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jueves, 28 de mayo de 2015

UNA CLASE...

Esta tarde, en una de las clases que he dado, ha habido un momento especial. En realidad, en casi todas las clases que he dado en toda mi vida, por no decir en todas, siempre ha habido algún momento especial. En alguna ocasión he dicho que un profesor no es el que te enseña, sino el que te cambia. Cada vez que un alumno sale de una clase ha de ser una persona distinta de la que era antes de entrar, aunque sólo sea un poco distinta. Esto también ocurre con el profesor: cada clase que das hace de ti una persona distinta, ya no eres el mismo Carlos que eras al comienzo de la clase. ¿Qué puede haber en una clase que sea especial, algo que sea único, que esté vivo? Muchas cosas: una pregunta, una exclamación, unos ojos asombrados ante el descubrimiento de cualquier cosa, una actitud. No siempre es todo bonito, nada hay que sea siempre bonito. Hay clases duras, ásperas, incluso aburridas. Pero siempre se ha de intentar encender la curiosidad del alumno, despertar su atención, afilarla, para eso le pagan a uno.

Esta tarde estaba sentado al piano un joven admirable. Rondará los treinta años. No es que sea un alumno excepcional, un fuera de serie, un prodigio; no, es un hombre normal y corriente, como yo soy un hombre normal y corriente. Este año, este joven, ha tenido que enfrentarse a una situación realmente difícil, y lo ha hecho con un estoicismo admirable. A pesar de las duras experiencias que le ha tocado vivir, ha faltado a clase lo mínimo. Su actitud ante la asignatura ha sido excepcional, ha estudiado mucho, ha hecho grandes avances, ejemplar en todos los sentidos.

Bueno, pues allí estaba sentado este hombre y yo a su derecha, escuchándole y puntualizándole esto y aquello. En lugar de partitura leía de un Ipad que coloca en el atril del piano. Ha llegado un momento que ha cambiado de pantalla en el iPad y he visto que tenía como fondo de escritorio un cuadro de Vermeer. «¡Ah, qué bonito, Vermeer!», le he dicho yo, y él me ha mirado extrañado, ha dicho que no sabía de quién era el cuadro, y tampoco sabía quién era Vermeer, que había escogido el cuadro por el cielo, por cierto, un cielo nublado. Los compañeros que estaban sentado tras él tampoco conocían a este pintor. Aprovechando que teníamos un Ipad a la vista de todos, el ordenador que hay en clase es un trasto infame, les he dicho: «sí, mirad, Vermeer, un pintor holandés magnífico», he escrito su nombre en el buscador y han aparecido un montón de pinturas suyas; al principio han aparecido, sobre todo, sus famosos, y magníficos, interiores. He escrito «paisajes» junto al nombre del pintor y entonces ha aparecido el cuadro en cuestión.


Ahora, buscando el cuadro en casa, me he dado cuenta de que no es de Vermeer, sino de Jacob Ruysdael, que me aspen si conocía, o recordaba, ese nombre. Tanto da, lo que importa no es el dato exacto, sino el pretexto, y el contexto, no me importa haberme equivocado. El caso es que ya estaban en pie los demás alumnos mirando, con los ojos como platos, las pinturas de Vermeer: «mirad este, qué bonito, y este otro, fijaos, este se llama “La lección de música” y este otro, “La muchacha de la perla˝». La lección de música, la que se supone que yo estaba dando, se ha ido a freír monas, y allí que hemos seguido contemplando cuadros y más cuadros. Yo les iba explicando, «estos cuadros se llaman “interiores”, y estos otros “paisajes”, claro, y a los cielos se les llama “celajes”, y esto es un “bodegón”, o una “naturaleza muerta”. Un paisaje puede ser bonito, estar muy bien pintado, en él admiramos la composición, el color, lo que se llama “forma”; sin embargo, en los interiores o en los bodegones podemos encontrar, además de la forma, significados, podemos hacer una lectura “iconológica”, cada elemento no esta puesto al tuntún, sino que ha sido escogido por lo que simboliza, por el significado que encierra; por ejemplo, está el tema llamado vanitas: es un tema muy recurrente y su nombre viene del latinajo, vanitas vanitatum, et omnia vanitas, “vanidad de vanidades, y todo vanidad”, y quiere decir que por mucho que nos deleitemos con el saber, con el arte o con los placeres, la vida es efímera y no debemos ser vanidosos, pues al cabo, bien pronto seremos ceniza, sólo polvo; y veis, casi siempre aparece una calavera, símbolo de la muerte, y el reloj de arena que simboliza el paso inexorable del tiempo». Y los alumnos asombrados, casi emocionados, me atrevería a decir.


Quizá algún alumno de tiempos pasados y que esté leyendo esto esté pensando: «y ahora contará la batallita de siempre», no me parece mal, cada cual puede pensar lo que le parezca, está bien: quizá algún otro piense, «ay, ojalá cuente aquello que contó un día y que no recuerdo bien»; también me parece igualmente bien, de todo hay en la viña del señor.

Pues sí, les he contado que en la universidad tuve un profesor magnífico, un hombre maravilloso. Este buen señor era especialista en iconología y es famosa su lectura del «Guernica», de Picasso. Les he contado que según este profesor, lo que siempre se ha interpretado cono una lanza rota, a la que se aferra un hombre tendido en el suelo, en realidad no lo es, sino que es un escoplo: el cuadro simboliza los horrores de la guerra, y el arte, la cultura, el pensamiento, se rompen durante las guerras. Les he contado que el Guernica está inspirado en el cuadro titulado «Los horrores de la guerra» de Rubens, y les he señalado la mujer con los brazos extendidos del Guernica, a la derecha, y su prefigura en el cuadro de Rubens, a la izquierda:


Gracias al iPad, podíamos pasar de un cuadro al otro y, en efecto, todos han reconocido la relación. Les he dicho que, en el arte, igual que en el pensamiento, el que no sabe inventa, y Picasso sabía mucho, que lejos de copiar a Rubens lo que hace es expresar con el lenguaje de su época lo que Rubens hizo en la suya; que hacer arte de la nada, ex nihilo, sólo lo hacen quienes no saben, quienes se creen que están inventando el oro y el moro y en realidad no son capaces ni de reconocer las influencias que hay en sus obras: mentecatos que se toman por dioses. Entonces les he señalado la famosísima relación del hombre tendido en el suelo del cuadro de Picasso con una de las figuras del Beato de Liébana.



Los alumnos estaban asombrados, entusiasmados, me atrevería a decir emocionados, ante toda esta serie de descubrimientos. También yo, una vez más, estaba casi emocionado: aunque haya contado todas estas cosas, y otras tantas, muchas veces, cada vez es una vez distinta, cada vez es nueva, cada vez vienen a mi mente recuerdos: recuerdo el entusiasmo de mi profesor cuando nos explicaba sus interpretaciones del Guernica, recuerdo algunos otros momentos en los que he contado yo estas cosas. Los alumnos estaban emocionados. Y surge la pregunta: ¿cómo es posible que los jóvenes de hoy en día no tengan ni idea de todas estas cosas? Estas cosas no hay que saberlas para ser más listos, ni para ser más cultos, ni para sacar mejores notas, ni para conseguir mejores empleos: no, estas cosas hay que saberlas porque ¡son tan hermosas!, ¡es tan maravilloso entender un poco la mente de otras personas! tan lejanas en el tiempo y en el espacio, pero por unos instantes tan cercanas. Es tan maravilloso descubrir todas estas cosas que no sirven para nada: es tan emocionante sentir cómo se encienden tus neuronas, cómo se eriza tu bello: ¡es tan maravilloso el arte, es tan bonito!, lo siento, no sé decirlo con otras palabras. ¿Y por qué nuestros jóvenes no conocen estas cosas? ¡Si cuando las descubren se emocionan! La respuesta es obvia: no saben porque no les enseñamos: la sociedad, los medios de comunicación, los programas educativos ideados y mil veces cambiados por políticos inmundos, ¡todo!, no hace más que idiotizar a nuestros jóvenes, adormecerlos, drogarlos de ignorancia, hacerlos adictos a la ignorancia. Es muy triste, muy muy triste.

Ya en el pasillo, saliendo de clase, hemos pasado ha hablar de cosas más prosaicas. Se están gestando cambios en el lugar en el que trabajo, va a haber movimientos: tengo un 99’9 % de probabilidades (si lo pones boca abajo el número de la bestia) de volver, como mucho en un par de años, a enseñar a niños de entre siete y catorce años, la clave de sol, la escala, las líneas adicionales. Y no está mal, tan bonito es enseñar a jóvenes, como a niños, como a adultos. Pero, ¿no estará desaprovechando el estado mis conocimientos? A los niños de once años no puedo hablarles de Vermeer, o de Picasso, o de la iconología, o de Goethe, Schiller, Baudelaire, Steiner, Schumann, Satie, Borges, Hölderlin, Walser, Kavafis, Fricsay... Claro, es tan digno y tan hermoso enseñar a unos que a otros. Pero, ¿y qué hago yo con todos esos, modestos, conocimientos?, ¿a quién se los cuento? Y por otro lado, ya pasé quince o veinte años enseñando a niños; dar clase a niños es más duro, más pesado, yo ya estoy un poco enfermo y cansado como para poder hacer frente a un puñado de adolescentes. Pero lo volveré a hacer, y a mucha honra, pero..., uf, nada más de pensarlo ya me fatigo.

Por último, cuando ya en el coche volvía hacia casa, y mientras escuchaba casi con lágrimas en los ojos esta preciosa canción de Brahms, pensaba: «los niños, los maravillosos niños...»



8 comentarios:

  1. Querido Carlos, siempre inundando tus clases con lecciones hermosas... Siempre haciéndonos ver que la música no empieza ni acaba en las partituras, instrumentos, y escalas sino que está íntimamente ligada a la naturaleza, a la pintura, a la poesía, a la filosofía. Qué valiosas fueron en su día para mi esas tardes!

    Hoy me permito traer a Guerra y Paz un libro, uno de estos libros que nadie te recomienda y del que nadie te habla pero que, por azares de la vida, llega hasta tus manos y queda pegado a tu alma. El libro en cuestión se llama "El luther de Delft. Música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza", de Ramón Andrés. Está publicado por la editorial Acantilado.

    Se trata, sin duda, de uno de los mejores libros que he leído. A través de tres figuras centrales (Vermeer, Spinoza y Sweelnick), Andrés nos va trazando lazos de unión entre artes tan diversas como la pintura, la luthería o la óptica, desgranando sus sutilezas, sus misterios... Se trata de un libro fascinante que, desde aquí, me permito recomendar.

    Un saludo!

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    1. Querido Borja,

      Una vez más las coincidencias no son tales. Al andar siempre en incansable búsqueda, incansables búsquedas de encuentros y reencuentros, descubrimos y volvemos a descubrir a los mismos, y que siempre son los nuevos. Vermeer, tú leyendo sobre él y yo adjudicándole un cuadro ajeno, pero el mismo Vermeer, y siempre otro Vermeer. Tomo buena nota de tu recomendación. La obra de Ramón Andrés siempre asombra por su calidad literaria, su sensibilidad y su erudición. Tuve el placer de escribir una reseña, junto con un amigo, en no recuerdo qué revista sobre su libro "Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros", también publicado por Acantilado. El que tú recomiendas, y que ya he pedido a Amazon, seguro que me hará buena compañía en las muy solitarias horas que se avecinan.

      Siempre llevaré conmigo el recuerdo de aquellas clases, ¡con dos pianos de cola a nuestra disposición! ¡inaudito! Qué horas más felices. Y es que una clase, ¡puede ser un momento tan extraordinario! Fui muy afortunado al tenerte como alumno, y lo soy ahora al tenerte como amigo.

      Un abrazo

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  2. Carlos, querido profesor.

    Por qué curioso destino he tenido la necesidad de escribirte en relación con el tema que arriba me he encontrado narrado, pues he pensado desde la pasada clase que el tema que nos expusiste sobre la interpretación del Guernica de Picasso bien merecia una entrada en tu blog. Y qué grata sorpresa me encuentro al entrar!

    Últimamente tiendo a pensar que en este mundo, almenos en mi devenir, todo tiene un motivo, un porqué. Por alguna razón, acabé en tus clases. Algún dia la sabré, pero creo que empiezo a vislumbrarla. Por la calle, camino del coche, té comenté que no me importaba la calificación, que lo importante par mí era haberme sentido realizado durante el curso, pues hacía tiempo que no sentia la sensación del estimulo intelectual.

    Te felicito por la calidad humana que prodigas, porque no solo de conocimientos vive el alumno. La componente emocional és el motor del aprendizaje. También te felicito por el blog, en el cual me sumergiré con frecuencia para el deleite de mi curiosidad.

    Un fuerte abrazo.

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    1. Querido Juanjo

      No imaginaba que fueras a leer esta entrada; mucho menos que me escribieras por aquí, claro. Me alegro mucho de que la hayas leído, y de que me hayas escrito.

      Como puedes comprobar, la entrada no está dedicada tanto a la lectura iconológica del Guernica como a la clase en sí. En una clase, el contenido cultural no es el único, hay otros igual de importantes, igual de imprescindibles. Como tú señalas, la emoción es uno de ellos: la emoción ante el arte. Creo firmemente en el poder de la educación, pero en un sentido muy grande del término, que, en realidad, es el único que tiene. Educar, enseñar, es, sobre todo, transmitir, contagiar la emoción por el arte, por el saber en general; despertar esa emoción; enseñar el respeto y la admiración por los grandes artistas y pensadores y por sus obras; es hacer ver que el conocimiento no es patrimonio de nadie, desde luego no del profesor: el conocimiento es como un río de agua fresca y cristalina en el que nos zambullimos todos por un rato y nos sonreímos ante la dicha que nos regala su belleza, iluminados por un bello y amable sol. Recuerdo con emoción tus comentarios sobre el vídeo de Fricsay, eran tan semejantes a mis propias impresiones. Creo firmemente que esa educación nos hace más grandes, más libres.

      Por mucho que nos dediquemos al estudio, al arte, a la reflexión, sabemos muy poco de todo. ¿Qué hay tras nuestros pasos, qué hay antes de esos pasos? ¿Hay algo o alguien que mueva unos invisibles hilos, hay algo o alguien que a su vez mueva ese algo o a ese alguien?

      Muchas gracias por escribir tu comentario. Sé que me crees si te digo que también yo he aprendido de ti, y contigo; y te felicito por ser esa gran persona que eres.

      Un fuerte abrazo

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  3. Querido Carlos,
    He encontrado este blog por casualidad, así como por casualidad, hace unos quince o dieciséis años, tuve la suerte de encontrar en mi camino a un profesor de solfeo peculiar que batallaba con quince niños en una abarrotada aula de San Esteban.
    No sólo me mostraste cómo educar mi duro oído, también recuerdo como eras capaz de transmitir tu pasión por la música, la forma en que nos empapábamos de la admiración que profesabas por los grandes compositores. No hablábamos de Picasso, ni de Vermeer, sin embargo, recuerdo como encendiste esa chispa de curiosidad por la belleza del arte.
    Mucho ha llovido desde entonces, tendría unos doce o trece años, pero cada vez que me preguntan por aquel profesor que nos marcó en alguna etapa de la vida, siempre viene a mi mente Carlos Gimeno.
    Gracias, maestro.
    Mis mejores deseos.
    Rocío, alias Mari Roci

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    1. Hola, Rocío

      Me resulta reconfortante escuchar lo que me cuentas, y que te hayas tomado el tiempo para escribirlo, muchas gracias. También me alegro, mucho, de haberte ayudado en un tramo de tu camino: es nuestro deber, ayudaros, tu comentario corrobora que he intentado cumplir con el mío.
      Además, tu comentario llega en un momento especial: despues de unos diez años de dar clase en el conservatorio superior - de ahí que en mis clases pueda hablar de Vermeer o de Picasso-, al curso próximo voy a volver a trabajar en el conservatoorio profesional, otra vez a dar clase de solfeo a niños. Tu comentario viene a recordarme que tan bonito es dar clases de nivel superior como dar clase a niños, a los siempre maravillosos niños.
      Muchas gracias, Rocío, Mari Roci, también yo te deseo lo mejor.

      Carlos

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  4. Gracias Carlos...enséñales Vermeer a los niños, ellos a veces entienden más que los adultos, de manera intuitiva; además, siempre se cuela algún alumno de 20 entre los niños de 12! ;) Siempre te recordamos. Un abrazo muy fuerte.

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    1. Querida Sara, tienes mucha razón, además, los niños son mucho más esperanzadores, son una oportunidad de un futuro distinto. Siempre recordaré cuando te conocí, una niña, perdida y asustada, en un país extraño, y que, sin embargo, entendías las cosas mucho mejor que los adultos.

      Gracias a ti, Sara.

      Un abrazo

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