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sábado, 9 de agosto de 2014

Schumann y Borges


En 1853, el estado mental de Robert  Schumann estaba ya muy deteriorado. En febrero del año siguiente intentó suicidarse lanzándose al Rin; fue rescatado en el último momento pero su salud psicológica ya no tenía regreso, fue ingresado en una institución mental en la que permaneció hasta su muerte. En 1853, en octubre de 1853, cinco meses antes de su intento de suicidio, escribió una obra que tituló Gesänge der Früher, «Canciones de la madrugada», una obra para piano que consta de cinco partes. Es una obra compleja, en la que el lenguaje de Schumann llega a lugares hasta ese momento no pisados por nadie. Hasta a Clara, su esposa, le pareció una obra difícil de entender. Ya en su primer movimiento, Schumann, escribe una serie de disonancias sin ningún tipo de preparación, segundas armónicas consecutivas. No importa no entender qué significa esto de las «segundas», cualquiera que escuche esta pieza las percibirá, aunque no sepa nada de música. Schumann siente la necesidad de expresar algo, ¿qué significan esas disonancias que utiliza en su intento de decirle al mundo lo que quiera que sea? Nunca lo sabremos, pero, quizá, cada vez que escuchemos esta pieza le entendamos un poco mejor. Lo que podemos asegurar es que esa música es fruto de la mente enferma de un genio: obra y vida no pueden ir cada una por caminos diferentes. Schumann muere en 1856, tres años después de haberla escrito.
 

Muchos años después, en 1981, otro genio, Jorge Luis Borges, publica su penúltimo libro de poesía, que titula «La cifra». La mente de Borges no está dañada, es la mente lúcida de un hombre de 82 años. También se trata de un libro, podríamos decir, difícil de entender, o quizá tan sólo enigmático, como toda la obra de Borges. Borges morirá cinco años después de haber publicado, escrito, este libro, en 1986.
 
Comencemos con Borges. Lo primero que encontramos al abrir este precioso libro es la siguiente:

Inscripción 

De la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo, la dedicatoria de un libro no es, por cierto, el menos arcano. Se la define como un don, un regalo. Salvo en el caso de la indiferente moneda que la caridad cristiana deja caer en la palma del pobre, todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo. Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio. 
J. L. B. Buenos Aires, 17 de mayo de 1981.

Es muy hermoso dedicar algo a alguien y, en efecto, también lo es ser obsequiado con una dedicatoria. Esta dedicatoria es, a la vez, una definición de «dedicatoria»; al mismo tiempo nos cuenta mucho de la relación entre el poeta y su compañera: «… cuánto Virgilio.», con estas dos escuetas palabras nos imaginamos a Kodama leyendo para Borges incontables pasajes de la «Eneida», de las «Geórgicas»; también podemos imaginar a Borges declamando de memoria para Kodama muchos versos del casi mítico poeta italiano; Borges, rescata, destaca, evoca y convoca, entre tantas otras situaciones, el momento, el dulce y mágico momento de la lectura convivida.


Tras esta dedicatoria vienen los escritos de Borges, unas veces son poemas pero otras breves relatos en ese estilo de prosa poética inconfundible del ciego maestro. Son los escritos de un hombre cuerdo con la lucidez propia y de un octogenario. En este, Borges anhela lo único que todavía no ha vivido:

Eclesiastés, 1-9 

Si me paso la mano por la frente,
si acaricio los lomos de los libros,
si reconozco el Libro de las Noches,
si hago girar la terca cerradura,
si me demoro en el umbral incierto,
si el dolor increíble me anonada,
si recuerdo la Máquina del Tiempo,
si recuerdo el tapiz del unicornio,
si cambio de postura mientras duermo,
si la memoria me devuelve un verso,
repito lo cumplido innumerables
veces en mi camino señalado.
No puedo ejecutar un acto nuevo,
tejo y torno a tejer la misma fábula,
repito un repetido endecasílabo,
digo lo que los otros me dijeron,
siento las mismas cosas en la misma
hora del día o de la abstracta noche.
Cada noche la misma pesadilla,
cada noche el rigor del laberinto.
Soy la fatiga de un espejo inmóvil
o el polvo de un museo.
Solo una cosa no gustada espero,
una dádiva, un oro de la sombra,
esa virgen, la muerte.
(El castellano permite esta metáfora.)

Ahora nos habla de un mismo compañero que tiene dos caras, dos aspectos; la prosa que sigue, guarda muchos puntos de encuentro con lo que acabamos de leer, incluso se repite. De estos dos aspectos, yo sólo conozco uno, el mismo que me acompaña mientras doy forma a esta entrada.

Dos formas del insomnio

¿Qué es el insomnio? La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta. Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los parpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa. ¿Qué es la longevidad? Es el horror de ser en un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y de pirámides, de antiguas bibliotecas y dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no se manejar, a la nostalgia del latín, que no se, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte, a ser y seguir siendo.

Borges estaba cansado al final de su vida. Le escuchábamos decir, en una de las entrevistas que YouTube borró, que no temía a la muerte, que la veía, como tantos otros, como la promesa de un descanso, de una paz ganada y merecida.

Este es el primer movimiento de Gesänge der Frühe, «Canciones de madrugada», de la madrugada que todavía no ha venido a saludarme, del alba que todavía se esconde tras las últimas cortinas de la noche.



La pieza, pese a su apariencia sencilla, es difícil en su ejecución, y requiere de unas manos muy grandes. Interpreta, magníficamente, Mitsuko Uchida:

15 comentarios:

  1. * No hay una sóla imagen. No hay una sóla hermosa palabra, con la excepción dudosa de testigo, que no sea una abstracción.*
    La cifra: Prólogo; Jorge Luis Borges

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    1. La mente de Borges es tan lúcida, tan brillante, que siempre nos sorprende, muchas veces, ilumina con su brillo tal o cual palabra. En este caso nombra «testigo», y nuestra mente inicia un vacilante viaje por el hondo significado de esta palabra, de este símbolo. Quizá, de todos los escritores, sólo Borges tenga esa capacidad de escrutinio, de selección. Quizá contrubuyese a ello su inagotable amor por las etimologías.

      Muchas gracias por su comentario

      Le saludo cordialmente

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  2. La cifra: Shinto

    Cuando nos anonada la desdicha,
    durante un segundo nos salvan
    las aventuras ínfimas
    de la atención o de la memoria:
    el sabor de una fruta, el sabor del agua,
    esa cara que un sueño nos devuelve,
    los primeros jazmines de noviembre,
    el anhelo infinito de la brújula,
    un libro que creíamos perdido,
    el pulso de un hexámetro,
    la breve llave que nos abre una casa,
    el olor de una biblioteca o del sándalo,
    el nombre antiguo de una calle,
    los colores de un mapa,
    una etimología imprevista,
    la lisura de la uña limada,
    la fecha que buscábamos,
    contar las doce campanadas oscuras,
    un brusco dolor físico.
    Ocho millones son las divinidades del Shinto
    que viajan por la tierra, secretas.
    Esos modestos númenes nos tocan,
    nos tocan y nos dejan.

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    1. Sí, quizá durante un segundo.
      Pero qué rápido transcurre un segundo.

      Muchas gracias por el esfuerzo que se ha tomado en escribir aquí, para todos nosotros, este magnífico poema.

      Un afectuoso saludo

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    2. Últimamente pienso muy a menudo que el arte no nos hace felices, por otro lado, tampoco es esa su misión. El arte puede fascinarnos, conmovernos, espolear nuestra admiración artística. Pero todo eso no nos hace felices. Puede distraer nuestra mente y nuestro espíritu, puede suplantar por unos instantes nuestros sentimientos. Pero ahí no está la felicidad, ni la calma, ni la paz. El propio Borges reconoce en muchas ocasiones su infelicidad, y sería oneroso citar a tantos y tantos artistas, poetas, músicos, pintores, cuya biografía da fe de su desdicha, incluso de su tragedia. El arte es un don, un inmenso regalo, pensamos que sin él no podríamos vivir. Pero no es cierto, podríamos vivir sin el arte, entre otras razones porque el arte está en cada uno de nosotros, podemos sentirlo, «imaginarlo» siempre que queremos, el arte también está en nuestra mirada. Otras cosas son la que nos hacen felices, no es la carencia de arte lo que nos hace infelices y no hace falta poner ejemplos: la realidad, en los telediarios, nos pone cientos de ellos. Y no sólo la guerra nos priva de la felicidad, no sólo la enfermedad. La felicidad es algo tan delicado, necesita tantas cosas, y necesita tan poco... El arte... sí, el arte es un bello paliativo, mitiga por un instante nuestro sufrimiento, nuestra infinita soledad y tristeza, quizá el más efectivo y hermoso paliativo. Pero en cuanto nuestra mirada, nuestro oído, nuestra mente, se distrae de su contemplación, vuelve, siempre «está a nuestro lado, la sombra» de ser lo que quiera que seamos, con nuestra dosis de felicidad o desdicha dictada por nuestros actos, por nuestro destino, por quien quiera que lance los dados.

      Le pido disculpas.

      Y de nuevo le agradezco su valioso esfuerzo.

      Mi más amable saludo

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  3. La felicidad no es permanente, un ser o un estado permanente. El goce de la obra de arte tampoco lo es. ¿Existe algo que lo sea?

    Esfuerzo mío no, se trata más bien del goce -espontáneo- del diálogo. Surge desde usted, desde Schumann/Uchida, desde Borges. Entre tanto he seguido la escucha atenta de Mitsuko Uchida y la lectura de la partitura. ¿Haciendo así busco o hallo paliativos?, reflexiono ahora, después de sus palabras últimas. No; hay tantas cosas más... (incluso, el avance por encima de la depresión que ayer, durante algunas horas, lastimó).
    La sombra...sí, también ella está en cada uno de nosotros, personal, o universal.

    Saludo, soy yo quien merecidamente se disculpa.

    Borges en entrevista de 1976:

    "¿Del amor entiende, Borges?
    Sí. Desgraciadamente, sí.
    ¿Cómo desgraciadamente?
    Porque desgraciadamente pienso que trae más pesares que placeres. Ahora, claro que la felicidad que da el amor es tan grande que más vale ser desdichado muchas veces para ser feliz algunas. ¡Es también una cuestión de estadística!"


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    1. De nuevo le escribo con la esperanza de que lea esta respuesta mía a su último comentario. Como podrá comprobar, he borrado lo escrito esta mañana. Y si le vuelvo a escribir ahora es para, una vez más, disculparme por haber entrado, con mi respuesta, en un terreno tan confidencial que sólo debe mantenerse en el más íntimo círculo familiar. Fuera de ese ámbito no es más que una falta de cortesía y hospitalidad hacia usted que visita «Guerra y Paz»; una actitud, la mía, absolutamente reprobable. Le vuelvo a presentar mis disculpas.

      Su comentario es muy certero, sus palabras muy dignas de tener en cuenta. Y deseo vivamente que su malestar depresivo de ayer fuera absolutamente pasajero.

      Le saludo muy cordialmente y espero con ilusión verle de nuevo por «Guerra y Paz».

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    2. Muchas gracias por regalarme estrellas, o cometas, o lo que sean las Perseidas, no todos los días le regalan a uno estrellas. Sí, creo que somos románticos, usted lo dice y yo también.

      Fíjese, yo creo que los artistas deberían mantenerse al margen de la política, no creo en eso llamado «arte comprometido», mejor no meterse en compromisos... Es cierto, ha habido, sobre todo canciones, denuncias hechas mediante la música, justas denuncias. Recuerdo grupos de excelentes músicos de Sudamérica que hacían una música excepcional y con ella denunciaban, atacaban, exigían. Creo que Borges se equivocó, pero creo que más bien fue una salida de tono porque Perón lo ultrajó, en fin, creo, no lo lo puedo afirmar. Por eso, mejor, zapatero a tus zapatos.

      Acabo de venir del médico, no ando muy fino últimamente, por eso no me fío de lo que digo ni de lo que escribo. No sé si soy discreto o imprudente, comedido o exagerado, no lo sé bien. Por eso escribo y borro, hablo y luego pido disculpas de lo que digo, en fin, un poco desbarajuste. Me alegro de que usted me entienda, me agrada mucho hablar con usted.

      No sé por ahí, donde usted, pero aquí, en Valencia de España está haciendo un calor terrible. Como estamos a la orilla del mar el calor es muy húmedo, hacen treinta y cinco grados y parecen cincuenta, te ahogas. Espero que usted esté más fresquito.

      Como siempre, mi más afectuoso saludo

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    3. Ya he borrado un par. Estamos muy exigentes usted y yo últimamente. ¡Vaya par!

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    4. Precioso primer movimiento de "Canciones de la Madrugada", lleno de melancolía. No lo conocía. Esas disonancias tal vez expresen la disconformidad con la vida o, más bien, con su irremediable conclusión, con la proximidad de la muerte. La madrugada, antes que el día despierte en un nuevo amanecer; para los que creemos, un glorioso amanecer en la Eternidad. Considero que la música - la buena música - es una manifestación del lenguaje divino y me acerca a Dios.
      Hay una pieza musical de Elgar, la novena variación de su obra "Enigma Variations" titulada "Nimrod", que me conmueve especialmente y me transporta fuera de este mundo cada vez que la escucho. Si no la conoces, te la recomiendo interpretada por la BBC Symphony Orchestra bajo la batuta de Sir Andrew Davis en el marco incomparable de la catedral de Worcester, ciudad en la que Elgar residió hasta su muerte.
      Como obra completa, mi sinfonía favorita es la "Patética" de Tchaikovsky - el compositor que más me llega al alma -, su obra póstuma considerada un Réquiem, la antesala de su muerte, probablemente un suicidio.
      De todas formas, démosle gracias a la vida o... a este mal sueño o mala noche en una mala posada que llamamos "vida". No nos quejemos, que tiene momentos maravillosos también. Algunos seres humanos no quieren despertar nunca; otros prefieren no acostarse...por si acaso :) Los grandes genios saben plasmar la angustia de vivir, las preguntas sin respuesta, en sus obras de arte, en su poesía, en su música.
      Gracias por compartir.

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    5. Muchas gracias por tu sincero, interesante y sensible comentario. Sí, conozco las «Variaciones Enigma» y, cómo no, la sinfonía «Patética», obras de las que por su peculiar título no es necesario nombrar sus autores. Son dos obras, hablando en términos muy generales, muy expresivas, ambas conmovedoras. La música es un lenguaje de interpretación muy subjetiva: para ti es «una manifestación del lenguaje divino», es una interpretación muy bella que también puede entenderse con un significado universal: para mí, que no soy creyente, expresa lo inefable, lo sublime, es la manifestación de la suma belleza, de la bondad, del amor y de la verdad. Quizá esta especie de definición pueda parecer altisonante; yo no sé expresarlo de otro modo, o, en todo caso, me llevaría mucho tiempo y mucho espacio explicarme de otro modo, con otras palabras que deberían ser, a la fuerza, muchísimas más.

      Me parece magnífico que en este blog se manifiesten opiniones como la tuya: libres, respetuosas, cultas, sensibles. Creo firmemente que en este mundo cabemos todos, que siempre podemos encontrar cosas en común, por muy diferentes que sean nuestros puntos de partida: siempre podemos encontrar un entendimiento, cosas que nos unan. Lamentablemente, la realidad nos demuestra estruendosamente cada día que no todo el mundo siente, piensa igual.

      De nuevo te agradezco tu comentario, con la misma sinceridad con que lo has escrito.

      Recibe un afectuoso saludo

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  5. Saludo

    https://www.youtube.com/watch?v=R1AAc69Pcbw


    https://www.youtube.com/watch?v=DF8cSEcZEAw

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    1. Albrecht Mayer es un gran oboísta y, algo que no siempre va de la mano, un gran músico. Es un artista inquieto que busca sin cesar nuevo repertorio para su instrumento; en este sentido ha realizado transcripciones muy afortunadas. Los intérpretes con quienes toca en los vídeos que nos ha mostrado también son excelentes, tanto la trompista, como la violista y el pianista: forman unos tríos de una calidad insuperale. La música que interpretan en el disco que se promociona es también excepcional.

      Muchas gracias por estos enlaces

      Un cordial saludo

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