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domingo, 22 de febrero de 2015

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Una vez más, como a hurtadillas, «Guerra y Paz» ha alcanzado, en este frío día de invierno, una cifra significativa de visitas, una cifra redonda. No sé si debería celebrarlo, o conmemorarlo; creo que lo mejor sería sencillamente señalarlo. Detrás de una gran cifra se esconden, una por una, precisas –preciosas- individualidades. Pienso que cada vez que alguien se ha acercado a este blog ha sido buscando un poco de buena música, o poesía, o, sencillamente, un poco de belleza. Pienso que muchas veces ese alguien se habrá marchado con las manos vacías. Pero también pienso que en muchas ocasiones habrá encontrado algo similar a lo buscado, o lo exacto, en todo caso habrá hallado cosas bellas, que no son mérito del autor de este blog sino de los creadores de esas cosas bellas, de sus autores. Porque muchas, o más que muchas, cosas bellas, o muy bellas, se pueden encontrar en «Guerra y Paz», porque si así no fuera, ya habría cerrado o borrado algo de lo que poco o ningún provecho se pudiese obtener, o descubrir. De los autores, insisto, de los creadores de esas cosas bellas es el mérito: músicos, poetas, escritores, pensadores, pintores, escultores, intérpretes, fotógrafos… todos y cada uno grandes artistas, de la belleza o del pensamiento.

Hace mucho tiempo que no me dejo ver. La efeméride me ha alentado a hacer acto de presencia, aunque barrunto que tras ella volveré a mis silencios, habitados de silenciosos libros y calladas músicas, volveré a mis vastas soledades. De tanto en tanto, silenciosamente, por aquí me asomo, y no deja de sorprenderme que, calladamente, se va incrementando el número de personas que por una razón u otra se hacen seguidoras de estas páginas. Y eso a pesar de mi alargado silencio: buscarán atrás, dando razón al adagio «cualquier tiempo pasado fue mejor». Bienvenidas sean todas esas nuevas almas curiosas, y bien halladas aquellas otras que ya desde mucho tiempo dan vida y razón de ser a «Guerra y Paz».

Los silenciosos libros. He estado leyendo poesía inglesa, bueno, y también prosa. Y, claro, otras muchas cosas. Pero Owen, Sassoon, y, más recientemente, el colosal Robert Graves han puesto muda voz a mis huecas horas. Y también sobre ellos he leído. Ya hace un tiempo que terminé, aunque a él a menudo he vuelto, un librito titulado «Robert Graves. Con los pies en el aire»; pertenece a una colección titulada «Conversaciones», de la editorial CONFLUENCIAS. Y eso es precisamente lo que contiene el pequeño libro: entrevistas y conversaciones en las que siempre está presente Graves. Entrevistas y conversaciones, que no son lo mismo: así, recoge el libro, una conversación que Graves, por no importa qué pretexto, mantuvo con la actriz italiana Gina Lollobrigida. Parecerá un disparate, pero no es así, ambos mantienen una amable conversación en la que, como cabe suponer, Graves es quien tiene y mantiene más rato la palabra. Gina se limita a sentir o a contar alguna breve anécdota. Rescato para ustedes un pequeño fragmento que tiene el interés de recoger un poema de Graves:


R. G.: (…) Me gustaría ofrecerle esto como regalo: este poema, que escribí la otra noche.

G. L.: (Encantada) Gracias, gracias. ¿Lo puede leer?

R. G.: Se llama «No duermas». (Leyendo:)

Pasar la noche en vela solo por simple gusto,
sin recontar ovejas ni oír las campanadas.
Darle la bienvenida a las confabuladas
avecillas, las hijas del despertar del día,
que en el alba discuten parleras los detalles
 del atuendo que traiga aquella que se acerca.
¿Se vestirá de rojo, de púrpura o azul,
o de blanco purísimo? Será el traje glorioso.
Pasar la noche en vela solo por simple gusto,
 lo cual es concedido a pocos, y hoy a mí;
y una vez que me ría, me estire y deje el lecho,
bajaré velozmente escaleras abajo
con los pies en el aire, solo rozando el piso
por respeto al progreso civilizado nuestro;
aunque yo más quisiera volar por la ventana
y posarme en la rama más erguida en el cielo,
 ser posible aliado de las aves alertas
que agrupadas murmuran no sé qué dulcemente.

G. L.: Precioso.

R. G.: Eso es como estar enamorado y feliz.

G. L.: Y será un bello recuerdo…

o0O0o
Si les escribo aquí este trocito es porque me parece... encantador, podría decirse: el pequeño poema es delicioso, casi un cuento para niños. El último comentario de Graves me parece muy acertado, expresa con singular e imprevista certeza el sentimiento que la lectura del poema nos despierta.


Y, ¿cómo sonarían las voces de esas avecillas? ¿Qué no sé qué murmurarían dulcemente? Quizá una respuesta, una de tantas, podamos imaginarla escuchando la siguiente pieza. Se trata de la «Fughetta super Allein Gott in der Höh», BWV 677, de los «Preludios corales», para órgano, de Johann Sebastian Bach; he escogido una transcripción para piano a cuatro manos de Evgeni Koroliov, interpretada por el «Duo Koroliov», formado por él mismo y la pianista Ljupka Hadzigoergieva.


 


Del Maestro de Leipzig, y del mismo cd con los mismos intérpretes, les propongo la audición de otra bella transcripción, en este caso de la «Sonatina» que abre la cantata «Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit», BWV 106, también conocida como «Actus Tragicus».


Hasta este punto, la presente entrada, ha sido como cualquier otra, formada por bellos ejemplos del ingenio humano, y, como en cualquier otra, sólo en ellos está el mérito. Sin embargo, algo falta, algo con lo que me solía gustar aderezar las entradas: en mi opinión, hay distintos tipos de belleza artística; hasta este punto, hemos podido deleitarnos con ejemplos de serena, de amable, incluso de graciosa belleza. Pero hay otra belleza, la que además de estas virtudes nos conmueve y emociona. Y para esta señalada entrada he escogido también un ejemplo de este tipo de belleza. Y por no discordar he escogido otra transcripción, también de una composición de Bach: de la «Invención» a  tres voces, también llamada «Sinfonía», BWV 782. En esta versión las tres voces se ven multiplicadas, amplificadas, por la magistral interpretación del grupo vocal «The Siwngle Singers». Comprobarán que, además de la serena belleza que rige toda la composición, habrá momentos en los que el encuentro de las voces dará lugar a simultaneidades inesperadas sumamente expresivas, momentos de emotiva y conmovedora belleza. No hace falta saber música para percibirlos, pues cuando estos se produzcan, cualquier espíritu sensible sentirá cómo su corazón se ensancha, cómo su alma se desborda, poseída por esa emocionante y conmovedora belleza.



Y ahora sí, creo que podemos dar por concluida esta entrada. Me despido de ustedes hasta… no sé, hasta otro momento. Les estoy cordialmente agradecido.