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domingo, 15 de julio de 2018

JACQUELINE DU PRÉ, EN EL RECUERDO


Jacqueline du Pré, (Oxford, 1945 – Londres, 1987), fue una violonchelista británica, considerada como uno de los más grandes intérpretes de su instrumento, sólo superada, según la crítica y la opinión pública internacional, por el legendario Mstislav Rostropóvich.

Nació en el seno de una familia culta. Su madre, profesora de música, se ocupó de que recibiera la mejor formación desde que, a la edad de cuatro años, Jacqueline escuchó por primera vez el sonido de un violonchelo, sonido que la cautivó de por vida. Sin embargo, su carrera iba a tener el resplandor, pero también la brevedad, de una estrella fugaz. Dio su primer concierto público a la edad de 12 años, pero su carrera apenas iba a durar 15 años; en 1971, los primeros síntomas de la enfermedad de esclerosis múltiple la apartaron de las salas de concierto, enfermedad que le arrebataría la vida cuando sólo contaba con 42 años. Durante su rutilante carrera tocó con las más prestigiosas orquestas del mundo, bajo la dirección de los mejores directores, y acompañada, en su faceta camerística, por los mejores intérpretes.

En el documental que podemos contemplar a continuación, podemos ver la inmensa vitalidad de esta excepcional mujer. La podemos ver tocar todas las más grandes obras del repertorio para su instrumento, pero también podemos verla tararear jazz al tiempo que se acompaña con el chelo, o tocar el piano de una manera más que correcta, incluso tocar un violín que se coloca a la manera de un violonchelo con una afinación y pulcritud verdaderamente admirables. Jacqueline, como todos los grandes intérpretes de todos los tiempos, también era un gran músico, un músico completo y genial.

Es realmente divertido verla ensayar y tocar con el grupo que ella misma denominó «La mafia musical judía»: el violinista Itzhak Perlman, el director de orquesta Zubin Mehta (aquí en su faceta de contrabajista), el gran violinista Pinchas Zukerman (aquí en su faceta de inmenso violista), y el pianista Daniel Barenboim, junto con ella misma convertida al judaísmo para poder casarse con el pianista mencionado.

Cualquier cosa que yo pueda decir sobre esta gran mujer es insignificante en comparación con tanto y tanto como se ha escrito sobre ella. En internet y en libros dedicados a su figura y leyenda se puede encontrar toda la información que uno pueda desear, incluso imaginar, incluso demasiado –libros de los cuales, como no podría ser de otra manera, no existe traducción al español–. A raíz de un libro publicado por sus hermanos, titulado «Un genio en la familia», ­ se realizó la película «Hilary y Jackie», en 1998. Me tomé la molestia de ver dicha película, sobre todo para poder comentar algo al respecto, y, la verdad, aunque, evidentemente, no puedo saber cuánto de realidad contiene, es una película, en mi modesta opinión, demasiado caricaturesca, además de entrar en aspectos que el buen gusto y decoro debería haber mantenido en la más estricta intimidad familiar.

Como pueden comprobar, no me detengo en su vida privada, ni mucho menos. Lo que no dejaré de decir es que Jacqueline du Pré ha sido uno de los más grandes intérpretes del siglo XX, quizá el siglo que mejores ha dado al mundo; que fue una gran mujer, llena de energía, valentía, genio, vitalidad y ganas de vivir, que, aun cuando fue cruelmente apartada del mundo concertístico por su enfermedad, siguió trabajando en la edición de partituras, en las que dejó constancia por escrito su manera de tocar, para ayuda y consejo de estudiantes. Una mujer admirable, con la que tenemos una impagable deuda todos los amantes de la música.

Sin más preámbulos, les dejo con el documental:

«Remembering Jacqueline du Pré» (1994)
Realizado por Christopher Nupen


domingo, 1 de julio de 2018

BORGES - LA TRAMA (Los conjurados)

La Trama

Las migraciones que el historiador, guiado por las azarosas reliquias de la cerámica y el bronce, trata de fijar en el mapa y que no comprendieron los pueblos que las ejecutaron.

Las divinidades del alba que no han dejado ni un ídolo ni un símbolo.

El surco del arado de Caín.

El rocío en la hierba del Paraíso.

Los hexagramas que un emperador descubrió en la caparazón de una de las tortugas sagradas.

Las aguas que no saben que son el Ganges.

El peso de una rosa en Persépolis.

El peso de una rosa en Bengala.

Los rostros que se puso una máscara que guarda una vitrina.

El nombre de la espada de Hengist.

El último sueño de Shakespeare.

La pluma que trazó la curiosa línea: He met the Nightmare and her name he told.

El primer espejo, el primer hexámetro.

Las páginas que leyó un hombre gris y que le revelaron que podía ser don Quijote.

Un ocaso cuyo rojo perdura en un vaso de Creta.

Los juguetes de un niño que se llamaba Tiberio Graco.

El anillo de oro de Polícrates que el Hado rechazó.

No hay una sola de esas cosas perdidas que no proyecte ahora una larga sombra y que no determine lo que haces hoy o lo que harás mañana.

 
Jorge Luis Borges (1899 - 1986) «Los conjurados», 1985

martes, 19 de junio de 2018

JOHANNES BRAHMS - INTERMEZZO Op. 119. Nº 1


Desde hace algún tiempo parece que me haya olvidado de las miniaturas: de que tanta atención merece el vasto cielo como el breve trino de un pájaro. Las últimas entradas las he dedicado a largos vídeos y películas. Y no está mal. Pero hace tiempo solía dedicar entradas a piezas menores, algún movimiento de una sonata, alguna bagatela. Y parece que, una vez puestos a subir interesantes documentales, cualquier otra cosa me parezca poca cosa, cuando, en realidad, no es así, ni mucho menos. Sigo pensando que la miniatura encierra tanta belleza, y grandeza, como la obra de grandes dimensiones, no he dejado de pensar y sentir así ni un solo día de mi vida, ni un solo minuto.

Es por eso que hoy, aunque tengo preparados algunos vídeos para subir, voy a dedicar esta entrada a una pieza breve, entre otras razones porque la llevo en la mente, y a ratos también procuro en los dedos, desde hace días; suena en mi cabeza en el silencio de la noche, y también suena en la realidad cuando procuro tocarla en mi viejo piano. Es una música que define a la perfección mi actual estado de ánimo, y al revés, mi estado de ánimo se materializa en sonido cuando toco esta pieza. La relación con el arte, con la música, es bidireccional: nosotros la escuchamos, pero ella también escucha nuestra tristeza y la arropa. Escucho en mi mente las notas exactas, la pieza completa, pero también escucho, en instantes sueltos, su esencia, su alma entera sólo por un instante: y ella también absorbe mi alma entera por un instante.

Johannes Brahms dedicó los últimos años de su vida a escribir composiciones de pequeñas dimensiones. Cuando ya había dado por terminada su obra, escrito su catálogo, todavía escuchó en su interior voces que quiso plasmar por escrito, consiguiendo de ese modo regalarnos algunas de las piezas más bellas, más íntimas salidas de su mente. El Intermezzo para piano Op. 119, Nº 1, es una de esas piezas, y una de las últimas que escribió para piano solo. Siempre he pensado que Brahms, en estos postreros años, libre de compromisos, pudo dedicarse a sumergirse en los numerosos manuscritos de grandes obras del pasado que había coleccionado a lo largo de su vida, y estoy convencido de que imitó texturas, procedimientos, estructuras de esas viejas obras para sus últimas y más personales composiciones. En esta pieza veo claramente lo que en el barroco alemán llamaban, grosso modo, Ligaturen: en determinados momentos, cuando se realiza un arpegio, en lugar de soltar las teclas una vez finalizada cada nota del mismo, se dejan bajadas –y así las notas se quedan ligadas, de ahí el nombre–, con lo que se consiguen unas resonancias que pueden llegar a ser asombrosas. Para mí que, en esta breve pieza, Brahms recupera aquel viejo procedimiento y consigue convertirlo en moderno y atemporal, logrando unas armonías deliciosas, una auténtica caricia para los oídos y para los sentidos.

Brahms mantuvo una estrecha relación durante toda su vida con la que fue esposa de su maestro, Robert Schumann, la gran pianista y compositora Clara Schumann, Clara Wieck de soltera. Desde el primer momento que la conoció que quedó hechizado por el encanto de esta mujer excepcional. Una vez fallecido Schumann, la relación entre Johannes y Clara se mantuvo estrecha, y nos consta que mantuvieron un intenso epistolario, aunque las cartas que lo constituía las destruyeron por común acuerdo. No sabemos la dimensión que llegó a alcanzar esa relación; sabemos que cuando Clara murió (mayo de 1986) Brahms quedó profundamente afectado, y también el murió al año siguiente, cuando contaba tan solo 63 años de edad (abril de 1897). 












Sin embargo, conocemos una carta que escribió Brahms a Clara a propósito de esta composición. De esa carta sólo conozco una traducción al inglés, por lo que no traduciré literalmente. En ella, Brahms dice a Clara que su composición está llena de disonancias (las Ligaturen  mencionadas), y que sabe que serán muy de su agrado. Le dice que las hay correctas, ortodoxas podríamos decir, pero que también –quizá dejando algún dedo bajado un instante más– se puedan conseguir disonancias incorrectas, no ortodoxas, pero más agradables y apetitosas para el gusto de Clara (y así es: supone una gran tentación no tocar con exactitud la pieza y dejar que se formen algunas disonancias más de las estrictamente escritas para degustar la enigmática y asombrosa belleza que consiguen). También le dice que la pieza ha de tocarse muy despacio, y que es excepcionalmente melancólica. Y creo ver un poco de sentido de humor en Brahms cuando le dice a Clara que cada nota debe sonar como un ritardando, como si uno quisiese succionar la melancolía de todas y cada una, con lujuria y placer por esas disonancias, y aquí viene el sentido del humor, cuando le dice: «Dios mío, esta descripción quizá despierte tu deseo». Con lo que también, quizá podamos entender la melancolía como una invitación a la sensualidad…

Se han grabado infinidad de versiones de esta pieza, y del conjunto al que pertenece, constituido por otras tres piezas más que cierran el opus 119 y con el que finaliza Brahms su dedicación al piano solo. ¿Cuál escoger? He buscado las que hay de Richter, pero he encontrado problemas: una de ellas tiene un audio muy malo, y otra forma parte indisoluble de todo el opus: esta última, desde luego, es una interpretación soberbia, la mejor que he escuchado, aunque todavía encierra una pega más: al ser grabada en directo, se escucha una importunísima tos durante bastantes compases. Y, bueno, al fin y al cabo, lo que nos importa es la música de Brahms. Por ello me he decidido por una que no está nada mal, y tiene la ventaja de estar muy bien grabada en estudio. La interpreta un jovencísimo pianista ruso llamado Philipp Kopachevsky, y con él les dejo.


Philipp Kopachevsky