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sábado, 1 de noviembre de 2014

… como en otro tiempo, en mayo. R. Strauss – Hermann Prey


Hermann Prey fue un barítono alemán que vivió entre 1929 y 1998. Prey tenía una voz muy bella, de un timbre muy genuino, redondo, aterciopelado, me atrevería a decir una voz muy varonil, muy masculina. Es la voz que a todos nos gustaría tener, o si no, al menos, la voz que nos gustaría que tuviese algún buen amigo, a quien pudiéramos pedirle una canción de vez en cuando. Fue muy amigo de Wunderlich y se podría decir que ambos tenían un modo de cantar muy similar, ambos cantaban con dulzura y a los dos se les notaba que cantaban con el placer, con el deleite de cantar. La voz, cuando es bella, es el instrumento más bello. En la entrada que dedicamos a Wunderlich pudimos ver a un amigo suyo que nos contó, sin poder contener su emoción, que la noche del fatal accidente, cuando se despedían, Wunderlich le dijo que quería cantarle una canción, que escogiese una. A eso me refiero: ya no se trata de acudir a un recital, o a una ópera, a escuchar una buena o interesante interpretación: se trata de algo mucho más íntimo y sencillo, es simplemente escuchar una canción, cantada en cualquier momento, por el placer de escucharla, por el goce de escuchar una bella voz cantando cualquier cosa con deleite. Podríamos decir que tanto Prey como Wunderlich eran capaces de preservar ese intimismo también cuando grababan un disco, o cuando cantaban en un escenario. Me gustaría que, cuando escuchen el Prey entendiesen qué quiero decir (con mis torpes palabras). En realidad se trata de algo inefable: hay que escuchar a Prey, y si lo sientes: magnífico, y si no lo sientes, otra vez será.


El Lied de Strauss, Allerseelen (Día de todos los difuntos), bueno, pues también es una canción muy bella. La letra de este Lied  pertenece a un poeta casi desconocido y realmente el poema no se puede decir que sea una maravilla. Pero tiene su encanto. Alguien habla a la persona amada, sólo que esa persona ya no está en este mundo; se dirige a esa persona como si estuviese presente pero cada estrofa termina diciendo algo así como: ...como hacíamos antes, en mayo, o: …como solíamos hacer en el mes de mayo. La estrofa más conseguida es la segunda, en la que el juego entre el presente y el pasado crea una imagen muy íntima: Le pide que le de la mano, como si estuviera allí, y que le regale una de sus dulces miradas, como si estuviera allí, para finalizar evocando de nuevo la ausencia: como hacíamos en mayo. Strauss expresa la dulzura del pasaje con una modulación inesperada justo cuando pide tan sólo una de tus dulces miradas. No obstante el clímax se alcanza en la última estrofa, cuando sólo está presente el pasado: …vuelve a mi corazón para que te tenga de nuevo, como en otro tiempo, en mayo. Prey no se sabe si canta o declama: la palabra es música, la música palabra y ambas se funden en la belleza de su voz. Funde voz, música y palabra con suaves portamentos; gradúa el dramatismo para que, sin darnos cuenta, la expresión alcance el clímax con una plenitud redonda, con un noble, majestuoso lirismo. No puedo escuchar esta canción, cantada por Prey sin que, como nos enseña Borges…


“Mi maestro, el gran poeta judeo-español Rafael Cansinos-Asséns, legó una plegaria al Señor en la que dice "Oh, Señor, que no haya tanta belleza"; y Browning: "Cuando nos sentimos más seguros ocurre algo, una puesta de sol, el final de un coro de Eurípides, y otra vez estamos perdidos." 


… me sienta irremediablemente perdido.




Allerseelen


Stell' auf den Tisch die duftenden Reseden,

die letzten roten Astern trag' herbei

und laß uns wieder von der Liebe reden,

wie einst im Mai.


Gib mir die Hand, daß ich sie heimlich drücke

und wenn man's sieht, mir ist es einerlei,

gib mir nur einen deiner süßen Blicke,

wie einst im Mai.


Es blüht und duftet heut' auf jeden Grabe,

ein Tag im Ja den Toten frei,

komm an mein Herz, daß ich dich wieder habe

wie einst im Mai.



Día de todos los difuntos


Pon sobre la mesa las resedas perfumadas,

tráeme los últimos asteres rojos

y hablemos otra vez del amor,

como en otro tiempo, en mayo.


Dame tu mano para que la oprima en secreto,

y aunque lo vean, me es indiferente,

obséquiame tan sólo con una de tus dulces miradas,

como en otro tiempo, en mayo.


Hoy florecen y exhalan aromas todas las tumbas

pues un día del año está dedicado a los muertos,

ven a mi corazón para que te tenga de nuevo,

como en otro tiempo, en mayo.



(http://www.kareol.es/obras/cancionesstrauss/strauss10-8.htm)


sábado, 6 de septiembre de 2014

BACH - Cantata BWV 208, No. 9: Aria. Khatia Buniatishvili, piano.


En la entrada anterior pudimos escuchar una transcripción para corno inglés y orquesta de cámara del Agnus Dei de la misa en si menor de Bach. Hoy les propongo la audición de una transcripción para piano de un aria de la cantata BWV 208, también de Johann Sebastian Bach. Y así como en la entrada anterior hacía hincapié en la relación entre música y texto, en este caso voy a omitir cualquier alusión al texto de esta aria. ¿Por qué?, no lo sé. Sencillamente he escuchado esta transcripción y no he podido evitar la tentación de ponerla aquí. La música es sublime, la transcripción impecable, y la interpretación exquisita. La pianista georgiana Khatia Buniatishvili, nacida en 1987, expresa la música de Bach con una transparencia inusitada; del interior de esa luminosa transparencia consigue destacar la melodía con un timbre perlado, nítido, asombroso y, se podría decir, asombrado de sí mismo. No necesitamos texto para saber perfectamente qué nos dice Bach al oído, rescatado del papel por las sabias manos de Khatia, manos que apenas tienen 27 años.

Les aseguro que es una música prodigiosa prodigiosamente interpretada. Una música que viene a iluminar esta tarde cansada de este cansado verano que perece, que dentro de poco marchará a ese misterioso lugar desde el que las cosas no vuelven más. Nunca más.

 

© Adriano Heitman

P. S. Mirando por ahí me he encontrado con esto:
*

lunes, 1 de septiembre de 2014

BACH - Agnus Dei (Misa en si menor) Albrecht Mayer


Hoy traigo a «Guerra y Paz» una música realmente excelsa, a la vez que vivamente conmovedora. Se trata del Agnus Dei de la Misa en si menor de Johann Sebastian Bach. Pero dado que la traigo en una versión distinta de la concebida por Bach quisiera hacer un breve comentario.

Bach empleó muy a menudo un procedimiento denominado parodia. Se trata de reutilizar una música escrita con anterioridad para una nueva composición. Lo más frecuente es que se trate de música vocal, de ese modo, lo único que se cambia es el texto. Este procedimiento ha sido frecuentemente utilizado por muchos autores; en Bach tiene, además, una diferenciada característica: siempre convertía, reutilizaba, una música profana en música religiosa pero nunca en sentido inverso: la música que se había convertido en religiosa o la expresamente escrita con fines religiosos nunca pasaba con posterioridad a ser utilizada como música profana. Por qué explico esto. La versión que he traído hoy contraviene este principio bachiano: convierte el Agnus de una misa en una pieza instrumental al ser interpretada la parte vocal, la que, obviamente, contiene el texto religioso, en música instrumental, con lo que el texto, la palabra, desaparece: música religiosa que pasa a ser música profana. Por regla general, a mí no me gusta que se haga esto: ¿por qué hacer lo que Bach evitaba a toda costa? No obstante yo mismo le he hecho con fines pedagógicos. También hay que decir que he escuchado transcripciones que, independientemente de cualquier supuesto, son de muy mala calidad, y estoy evitando a toda costa emplear palabras groseras. Pero, claro, todo tiene su excepción. El oboísta alemán Albrecht Mayer es un intérprete excepcional y un músico extraordinario. No sólo ha grabado la mayor parte del repertorio para su instrumento sino que también se ha dedicado a la bella tarea de tocar transcripciones, siempre con un buen gusto impecable. En 2003 grabó un cd titulado Lieder ohne Worte (Bach für Oboe und Orchester), «Canciones sin palabras (Bach para oboe y orquesta)» en el que interpreta obras de Bach concebidas para otro instrumento adaptadas al suyo propio. En este caso, el del Agnus, toca, en realidad, un corno inglés. ¿Es posible que un intérprete con un instrumento exprese lo que diría un cantante con su voz? Mayer nos demuestra que sí. El texto del Agnus, canto que forma parte del ordinario de la misa, es una petición de piedad, pide misericordia por los pecados cometidos para ser así dignos de tomar la comunión. La simbología que encierra esta oración es un poco cruenta: Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, es decir, «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros». Desde los orígenes del cristianismo se ha utilizado la figura del cordero para simbolizar a Jesucristo, en tanto en cuanto, Jesucristo fue sacrificado para la salvación del hombre, del mismo modo que se sacrificaba un cordero como ofrenda a Dios. Recuérdese, por ejemplo, el pasaje bíblico en el que Dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio a su primogénito, Isaac; cuando Abraham ya esgrime el cuchillo para el infanticida holocausto aparece un ángel y le dice que ya ha probado su fe y obediencia, y ofrece a Abraham un carnero para que lo sacrifique a Dios en lugar de Isaac. Mayer, con su magistral interpretación, expresa la petición de clemencia, de piedad, con una voz que clama, que suplica, que ruega, con dulzura, con la triste dulzura de quien pide piedad. Claro, nosotros conocemos el texto a priori, de no ser así podríamos pensar cualquier otra cosa. Pero, por eso mismo sabemos el texto, podemos reconocer el significado que Mayer quiere expresar con su interpretación.

Puesto que, como dice el título del cd, vamos a escuchar una canción sin palabras, podemos enriquecer, si cabe, esta audición, valiéndonos de la contemplación de otra obra maestra de la Historia del Arte: «La Piedad», de Miguel Ángel. En ella podemos comprobar todo lo hasta aquí explicado: Jesús, reposa después de haberse ofrecido en sacrificio, en los brazos piadosos de su madre, la Virgen María. La escultura de Miguel Ángel sigue conmocionando con el paso de los siglos. La expresión de Jesús es la de quien reposa, al fin, tras haber sido martirizado; no es una expresión de paz, en su rostro todavía podemos ver las huellas del martirio: María lo acoge en sus brazos con infinita piedad, todo lo que, al cabo, puede ya ofrecerle.


La música de Bach, la escultura de Miguel Ángel, la interpretación de Mayer, y el texto desaparece, se esfuma, se convierte en expresión pura sin necesidad de la palabra.

Escuchen, observen, sientan, seguro que al escuchar a Mayer entienden lo que quiero decir. Y se conmueven.


lunes, 25 de agosto de 2014

SCHUBERT - Trío D. 898, 2º movimiento.


Sin proponérmelo, sin darme cuenta, todas, creo, las entradas que he escrito este verano han estado dedicadas a piezas breves, en alguna ocasión a verdaderas miniaturas. Esta falta de premeditación por mi parte pone de manifiesto mi predilección por las obras breves, por las pequeñas obras maestras. No quiere decir esto que no me gusten obras de grandes dimensiones, como músico que soy he escuchado incontables obras de gran tamaño, sinfonías, óperas, oratorios. Mientras escribo escucho «La pasión según san Mateo», en una versión que desconocía, y me gusta mucho. Pero ante las grandes dimensiones me quedo un poco, cómo diría, distraído: sólo cuando suena tal o cual aria, tal o cual fragmento, me llama la atención y escucho atentamente. Me gusta la melodía breve que me permite andar todo el día canturreándola, tarareándola, sea en voz a mayor o menor volumen sea internamente, es como si me hiciera compañía. Además, al ser breve, puedo pensar en un instante la pieza completa en su integridad, sentirla completa.

En realidad no debería estar escribiendo esta entrada, debería estar trabajando. Pero me quedé seco, estancado, completamente, caput. Todavía no han comenzado las clases, y no sé, nunca he sabido, qué hacer con mi tiempo libre, con el supuesto tiempo de ocio. Por eso me decido a escribir esta modesta entrada, por hacer algo de un mínimo, de cierto provecho.

Lo que hoy les propongo escuchar es el segundo movimiento, Andante un poco mosso,  del trío para piano, violín y chelo, número 1, D. 898 de Franz Schubert. Fue compuesto en noviembre de 1827, justo un año antes del fallecimiento de nuestro amigo Franz. Todos los estudiosos han señalado el carácter cantabile, la impronta de Lied que tiene este movimiento. Y así es. Tras dos escuetos compases a modo de introducción, como si de dar el tono a un cantante se tratase, despliega Schubert para nosotros una melodía de una serena belleza. De una manera similar a lo que ocurría con la pieza de la entrada anterior, comienza la melodía principal cantada por el chelo. La del chelo es una voz noble, muy expresiva, y en este caso, Schubert ha sabido resaltar esas cualidades. Cuando termina de exponerse esta melodía completa, entra el violín repitiéndola, y el chelo pasa a realizar un contrapunto que le confiere luces y sombras, nos muestra rincones insospechados del alma de la primera melodía: y como en el trío de Brahms de la entrada anterior, comienzan a danzar las melodías, a acariciarse, ¿sería exagerado decir que comienzan a amarse? No lo sé, pero a mí me lo parece, por el mimo con el que se tratan, del cuidado en el detalle, de la delicadeza, de la ternura, siempre, la ternura.

Como anécdota les contaré lo siguiente. Yo, en mis clases de solfeo, siempre, desde el primer día como profesor, siempre he utilizado fragmentos de música clásica como lecciones de solfeo.  Siempre he tenido muy claro, sin que nadie me lo enseñase, que hay que beber de las fuentes: que es mucho mejor beber el agua clara de la boca del manantial que una Coca Cola. ¿Para qué trabajar, para qué enseñar lecciones de solfeo mierdosas escritas por vete tú a saber qué pelagatos cuando se puede solfear al mismísimo Schubert? Es cierto que hay muy dignas excepciones, lecciones de solfeo que son verdadera música culta. Pero eso, excepciones. Pues recuerdo que un día llevé el comienzo de este movimiento a una clase; previamente había comprado la partitura, entonces no había Internet, y había hecho las fotocopias. Era una clase de gente joven, de trece o catorce años más o menos. En cuanto repartí las fotocopias todo el mundo comenzó a protestar: que si aquello no se podía cantar, que si cómo iban a cantar la parte de un violonchelo, la parte de un violín, que si estaba muy agudo. Con un poco de mano izquierda, y, siempre, un poco de cariño, los amansé y comenzamos a cantarla: venga, esto octava baja, aquello así, o asá…, yo tocaba el acompañamiento a piano. A las pocas veces que la habíamos cantado… ¡zas! la magia, el milagro de la música, su grandeza: ya todo el mundo quería cantarla, una y otra vez, y otra y otra más, no se cansaban nunca. Jo, Carlos, pero qué bonito es esto, me decían, vamos a cantarla otra vez; lo veis, ceporros, como sí que se podía cantar y además es muy bonito, les repuse yo; y así pasamos toda la clase la mar de contentos.


Schubert, un año justo antes de abandonar este injusto mundo, escribió esto para todos nosotros, como el agua clara que brota de un manantial.


Eugene Istomin, piano
Isaac Stern, violín
Leonard Rose, violonchelo


sábado, 23 de agosto de 2014

BRAHMS - Trío Op. 114, 3er movimiento.

Hace días que no se me va de la cabeza la melodía de este movimiento, o del oído, o del corazón, como prefieran. Y no sé qué más decir. Podría decir que es una música bellísima, que expresa una dulce ternura: Brahms establece un diálogo entre la melodía principal y otra que enseguida entra a acompañarle, a acariciarle, y ya no dejan de mecerse juntas, de fundirse: dos melodías que se acarician; que se acarician dulcemente, con indecible ternura. Y no sé qué más decir.

 
 
Brahms, Trio en la menor, Op. 114, 3er movimiento, Andantino grazioso.  
Emanuel Ax, piano,  
Yo-Yo Ma, chelo,  
Richard Stoltzman, clarinete

domingo, 17 de agosto de 2014

BEETHOVEN - Sonata nº 30, op. 109, 3er mov.


Este verano, estoy saliendo cada día a dar una larga caminata. El resto del tiempo lo paso trabajando, en casa, de cara al ordenador. Si no hiciera estos paseos creo que me habría solidificado, momificado o algo parecido. Ayer, sábado, culminé una parte muy laboriosa del proyecto en el que ando metido. Desde ese momento que ando perdido, no sé qué hacer, cómo acometer todo lo que queda para completar el proyecto, algo muy distinto de lo que he hecho hasta ahora. La verdad, me siento perdido.

En el transcurso de la caminata de esta mañana me he encontrado con esto:

El pequeño cascarón de un huevecillo que hasta hace pocas horas estaba ocupado por un polluelo, por un pajarito. Se podría decir que es algo insignificante, aunque, por otro lado, también se le podría atribuir una rica simbología. Yo no lo presento aquí por lo uno ni por lo otro, o, en todo caso, por lo primero. Un pequeño objeto, inservible, insignificante, inútil que, sin embargo, ha despertado mi curiosidad y no sólo eso, también un dulce sentimiento de ternura. En lo diminuto puede estar contenido lo infinito: en el interior de una gota de agua puede caber una montaña. Así, este pequeño cascarón, me ha hecho sentir una pequeña gota, inmensa como una montaña, de ternura. La imagen del indefenso pajarillo acurrucado bajo la seguridad de las alas de su madre: de nuevo un ser diminuto pero que contiene el infinito: la vida. La vida, la misma y única vida, la que hace saltar sobre la superficie del mar a la magnífica, soberbia y alegre ballena. Un dulce sentimiento de ternura… aunque, lo admito, no exento de cierta melancolía; quizá por evocarme la imagen de un nido, un hogar, algo que no sé muy bien si a lo largo de mi vida he llegado a sentir, a reconocer, a vivir. Ya ven lo que da de sí algo tan insignificante como el cascarón abandonado de un pajarillo.

No sé por qué, en cuanto he recogido del suelo los restos de huevecillo, ha venido a mi mente una melodía, una música. Quizá esta música me hace sentir, expresa, para mí «un dulce sentimiento de ternura». Es algo breve, casi una bagatela, podría serlo. Se trata del tercer movimiento de la sonata para piano número 30, opus 109 de Beethoven. Es un pequeño tema con variaciones, en la tonalidad principal de la sonata, mi mayor. Les propongo su audición. No he querido traer el movimiento completo: sólo el pequeño tema y la primera de las variaciones; quizá para resaltar el carácter de miniatura, quizá porque estas dos secciones son las que despiertan en mí el sentimiento arriba mencionado. Por supuesto, en estas dos miniaturas está contenido todo el genio de Beethoven, toda el alma, toda la vida de Beethoven: no es más Beethoven su novena sinfonía, ni sus últimos cuartetos de cuerda: no, es el mismo Beethoven, es el mismo espíritu el que da vida, el que vive en toda la música de Beethoven, me atrevería a decir, en toda la gran música que se ha escrito a lo largo de la historia: es la música: es música.

He escogido la versión de Emil Gilels. Hay muchas versiones de las sonatas de Beethoven, muchas muy buenas. Gilels estaba grabando su integral cuando le sorprendió la muerte, a la temprana edad de  68 años. No obstante se editó en un álbum todas las que llegó a grabar. Para mí es, quizá, la mejor versión de cuantas he escuchado. Y, repito, las hay muchas y muy buenas. Pero Gilels… su sonido, su cantabile, su magia: cuando no sabes muy bien el porqué, esa es la mejor, sin duda.

Con ustedes, para ustedes, este pequeño cascaroncillo, este pequeño tema, este «dulce sentimiento de ternura», interpretado por alguien que es el mejor sin saber por qué, sin porqué: ... ohne warum.