miembros de la Academia Francesa, los que me habían escogido para el premio. Mi negativa fue a la vez categórica y estúpida; le dije a quemarropa que había quedado a comer en un restaurante con mi editora francesa, Françoise Gallimard. Desde luego, esa decisión por mi parte era ofensiva… (…) Pero mi conducta era realmente resultado de la enfermedad, que había avanzado hasta el punto de producir algunos de sus más famosos y siniestros rasgos: confusión, pérdida de la claridad mental y fallos de memoria. En un estadio más tardío, mi mente sería enteramente dominada por desconexiones anárquicas; como he dicho, había ahora algo parecido a una bifurcación del carácter…»
(…)
«mi cerebro había empezado a soportar su habitual asedio: pánico y desequilibrio, y la impresión de que los procesos de mi pensamiento estaban siendo inundados por una marea tóxica e innombrable que obliteraba cualquier respuesta amable al mundo viviente
(…)
«si el dolor fuese fácilmente descriptible, la mayoría de los incontables pacientes de esta antigua enfermedad habrían sido capaces de describir confidencialmente a sus amigos y a sus seres queridos (hasta a sus médicos) algunas de las dimensiones reales de su tormento, y quizás obtener una comprensión que por lo general ha faltado»

A continuación, Styron describe una de las más demoledoras manifestaciones de esta inmisericorde enfermedad: el insomnio.

«… uno de los más intolerables aspectos (…) era la imposibilidad de dormir. Había tenido por costumbre durante casi toda mi vida, como otra mucha gente, instalarme en una balsámica siesta a primera hora de la tarde, pero la distorsión de los patrones normales del sueño es un rasgo notoriamente devastador de la depresión; a la humillante falta de sueño que me había afligido cada noche, se añadía la injuria de este insomnio de la siesta, mínimo en comparación, pero más horrendo porque me atacaba en las horas de más intensa miseria. Era evidente que nunca más podría contar siquiera con unos minutos de alivio para mi completo agotamiento. Me recuerdo claramente pensando, echado, con Rose (su mujer) leyendo sentada cerca, que mis tardes y anocheceres se estaban haciendo casi censurablemente peores, y que aquel episodio era el peor hasta la fecha.»
Afortunadamente para Styron, «Físicamente no estaba solo. Como siempre, Rose estaba presente y escuchaba mis lamentos con inagotable paciencia. Pero yo sentía una inmensa y dolorosa soledad. (…) El más aflictivo de todos los trastornos vegetativos era el insomnio, con la completa ausencia de sueños.
El agotamiento combinado con el insomnio es una tortura excepcional. Las dos o tres horas que lograba dormir de noche eran siempre debidas al Halcion (un medicamento).
En cualquier caso, las pocas horas que dormía solían terminar a las tres o las cuatro de la mañana, cuando miraba la bostezante oscuridad con desconcierto, y con dolor la devastación que estaba teniendo lugar en mi mente, y esperaba el alba, que habitualmente me permitía un duermevela febril y sin sueños. Estoy bastante seguro de que fue durante uno de esos trances de insomnio cuando supe de pronto –una misteriosa y chocante revelación, como la de una verdad metafísica largamente buscada- que esa situación podía costarme la vida si continuaba ese curso.»

Es una constante en esta enfermedad padecer pensamientos que rondan la superstición. Son pensamientos dolorosos, únicamente peligrosos y dañinos para el enfermo. Freud demostró que indagar, profundizar, a través del psicoanálisis, en este tipo de pensamientos, y en cualesquiera otros, puede mejorar, incluso casi sanar, la atormentada mente del enfermo. Volvamos a la parisina cena en homenaje a Styron, quien nos cuenta:

«Y como un zombie, en mitad de la cena, perdí el cheque de 25.000 dólares del premio Del Duca. Lo había metido en el bolsillo interior de la chaqueta; dejé pasear la mano hasta allí y comprendí que ya no estaba. ¿Había “procurado” perder el dinero? Hacía poco me había preocupado la idea de que yo no merecía el premio. (…) … era muy fácil que aquella pérdida no fuera una pérdida, sino una forma de repudio, nacida de aquel autoodio (insignia principal de la depresión) por el cual me había persuadido de que no estaba a la altura del premio, de que realmente no estaba a la altura de ninguno de los reconocimientos recibidos en los últimos años. (…) Al final, fue una escena de mala opereta: todos agachados, buscando el dinero desvanecido.»

Saben ustedes que cuando comento un libro procuro no decir demasiado sobre él, dejando al futuro lector la experiencia e interpretación propia de su lectura. En esta ocasión he roto, un poco, mi norma. La razón no ha sido otra que la de llevar a una mayoría ciertos contenidos de este libro que quizá no lean y que considero que deben ser lo más ampliamente difundidos. Aun, mucho queda en el libro que aquí no ha sido expuesto. No es un libro extenso, y aunque la edición que yo he utilizado, que compré no hace mucho, está datada en una fecha tan próxima como marzo de 2009, no es fácil de conseguir, recomiendo encarecidamente su lectura.

Todavía copiaré aquí un párrafo, al final del cual aparece una cita, que escribiré en negrita, que fue la que me indujo a leer este libro magnífico:

«A pesar de los todavía vacilantes métodos de tratamiento, la psiquiatría, en un plano analítico y filosófico, ha contribuido mucho al conocimiento de los orígenes de la depresión. Es obvio que queda mucho por aprender (y gran parte seguirá, sin duda, siendo un misterio, debido a la naturaleza idiopática de la enfermedad y la constante intercambiabilidad de sus factores) pero se ha establecido más allá de toda duda razonable un elemento psicológico, el concepto de pérdida. La pérdida, en todas sus manifestaciones, es la piedra de toque de la depresión, en el desarrollo de la enfermedad y, muy probablemente, en su origen. Más tarde, me iría convenciendo de que la devastadora pérdida en mi infancia figuraba como génesis probable de mi propio desorden; entretanto, observando mi condición retrógrada, sentía pérdidas a manos llenas. La pérdida de la autoestima es un síntoma bien conocido, y mi propia conciencia del yo estaba al borde de la desaparición, junto con la confianza en mí mismo.
(…)
Había llegado la fase del desorden en que todo sentimiento de esperanza se desvanece, junto con la noción de futuro; mi cerebro, esclavo de sus descontroladas hormonas, había llegado a ser menos un órgano de pensamiento que un instrumento para el registro, minuto a minuto, de los distintos grados de su propio sufrimiento. Hasta las mañanas ya eran malas, mientras daba vueltas aletargado, después de mi breve sueño, pero las tardes eran aún peores, empezando alrededor de las tres de la tarde, cuando sentía que el horror, como un banco de niebla venenosa, avasallaba mi mente, obligándome a irme a la cama. Allí me quedaba durante seis largas horas, estupefacto y prácticamente paralizado, observando el techo y aguardando el momento del anochecer en que, misteriosamente, la crucifixión se aliviara lo justo para permitirme tragar a la fuerza algo de comida y luego, como un autómata, volver a procurarme una o dos horas de sueño.»

Como dije al principio, he escogido este libro por contener descripciones que sólo un escritor es capaz de escribir. No obstante, quedan una infinidad de síntomas, de manifestaciones de esta enfermedad que no se han mencionado, como, por ejemplo, los inhumanos ataques de pánico, las pesadillas, las palpitaciones, el llanto… No obstante, espero que con lo expuesto, haya quedado claro que la depresión es una grave enfermedad, quizá la más tortuosa de todas. Tampoco he dicho que quienes padecen esta enfermedad suelen desarrollar actitudes bastante comunes: una de ellas consiste en que les resulta muy molesto que la gente profana les dé consejos sobre qué deben o no deben hacer: frases como «tú también has de poner de tu parte» tienen, aunque quien la pronuncie lo haga con la mejor de las intenciones, un efecto completamente contraproducente.

En la solapa trasera del libro aparecen acertados comentarios sobre este libro, rescato alguna de ellas:

«Absorbente… desgarrador… un retrato vívido de un trastorno extenuante… Ofrece el consuelo de la experiencia compartida»
The New York Times

«Bellamente escrito, profundamente conmovedor, valientemente sincero… Styron ha realizado una contribución asombrosa a las testimonios notables de la enfermedad mental»
The Washington Post Book World

«Tan breve como la cuerda de un ahorcado y casi tan deslumbrante… un texto de gran circunspección y resonancia. Styron nunca ha usado tan pocas palabras de forma tan eficaz»
Newsweek

EPÍLOGO
He dudado mucho sobre la pertinencia de publicar esta entrada. Dado que yo padezco esta enfermedad: ¿podría interpretarse como victimista? ¿podría algún conocido mío entenderla como justificación de alguna conducta, quizá, no demasiado correcta por mi parte? ¿podría pensarse que la he escrito para justificar alguna ausencia a mi puesto de trabajo o alguna pequeña negligencia en el desempeño de mis obligaciones? Al cabo he decidido que cada cual piense lo que quiera, pero que debía asumir los riesgos, que debía tener el coraje suficiente para alzar la voz en nombre de quienes no disponen de un lugar como este blog para expresarse, para intentar encontrar «el consuelo de la experiencia compartida.»

 



P. S. Un ruego, recuerden que a quienes padecemos esta enfermedad nos resultan un poco incómodos los consejos, por muy bien intencionados que sean, del tipo «has de poner de tu parte», dicho sea esto con el mayor respeto y gratitud por la solidaridad, por el afecto con que se manifiesten. Asimismo, como dejara dicho Sigmund Freud: «La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas»

martes, 17 de septiembre de 2013

JOSÉ MARÍA MELIÁ BERNABÉU «PIGMALIÓN» (2)

La presente entrada es complementaria, como es obvio, de la inmediata anterior:


Ya es sabido por quienes siguen con mayor o menor asiduidad este blog que mis entradas en ningún momento pretenden ser ni exhaustivas ni, mucho menos, comunicaciones de nivel académico. En absoluto. No son más que escritos divulgativos, sobre música, libros, o testimoniales, es decir, narraciones de circunstancias y hechos de mi vida que creo pueden tener un mínimo de interés para un público que busca algo más que informaciones más o menos detalladas sobre las relaciones sentimentales de tal o cual personaje famoso, pongo por caso.

En esta segunda entrada sobre Pigmalión quisiera rescatar del olvido algunas anécdotas que en la primera se me quedaron en el tintero, bien por prisas, bien por descuido.

Yo ya me he declarado en este blog, básicamente autodidacta en mi profesión. No obstante, por fortuna, siempre dispuse de algún guía que en mayor o menor medida dirigió mi atención hacia puntos que luego yo ya me encargué de desarrollar por mí mismo. Pero, ¿se puede ser autodidacta en astronomía sin la más mínima ayuda de algún profesor? La respuesta es sí, como así lo dejó demostrado nuestro querido don José. Sólo con la ayuda de los libros que con mucho sacrificio pudo conseguir se formó como astrónomo, saber que como es obvio requiere de muchos otros conocimientos complementarios, tales como la matemática, la geometría, la física. Tengamos presente también que en la época de formación de don José, finales del XIX, principios del XX, en nuestro país la cultura estaba en un nivel más bajo, si cabe, que en la actualidad, que los medios de comunicación eran primitivos, que las librerías escasísimas –sobre todo en una ciudad como Valencia–, en fin, que todo estaba absolutamente en contra para quien quisiera estudiar, aprender cualquier materia, aun disponiendo de medios económicos, caso que no era, ni mucho menos, el de nuestro amigo Pigmalión. Con su portentosa inteligencia, y no menor sacrificio y estudio, no sólo se procuró unos conocimientos básicos, de aficionado, sino de un nivel muy considerable para su época, sólo reconocidos por astrónomos de otros países, como, quien fuera su amigo, el gran astrónomo francés Camille Flammarion. Aprendió por sí  mismo inglés, francés, italiano y un poco de alemán para poder estudiar los libros que ni por asomo estaban en nuestro idioma. Adquirió por sí mismo una cultura que hoy en día, con la inmensa cantidad de medios que disponemos, muy pocas personas poseen.

Cuando yo lo conocí, cuando contaba unos seis años de edad, él tenía ya más de ochenta años. El otro día describí en qué estado estaba su vivienda; su aspecto físico no era menos deplorable. Era un auténtico naturista, ovolactovegetariano, abstemio, que jamás fumó ni un cigarro. Mientras fue joven mantuvo una higiene personal muy sui géneris, por ejemplo, sólo se lavaba los cabellos con clara de huevo, no me pregunten por qué. Pero a medida que fue envejeciendo su higiene personal fue en declive, hasta desaparecer por completo; téngase presente que en la vivienda que habitó sus últimos años no había cuarto de baño, ni bañera, ni ducha ni nada parecido, sólo un minúsculo cuartucho en el que había un váter, sin bidé, por supuesto. De modo que el hedor que exhalaba su cuerpo, así como sus viejísimas y mugrientas vestimentas, era muy difícil de llegar a entender, y soportar. Sin embargo su aliento no era en absoluto fétido, tan puro que fácilmente se abría camino entre los otros olores con los que convivía. Siempre llevó unas largas y desarboladas cabelleras.

En no sé qué año le otorgaron el Premio Ondas, un premio honorífico que se daba gente de radio. Con un elocuente discurso explicó que su casa no era lugar para guardar tal trofeo, que si esto y lo otro, y declinó recogerlo. Pero a mi madre le dijo la verdad: «Mucho trofeo pero ni una peseta, ¿para qué quiero yo ese premio?»

Muy pronto don José ya no se valía por sí mismo. No se podía cocinar, no podía bajar y subir los cinco pisos que separaban su vivienda de la calle, sus ingresos eran prácticamente inexistentes: sólo recibía una mínima compensación económica por las conferencias que escribía para la radio y, quizá, de vez en cuando, alguna pequeña ayuda económica de algún caritativo ex alumno. A mi madre le pagaba, tampoco ella nadaba en la abundancia, unos días veinticinco, otros cincuenta pesetas, lo que buenamente podía. Dado que no tenía a nadie en este mundo, aunque pertenecía a una adinerada familia poseedora de una importante agencia de viajes, fue mi madre quien cuidó de él en sus últimos y penosos años de vida. Le llevábamos alimentos que mi madre le preparaba, y aun así era muy exigente: nada debía tener ni un ápice de sal, la detectaba al instante: «Los alimentos ya llevan su propia sal y no es necesario añadirle ninguna más», le escuché decir más de una vez.

En ocasiones se enfadaba con mi madre, o, mejor dicho, mi madre se enfadaba con él: llevado por su carácter alguna vez le decía a mi madre alguna cosa que la ofendía. Inmediatamente, mi madre, muy herida en su orgullo, pues también tenía mucho carácter, cogía la puerta y se marchaba. No pasaban muchas horas, a lo sumo un día, para que la llamara por teléfono, pidiéndole perdón como un niño, e implorándole que volviera. Mi madre, claro está, cedía, eso sí, no sin protestar durante un buen rato.

Cuando don José caía enfermo, mi madre lo traía a casa para cuidarle. En nuestro comedor había un sofá cama en el que él dormía las noches que hiciera falta. Recuerdo que en aquellas ocasiones, por la noche, yo me levantaba y a hurtadillas me colaba en el comedor; él era noctámbulo, y siempre me acogía con complicidad y agrado. Nos asomábamos a una ventana y desde allí me explicaba cosas del firmamento, cosas que yo no entendía, claro, pero que me gustaba mucho escuchar por la manera tan amena con que me las contaba. Indefectiblemente, al rato, quizá a la una o las dos de la madrugada, mi padre nos descubría en nuestra inocente travesura, y me mandaba a mí a la cama con un sopapo y a don José con una buena reprimenda.

Recuerdo una mañana, a la hora del desayuno, en la que todos andábamos por la cocina, que apareció él, avergonzado, con un manojo de hojas de periódico arrugadas: «Amparín, lo siento, que se me ha ido el cuerpo esta noche», qué pena me dio.

Al poco tiempo enfermó ya de un modo irreversible, creo recordar que de cáncer de próstata. Hubo que ingresarlo en el Hospital General de Valencia, donde lo primero que hicieron fue raparle la cabeza, algo que le hizo sentirse muy humillado. Pocas, o ninguna, visitas recibió aparte de las de mis padres. Un par de veces fui a verlo yo, pero no podía soportarlo, me dolía en el alma verlo allí solo, olvidado y moribundo.

Claro, al poco tiempo murió. Casi nadie acudió a su entierro, en un cementerio de aquí de valencia. Creo que más tarde sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Peñíscola, ese pueblo que tan bien cuidó de su biblioteca. Allí debe de descansar en paz ese gran hombre, valenciano, maltratado en vida y olvidado tras su muerte por su pueblo. Así somos los valencianos.

domingo, 15 de septiembre de 2013

JOSÉ MARÍA MELIÁ BERNABÉU – «PIGMALIÓN» (1)



Si saguera tant com diuen
no aniría tan mal vestit
(Si supiera tanto como dicen
no iría tan mal vestido)

José María Meliá Bernabéu fue un astrónomo, náutico, periodista, profesor y escritor valenciano que  nació en 1885 y murió en el Hospital General de Valencia en 1974. Todos sus conocimientos los adquirió de manera autodidacta: provenía de una familia muy humilde y tuvo que empezar a trabajar a los diez años. Siempre simultaneó los más diversos trabajos con el estudio de libros y más libros que iba adquiriendo con enorme esfuerzo y privándose de las cosas más elementales. Así, trabajó de electricista de los tranvías de Valencia, de representante de botones, de vendedor de postales y un sinfín de menesteres de lo más variopinto. No fue hasta mucho más tarde cuando comenzó a ganarse la vida con actividades más afines a sus vastos conocimientos: profesor, conferenciante y escritor, básicamente. Nunca fue profesor en ningún colegio, instituto o universidad; la carencia absoluta de titulaciones así como sus ideas políticas le vetó tales posibilidades. Fue invitado a trabajar de manera más oficial en Francia e Italia pero desechó tales proposiciones: prefirió quedarse en esta Valencia tan inculta, tan analfabeta, que le trató siempre tan mal, con el fin de educar, de enseñar, de cambiar esta sociedad, divulgando, en la medida de sus posibilidades, su descomunal cultura, su sabiduría. Desconozco por qué razón escogió ese nom de plume, Pigmalión.

Anduvo, en tiempos de la guerra civil, mezclado con el bando republicano. Así, fue secretario particular de ese pintoresco personaje, también valenciano, que fue Vicente Blasco Ibáñez. No obstante nunca fue un fanático en ningún sentido; era anticlerical, republicano, anarquista, pero siempre tuvo un total respeto por quienes no pensaban del mismo modo que él. Quizá por esa razón, al terminar la guerra, no se tomaron represalias contra él, dejándole, digamos en paz, aunque condenándole a un casi total ostracismo.


De modo que una de las personas más sabias de la España de casi ochenta años tuvo que malvivir como buenamente pudo, pasando verdaderas necesidades, aunque siempre consiguió, de un modo u otro, alimentar su biblioteca, que llegó a alcanzar los diez mil volúmenes.

La cita del inicio la escribió en un papel que tenía puesto en la puerta de su casa. Su pobreza y ensimismamiento hacían que fuera por la calle de cualquier manera, mal vestido, siempre con un libro en la mano, leyendo y tropezando con todo el mundo, y saliéndole de los bolsillos de la chaqueta o los pantalones hojas de nabos y zanahorias, acelgas y otras hortalizas, lo que provocaba la burla, el desdén de la gente burda e inculta de la Valencia de aquellos años. Esa frase que escribió en su puerta se la escuchaba a menudo, y otras mucho peores.

Por eso sentía un gran desprecio, no sólo por la ignorancia de la gente Valenciana, sino, sobre todo, por su cerrilismo, por su resistencia y oposición a cambiar su condición de paleta, cosa que, dicho sea de paso, no ha cambiado demasiado. Una muestra de ese inconformismo, por decirlo de un modo suave, con la idiosincrasia de sus coetáneos queda reflejada en un pasaje de uno de los pocos libros que publicó: «Blasco Ibáñez, novelista». Cuando narra en este libro las trapisondas que rodearon la construcción del chalet de Ibáñez en la playa de la Malvarrosa, dice lo siguiente:

«El muro que circundaba el jardín, después de construido, un día de vendaval cayó todo; volvió a elevarse otro sobre los mismos cimientos; un temporal de agua y vientos lo volvió a derribar; y, cuando se creía que las condiciones del terreno no ofrecían garantía para edificar, se presentó un hombre que no hablaba valenciano. Era un hombre de cabeza grande, moreno, alto, de palabra robusta, rotunda, y producía la sensación en quien le escuchaba de hombre serio, formal, de solidez de conocimientos de su profesión.

-Yo haré esa pared de manera que ya no caerá-, dijo el hombre a Blasco Ibáñez.

-Pues hágala-, contestó éste.

Y la pared se construyó y ya no se cayó

Los últimos veinte o treinta años de su vida habitó en el último piso, el que en aquellos entonces servía para que lo habitara la familia del portero, de una finca situada en la calle del Almirante, a pocos metros del conservatorio. Era un cuarto o un quinto piso, sin ascensor, por supuesto, pero era una especie de ático de amplios ventanales con vistas a la Valencia antigua. Esos ventanales, durante los muchos meses calurosos de estas tierras, siempre estaban abiertos, de modo que por su casa era muy frecuente ver revolotear pájaros, sobre todo desconfiados y asustadizos gorriones, tal era la paz y quietud en la que vivía este sabio hombre siempre entregado a la lectura, el estudio, la escritura.

Mi madre, Amparín, cuando joven, fue alumna de don José, como le llamábamos en casa. En aquellos entonces mi madre era una excelente mecanógrafa, 400 pulsaciones por minuto, y jamás cometía ni la más mínima falta de ortografía; ahora, a sus 88 años, ya sólo conserva su impecable ortografía. De modo, que cuando don José ya comenzó a no poder valerse por sí mismo, dado que la vejez le iba ganando terreno, contrató a mi madre para que le mecanografiara las conferencias que se leían a diario por Radio Valencia, en un programa a él dedicado titulado «Miscelánea». Cada tarde pasaba mi madre dos o tres horas escribiendo lo que don José le dictaba. Con el paso del tiempo, con el desprecio que había ido acumulando sobre sus cansadas espaldas, don José se había vuelto un hombre desconfiado, podría decirse que huraño. En cada uno de sus incontables libros imprimió un sello que decía: «Este libro ha sido robado de la biblioteca de Pigmalión». Sólo mi madre tenía acceso a su vivienda, sólo ella, nadie más que ella. Bueno, ella y yo. Ni a mi padre ni a mis otros hermanos le dejaba pasar del recibidor, sólo a mí. Muchas tardes acompañaba a mi madre y don José se alegraba de verme, me hacía pasar y tomar asiento en alguna polvorienta silla que primero había que vaciar de libros y papelotes, y a continuación ponía un libro en mis infantiles manos. Yo tendría seis, siete u ocho años, cosa que él parecía desconocer, pues a menudo me dejaba con un complicadísimo libro de astronomía; eso sí, siempre procuraba que el libro contuviera láminas, a las que yo dedicaba mi atención así como a las leyendas que las acompañaban. Allí sentado pasaba yo la tarde, leyendo, mirando láminas, y escuchando la voz de don José y el traqueteo de la máquina de escribir que con tan gran destreza manejaba mi madre. Recuerdo el papel que empelaban; utilizaban para cada escrito dos hojas de ese mísero papel entre los que intercalaban una hoja de papel de calco.




Su casa daba pena, o asco, según se mire. Como desconfiaba de todo el mundo allí hacía muchos años que no había entrado nadie a limpiar, de modo que el polvo se amontonaba, literalmente, por todas partes. Tanto el recibidor como las habitaciones estaban amuebladas en sus cuatro paredes por estanterías repletas de libros y por una mesa central también abarrotada de libros y papeles amontonados de cualquier manera; sobre el suelo también se levantaban enormes pilas de libros, bueno, el suelo no, sobre la suciedad del suelo: verán, si a don José se le caía un huevo al suelo ahí se quedaba, por los siglos de los siglos, de modo que el suelo no era tal, era una superficie de muy irregular orografía, con altas colinas y hundidos valles. Y todo ello, como ya he dicho, cubierto por montañas, ya no colinas, del polvo acumulado por el paso de los años.

Don José amaba la música; fue amigo íntimo de un insigne, y pintoresco, pianista valenciano: José Iturbi.

 
Aunque sus conocimientos musicales eran más bien escasos poseía unos cuantos tomos de partituras, recuerdo uno en particular, de la editorial Peters, de las sonatas de Beethoven. Me hablaba a menudo del primer movimiento de la sonata «Claro de luna», no sé qué recuerdos le traía aquella pieza pero sus ojos se enturbiaban cada vez que me la mencionaba. Me gustaría mucho interpretar para ustedes, y sobre todo en memoria y homenaje de don José, este movimiento de sonata. Pero ni mi piano ni mi habilidad estarían a la altura. De modo que confío su ejecución al grandísimo maestro Emil Gilels.



Además de a Iturbi también conoció a otros insignes músicos, como el pianista y director de orquesta catalán Joan Lamote de Grignon. Todavía conservo el manuscrito que este maestro realizó para don José del célebre solo de corno inglés de la Introducción del tercer acto de la ópera «Tristán e Isolda» de Richard Wagner, fragmento por el cual Pigmalión también sentía una especial predilección.



Por razones que les ahorro, don José legó su biblioteca de incalculable valor al ayuntamiento de Peñíscola. Recuerdo que, cuando murió don José, entre mi padre y mis hermanos colocamos cuidadosamente todos y cada uno de los libros, que mi madre tenía rigurosamente catalogados, en cajas de cartón que, al cabo, hubo que bajar una por una los cuatro o cinco pisos. Se entregó a dicho ayuntamiento… Entre unas alcaldías y otras, de un sesgo político u otro, la biblioteca fue deambulando de un sitio para otro sin que nadie se hiciera cargo de ella y acondicionase unas estancias donde ubicarla y ponerla a disposición del pueblo, como era la intención de don José. En la actualidad ya sólo queda un tercio, el resto ha sido expoliado por gentuza, de la misma calaña que la gentuza que ha consentido tal expolio. Toda la biblioteca recopilada durante toda una vida dilapidada. Esa es la verdadera idiosincrasia valenciana. Maldigo una y mil veces a todo aquel que tenga un libro  en su casa con la leyenda «Este libro ha sido robado de la biblioteca de Pigmalión». Se me enciende la sangre, se me parte el alma, de modo que me callo.

Finalizaré este breve recuerdo de Pigmalión con algo que me marcó de por vida, bueno, quizá hoy en día, y tras mis años de psicoanálisis lo haya superado. No sé por qué, pero solía decirme: «Carlos, tú serás un gran hombre». Ya me conocen ustedes, las lágrimas me saltan cada vez que me acuerdo de aquella, incumplida, voluntad y predicción.