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viernes, 24 de abril de 2015

EL PODER DE LA MÚSICA – SENDEROS DE GLORIA

En la entrada anterior decía que un profesor no es el que enseña sino el que es capaz de cambiar a sus alumnos. Esto, desde luego, suena muy ambicioso, quizá demasiado, quizá sea incluso pretencioso. Quizá no sea la destreza del profesor la que consiga el cambio, quizá sea «lo que enseña», no la actividad sino el objeto.

De lo que no me cabe la menor duda es que la cultura en general, y la música en particular, cambia a las personas; quizá no las haga buenas personas pero sí mejores personas. Es el objeto, la música en sí, quien entra en la mente de las personas, en el corazón, y obra el prodigio. Quizá haya corazones tan duros que no puedan reblandecerse ni con la música; aun así merecería la pena intentarlo. La cultura no es un montón de libros incomprensibles, no es un montón de dogmas, no es manipulación, no es soportar un concierto de música inmunda, no es contemplar los cuadros de una exposición que no nos dicen nada, todo esto no tiene nada que ver con la cultura. Cultura, en el sentido correcto y noble de la palabra, y que no debería en ningún caso tener otro, es aquello que de verdad nos hace libres, aquello que pone en marcha nuestro don más preciado: nuestra mente; aquello que consigue que veamos el mundo, incluso el cosmos, en su totalidad y lo comprendamos, al menos, un poco; es aquello que nos hace respetables y respetuosos, aquello que nos incita a ser justos, aunque no siempre lo consigamos; aquello que nos permite distinguir el bien del mal, lo correcto de lo falso. Luego cometeremos errores, somos humanos, pero la cultura también es aquello que nos posibilita ver y reconocer esos errores. En fin, ustedes ya me entienden.

Hace mucho tiempo que vi por primera vez la película de Stanley Kubrick «Senderos de gloria», protagonizada magistralmente por un joven Kirk Gouglas, quien, por cierto, ya no es tan joven, pues cuenta a la sazón sus noventa y ocho años. No es necesario que diga aquí que se trata de una obra maestra. Películas como esta son las que consiguen que el cine también sea cultura. Ya la primera vez que la vi, hubo algo de ella que me conmovió, y me hizo pensar, y me cambió: la escena final.

Esta película está basada en una novela, basada a su vez, en hechos reales. Narra el infame y miserable comportamiento, la criminal actitud, de unos mandos del ejército francés durante la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. Al final de la película, un puñado de soldados, está descansando, gozando de un merecido esparcimiento en una taberna de mala muerte. Son soldados que han pasado las de Caín, que han vivido los horrores de la guerra en carne propia, en carne viva, y que, además, han sido humillados por sus propios mandos, son un puñado de hombres de los que se puede encontrar en cualquier batalla, hombres de todo pelo y condición, carne de trinchera. Un puñado de soldados en una taberna, entre una batalla y la que les espera en pocas horas, ebrios, rudos, deshumanizados. Están de francachela, gritando, alborotando, armando escándalo. Entonces, sobre un improvisado y destartalado escenario, aparece el tabernero con una muchacha. El griterío sube de volumen, y entre esas toscas voces, se abre paso la voz del tabernero. Con palabras humillantes y gestos groseros, y viceversa, presenta a la muchacha: es una chica alemana, y es mujer, lo que la convierte a ojos del soez tabernero y la tropa allí congregada, en objeto de oprobio por esa doble condición, la de pertenecer al bando enemigo, y la de ser la única mujer entre muchos hombres. La pobre muchacha, a instancias del tabernero, comienza a cantar de un modo tan suave que, al principio, no se le oye entre la algarabía reinante, mientras el tabernero recompone la frágil figura de la muchacha con ademanes soeces. Pero poco a poco, su débil voz de pajarillo asustado, va iluminando la escena, los brutos soldados van acallando sus gritos, hasta que el silencio se impone y la frágil voz de la muchacha se escucha limpiamente. Canta una sencilla canción popular, en su idioma, que allí nadie entiende, una fácil, pegadiza y con su chispa de melancolía, canción popular. Esa sencilla melodía, sin ningún acompañamiento, obra el prodigio, y por un momento allí ya no hay hombres brutos, no hay guerra, no hay enemigos, no hay distinciones de sexo; esa suave melodía se abre camino hasta el corazón de unos hombres rotos por la brutalidad de la guerra, y les hace cantar, se ponen a tararear como un solo hombre la melodía. La canción es muy bonita, tiene todo el encanto y la vida que puede tener una simple canción popular, la frescura de un riachuelo, el encanto de un corderillo, el calor del pan recién horneado, el sabor de los lejanos hogares de aquellas pobres gentes a quienes la guerra, pactada por los poderosos, ha convertido en amigos y enemigos, en criminales y héroes, en viles y honorables soldados.

Ese es el poder de la música; es la música, el objeto, no el profesor, quien puede cambiar a las personas; quizá la única, la mayor responsabilidad del profesor sea la de escoger con mucho esmero la música. Ha de escoger de lo bueno lo mejor, sólo eso es lo que merecen nuestros alumnos, sólo eso es lo que merece cualquier persona. Ha de escoger, por lo menos, algo tan bueno como esta sencilla canción popular.

Las imágenes les dirán lo que yo no he sido capaz de explicar. Con ellas les dejo.

video


6 comentarios:

  1. Maravilla de exposición, profesor. El poder de la música. Gracias mil.

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    1. Mil gracias a usted. Pero sobre todo, demos gracias ambos a la música: esa cancioncilla popular es la que me tarareó al oído lo que debía escribir en esta entrada.
      Muchas gracias
      Reciba un cordial saludo

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  2. Apreciado Carlos: Con qué maestría registra S.Kubrick los rostros de esos hombres al ser abrazados por la música! la canción ni la voz de la chica tienen demasiado valor, eso no tiene importancia, no hace al mensaje del gran director, lo que él busca es otra cosa. Ese soplo de aire fresco, ese impasse en medio del horror de un campo de batalla, hasta los malos modos y la brutalidad se marchan frente al acto sencillo de compartir una canción. Una canción que con seguridad trae otros tiempos, otra vida lejos de la sangre.
    Ahí apunta Kubrick y Ud lo recupera, claro que la música al igual que todas las expresiones artísticas tienen un inmenso poder!.
    Cuánto avanzaría la humanidad si cultiváramos estos territorios!
    Saludos agradecidos

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    1. Estimada Inés, creo que, además de la mano, el objetivo de Kubrick, está también la interpretación de Douglas: no dice más que «déjelos un poco más sargento», pero antes, desde el comienzo de la escena, lo expresa todo sin una palabra: con su gestualidad expresa, primero, el enfado ante el escándalo, con tan sólo la exacta manera de cerrar la puerta con brusquedad; a continuación observa, piensa, recapacita, todo esto con dos gestos faciales; de nuevo el enojo, y suspira como quien se ve impotente ante la barbarie; por último y también sólo con gestos expresa comprensión, emoción contenida ante lo que está observando. Sí, Kubrick, y todo lo que conlleva la cinematografía: el arte de la interpretación, ¡hasta el tabernero borda su papel! De este modo el cine es lo que debe ser: arte y cultura, y no mero entretenimiento (por no decir embrutecimiento) de masas. Con razón, en varios idiomas, tocar un instrumento e interpretar un papel dramático se nombran con la misma palabra.
      Muchas gracias, Inés, por sus puntuales visitas a esta su casa.
      Un afectuoso saludo

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  3. Saludo profesor Carlos,
    Me tomo el atrevimiento de enviarle un enlace a una conferencia en torno a la historia de la música occidental la cual he considerado jugosa y bella.
    Intitulada "El disenso creativo en la música académica occidental (siglos XVII – XIX", la exposición-audición refiere significaciones estético-musicales ya presentes en la antiguedad.

    https://www.youtube.com/watch?v=NqHtNPv22_k

    Cordialmente,
    Liliana

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    1. Apreciada Liliana

      Le agradezco su contribución a G & P que, lejos de ser un atrevimiento, es un obsequio que nos hace. En efecto, la conferencia es, como usted describe, jugosa y bella. También es divertida y muy original.

      Un cordial saludo

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