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lunes, 20 de enero de 2014

CLAUDIO ABBADO



En verano de 2012, mediante un lacónico mensaje de prensa, el Festival de Lucerna anuncia que la octava sinfonía de Mahler que iba a ser dirigida por Claudio Abbado va ser sustituida por la música incidental sobre texto de Goethe, Egmont, de Beethoven y el Requiem de Mozart; se aducen «razones artísticas», aunque se desconocen los verdaderos motivos de ese repentino cambio. También desconocemos la razón por la que se guardaron 40 segundos de silencio tras la interpretación del Requiem. Imagino que debió de ser idea y voluntad del propio Abbado, y que se informaría al público convenientemente para que se abstuviese de aplaudir hasta transcurrido ese breve período de tiempo. 40 segundos es poco tiempo, un ratito muy breve. Sin embargo, un ratito de silencio que, guardado en ese significativo instante, abandona la dimensión tiempo, se escapa, se diluye en el vacío, en la nada, en la infinitud de la nada. La música que se acaba de interpretar es un réquiem, el de Mozart, una música excepcional, sublime, para un tipo de composición, la misa de réquiem, de una tan evidente como dramática carga simbólica y emocional. En la última parte de la misa de réquiem, en el denominado Lux aeterna, el creyente pide, implora que la muerte sea un reposo eterno en el que brille la luz perpetua. Y para este texto, Mozart utiliza la misma música, la misma estremecedora fuga, que utilizó para el Kyrie, el momento de la misa en el que se pide piedad, perdón por los pecados cometidos; Mozart fusiona la imploración de reposo y descanso eterno con la súplica de perdón, de piedad: 

«Perdón, el viaje ha sido largo y duro, sé que en ocasiones no he obrado bien, que podría, que debería haber obrado mejor, pero, por favor: perdón, paz, reposo, piedad, luz, estoy tan cansado, no soy más que un hombre, un anciano…». 


Abbado, un hombre viejo y enfermo vive esos insignificantes 40 segundos, esa nada infinita con infinita dignidad. En un momento parece que se va a llevar la mano al pecho, de una manera espontánea, sincera y viva, no hay ficción, pero acto seguido, con la misma naturalidad, abandona el gesto, y el gesto se convierte en una mirada a su interior, a sí mismo, para luego alzar la vista y mirar a lo alto, a la infinita altitud que todos sabemos sobre nosotros. La incógnita es obvia: qué piensa, qué siente Abbado durante esos cuarenta segundos, qué ve, qué contempla en el interior de su ser, en ese íntimo infinito interior que todos y cada uno llevamos dentro, o somos; qué ve allá en lo alto, qué contempla en las alturas infinitas.


Luz, piedad, reposo, paz a Claudio Abbado.





8 comentarios:

  1. Muchas gracias profesor Gimeno.
    (Por usted me entero de ésta despedida; hacia alguien que se queda con nuestra escucha, saber y corazón).
    ¡Bello su homenaje!

    un Quijote más.

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    1. Démosle las gracias ambos a Claudio, y a otros pocos como él:

      "Nadie puede tocar las estrellas.
      Pero necesitamos personas
      que traten de alcanzarlas."

      Un afectuoso saludo

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  2. Gran perdida la del maestro Abbado...
    Siempre me llegaron a lo más profundo del alma sus interpretaciones... Verdaderas, profundas, sin una pizca de banalidad o de espectáculo gratuito...
    En sus últimos años, la visión de ese frágil hombre desnudándose frente a sus músicos, dejándose la piel en cada detalle, en cada frase, me remitía a aquello por lo que un buen día decidí ser músico.

    Gracias, Claudio por tanta, tanta y tanta belleza!

    Gracias a ti también, Carlos! Se te echa de menos...

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    1. Querido Borja, has escrito un epitafio muy bonito para Abbado, le hubiera gustado leerlo. Has descrito muy bien en qué consistía su grandeza; en lo mismo que define a todos los grandes: en la honradez con la música: en nunca, jamás, tomarla como pretexto para el exhibicionismo, para el virtuosismo, o, lo que es mucho peor y lo que más se da por estos lares necios e incultos, para el lucro personal, para el mezquino enriquecimiento económico.
      Siempre que se marcha un maestro como Abbado queda un hueco enorme en el alma de la sociedad. ¿Seremos capaces de sanar esa honda herida...?, la verdad, lo dudo, y es ahora, en este momento histórico, a nivel mundial, cuando más faltos estamos de esa honradez sin fisuras, tiempos en los que la banalidad es lo que mueve a velocidades vertiginosas este ya tan maltrecho planeta.

      También yo, amigo Borja, echo de menos aquellas clases, más que clases, aquellos encuentros semanales en los que, en algunos momentos, no se sabía muy bien quién era profesor, quién alumno...

      Un abrazo

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  3. Una gran pérdida, sin duda. Yo no he llegado a escuchar a Abbado en vivo, pero si he podido ver sus conciertos en Lucerna por televisión, como siempre a través del canal franco alemán ARTE. Recuerdo este concierto perfectamente, de hecho es posible que lo tenga grabado por algún sitio. En la primera parte contaba con una aparición de su amigo Bruno Ganz, que recitaba a Goethe. El Requiem de Mozart lo cantaba aquí, si no recuerdo mal, los coros de la radio sueca y de la radio bávara, dos coros dirigidos por Peter Dijkstra, un joven holandés con quien tuve ocasión de cantar cuando vivía en Holanda.

    El silencio que se produce al final es fácil de entender. Claudio Abbado había repetido en más de una entrevista que la calidad de un público se medía por el silencio que guardaba al finalizar un concierto. Como quiera que la mayoría del público en Lucerna peregrinaba literalmente para escuchar a Abbado, no era cosa de contradecirle!

    Uno o dos años antes había dirigido una novena sinfonía de Mahler que me quitó literalmente el hipo, y eso solo por televisión. Eso sí, tuve que enviar a la familia de paseo para poder escuchar con el volumen adecuado. Al final el sonido va muriendo y muriendo bajo una tensión que no deja de crecer. El público guardó un silencio eterno al final. Unico, inolvidable y como lo mejor en música, irrepetible. No he encontrado el vídeo en youtube, pero se que lo tengo grabado y estoy buscando el momento adecuado para volver a ver ese concierto.

    Por lo demás, incluso con una noticia así, encantado de pasar por su casa Carlos.

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    1. Apreciado Eloy, ante todo, bienvenido, también yo me alegro de recibirle por esta su casa, aun en estas circunstancias.
      Me deja usted admirado, posee un bagaje musical envidiable y una no menos envidiable memoria; por supuesto, lo que más me admira de usted es su buen gusto musical. Desconocía por completo ese buen juicio de Abbado referente a el necesario silencio que debe guardarse tras la audición de una obra de concierto. Incluso cuando escribí la entrada estuve muy tentado de decir algo al respecto pero no me pareció el momento oportuno.
      Tras la escucha de una composición musical de calidad, la mente del oyente atento y sensible, me atrevería a decir el alma, el espíritu, está inmerso en un estado de concentración, en un estado emocional, que requiere de unos momentos de silencio (¿silencio espiritual?), tanto para asimilar lo que acaba de acontecer como para salir de ese estado casi místico. Para mí, el protocolo ideal sería que tras finalizar la obra, el público permaneciese siempre en absoluto silencio, recogimiento (con los ojos cerrados o con la mirada perdida…), y que los intérpretes fuesen abandonando silenciosa, cautelosamente el escenario, para que transcurridos unos minutos también el público saliese del concierto sin emitir ni un solo aplauso, ni un solo ruido o comentario. Este modo de proceder sería, además, el que de mejor manera demostraría el debido respeto a la música, compositor e intérpretes, incluso, por supuesto, a los oyentes arriba mencionados. Entiendo que el auditorio siente la necesidad de transmitir a los intérpretes su satisfacción, su gratitud por el trabajo bien hecho. Pero usted que ha asistido a cientos (¿miles?) de conciertos sabe que la realidad suele ser otra cosa muy distinta. Por ahí por Europa donde tiene usted la suerte de vivir el tono cultural medio es mucho más elevado que el de esta nuestra querida España. Pero aquí… Una de los muchos motivos que me indujeron a dejar de asistir a conciertos fue precisamente el hecho de que cuando todavía estaban sonando las últimas resonancias, incluso los últimos acordes, de las obras interpretadas la gente se lanzaba como una jauría a ver quién aplaudía primero, a ver quien hacía el comentario más ingenioso, a ver quien demostraba mayores conocimientos… cuando lo único que demostraba era petulancia, insensibilidad e ignorancia. Sí, es cierto, se me va un poco la mano, pero es que la cosa no es para menos.
      Haya paz. Sobre todo, respetemos la memoria Abbado y dejemos las censuras para otros momentos.
      Claudio Abbado ha sido uno de los grandes intérpretes de la historia de la música. Quizá, ojalá, aparezcan nuevos interpretes que estén a su altura; lo que es seguro es que no habrá nadie que lo supere.

      Mi más afectuoso saludo y gratitud para usted, amigo Eloy.

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    2. Acabo de leer esto que no me resisto a compartir con usted:

      http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/20/actualidad/1390254488_908491.html

      No necesito añadir más.

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