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lunes, 25 de agosto de 2014

SCHUBERT - Trío D. 898, 2º movimiento.


Sin proponérmelo, sin darme cuenta, todas, creo, las entradas que he escrito este verano han estado dedicadas a piezas breves, en alguna ocasión a verdaderas miniaturas. Esta falta de premeditación por mi parte pone de manifiesto mi predilección por las obras breves, por las pequeñas obras maestras. No quiere decir esto que no me gusten obras de grandes dimensiones, como músico que soy he escuchado incontables obras de gran tamaño, sinfonías, óperas, oratorios. Mientras escribo escucho «La pasión según san Mateo», en una versión que desconocía, y me gusta mucho. Pero ante las grandes dimensiones me quedo un poco, cómo diría, distraído: sólo cuando suena tal o cual aria, tal o cual fragmento, me llama la atención y escucho atentamente. Me gusta la melodía breve que me permite andar todo el día canturreándola, tarareándola, sea en voz a mayor o menor volumen sea internamente, es como si me hiciera compañía. Además, al ser breve, puedo pensar en un instante la pieza completa en su integridad, sentirla completa.

En realidad no debería estar escribiendo esta entrada, debería estar trabajando. Pero me quedé seco, estancado, completamente, caput. Todavía no han comenzado las clases, y no sé, nunca he sabido, qué hacer con mi tiempo libre, con el supuesto tiempo de ocio. Por eso me decido a escribir esta modesta entrada, por hacer algo de un mínimo, de cierto provecho.

Lo que hoy les propongo escuchar es el segundo movimiento, Andante un poco mosso,  del trío para piano, violín y chelo, número 1, D. 898 de Franz Schubert. Fue compuesto en noviembre de 1827, justo un año antes del fallecimiento de nuestro amigo Franz. Todos los estudiosos han señalado el carácter cantabile, la impronta de Lied que tiene este movimiento. Y así es. Tras dos escuetos compases a modo de introducción, como si de dar el tono a un cantante se tratase, despliega Schubert para nosotros una melodía de una serena belleza. De una manera similar a lo que ocurría con la pieza de la entrada anterior, comienza la melodía principal cantada por el chelo. La del chelo es una voz noble, muy expresiva, y en este caso, Schubert ha sabido resaltar esas cualidades. Cuando termina de exponerse esta melodía completa, entra el violín repitiéndola, y el chelo pasa a realizar un contrapunto que le confiere luces y sombras, nos muestra rincones insospechados del alma de la primera melodía: y como en el trío de Brahms de la entrada anterior, comienzan a danzar las melodías, a acariciarse, ¿sería exagerado decir que comienzan a amarse? No lo sé, pero a mí me lo parece, por el mimo con el que se tratan, del cuidado en el detalle, de la delicadeza, de la ternura, siempre, la ternura.

Como anécdota les contaré lo siguiente. Yo, en mis clases de solfeo, siempre, desde el primer día como profesor, siempre he utilizado fragmentos de música clásica como lecciones de solfeo.  Siempre he tenido muy claro, sin que nadie me lo enseñase, que hay que beber de las fuentes: que es mucho mejor beber el agua clara de la boca del manantial que una Coca Cola. ¿Para qué trabajar, para qué enseñar lecciones de solfeo mierdosas escritas por vete tú a saber qué pelagatos cuando se puede solfear al mismísimo Schubert? Es cierto que hay muy dignas excepciones, lecciones de solfeo que son verdadera música culta. Pero eso, excepciones. Pues recuerdo que un día llevé el comienzo de este movimiento a una clase; previamente había comprado la partitura, entonces no había Internet, y había hecho las fotocopias. Era una clase de gente joven, de trece o catorce años más o menos. En cuanto repartí las fotocopias todo el mundo comenzó a protestar: que si aquello no se podía cantar, que si cómo iban a cantar la parte de un violonchelo, la parte de un violín, que si estaba muy agudo. Con un poco de mano izquierda, y, siempre, un poco de cariño, los amansé y comenzamos a cantarla: venga, esto octava baja, aquello así, o asá…, yo tocaba el acompañamiento a piano. A las pocas veces que la habíamos cantado… ¡zas! la magia, el milagro de la música, su grandeza: ya todo el mundo quería cantarla, una y otra vez, y otra y otra más, no se cansaban nunca. Jo, Carlos, pero qué bonito es esto, me decían, vamos a cantarla otra vez; lo veis, ceporros, como sí que se podía cantar y además es muy bonito, les repuse yo; y así pasamos toda la clase la mar de contentos.


Schubert, un año justo antes de abandonar este injusto mundo, escribió esto para todos nosotros, como el agua clara que brota de un manantial.


Eugene Istomin, piano
Isaac Stern, violín
Leonard Rose, violonchelo


sábado, 23 de agosto de 2014

BRAHMS - Trío Op. 114, 3er movimiento.

Hace días que no se me va de la cabeza la melodía de este movimiento, o del oído, o del corazón, como prefieran. Y no sé qué más decir. Podría decir que es una música bellísima, que expresa una dulce ternura: Brahms establece un diálogo entre la melodía principal y otra que enseguida entra a acompañarle, a acariciarle, y ya no dejan de mecerse juntas, de fundirse: dos melodías que se acarician; que se acarician dulcemente, con indecible ternura. Y no sé qué más decir.

 
 
Brahms, Trio en la menor, Op. 114, 3er movimiento, Andantino grazioso.  
Emanuel Ax, piano,  
Yo-Yo Ma, chelo,  
Richard Stoltzman, clarinete

domingo, 17 de agosto de 2014

BEETHOVEN - Sonata nº 30, op. 109, 3er mov.


Este verano, estoy saliendo cada día a dar una larga caminata. El resto del tiempo lo paso trabajando, en casa, de cara al ordenador. Si no hiciera estos paseos creo que me habría solidificado, momificado o algo parecido. Ayer, sábado, culminé una parte muy laboriosa del proyecto en el que ando metido. Desde ese momento que ando perdido, no sé qué hacer, cómo acometer todo lo que queda para completar el proyecto, algo muy distinto de lo que he hecho hasta ahora. La verdad, me siento perdido.

En el transcurso de la caminata de esta mañana me he encontrado con esto:

El pequeño cascarón de un huevecillo que hasta hace pocas horas estaba ocupado por un polluelo, por un pajarito. Se podría decir que es algo insignificante, aunque, por otro lado, también se le podría atribuir una rica simbología. Yo no lo presento aquí por lo uno ni por lo otro, o, en todo caso, por lo primero. Un pequeño objeto, inservible, insignificante, inútil que, sin embargo, ha despertado mi curiosidad y no sólo eso, también un dulce sentimiento de ternura. En lo diminuto puede estar contenido lo infinito: en el interior de una gota de agua puede caber una montaña. Así, este pequeño cascarón, me ha hecho sentir una pequeña gota, inmensa como una montaña, de ternura. La imagen del indefenso pajarillo acurrucado bajo la seguridad de las alas de su madre: de nuevo un ser diminuto pero que contiene el infinito: la vida. La vida, la misma y única vida, la que hace saltar sobre la superficie del mar a la magnífica, soberbia y alegre ballena. Un dulce sentimiento de ternura… aunque, lo admito, no exento de cierta melancolía; quizá por evocarme la imagen de un nido, un hogar, algo que no sé muy bien si a lo largo de mi vida he llegado a sentir, a reconocer, a vivir. Ya ven lo que da de sí algo tan insignificante como el cascarón abandonado de un pajarillo.

No sé por qué, en cuanto he recogido del suelo los restos de huevecillo, ha venido a mi mente una melodía, una música. Quizá esta música me hace sentir, expresa, para mí «un dulce sentimiento de ternura». Es algo breve, casi una bagatela, podría serlo. Se trata del tercer movimiento de la sonata para piano número 30, opus 109 de Beethoven. Es un pequeño tema con variaciones, en la tonalidad principal de la sonata, mi mayor. Les propongo su audición. No he querido traer el movimiento completo: sólo el pequeño tema y la primera de las variaciones; quizá para resaltar el carácter de miniatura, quizá porque estas dos secciones son las que despiertan en mí el sentimiento arriba mencionado. Por supuesto, en estas dos miniaturas está contenido todo el genio de Beethoven, toda el alma, toda la vida de Beethoven: no es más Beethoven su novena sinfonía, ni sus últimos cuartetos de cuerda: no, es el mismo Beethoven, es el mismo espíritu el que da vida, el que vive en toda la música de Beethoven, me atrevería a decir, en toda la gran música que se ha escrito a lo largo de la historia: es la música: es música.

He escogido la versión de Emil Gilels. Hay muchas versiones de las sonatas de Beethoven, muchas muy buenas. Gilels estaba grabando su integral cuando le sorprendió la muerte, a la temprana edad de  68 años. No obstante se editó en un álbum todas las que llegó a grabar. Para mí es, quizá, la mejor versión de cuantas he escuchado. Y, repito, las hay muchas y muy buenas. Pero Gilels… su sonido, su cantabile, su magia: cuando no sabes muy bien el porqué, esa es la mejor, sin duda.

Con ustedes, para ustedes, este pequeño cascaroncillo, este pequeño tema, este «dulce sentimiento de ternura», interpretado por alguien que es el mejor sin saber por qué, sin porqué: ... ohne warum.






sábado, 9 de agosto de 2014

Schumann y Borges


En 1853, el estado mental de Robert  Schumann estaba ya muy deteriorado. En febrero del año siguiente intentó suicidarse lanzándose al Rin; fue rescatado en el último momento pero su salud psicológica ya no tenía regreso, fue ingresado en una institución mental en la que permaneció hasta su muerte. En 1853, en octubre de 1853, cinco meses antes de su intento de suicidio, escribió una obra que tituló Gesänge der Früher, «Canciones de la madrugada», una obra para piano que consta de cinco partes. Es una obra compleja, en la que el lenguaje de Schumann llega a lugares hasta ese momento no pisados por nadie. Hasta a Clara, su esposa, le pareció una obra difícil de entender. Ya en su primer movimiento, Schumann, escribe una serie de disonancias sin ningún tipo de preparación, segundas armónicas consecutivas. No importa no entender qué significa esto de las «segundas», cualquiera que escuche esta pieza las percibirá, aunque no sepa nada de música. Schumann siente la necesidad de expresar algo, ¿qué significan esas disonancias que utiliza en su intento de decirle al mundo lo que quiera que sea? Nunca lo sabremos, pero, quizá, cada vez que escuchemos esta pieza le entendamos un poco mejor. Lo que podemos asegurar es que esa música es fruto de la mente enferma de un genio: obra y vida no pueden ir cada una por caminos diferentes. Schumann muere en 1856, tres años después de haberla escrito.
 

Muchos años después, en 1981, otro genio, Jorge Luis Borges, publica su penúltimo libro de poesía, que titula «La cifra». La mente de Borges no está dañada, es la mente lúcida de un hombre de 82 años. También se trata de un libro, podríamos decir, difícil de entender, o quizá tan sólo enigmático, como toda la obra de Borges. Borges morirá cinco años después de haber publicado, escrito, este libro, en 1986.
 
Comencemos con Borges. Lo primero que encontramos al abrir este precioso libro es la siguiente:

Inscripción 

De la serie de hechos inexplicables que son el universo o el tiempo, la dedicatoria de un libro no es, por cierto, el menos arcano. Se la define como un don, un regalo. Salvo en el caso de la indiferente moneda que la caridad cristiana deja caer en la palma del pobre, todo regalo verdadero es recíproco. El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo. Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio. 
J. L. B. Buenos Aires, 17 de mayo de 1981.

Es muy hermoso dedicar algo a alguien y, en efecto, también lo es ser obsequiado con una dedicatoria. Esta dedicatoria es, a la vez, una definición de «dedicatoria»; al mismo tiempo nos cuenta mucho de la relación entre el poeta y su compañera: «… cuánto Virgilio.», con estas dos escuetas palabras nos imaginamos a Kodama leyendo para Borges incontables pasajes de la «Eneida», de las «Geórgicas»; también podemos imaginar a Borges declamando de memoria para Kodama muchos versos del casi mítico poeta italiano; Borges, rescata, destaca, evoca y convoca, entre tantas otras situaciones, el momento, el dulce y mágico momento de la lectura convivida.


Tras esta dedicatoria vienen los escritos de Borges, unas veces son poemas pero otras breves relatos en ese estilo de prosa poética inconfundible del ciego maestro. Son los escritos de un hombre cuerdo con la lucidez propia y de un octogenario. En este, Borges anhela lo único que todavía no ha vivido:

Eclesiastés, 1-9 

Si me paso la mano por la frente,
si acaricio los lomos de los libros,
si reconozco el Libro de las Noches,
si hago girar la terca cerradura,
si me demoro en el umbral incierto,
si el dolor increíble me anonada,
si recuerdo la Máquina del Tiempo,
si recuerdo el tapiz del unicornio,
si cambio de postura mientras duermo,
si la memoria me devuelve un verso,
repito lo cumplido innumerables
veces en mi camino señalado.
No puedo ejecutar un acto nuevo,
tejo y torno a tejer la misma fábula,
repito un repetido endecasílabo,
digo lo que los otros me dijeron,
siento las mismas cosas en la misma
hora del día o de la abstracta noche.
Cada noche la misma pesadilla,
cada noche el rigor del laberinto.
Soy la fatiga de un espejo inmóvil
o el polvo de un museo.
Solo una cosa no gustada espero,
una dádiva, un oro de la sombra,
esa virgen, la muerte.
(El castellano permite esta metáfora.)

Ahora nos habla de un mismo compañero que tiene dos caras, dos aspectos; la prosa que sigue, guarda muchos puntos de encuentro con lo que acabamos de leer, incluso se repite. De estos dos aspectos, yo sólo conozco uno, el mismo que me acompaña mientras doy forma a esta entrada.

Dos formas del insomnio

¿Qué es el insomnio? La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta. Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los parpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa. ¿Qué es la longevidad? Es el horror de ser en un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y de pirámides, de antiguas bibliotecas y dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no se manejar, a la nostalgia del latín, que no se, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte, a ser y seguir siendo.

Borges estaba cansado al final de su vida. Le escuchábamos decir, en una de las entrevistas que YouTube borró, que no temía a la muerte, que la veía, como tantos otros, como la promesa de un descanso, de una paz ganada y merecida.

Este es el primer movimiento de Gesänge der Frühe, «Canciones de madrugada», de la madrugada que todavía no ha venido a saludarme, del alba que todavía se esconde tras las últimas cortinas de la noche.



La pieza, pese a su apariencia sencilla, es difícil en su ejecución, y requiere de unas manos muy grandes. Interpreta, magníficamente, Mitsuko Uchida:

lunes, 4 de agosto de 2014

CÉSAR FRANCK - Preludio para órgano Op. 18

César Franck fue un compositor de nacionalidad francesa, nacido en 1822 y fallecido en 1890. Su obra es considerable y de gran calidad, escribió prácticamente música de todos los géneros. Tras rebelarse contra su padre, un hombre obstinado en convertir a César y a su hermano en grandes artistas, pasó una época de serias dificultades económicas. La vida comenzó a sonreírle cuando le fue concedido el puesto de organista en una importante iglesia que tenía uno de los mejores órganos del momento. Adquirió gran renombre como organista, instrumento para el cual escribió numerosas composiciones. Más tarde fue nombrado profesor del Conservatorio de París; alumnos suyos fueron músicos de la talla de Henri Duparc, de quien escuchamos alguna preciosa canción tiempo atrás, y Vincent D’Indy, entre otros. 


Hoy, lo presento aquí, para escuchar una pieza muy sencilla, breve, en realidad sólo la porción de una obra: el preludio del «Preludio, fuga y variación» para órgano, Op. 18. Esta pequeña composición posee un sabor muy propio del lenguaje de Franck. Su melodía tiene un carácter de pastoral, aunque su tonalidad sea si menor, un tono creo que jamás utilizado para una composición de ese tipo. Es un canto sencillo, con la suave tristeza que da de sí la tonalidad mencionada: podría recordar a una melodía tocada por un pastor con su caramillo: a mí me recuerda ese famoso haiku:

El ruiseñor
llora su senectud
en el bambudal.

 
Escucharemos, en primer lugar, la partitura original, es decir, para órgano. La interpretación corresponde a la gran organista Marie-Claire Alain, la Gran Dama del órgano.
 
A continuación podemos escuchar una transcripción para piano. Hay mucha música de órgano transcrita para piano, grandes músicos, como Liszt, se han dedicado a ello. El resultado de estas transcripciones siempre es de difícil ejecución: el pianista ha de tocar en un solo teclado lo que el organista toca en tres, dos manuales más una pedalera. La interpretación es de Alice Ader.
  
Por último, escucharemos una transcripción que podría decirse que es una síntesis, o suma, de las dos audiciones anteriores. Es una versión para harmonium y piano. Hace tiempo dediqué algunas entradas a este bello instrumento, el harmonium. El harmonium tiene una voz muy dulce, un poco nasal, pero con una suavidad que convierte esa nasalidad en pura belleza; su canto es humilde, sereno, puro, noble. Es esta versión la que más me evoca la imagen de un pastorcillo tocando su flauta de caña. Toca el harmonium Olivier Latry, el piano, Bertrand Chamayou. 
 
Cristian Jensen Marcet ©

viernes, 1 de agosto de 2014

RECUERDO DE SVIATOSLAV RICHTER – Una visión fugitiva



Tal día como hoy, 1 de agosto, de 1997 fallecía en Moscú Sviatoslav Richter. Esta mañana he recibido un libro que se escribió sobre él y que fue publicado en ¡2005!, hace nueve años: el azar, y sólo el azar ha querido que me enterase de la existencia de este libro; ha querido ser caprichoso, el azar, y hoy, como he dicho, aniversario de su muerte, lo he recibido. Se trata de una recopilación de recuerdos y semblanzas de Richter llevada a cabo por Dimitri Dorliac, sobrino de Nina Dorliac, la esposa y compañera inseparable de Slava. 



























No he tenido tiempo más que de hojearlo por encima y compruebo que, además, contiene numerosas fotografías, la mayoría de ellas desconocidas para mí. Leo en la contraportada que esta edición, en francés, ha sido adaptada, traducida y completada George Gavriloff y un grupo de colaboradores. Magellan & Cie ha sido la editorial que lo ha publicado. 


Estas coincidencias han sido las que me han movido a escribir esta entrada. En primer lugar como recuerdo, siempre emocionado, de Richter. También con la intención de dar noticia a quienes estén interesados de la existencia de este libro. 

Voy a traducir, a continuación, unas palabras escritas en la trasera del libro. Para finalizar este breve recuerdo podemos escuchar una de sus últimas interpretaciones en directo: la Pieza para piano en si menor, Op. 119, número 1 de Johannes Brahms, en grabación efectuada en Kempten el 2 de noviembre de 1991.

SVIATOSLAV RICHTER…

Todo el mundo conoce al pianista y su inmenso talento.
Pocas personas imaginan al hombre en su vida cotidiana,
con su fragilidad, su modestia, y, sobre todo, el candor del eterno niño
que quizá sea el verdadero secreto para acceder a la perfección del arte.

En este Visions fugitives, Dimitri Dorliac, que fue familiar suyo,
nos hace descubrir, detrás del hombre público,
el ser noble y auténtico, hecho de abnegación y ascetismo,
enteramente dedicado a la música.