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viernes, 25 de enero de 2013

CARLOS KLEIBER - HUELLAS A LA NADA - Íntegro subtitulado en español



¡Era hermoso como un joven dios!

Era un golfo, un niño terrible


Esta entrada va a estar dedicada al vídeo

Traces To Nowhere
The conductor Carlos Kleiber

Huellas a la nada
El director Carlos Kleiber
 Íntegro subtitulado en español
A film by Eric Schulz
With:
Plácido Domingo, Brigitte Fassbaender, Michael Gielen, Manfred Honeck, Anne Kirchbach, Veronika Kleiber, Klaus König, Karl Friedrich Mess, Otto Schenk, Martha Scherer, Otto Staindl, Alexander Werner.
A production of ServusTV 2010

No a todo el mundo le gusta leer, pero a todos nos gusta escuchar a alguien contar una historia, una anécdota, sobre todo si la cuenta con entusiasmo, con gracia. Ya nada podemos añadir sobre la figura de Carlos Kleiber; en el vídeo de la entrada anterior a esta ya se dijo casi todo y en el que hoy hemos subido a YouTube para «Guerra y Paz» se dice lo que pudiera haberse quedado en el tintero. Por esta razón, sólo les invitaré a fijar la mirada en uno de los personajes, en particular, que aparece en ambos vídeos, el oboísta Klaus König. Por el entusiasmo que pone alguien en hablar sobre una persona, por el afecto, por la ternura, por la admiración que demuestra al hablar de esa persona, podemos obtener una imagen muy clara de esa persona: actúa de fiel espejo. Cuando Klaus responde a las cuestiones que se le plantean, y teniendo a la vista el vídeo del ensayo de la obertura de la obra de Weber «Der Freischütz», llevado a cabo en Stuttgart, con la Sündfunk-Sinfonierorchester en 1970 por Kleiber, su elocuente lenguaje personal habla por sí solo. Por todo esto, aparte de invitar al espectador a fijar su atención en este personaje, me permito entresacar algunas de sus frases y algunos de sus gestos. Otros invitados comentan muchas cosas sobre Kleiber, personajes de mucho más relieve que nuestro amigo Klaus, pero ninguno con su chispa, con su desparpajo, con su alegría y siempre renovado asombro.
Otro personaje me parece digno de mención: Veronika Kleiber, hermana de Carlos, que nos habla desde su habitación en la «Casa di riposo per musicisti “Giuseppe Verdi”», en Milán. La habitación es sencilla, su mobiliario escaso y menesteroso y en ella sólo podemos ver una ventana y una pared vestida con un montón de fotografías, se supone que familiares. En esa habitación, con la ropa y la apariencia de alguien que acaba de levantarse de la cama, Veronika desgrana sus recuerdos.
Y nos cuenta Veronika: «”Mi pobre hermano”, se dice en Lohengrin. Mi hermano siempre decía: “¿Ves, ese soy yo, tu pobre hermano”»; también cuenta que cuando Carlos era pequeño cantaba la canción «”Querida gaviota, vuela a Helgoland, llévale un beso a mi amada, estoy solo y abandonado y la echo de menos” Lo cantaba tan dulcemente, “solo y abandonado” 
y tenía mil personas a su alrededor». El título completo de la canción es «Kleine Möwe Flieg' Nach Helgoland».
He podido encontrar dos versiones de esta cancioncita, aquí, cantada por Hans Albers: 


Y ahora por Mielke Telkamp:


Sigue diciendo Veronika: «Había que conjeturar sobre él, pues en realidad era inaccesible. Yo me negaba a hablar sobre lo que él hacía. Él no daba entrevistas, ¿qué iba a contar yo? Como él era inaccesible querían llegar a él a través de mí. Yo decía: “No lo haré. Mi hermano no da entrevistas, y yo menos
Kleiber no quería dejar huella de su paso por el mundo. Otto Stanindl, amigo y médico personal: «Él decía: “En la vida no hay que dejar huellas»;y completa Veronika:  «… Dejar huellas, sí, eso es de Zhuangzi, ese libro está por ahí. De ese libro proviene la frase. Mi hermano lo amaba. Se lo regalé y se convirtió en su libro favorito, siempre estaba en su mesita». 
«Un día, cuando ya dirigía, me llamó y me dijo: “Esto ya no me gusta, ¿qué puedo hacer ahora?” Le dije: “Puedes escribir” Y repuso: “Y qué voy a escribir?” Le dije: “Escribe lo que quieras, siempre será bueno” Colgó y siguió como hasta entonces. a menudo tenía brotes de depresión. Entonces se sentía muy mal con su trabajo, y se notaba»
Con respecto al ensayo antes mencionado, nos cuenta Klaus: «El vídeo tiene 40 años. Allí estaban sentados todos esos señores grises como en “Momo” de Michael Ende, y algunos en jersey de cuello alto, la esencia de la rebeldía del 68. Pero esos eran poco, la mayoría eran muy tiesos. Es increíble cómo galanteaba a esas personas, cómo halaga su ego» «Interrumpía una y otra vez y le pedía algo a uno de los aerófonos. Veía cuándo un músico no daba más de si. No estoy valorando. Pero desde ese momento ignoraba al músico» «Nunca decía: “Esto no me basta”. Sabía lo que podía esperar de un músico y eso lo sacaba de él. Seguramente ese músico nunca volvería a tocar tan bien. Eso sólo lo conseguía Kleiber»
En un momento del ensayo, dice Kleiber algo que me parece excepcional: «Hay que ganarse la nota larga, hay que luchar por ella», a lo que Klaus comenta: «esas son frases extraordinarias. La idea de que hay que luchar por una nota larga, jamás había escuchado eso». Para conseguir ese tipo de cosas de los músicos, Carlos recurre a lo que sea necesario: «Somos mendigos, pasamos el sombrero y quizá tengamos suerte. 10 céntimos para un café, ya saben»:
Este tipo de actitudes de Kleiber probocan en Klaus una alegría festiva, una siempre renovada admiración que podemos ver en su rostro:
«No sólo transmitía energía. También era importante la quietud, antes de proseguir con una fuerza explosiva. con un rápido movimiento de su mano derecha obtenía un efecto increíble»
«No era ya alta tensión, transmitía máxima tensión, tanto al público como a los músicos. Y eso tiene su precio. Creo que sólo es factible, si se camina siempre sobre era fina línea. Y eso es lo que hacía»
«Era bonito cuando decía: “Esto no lo puedo dirigir, lo tienen que tocar ustedes·. Eso es pura psicología» En efecto, dice Kleiber: «Este pasaje es tan difícil que no lo puedo dirigir. Hay otros muchos que tampoco sé dirigir, pero este especialmente»
«Creo que si sólo se cree en las personas pueden desarrollarse plenamente. Kleiber ya tenía esa expresión demandante. En el vídeo del ensayo de Stuttgart dice: “Quiero verles disfrutar”. Es eso»

Sigue diciendo Klaus: «Puede sonar un poco vulgar, pero era un gran burlón. Le tomaba el pelo a la gente, yo mismo lo viví. Me contó cómo se escapó un par de veces en Viena. Hacía tres ensayos y se iba. Giras a Japón, discos, televisión lo dejaba todo tirado. Me lo contó y me dijo: “Sabe, ya no aguantaba más. Pero me imaginaba que si ahora en el hotel bajaba a la lobby y me encontraba allí con todos rogándome que vuelva, habría vuelto. Paro allí no había nadie. Pero es que también me iba por la puerta trasera.”». Más adelante añade: «Presten atención a las transiciones. Son únicas. Furtwängler a veces conseguía transiciones así, pero en Kleiber siempre funcionaban» «Para mí es una revelación. Se puede hacer de forma diferente, pero no mejor», y a continuación rectifica: «No, creo que tampoco se puede hacer de forma diferente»
Y llegó un momento que comenzó su declive. Veronika nos cuenta: «No sé lo que quiso al final. Decía: “soy demasiado mayor, ya no puedo.” Tenía una dolencia de próstata, y Ricardo Muti y otros le decían: “Hoy en día eso se controla, vete a ver a mi médico”, pero él no hacía caso». Es muy interesante cómo, su médico, captó la psicología de Carlos: «La profunda alegría y también tristeza de un gran vals vienés, también el vals del “Caballero de la rosa”, era su música.». Más adelante, concluye: «No quería afrontarlo y se escondió como el avestruz. No estaba dispuesto a sufrir, no quería»; «Probablemente ya lo había dado, dicho y hecho todo, su círculo se había cerrado»


Dice Veronika: «No quería seguir, pensaba que ya estaba la otro lado y que sólo una parte de él permanecía un tiempo más aquí. No sé por qué, pero así fue»; «Su mujer era muy religiosa, muy católica, y al final se hizo místico de alguna forma. Todo lo que para mí y para mi madre era irrelevante, se convirtió de repente en importante para él. Creo que eso se debió sobre todo a su mujer». Klaus también nos dice algo de la relación de Kleiber con su mujer: «Escuché decir que tras la muerte de su mujer estuvo muy mal. Creo que se murió por esa pérdida, no por la enfermedad»
Carlos se fue a morir a Litija, Eslovenia, el lugar de nacimiento de su mujer, y allí fue enterrado: «Este pueblo de montaña le va muy bien. Creo que es el lugar acertado para su último reposo. Creo que se fue a morir en ese lugar. Allí se cierra su círculo personal, me parece bien» Y es un bonito lugar para morir y descansar por siempre, ¿no les parece?
Unas últimas palabras, de su médico: «Era un mago. Con su personalidad y su intensidad fascinaba a la gente. Me gustaría darle las gracias por ello». Y concluyo con unas interrogantes, creo recordar que de Brigitte Fassbaender: «¿Eres feliz ahora? ¿Piensas a veces en nosotros? ¿En las personas que te amábamos y a las que tanto les gustaba trabajar contigo?»

Huellas a la nada
El director Carlos Kleiber

domingo, 13 de enero de 2013

CARLOS KLEIBER · ESTOY PERDIDO PARA ESTE MUNDO · Subtitulado íntegro en español


 
Nadie puede tocar las estrellas.
Pero necesitamos personas
que traten de alcanzarlas.

La entrada de hoy va a estar dedicada al vídeo:

Carlos Kleiber – I am lost to the World (Estoy perdido para este  mundo)
Subtitulado íntegro en español
Directed by Georg Wübbolt
Produced by Bernhard Fleischer
Con intervenciones de:
Ileana Cotrubas - Michael Gielen - Riccardo Muti - Otto Schenk
Ioan Holender - Sir Peter Jonas - Wolfgang Sawallisch

Ya tuvimos oportunidad de contemplar a este gran director de orquesta en dos vídeos anteriores publicados en «Guerra y Paz». En aquellos le pudimos ver únicamente ensayando. En esta ocasión vamos a dar un interesante y ameno paseo por algunos aspectos de su vida, de la mano de personas que le conocieron muy de cerca, por lo que sus testimonios son sumamente valiosos.

El padre de Kleiber, el también gran director Erich Kleiber
no estaba muy dispuesto a que su hijo siguiera su tradición musical. 
Pero sus pretensiones de desviar la vida profesional de Carlos no se vieron cumplidas. Carlos comenzó a estudiar música y pronto se dedicó a lo que tantos músicos han tenido que dedicarse en sus comienzos, repetidor de teatro de ópera, como fue el caso de Sviatoslav Richter, por sólo citar un ejemplo. Un repetidor (répétiteur), para quien no lo sepa, es un pianista que se dedica a ensayar a los cantantes aparte, además, de los ensayos generales; en muchos casos, se ha trata de hacer aprender sus papeles de memoria a muchos cantantes, a fuerza de «repetir».
Sin embargo, Carlos no era un buen pianista, y, por supuesto, y a diferencia de Furtwängler -que, como vimos, su verdadera vocación era la de compositor-, él quería ser director de orquesta a toda costa. Los comienzos y vicisitudes por los que transcurrió su inicio en la profesión quedan suficientemente detallados en el vídeo. Yo quisiera tan sólo destacar algunos aspectos de la personalidad de Kleiber que me parecen dignos de una mención en particular.
Carlos Kleiber era un poco golfo y caprichoso: a pesar de estar casado desde muy joven, «tenía pasión erótica por las mujeres. Para él era algo importante, surgía y cambiaba de repente». Se casó «con una mujer maravillosa, una bailarina de Düsseldorf», Stanislava Brezovar (1937 - 2003), con quien tuvo dos hijos. Nos comentan quienes le conocieron: «Es curioso, no escogió a ninguna estrella. Era encantadora pero no llamaba la atención»
A pesar de sus supuestas infidelidades, Stlinaslava fue su compañera durante toda su vida, fue su apoyo, su hogar; cuando falleció, Carlos se vino abajo y, unos meses después, también dejó él este mundo. Ambos fueron enterrados en Litija, Eslovenia, país de origen de Brezovar. Sus otros caprichos eran cancelar y rechazar conciertos continuamente, pedir cachés desorbitados y estrambóticos, cosas así.
Carlos Kleiber fue un músico extraordinario. A pesar de no ser un buen pianista era capaz de escuchar internamente a la perfección, tanto las partituras sin la ayuda de ningún instrumento, como, por supuesto, escuchar internamente con absoluta exactitud qué interpretación pensaba, sentía, él de una obra. Ya al comienzo de su carrera poseía un repertorio de unas sesenta óperas. Su oído musical, afilado hasta la impiedad, era un cincel bien afilado con el que obtener de las orquestas con las que trabajó -esto es, con sus músicos- versiones de una corrección impecable, riquísima en matices dinámicos, tímbricos, rítmicos, pero sobre todo dotadas de ese algo más, la magia: elegancia, pasión, virtud, alegría, frescura, una música de una impresionante y llamativa vitalidad, rebosante de salud. Magia.
Su oído por un lado, y como herramienta su gestualidad, de la que se puede decir mucho, hablar y discutir mucho, una técnica nada ortodoxa. Esa gestualidad se pone sobre todo de manifiesto en los ensayos; complementada con una inagotable imaginación metafórica, colorida, fantástica, y, sobre todo, efectiva para conseguir convertir en sonido, en sonoro, la idea musical que escucha hasta el mínimo detalle en su oído interno. Sobre todo, con la música de Wagner, su gestualidad era absolutamente excepcional e iconoclasta, en lugar de dirigir parecía que estaba bailando una extraña danza cuya música sólo él conociese, desarbolando unos movimientos que recuerdan a un bailarín de danza contemporánea.
«Puedes imitar la técnica gestual de un director de orquesta, pero no la de un director que es libre como un pájaro», dice Muti.
Es muy famoso su «Dejen que empiece el otro, dejen comenzar a su compañero. Quizá adivine dónde...»: decir eso como directriz para comenzar una obra en pianissimo es asombroso. «El cazador furtivo», de Weber, comienza pianissimo con los instrumentos de viento; con ese modus operandi es obvio que habrá que probar varias veces, habrá que repetir la entrada bastantes veces. Los músicos se miraban: «¿Qué dice? ¿Cómo vamos a hacer eso?. Primero te ríes, si todos dejan que empiece el compañero, no toca nadie». Kleiber puede ser hasta ofensivo. «Cuando vean que han comenzado los más valientes pueden entrar silenciosamente e ir creciendo». Lo contrario de valiente es cobarde... Sea como fuere llega un momento en el que Kleiber dice: «Ja» (sí). ¿Qué ha cambiado? ¿cómo una indicación tan aparentemente imprecisa, incluso paradójica puede conseguir que a la siguiente entrada Kleiber diga «Sí »?
La apariencia de esta técnica parece demasiado desenfadada. Sin embargo quería indicaciones minuciosas que él mismo anotaba, durante meses, en la partitura, en cada partichela. 
En ese aspecto era intolerante y meticuloso: por ejemplo, convertía un mezzoforte en un mezzopiano. Y todo a mano y para todas las voces. «No se preocupaba por la técnica gestual, imaginaba la música y las manos, los brazos hacían lo correcto», dice Muti. Y, en efecto, no se sabe cómo, pero con sus desmedidos gestos conseguía lo que quería: con un cambio de gesto efectuado a la velocidad de un rayo, llevado a cabo con la justa anticipación indicaba el cambio de un forte a un pianissimo, y los músicos lo captaban, era milagroso.
En ocasiones, dice cosas que demuestran una grande, seria, profundidad de pensamiento musical, es decir, un preciso, exacto oído interno, implacable, que despiertan una honda admiración y evidencian su genio musical: «Pero no le oigo a usted escuchar. Yo siempre oigo cuando alguien escucha a otro. Eso tiene un sonido especial, como aguardando con tiento… No toque, sólo escuche. Gustav».
Aparte de ese Carlos alegre, vitalista, vividor, genial también había otra persona. Cuentan quienes le conocieron: «Era vulnerable. No estaba ni enfermo ni sano. Estaba al límite. Carlos era un fronterizo, como todos los genios. Siempre estaba al borde»; «Eso es lo que lo caracterizaba. Esa hipersensibilidad nerviosa. Percibía el más mínimo detalle de la orquesta.»; otro, con un poco de buen humor nos dice: «En el primer compás ya pensabas ¡se acaba el mundo!». No puedo dejar de escribir aquí, una cita que me envió una amiga recientemente:

«Los artistas son como los filósofos en este aspecto: tienen a menudo una salud precaria y demasiado frágil, pero no por culpa de sus enfermedades ni de sus neurosis, sino porque han visto en la vida algo demasiado grande para cualquiera, demasiado grande para ellos, y que los ha marcado discretamente con el sello de la muerte. Pero este algo también es la fuente o el soplo que los hace vivir a través de las enfermedades de la vivencia (lo que Nietzsche llama salud).» (Deleuze y Guatari)
Este vídeo que he subido hoy para «Guerra y Paz» a YouTube es un documental realmente excepcional, con una realización impecable, con un ritmo y una cadencia en la presentación y alternancia de los distintos momentos y aspectos de la figura de Carlos Kleiber, además de brillantes, entrañables, afectuosos con el maestro, incluso tiernos. Les aconsejo no despistarse al final, es conmovedor: «Los genios algún día se alejan de nuestra tierra, antes de dejarla realmente».

ESTE es el enlace para poder ver este documental.



P. S. Gracias a Clara por la cita; a B. por todo.

miércoles, 2 de enero de 2013

GLENN GOULD - NO, NO SOY UN EXCÉNTRICO (EL ALQUIMISTA, subtitulado en español)

 
«Me encuentran excéntrico porque llevo siempre conmigo mi silla,
 porque llevo guantes en verano,
 porque me caliento las manos en agua caliente antes de tocar
 o utilizo guantes de caucho para nadar»

La cita que abre esta entrada proviene del libro, del que sólo poseo su versión italiana: «GLENN GOULD - NO, NON SONO UN ECCENTRICO - Interviste e montagio a cura di BRUNO MONSAINGEON - Prefazione di ENZO RESTAGNO» (E. D. T. 1989). 
Y es cierto, tiene razón Gould, ¿se le puede considerar un excéntrico por tales nimiedades? Para encontrar una respuesta más fundamentada echemos un vistazo a los guantes de caucho esos que menciona que utilizaba para nadar:
O la silla que siempre llevaba consigo: 
Como en tantas otras ocasiones, no voy a contar aquí la vida del protagonista de la entrada. Todo quien quiera saber sobre ella ha de leer el libro:

«VIDA Y ARTE DE GLENN GOULD. Kevin Bazzana» TURNER
Es un libro magnífico, de ineludible lectura para estudiantes de música, muy bien documentado y, sobre todo, amenísimo. Y, además, una vez más gracias a TURNER (aun con sus errores de traducción), en español. Por eso, porque existe este libro, me limitaré a escribir algunos pensamientos de Gould. Antes, otro libro, también, cómo no, de imprescindible lectura para cualquier estudiante de música:

«GLENN GOULD. ESCRITOS CRÍQUITOS» TURNER
también en español, libro del que Leonard Berstein (sic) dijo «Una larga serie de encantadores e interesantes sobresaltos».

De esta entrada, lo más importante es la publicación del vídeo, en versión completa y con subtítulos en español:

«Glenn Gould. The Alchemist» 
A film by Bruno Monsaingeon. 
Directed by François-Louis Ribadeau. 
EMI Classics.
No citaré en qué lugares encuentro, cual trovador, los pensamientos de Gould, haría muy tedioso para mí el trabajo y más tedioso para ustedes su lectura. Dice por ahí Gould:

«Cuando algunas migajas de música me penetran en el espíritu tengo un curioso modo de perder el contacto conmigo mismo, de abstraerme de la conversación y de todo cuanto acaece en torno a mí. ¡Puede usted imaginar cuán agradable puede resultar esto para mis amigos!
Pero, en serio, creo que esta extrema concentración es el aspecto más importante de la personalidad de un músico. Es inútil, para este fin, practicar yoga. Una buena capacidad de concentración, un oído absoluto y una excelente memoria musical han sido los tres elementos clave sobre los que he cimentado mi trabajo. (...) Tengo la suerte de poseer oído absoluto, lo que me permite escuchar mentalmente las polifonías más complejas, y por lo tanto poder estudiar una partitura o componer incluso caminando en medio de la gente. En este caso, ya que tengo la costumbre de mover los brazos para dirigir esta música mental, la cosa termina por atraer la atención de los transeúntes»
Glenn Gould nunca fue partidario de los concursos de piano; según él, los tribunales tendían a:

«condenar los misterios incomprensibles de la personalidad, a denigrar las virtudes de la independencia innata que son el inicio de la genuina llama creativa... La amenaza que encierra la noción misma de la competencia estriba en que mediante el énfasis que pone en el consenso hace que aflore la esencia perversa, malvada e irrefutable, de la competencia, y deja a sus ambiciosos y mal aconsejados suplicantes atrofiados para siempre, víctimas de una lobotomía espiritual»

Un ejemplo de esto es el cuidado y cariño con el que guardaba su Premio Grammy:
No pensaba de muy distinta manera de los conciertos públicos. Dice Bezzana: sus objeciones a las salas de conciertos eran, en última instancia, de carácter moral: le parecía inmoral exigir que alguien exhibiera sus mercancías de este modo frente a un público voraz. «Detesto a los espectadores -dijo-. Me parece que forman parte de las fuerzas del mal» Incluso le disgustaba asistir a conciertos (u obras teatrales u operísticas), y aseguraba no haberlo hecho desde 1967. Pensaba que el ámbito de un concierto alimentaba una manifestación de instintos competitivos y violentos donde «imperaba la ley de la calle», y comparaba la sala de conciertos como una «extensión cómodamente tapizada del Coliseo romano». En 1968 dijo a un entrevistador:

«Existe un ansia próxima al sadismo que invade al que asiste a un concierto. se espera con ansiedad que algo ocurra, que le trombón se equivoque, o que las cuerdas se rompan, que el director de orquesta se olvide de subdividir, ya me entiende. ¡Y es terrible! Quiero decir que en los asistentes a conciertos insensibilizados existe ese mismo instinto que había en los que iban a ver a los gladiadores, y supongo que por esa razón no me gustan los de su especie y no confío en ellos, y tampoco los quiero como amigos»
En otros lugares nos cuenta Bezzana:

«Odiaba la música simplista y repetitiva -el minimalismo ("aburrido a más no poder"), el rock ("insultante"), la música folk ("me embelesa la obstinación palurda que encierra")- y, aparentemente, carecía absolutamente de interés por las músicas no occidentales.»
(...)
Gould acabó por deplorar la obra de madurez de Beethoven ("demasiado beligerante"), la de Schubert ("repetitivo en exceso"), casi toda la música virtuosista y "supersensual" para piano de los primeros románticos (Schumann, Mendelssohn, Chopin, Liszt y sus coetáneos), y la música del siglo XX de similares características: Rachmaninov, por ejemplo, le parecía "absolutamente intolerable", salvo por un par de obras como la Rapsodia sobre un tema de Paganini, que incluso se planteó interpretar en los años cincuenta. La música ajena al canon austro-germánico y sus satélites era sospechosa: despreciaba repertorios enteros de países como Francia, Italia, España y casi cualquier otro lugar del sur. Su amiga Barbara Little recuerda que ya a los catorce años la reprendía por cantar "basura" como Fauré. No le gustaba el ballet, y consideraba que la ópera, en especial la italiana, estaba "bastante por debajo de la música". (...) Le repelían la sensualidad, la melodiosidad y las emociones intensas de la ópera italiana; la música de Verdi y Puccini, según él mismo reconocía, le "le incomodaba profundamente", una elección de palabras reveladora.
(...)
De adolescente trató de tomarle el gusto a Charlie Parker y otros músicos de bebop, "pero fue un capricho del todo pasajero"; a pesar de alguna alabanza ocasional de, pongamos por caso, Lennie Tristano o Bill Evans, admitía que le jazz solamente le atraía en muy pequeñas dosis. Con su pedantería habitual, desdeñaba el jazz como "un vástago menor y transitorio del movimiento romántico", y además, aseguraba, "nadie ha tenido nunca más swing que Bach". (Los músicos de jazz, por cierto, siempre han sentido aprecio por Gould, sobre todo por el dinamismo y el "swing" de su ritmo»
Bien. Algunas de estas opiniones de Gould nos parecerán más o menos acertadas, más o menos excéntricas, compartiremos algunas de ellas en mayor o menor medida. Todo lo cual es, hasta cierto punto, bastante irrelevante. Lo realmente valioso, lo realmente importante, es el legado musical, el legado interpretativo que nos dejó este peculiar pianista. Algunas de sus interpretaciones han pasado a formar parte del imaginario colectivo, hasta en círculos en los que la música clásica es poco menos que anecdótica. En círculos musicalmente cultivados, la manera de interpretar de Gould es, cuanto menos, sumamente interesante, en ocasiones prodigiosa, siempre musicalmente fascinante y profundamente cautivadora.

Glenn Gould. The Alchemist. (Glenn Gould. El alquimista)
Vídeo completo subtitulado en español.
A film by Bruno Monsaingeon.
Directed by François-Louis Ribadeau.
Schoenberg: Suite Op. 24: Intermezzo
Gibbons: Lord of Salisbury Pavan
Byrd: Galliard Nº 6
Webern: Variations Op. 27
Berg: Sonata Op. 1
Bach: Partita Nº 6 in E minor, BWV 830
Also included: excerpts from others works by Wagner, Scriabin and Bach
Filmed in Montreal
Source: National Archives of Canada
EMI CLASSICS